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Destino unido
Fandom: Hunter x Hunter
Creado: 28/5/2026
Etiquetas
RomanceUA (Universo Alternativo)DramaOmegaversoDolor/ConsueloFluffCelosEstudio de Personaje
Entre el deber y el latido
La Hunter School no era simplemente una institución educativa; era un ecosistema de perfección, jerarquías y uniformes impecables. En la cima de esa pirámide social, caminando por los pasillos con una elegancia que rozaba lo irreal, se encontraba Kurapika Kurta. Como vicepresidente del consejo estudiantil, el omega rubio era la definición de la eficiencia. Sus rasgos finos, su piel de porcelana y sus ojos color avellana, que a veces parecían brillar con una intensidad dorada bajo la luz del sol, lo convertían en el deseo prohibido de la mitad del alumnado.
Sin embargo, Kurapika era un iceberg. Educado, sí, pero distante. Había rechazado más cartas de amor de las que podía contar, siempre con una reverencia formal y una negativa fría que no dejaba lugar a réplicas.
—Vicepresidente, los informes de la incursión escolar están listos —anunció una voz grave y aterciopelada a sus espaldas.
Kurapika se detuvo y giró sobre sus talones. Frente a él estaba Chrollo Lucilfer. El presidente del consejo estudiantil era la personificación del alfa dominante: rico, calculador y poseedor de una belleza oscura que intimidaba tanto como atraía. Su cabello negro caía con naturalidad sobre su frente, y su mirada, siempre analítica, parecía leer los secretos más profundos de cualquiera.
—Gracias, Chrollo —respondió Kurapika, tomando los papeles—. Los revisaré antes de la reunión de esta tarde.
Chrollo no se retiró. Dio un paso hacia el espacio personal del rubio, una maniobra de dominio sutil que solo un alfa de su calibre podía ejecutar con tanta gracia.
—La gente habla, Kurapika. Dicen que parecemos la pareja perfecta para liderar la escuela. Deberías considerar aceptar mi invitación a cenar. Sería... adecuado.
Kurapika mantuvo la mirada, imperturbable.
—La adecuación no es una razón para salir con alguien, Chrollo. Además, tengo mucho trabajo.
Chrollo sonrió, una curva apenas perceptible en sus labios. No era amor lo que sentía; era una necesidad de posesión. Kurapika era el único trofeo en toda la Hunter School que no descansaba en su vitrina, y eso era algo que su naturaleza competitiva no podía tolerar.
Pero el orden perfecto de la escuela estaba a punto de ser demolido por un torbellino de 1.93 metros de altura.
Esa misma mañana, en el salón de clases, la tutora presentó al nuevo estudiante transferido. Leorio Paladiknight entró como si fuera el dueño del lugar, a pesar de que su uniforme estaba mal puesto, su camisa desabotonada en el cuello y su cabello azabache apuntaba en todas direcciones. Tenía una cicatriz pequeña en la mejilla y una expresión que gritaba problemas.
—Soy Leorio. No me molesten y no los molestaré —dijo con una voz ruidosa y rasposa, metiendo las manos en los bolsillos de sus pantalones casuales.
Leorio era un huérfano que había saltado de hogar de acogida en hogar de acogida. La rabia por la pérdida de sus padres y la inestabilidad de su vida lo habían convertido en un "delincuente" a ojos del sistema, pero su rudeza era solo el caparazón de un corazón que sangraba por los demás.
Cuando sus ojos se cruzaron con los de Kurapika, que estaba sentado en la primera fila, el mundo de Leorio se detuvo. El alfa sintió un vuelco en el pecho que nunca antes había experimentado. La belleza del rubio no era solo física; había una chispa de inteligencia y una melancolía escondida en sus ojos que lo golpeó como un tren de carga.
—¡Oye, tú! —Leorio señaló a Kurapika con una sonrisa coqueta y descarada—. Eres demasiado guapo para estar en una escuela tan aburrida, ¿no crees?
El salón quedó en un silencio sepulcral. Nadie le hablaba así al vicepresidente. Kurapika simplemente enarcó una ceja, sintiendo una punzada de irritación ante la falta de modales del recién llegado.
—Señor Paladiknight, siéntese y guarde silencio —sentenció Kurapika con voz gélida.
—¡Vaya, qué carácter! Me gusta —rio Leorio, aunque por dentro sus manos temblaban un poco. No sabía cómo acercarse a alguien que parecía vivir en un altar de perfección.
Las semanas pasaron y Leorio cumplió con su reputación. Se saltaba clases para fumar en la azotea, se quedaba dormido sobre los libros y respondía de forma escandalosa a los profesores. Hartos, los directivos le dieron un ultimátum a la tutora, quien decidió jugar su última carta: Kurapika.
—Kurapika, por favor —le pidió la profesora en privado—. Eres el único que puede poner orden en su vida. Ayúdalo a integrarse. Serán compañeros en la incursión escolar de fin de mes. Tendrán que planificar las actividades juntos.
Kurapika suspiró, apretando los puños.
—Es un alborotador, profesora. No tiene respeto por las reglas.
—Tiene un corazón noble debajo de todo eso, estoy segura. Solo... dale una oportunidad.
A regañadientes, Kurapika aceptó. Esa tarde, encontró a Leorio durmiendo en un banco del patio trasero. Se acercó y golpeó el hombro del alfa con su carpeta de cuero.
—Despierta, Paladiknight. Tenemos trabajo que hacer.
Leorio abrió un ojo, parpadeando ante la luz del sol que enmarcaba la silueta de Kurapika como si fuera un ángel.
—¿El ángel del consejo viene a rescatarme? —se burló Leorio, estirándose y dejando ver su contextura atlética—. ¿O es que finalmente decidiste aceptar mi invitación a salir?
—En tus sueños —respondió Kurapika, sentándose a su lado con una rigidez evidente—. La profesora me asignó como tu tutor y compañero para la incursión escolar. No me hagas perder el tiempo.
—¡Oye, relájate un poco, cuatro ojos! —Leorio sacó un par de gafas de sol de su bolsillo y se las puso, a pesar de que ya estaba atardeciendo—. La vida es más que papeles y reglas.
—Para alguien que ha sido expulsado de tres escuelas, tus consejos sobre la vida no son muy valiosos —espetó Kurapika.
Vio cómo la expresión de Leorio flaqueaba por un segundo, una sombra de dolor cruzando su rostro antes de ser reemplazada por su máscara habitual de arrogancia.
—Sí, bueno, no todos tenemos la suerte de ser perfectos —murmuró Leorio, levantándose—. Vamos, empecemos con esa basura de la incursión.
Durante los siguientes días, Kurapika se vio obligado a pasar horas con Leorio. Al principio, era un martirio. Leorio hablaba demasiado, hacía bromas ruidosas y se quejaba de todo. Pero entonces, las pequeñas grietas en su armadura empezaron a mostrarse.
Una tarde, mientras caminaban hacia la biblioteca, Kurapika vio a Leorio detenerse abruptamente. Un niño de primer año estaba llorando en un rincón porque unos abusivos le habían quitado su almuerzo. Kurapika se preparó para intervenir como autoridad, pero Leorio se le adelantó.
El alfa grandulón se acercó al niño, no con rudeza, sino arrodillándose para quedar a su altura.
—Oye, pequeño —dijo Leorio con una voz inesperadamente suave—. No llores por unos idiotas. Mira, tengo este sándwich que me sobró. Es gigante, casi no puedo con él. ¿Me haces el favor de comértelo?
El niño lo miró asombrado y aceptó el comida. Leorio le revolvió el cabello, le contó un chiste malo que hizo reír al pequeño y luego se levantó como si nada hubiera pasado.
—¿Qué miras? —le preguntó Leorio a Kurapika, volviendo a su tono tosco—. Tenía hambre, pero estoy a dieta.
Kurapika no dijo nada, pero sintió un calor extraño en el pecho. Ese no era el comportamiento de un delincuente.
Días después, Kurapika se encontraba en el pasillo central cuando Chrollo lo interceptó. El alfa dominante notó el aroma de Kurapika; había algo diferente, una pizca de agitación que no solía estar allí.
—Te veo muy unido al nuevo, Kurapika —comentó Chrollo, su voz gélida y posesiva—. Es una distracción innecesaria. Alguien como él no tiene lugar en tu mundo. Es ruidoso, pobre y problemático.
Kurapika frunció el ceño.
—Leorio tiene más humanidad en su dedo meñique que tú en todo tu cuerpo, Chrollo.
Chrollo entrecerró los ojos. La idea de que Kurapika prefiriera a un alfa "inferior" era un insulto a su estatus.
—Cuidado, vicepresidente. La gente empezará a pensar que tienes gustos vulgares. Recuerda que tú y yo estamos destinados a estar juntos por estatus y capacidad. No permitas que un huérfano sin futuro te arrastre al lodo.
—Él tiene un nombre —dijo Kurapika, sorprendiéndose a sí mismo por la intensidad de su defensa—. Y su futuro es mucho más brillante que el tuyo porque él sí sabe lo que significa ayudar a los demás sin esperar nada a cambio.
Kurapika se alejó, dejando a Chrollo sumido en una furia silenciosa. El presidente no permitiría que su "propiedad" se desviara del camino trazado.
La noche antes de la incursión escolar, Kurapika y Leorio se quedaron hasta tarde en el salón del consejo terminando los mapas de ruta. La lluvia golpeaba las ventanas y el ambiente era inusualmente tranquilo.
—¿Por qué quieres ser médico, Leorio? —preguntó Kurapika de repente. Había visto los folletos de medicina en la mochila del alfa.
Leorio se tensó, dejando de juguetear con su bolígrafo.
—Perdí a un amigo cuando era niño —confesó en voz baja, perdiendo toda su arrogancia—. Murió de una enfermedad que se podía curar, pero no teníamos dinero. Mis padres murieron después en un accidente porque la ambulancia tardó demasiado. Quiero ser médico para que nadie tenga que morir solo porque es pobre.
Kurapika sintió que su corazón se encogía. Miró a Leorio, realmente lo miró. Vio el cansancio en sus ojos, la nobleza de su sueño y la soledad que intentaba ocultar con gritos y bromas.
—Es un objetivo noble, Leorio —dijo Kurapika, acercándose un poco más.
Leorio soltó una risa nerviosa y se rascó la nuca.
—Bueno, para eso tengo que dejar de dormir en clase, ¿verdad? Aunque es difícil cuando tienes a un vicepresidente tan lindo distrayéndome con su perfume a lilas.
Kurapika se sonrojó furiosamente.
—¡Cállate, idiota!
—¡Oh, vamos! —Leorio se levantó, su gran altura dominando el espacio, pero su expresión era de pura ternura—. Sé que parezco un desastre, Kurapika. Y sé que todos esperan que te quedes con el tipo perfecto del presidente. Pero él te mira como si fueras un examen que quiere aprobar con nota máxima. Yo te miro y... solo quiero que seas feliz.
Leorio se acercó, rompiendo la barrera de seguridad que Kurapika siempre mantenía. El aroma del alfa —madera, lluvia y algo cálido como el hogar— envolvió al omega. Por primera vez en su vida, Kurapika no quiso alejarse.
—Eres muy ruidoso, Leorio —susurró Kurapika, bajando la mirada.
—Lo sé.
—Y te vistes fatal.
—También lo sé.
—Pero... —Kurapika levantó la vista, sus ojos avellana brillando con una vulnerabilidad que solo Leorio había logrado despertar—. Eres la persona más honesta que he conocido.
Leorio no pudo contenerse más. Con una delicadeza que contrastaba con su apariencia ruda, tomó el rostro de Kurapika entre sus grandes manos.
—¿Puedo? —preguntó en un susurro.
Kurapika no respondió con palabras. Se puso de puntillas y cerró la distancia, uniendo sus labios a los del alfa. Fue un beso torpe al principio, cargado de la energía contenida de semanas de tensión, pero pronto se volvió dulce y profundo. En los brazos de Leorio, Kurapika se sintió, por primera vez, no como un vicepresidente perfecto o un omega codiciado, sino simplemente como él mismo.
Al día siguiente, durante la incursión escolar, los rumores corrieron como la pólvora. Chrollo observaba desde la distancia, con los puños apretados, mientras veía a Kurapika reírse —una risa real, cristalina— ante algo que Leorio le decía mientras lo ayudaba a cargar unas cajas.
Los estudiantes murmuraban, sin entender cómo el elegante Kurapika podía haber elegido al "rebelde" sobre el "príncipe". Pero a Kurapika no le importaba.
Mientras caminaban por el sendero del bosque como parte de la actividad, Leorio le guiñó un ojo a Kurapika.
—¿Sabes? Si me convierto en un médico famoso, necesitaré a un administrador muy inteligente y mandón a mi lado.
Kurapika sonrió, ajustándose el cuello de su camisa alternativa, sintiéndose más libre que nunca.
—Tendrás que esforzarte mucho para convencerme, Leorio.
—Oh, lo haré —dijo el alfa, tomando su mano con firmeza frente a toda la escuela—. Tengo toda la vida para hacerlo.
Chrollo Lucilfer observó la escena, dándose cuenta, con un sabor amargo en la boca, de que había perdido algo que nunca llegó a comprender. Porque mientras él buscaba poseer una joya, Leorio había encontrado el alma que vivía dentro de ella.
Sin embargo, Kurapika era un iceberg. Educado, sí, pero distante. Había rechazado más cartas de amor de las que podía contar, siempre con una reverencia formal y una negativa fría que no dejaba lugar a réplicas.
—Vicepresidente, los informes de la incursión escolar están listos —anunció una voz grave y aterciopelada a sus espaldas.
Kurapika se detuvo y giró sobre sus talones. Frente a él estaba Chrollo Lucilfer. El presidente del consejo estudiantil era la personificación del alfa dominante: rico, calculador y poseedor de una belleza oscura que intimidaba tanto como atraía. Su cabello negro caía con naturalidad sobre su frente, y su mirada, siempre analítica, parecía leer los secretos más profundos de cualquiera.
—Gracias, Chrollo —respondió Kurapika, tomando los papeles—. Los revisaré antes de la reunión de esta tarde.
Chrollo no se retiró. Dio un paso hacia el espacio personal del rubio, una maniobra de dominio sutil que solo un alfa de su calibre podía ejecutar con tanta gracia.
—La gente habla, Kurapika. Dicen que parecemos la pareja perfecta para liderar la escuela. Deberías considerar aceptar mi invitación a cenar. Sería... adecuado.
Kurapika mantuvo la mirada, imperturbable.
—La adecuación no es una razón para salir con alguien, Chrollo. Además, tengo mucho trabajo.
Chrollo sonrió, una curva apenas perceptible en sus labios. No era amor lo que sentía; era una necesidad de posesión. Kurapika era el único trofeo en toda la Hunter School que no descansaba en su vitrina, y eso era algo que su naturaleza competitiva no podía tolerar.
Pero el orden perfecto de la escuela estaba a punto de ser demolido por un torbellino de 1.93 metros de altura.
Esa misma mañana, en el salón de clases, la tutora presentó al nuevo estudiante transferido. Leorio Paladiknight entró como si fuera el dueño del lugar, a pesar de que su uniforme estaba mal puesto, su camisa desabotonada en el cuello y su cabello azabache apuntaba en todas direcciones. Tenía una cicatriz pequeña en la mejilla y una expresión que gritaba problemas.
—Soy Leorio. No me molesten y no los molestaré —dijo con una voz ruidosa y rasposa, metiendo las manos en los bolsillos de sus pantalones casuales.
Leorio era un huérfano que había saltado de hogar de acogida en hogar de acogida. La rabia por la pérdida de sus padres y la inestabilidad de su vida lo habían convertido en un "delincuente" a ojos del sistema, pero su rudeza era solo el caparazón de un corazón que sangraba por los demás.
Cuando sus ojos se cruzaron con los de Kurapika, que estaba sentado en la primera fila, el mundo de Leorio se detuvo. El alfa sintió un vuelco en el pecho que nunca antes había experimentado. La belleza del rubio no era solo física; había una chispa de inteligencia y una melancolía escondida en sus ojos que lo golpeó como un tren de carga.
—¡Oye, tú! —Leorio señaló a Kurapika con una sonrisa coqueta y descarada—. Eres demasiado guapo para estar en una escuela tan aburrida, ¿no crees?
El salón quedó en un silencio sepulcral. Nadie le hablaba así al vicepresidente. Kurapika simplemente enarcó una ceja, sintiendo una punzada de irritación ante la falta de modales del recién llegado.
—Señor Paladiknight, siéntese y guarde silencio —sentenció Kurapika con voz gélida.
—¡Vaya, qué carácter! Me gusta —rio Leorio, aunque por dentro sus manos temblaban un poco. No sabía cómo acercarse a alguien que parecía vivir en un altar de perfección.
Las semanas pasaron y Leorio cumplió con su reputación. Se saltaba clases para fumar en la azotea, se quedaba dormido sobre los libros y respondía de forma escandalosa a los profesores. Hartos, los directivos le dieron un ultimátum a la tutora, quien decidió jugar su última carta: Kurapika.
—Kurapika, por favor —le pidió la profesora en privado—. Eres el único que puede poner orden en su vida. Ayúdalo a integrarse. Serán compañeros en la incursión escolar de fin de mes. Tendrán que planificar las actividades juntos.
Kurapika suspiró, apretando los puños.
—Es un alborotador, profesora. No tiene respeto por las reglas.
—Tiene un corazón noble debajo de todo eso, estoy segura. Solo... dale una oportunidad.
A regañadientes, Kurapika aceptó. Esa tarde, encontró a Leorio durmiendo en un banco del patio trasero. Se acercó y golpeó el hombro del alfa con su carpeta de cuero.
—Despierta, Paladiknight. Tenemos trabajo que hacer.
Leorio abrió un ojo, parpadeando ante la luz del sol que enmarcaba la silueta de Kurapika como si fuera un ángel.
—¿El ángel del consejo viene a rescatarme? —se burló Leorio, estirándose y dejando ver su contextura atlética—. ¿O es que finalmente decidiste aceptar mi invitación a salir?
—En tus sueños —respondió Kurapika, sentándose a su lado con una rigidez evidente—. La profesora me asignó como tu tutor y compañero para la incursión escolar. No me hagas perder el tiempo.
—¡Oye, relájate un poco, cuatro ojos! —Leorio sacó un par de gafas de sol de su bolsillo y se las puso, a pesar de que ya estaba atardeciendo—. La vida es más que papeles y reglas.
—Para alguien que ha sido expulsado de tres escuelas, tus consejos sobre la vida no son muy valiosos —espetó Kurapika.
Vio cómo la expresión de Leorio flaqueaba por un segundo, una sombra de dolor cruzando su rostro antes de ser reemplazada por su máscara habitual de arrogancia.
—Sí, bueno, no todos tenemos la suerte de ser perfectos —murmuró Leorio, levantándose—. Vamos, empecemos con esa basura de la incursión.
Durante los siguientes días, Kurapika se vio obligado a pasar horas con Leorio. Al principio, era un martirio. Leorio hablaba demasiado, hacía bromas ruidosas y se quejaba de todo. Pero entonces, las pequeñas grietas en su armadura empezaron a mostrarse.
Una tarde, mientras caminaban hacia la biblioteca, Kurapika vio a Leorio detenerse abruptamente. Un niño de primer año estaba llorando en un rincón porque unos abusivos le habían quitado su almuerzo. Kurapika se preparó para intervenir como autoridad, pero Leorio se le adelantó.
El alfa grandulón se acercó al niño, no con rudeza, sino arrodillándose para quedar a su altura.
—Oye, pequeño —dijo Leorio con una voz inesperadamente suave—. No llores por unos idiotas. Mira, tengo este sándwich que me sobró. Es gigante, casi no puedo con él. ¿Me haces el favor de comértelo?
El niño lo miró asombrado y aceptó el comida. Leorio le revolvió el cabello, le contó un chiste malo que hizo reír al pequeño y luego se levantó como si nada hubiera pasado.
—¿Qué miras? —le preguntó Leorio a Kurapika, volviendo a su tono tosco—. Tenía hambre, pero estoy a dieta.
Kurapika no dijo nada, pero sintió un calor extraño en el pecho. Ese no era el comportamiento de un delincuente.
Días después, Kurapika se encontraba en el pasillo central cuando Chrollo lo interceptó. El alfa dominante notó el aroma de Kurapika; había algo diferente, una pizca de agitación que no solía estar allí.
—Te veo muy unido al nuevo, Kurapika —comentó Chrollo, su voz gélida y posesiva—. Es una distracción innecesaria. Alguien como él no tiene lugar en tu mundo. Es ruidoso, pobre y problemático.
Kurapika frunció el ceño.
—Leorio tiene más humanidad en su dedo meñique que tú en todo tu cuerpo, Chrollo.
Chrollo entrecerró los ojos. La idea de que Kurapika prefiriera a un alfa "inferior" era un insulto a su estatus.
—Cuidado, vicepresidente. La gente empezará a pensar que tienes gustos vulgares. Recuerda que tú y yo estamos destinados a estar juntos por estatus y capacidad. No permitas que un huérfano sin futuro te arrastre al lodo.
—Él tiene un nombre —dijo Kurapika, sorprendiéndose a sí mismo por la intensidad de su defensa—. Y su futuro es mucho más brillante que el tuyo porque él sí sabe lo que significa ayudar a los demás sin esperar nada a cambio.
Kurapika se alejó, dejando a Chrollo sumido en una furia silenciosa. El presidente no permitiría que su "propiedad" se desviara del camino trazado.
La noche antes de la incursión escolar, Kurapika y Leorio se quedaron hasta tarde en el salón del consejo terminando los mapas de ruta. La lluvia golpeaba las ventanas y el ambiente era inusualmente tranquilo.
—¿Por qué quieres ser médico, Leorio? —preguntó Kurapika de repente. Había visto los folletos de medicina en la mochila del alfa.
Leorio se tensó, dejando de juguetear con su bolígrafo.
—Perdí a un amigo cuando era niño —confesó en voz baja, perdiendo toda su arrogancia—. Murió de una enfermedad que se podía curar, pero no teníamos dinero. Mis padres murieron después en un accidente porque la ambulancia tardó demasiado. Quiero ser médico para que nadie tenga que morir solo porque es pobre.
Kurapika sintió que su corazón se encogía. Miró a Leorio, realmente lo miró. Vio el cansancio en sus ojos, la nobleza de su sueño y la soledad que intentaba ocultar con gritos y bromas.
—Es un objetivo noble, Leorio —dijo Kurapika, acercándose un poco más.
Leorio soltó una risa nerviosa y se rascó la nuca.
—Bueno, para eso tengo que dejar de dormir en clase, ¿verdad? Aunque es difícil cuando tienes a un vicepresidente tan lindo distrayéndome con su perfume a lilas.
Kurapika se sonrojó furiosamente.
—¡Cállate, idiota!
—¡Oh, vamos! —Leorio se levantó, su gran altura dominando el espacio, pero su expresión era de pura ternura—. Sé que parezco un desastre, Kurapika. Y sé que todos esperan que te quedes con el tipo perfecto del presidente. Pero él te mira como si fueras un examen que quiere aprobar con nota máxima. Yo te miro y... solo quiero que seas feliz.
Leorio se acercó, rompiendo la barrera de seguridad que Kurapika siempre mantenía. El aroma del alfa —madera, lluvia y algo cálido como el hogar— envolvió al omega. Por primera vez en su vida, Kurapika no quiso alejarse.
—Eres muy ruidoso, Leorio —susurró Kurapika, bajando la mirada.
—Lo sé.
—Y te vistes fatal.
—También lo sé.
—Pero... —Kurapika levantó la vista, sus ojos avellana brillando con una vulnerabilidad que solo Leorio había logrado despertar—. Eres la persona más honesta que he conocido.
Leorio no pudo contenerse más. Con una delicadeza que contrastaba con su apariencia ruda, tomó el rostro de Kurapika entre sus grandes manos.
—¿Puedo? —preguntó en un susurro.
Kurapika no respondió con palabras. Se puso de puntillas y cerró la distancia, uniendo sus labios a los del alfa. Fue un beso torpe al principio, cargado de la energía contenida de semanas de tensión, pero pronto se volvió dulce y profundo. En los brazos de Leorio, Kurapika se sintió, por primera vez, no como un vicepresidente perfecto o un omega codiciado, sino simplemente como él mismo.
Al día siguiente, durante la incursión escolar, los rumores corrieron como la pólvora. Chrollo observaba desde la distancia, con los puños apretados, mientras veía a Kurapika reírse —una risa real, cristalina— ante algo que Leorio le decía mientras lo ayudaba a cargar unas cajas.
Los estudiantes murmuraban, sin entender cómo el elegante Kurapika podía haber elegido al "rebelde" sobre el "príncipe". Pero a Kurapika no le importaba.
Mientras caminaban por el sendero del bosque como parte de la actividad, Leorio le guiñó un ojo a Kurapika.
—¿Sabes? Si me convierto en un médico famoso, necesitaré a un administrador muy inteligente y mandón a mi lado.
Kurapika sonrió, ajustándose el cuello de su camisa alternativa, sintiéndose más libre que nunca.
—Tendrás que esforzarte mucho para convencerme, Leorio.
—Oh, lo haré —dijo el alfa, tomando su mano con firmeza frente a toda la escuela—. Tengo toda la vida para hacerlo.
Chrollo Lucilfer observó la escena, dándose cuenta, con un sabor amargo en la boca, de que había perdido algo que nunca llegó a comprender. Porque mientras él buscaba poseer una joya, Leorio había encontrado el alma que vivía dentro de ella.
