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Infierno hermoso

Fandom: My hero academy

Creado: 28/5/2026

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Cenizas de una Obsesión Azul

El olor a ozono y a carne quemada siempre precedía su llegada. Era un aroma metálico, pesado, que se filtraba por las rendijas de la puerta reforzada mucho antes de que el sonido de las botas pesadas resonara en el pasillo de aquel sótano olvidado.

T/N estaba encadenada a una silla de metal atornillada al suelo. Sus muñecas, enrojecidas por el roce constante del acero, temblaban cada vez que la luz parpadeante del techo amenazaba con apagarse. No sabía cuántos días habían pasado desde que el mundo se volvió negro en aquel callejón, desde que unas manos abrasadoras la reclamaron como propiedad privada.

La puerta de hierro se abrió con un chirrido que le erizó la piel. Allí estaba él, recortado contra la penumbra del pasillo. La silueta era inconfundible: el abrigo largo que ondeaba como una sombra líquida y los destellos plateados de las grapas que mantenían unido su cuerpo remendado.

—¿Todavía despierta, muñeca? —La voz de Dabi era un susurro rasposo, como el crujir de brasas agonizantes—. Me gusta esa resistencia. Los héroes a los que tanto admiras ya habrían suplicado clemencia hace horas.

Él caminó hacia ella con una lentitud calculada. Cada paso era una amenaza silenciosa. Se detuvo a escasos centímetros, lo suficiente para que T/N pudiera ver el brillo sádico en sus ojos turquesas, un color que contrastaba violentamente con la piel morada y quemada de sus mejillas.

—Suéltame, Touya... —susurró ella, usando el nombre que él le había revelado en un arrebato de cruel honestidad noches atrás.

Dabi se inclinó, apoyando sus manos en los reposabrazos de la silla, atrapándola en su espacio personal. El calor que emanaba de su cuerpo era antinatural, como si tuviera un sol moribundo atrapado bajo las costillas.

—No me llames así —siseó, y por un segundo, una llama azul bailó en la punta de sus dedos, rozando peligrosamente el rostro de ella—. Ese nombre murió en las llamas. Ahora solo queda esto. Y esto es lo único que vas a tener por el resto de tu miserable y hermosa vida.

—¿Por qué yo? —preguntó T/N, sintiendo una lágrima traicionera resbalar por su mejilla—. No soy nadie. No soy un héroe, no tengo un Don que te sirva...

Dabi soltó una carcajada seca, carente de humor. Extendió una mano y, con una delicadeza que resultaba más aterradora que su violencia, secó la lágrima con el pulgar. Su piel era rugosa, carente de sensibilidad táctil en las zonas quemadas, pero sus ojos devoraban cada expresión de ella.

—Precisamente por eso —respondió él, enganchando un dedo en el cuello de la camiseta de T/N—. Eres pura. No estás contaminada por la hipocresía de esta sociedad de falsos ídolos. Eres el único lugar donde mis ojos pueden descansar sin querer quemarlo todo. Pero no te equivoques, muñeca... Si intentas huir, te convertiré en cenizas antes de dejar que alguien más te toque.

Los días siguientes fueron un descenso lento hacia un infierno particular. Dabi no era un captor común. Sus métodos eran una mezcla errática de crueldad absoluta y una protección asfixiante. A veces, entraba en la habitación de mal humor, con las grapas de sus brazos supurando sangre debido al uso excesivo de su Don, y descargaba su frustración con palabras que cortaban más que cualquier cuchillo.

—Mírate —le dijo una tarde, mientras la obligaba a mirarse en un espejo roto que había traído—. Estás pálida, débil. Sin mí, no eres nada. El mundo exterior te devoraría en un segundo. Aquí estás a salvo, aunque me odies por ello.

—Esto no es estar a salvo, Dabi —replicó ella, encontrando un resto de valor—. Es estar muerta en vida.

Él la agarró del cabello, obligándola a inclinar la cabeza hacia atrás, pero no tiró con la intención de arrancar, sino de someter. Sus ojos se clavaron en los de ella.

—La vida es dolor, T/N. Mi padre me enseñó eso cada día de mi infancia. Yo solo te estoy dando una versión más honesta de la realidad.

Sin embargo, había momentos en los que el monstruo retrocedía. Una noche, tras un enfrentamiento especialmente violento de la Liga de Villanos, Dabi regresó tambaleándose. Su abrigo estaba destrozado y el olor a carne chamuscada era insoportable. Se desplomó en el suelo, frente a la silla de T/N, sin fuerzas para mantener su máscara de indiferencia.

T/N, cuyas manos habían sido liberadas de las cadenas cortas para permitirle comer, se arrodilló a su lado, dudando. Podría haber intentado golpearlo, buscar una salida, pero la vista de su piel desprendiéndose, revelando el tejido vivo bajo las grapas, despertó en ella algo que no pudo controlar: una piedad corrosiva.

—Estás ardiendo... —murmuró ella, acercando sus manos al torso del villano.

—No me toques —gruñó él, aunque no hizo ningún movimiento para apartarla—. Mi cuerpo no está hecho para esto. Heredé la resistencia al frío de mi madre, pero el fuego de ese viejo bastardo corre por mis venas. Es una broma de mal gusto.

T/N ignoró su advertencia y buscó un recipiente con agua y un paño que él dejaba cerca para sus propias curaciones. Con movimientos temblorosos, comenzó a limpiar las heridas de Dabi. Él se tensó, un gruñido de dolor escapando de sus labios apretados, pero no la quemó. Por primera vez, las llamas azules permanecieron apagadas.

—¿Por qué lo haces? —preguntó él, su voz apenas un hilo—. Deberías dejar que me consuma.

—Porque no quiero estar sola en este agujero —mintió ella, aunque en el fondo, sabía que había algo más.

Dabi la miró de reojo. El cabello blanco, que empezaba a asomar por las raíces negras, caía sobre sus ojos. En ese momento, no parecía el villano que quería ver arder el mundo, sino un niño roto que nunca aprendió a ser amado sin dolor.

—Eres patética —dijo él, pero su tono carecía de veneno. Se dejó caer contra la pared, permitiendo que ella continuara con su tarea—. Pero supongo que esa es la razón por la que te elegí.

Con el paso de las semanas, la dinámica cambió. El abuso verbal persistía, el control obsesivo no disminuía, pero empezaron a aparecer grietas de una ternura retorcida. Dabi comenzó a traerle pequeños detalles: un libro con las páginas amarillentas, una comida que no sabía a raciones de supervivencia, incluso una manta que olía a él, a humo y a una colonia barata que usaba para ocultar el olor de su propia decadencia.

Una noche, el refugio fue atacado. No por héroes, sino por una banda de carroñeros que buscaban suministros en los bajos fondos. El sonido de disparos y explosiones sacudió el sótano.

Dabi, que estaba en la habitación contigua, irrumpió en el cuarto de T/N con una furia ciega. El fuego azul brotaba de sus palmas con tal intensidad que el aire se volvió irrespirable.

—¡Quédate detrás de mí! —ordenó, su voz retumbando como un trueno.

T/N vio cómo un hombre armado entraba por el pasillo. Antes de que el intruso pudiera levantar su arma, Dabi desató un torrente de llamas azuladas. El calor fue tan intenso que T/N tuvo que cubrirse el rostro. Los gritos del hombre fueron cortos, apagados por el rugido del fuego que lo consumió en segundos, dejando solo cenizas y un rastro de carbonilla en las paredes.

Dabi se giró hacia ella, sus ojos brillando con una intensidad maníaca. Sus propios brazos humeaban, la piel quemándose bajo sus propias llamas.

—¿Estás herida? —preguntó, acercándose a ella con urgencia.

T/N negó con la cabeza, temblando. Él la tomó por los hombros, sus manos todavía calientes, pero sin quemarla.

—Nadie te va a sacar de aquí —sentenció él, y por primera vez, su obsesión no sonó como una amenaza, sino como una promesa de protección desesperada—. Eres lo único que me queda que no está cubierto de hollín. Si el mundo quiere quitarte de mi lado, lo quemaré todo hasta que no quede más que tú y yo.

Él la atrajo hacia su pecho. T/N apoyó la frente en el abrigo de cuero, sintiendo los latidos irregulares del corazón de Dabi. Era un amor nacido del trauma, una conexión forjada en la oscuridad de un sótano y el calor de un fuego que destruía todo lo que tocaba.

—Dabi... —susurró ella, rodeando su cintura con los brazos.

Él se estremeció ante el contacto voluntario. Sus manos, remendadas y marcadas por el odio hacia su linaje, se hundieron en el cabello de la joven.

—No me ames, muñeca —dijo él, aunque sus acciones decían lo contrario—. Solo quédate conmigo en este infierno. Te prometo que será el lugar más hermoso que jamás hayas visto, porque mientras yo respire, nada te hará daño.

T/N cerró los ojos, aceptando su destino. Sabía que afuera el sol seguía brillando, que los héroes seguían patrullando y que su vida anterior se desvanecía como el humo. Pero allí, en los brazos del hombre que era tanto su carcelero como su salvador, encontró una extraña y retorcida paz.

Dabi se inclinó y presionó sus labios contra la frente de ella. Fue un beso casto, casi reverente, que contrastaba con la violencia de su naturaleza.

—Eres mía —murmuró contra su piel—. Y yo soy tu incendio.

En la penumbra del sótano, las llamas azules de Dabi se redujeron a un suave resplandor, iluminando el rostro de la única persona que había aprendido a ver al hombre detrás de las cicatrices. El odio que antes llenaba el corazón de T/N se había transformado en algo complejo, una mezcla de dependencia y un afecto que florecía en las condiciones más adversas.

Dabi la levantó en brazos y la llevó hacia el pequeño colchón en la esquina de la habitación. Se acostó a su lado, envolviéndola con su cuerpo como si fuera un tesoro robado.

—Duerme —le ordenó, cerrando los ojos por primera vez en días—. Mañana, el mundo seguirá ardiendo, pero aquí... aquí el fuego no te tocará.

T/N se acurrucó contra él, escuchando el sonido de su respiración rasposa. Sabía que su historia no era un cuento de hadas, que estaba atrapada con un monstruo que despreciaba la vida misma. Pero en la oscuridad de su obsesión, ella había encontrado una luz azul que, por extraño que pareciera, le devolvía las ganas de seguir viva, aunque solo fuera para ver qué cenizas dejarían atrás cuando el mundo finalmente se consumiera.
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