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Amor prohibido
Fandom: Stranger Things
Creado: 28/5/2026
Etiquetas
RomanceDramaAngustiaOscuroMención de IncestoAmbientación CanonLenguaje Explícito
Tormenta en el 212
La lluvia golpeaba con una violencia rítmica contra el cristal de la ventana, difuminando las luces de las farolas de Hawkins en manchas borrosas de color ámbar. Dentro de la casa de los Hargrove, el silencio era denso, cargado de una electricidad que no tenía nada que ver con los rayos que surcaban el cielo.
Max estaba sentada en el borde de su cama, jugueteando con las ruedas de su monopatín. El roce del metal era el único sonido que competía con el trueno lejano. Se sentía observada, incluso a través de las paredes de madera. Sabía que Billy estaba en la habitación de al lado. Podía oler el rastro de su tabaco barato y el aroma metálico del motor de su Camaro que siempre parecía impregnado en su piel.
La puerta de su habitación se abrió sin previo aviso. No hubo un golpe cortés, solo el chirrido de las bisagras que Max reconoció al instante. Levantó la vista, esperando encontrar la mirada gélida y autoritaria de su hermanastro, pero lo que vio fue algo distinto. Billy estaba apoyado en el marco de la puerta, con la camisa desabrochada y el pecho subiendo y bajando a un ritmo irregular.
—¿Qué quieres, Billy? —preguntó Max, tratando de que su voz no temblara—. Mi madre y Neil no tardarán en volver.
Billy soltó una risa seca, un sonido carente de alegría que se perdió en el estruendo de un trueno. Dio un paso hacia el interior de la habitación, cerrando la puerta tras de sí con un clic definitivo.
—Se han quedado atrapados en el restaurante por el aviso de inundación —dijo él, acercándose con esa parsimonia depredadora que lo caracterizaba—. Tenemos toda la noche, Max.
La pelirroja sintió un escalofrío que no tenía nada que ver con el frío. La relación entre ellos siempre había sido una cuerda tensa a punto de romperse, una mezcla de odio visceral y una atracción oscura y prohibida que ninguno de los dos se atrevía a nombrar. Eran hermanastros, unidos por un matrimonio que ambos despreciaban, compartiendo un techo que se sentía más como una jaula que como un hogar.
—No deberías estar aquí —susurró ella, aunque no hizo amago de apartarse cuando él se detuvo frente a ella.
Billy se inclinó, rodeando el rostro de Max con sus manos grandes y callosas. Sus ojos azules, normalmente llenos de ira, brillaban ahora con una intensidad febril.
—Estoy harto de las reglas, de Neil, de este pueblo de mierda —gruñó él, reduciendo la distancia entre sus labios—. Y sobre todo, estoy harto de pretender que no te deseo desde el primer día que entraste en esa casa.
Max soltó un suspiro entrecortado. La moralidad y el miedo luchaban contra una necesidad que llevaba meses creciendo en su pecho.
—Billy, esto está mal... —logró decir, aunque sus manos ya se cerraban sobre la tela de la camisa de él.
—Lo sé —respondió él antes de sellar sus labios con los de ella.
El beso fue desesperado, una colisión de frustración y deseo acumulado. Sabía a nicotina y a lluvia, a algo peligroso y dulce a la vez. Billy la levantó con facilidad, llevándola hacia el centro de la cama mientras sus manos exploraban la piel de la espalda de Max, por debajo de su camiseta holgada.
—¿Estás segura? —murmuró él contra su cuello, su voz era un ruego ronco que Max nunca le había escuchado.
—No te detengas —respondió ella, tirando de él hacia abajo—. Por una vez, no me importa lo que sea correcto.
Billy se deshizo de su camisa con movimientos bruscos, revelando los músculos tensos de su espalda. Max observó la luz de los relámpagos iluminar su silueta, sintiendo que el corazón le martilleaba en las costillas. Cuando él comenzó a quitarle la ropa a ella, lo hizo con una lentitud casi tortuosa, como si quisiera memorizar cada centímetro de su piel blanca y pecosa que ahora se encendía bajo su tacto.
Cuando ambos quedaron desnudos, la realidad de la situación los golpeó por un segundo, pero el calor de sus cuerpos fue más fuerte que cualquier duda. Billy se posicionó entre sus piernas, mirándola fijamente a los ojos.
—Mírame, Max —ordenó suavemente.
Ella obedeció, encontrando en su mirada una vulnerabilidad que Billy nunca mostraba al mundo. Él se hundió en ella con un movimiento lento y firme. Max ahogó un grito contra el hombro de él, clavando sus uñas en su espalda mientras el dolor inicial se transformaba rápidamente en una ola de placer abrumador que la dejó sin aliento.
—Mierda, Max... —jadeó Billy, enterrando el rostro en su pelo rojo.
El ritmo comenzó a acelerarse, dictado por la tormenta que arreciaba fuera. Cada embestida de Billy era una declaración de propiedad, una forma de reclamar algo que la sociedad les decía que no podían tener. Max se movía con él, perdiéndose en la sensación de plenitud, en el roce de sus pechos y el sonido de sus respiraciones entrecortadas que se fundían en una sola.
—Eres mía —susurró él, su voz vibrando contra su piel—. Solo mía.
—Y tú eres mío —respondió ella, envolviendo sus piernas alrededor de su cintura, atrayéndolo más hacia sí, queriendo borrar cualquier espacio que los separara.
El clímax los alcanzó como un rayo, una explosión de sensaciones que los dejó temblando y aferrados el uno al otro en la penumbra de la habitación. El silencio regresó poco a poco, solo interrumpido por el goteo constante de la lluvia y el latido de sus corazones recuperando el aliento.
Billy no se apartó de inmediato. Se quedó allí, protegiéndola con su cuerpo, acariciando su mejilla con una ternura que Max nunca habría imaginado que poseía.
—¿Te arrepientes? —preguntó él después de un rato, su voz apenas un susurro.
Max se acurrucó contra su pecho, escuchando el ritmo constante de su corazón.
—No —dijo ella con firmeza—. No me arrepiento de nada.
Sabían que lo que acababa de suceder cambiaría todo. Mañana volverían a ser los hermanastros que se gritaban, los que fingían indiferencia frente a sus padres y el resto del pueblo. Pero en la oscuridad de esa noche de tormenta, habían encontrado una verdad que nadie más podía tocar.
—Mañana Neil volverá a ser un imbécil —dijo Billy, dejando un beso suave en la frente de Max.
—Y yo seguiré siendo la chica que no te soporta —respondió ella con una pequeña sonrisa—. Pero ahora sabemos la verdad.
Billy asintió, rodeándola con sus brazos mientras la lluvia seguía lavando las calles de Hawkins, ocultando bajo su manto el secreto de un amor que, aunque prohibido, se sentía como lo único real en sus vidas. Se quedaron dormidos así, entrelazados, sabiendo que el mundo exterior nunca entendería la tormenta que acababan de desatar entre aquellas cuatro paredes.
Max estaba sentada en el borde de su cama, jugueteando con las ruedas de su monopatín. El roce del metal era el único sonido que competía con el trueno lejano. Se sentía observada, incluso a través de las paredes de madera. Sabía que Billy estaba en la habitación de al lado. Podía oler el rastro de su tabaco barato y el aroma metálico del motor de su Camaro que siempre parecía impregnado en su piel.
La puerta de su habitación se abrió sin previo aviso. No hubo un golpe cortés, solo el chirrido de las bisagras que Max reconoció al instante. Levantó la vista, esperando encontrar la mirada gélida y autoritaria de su hermanastro, pero lo que vio fue algo distinto. Billy estaba apoyado en el marco de la puerta, con la camisa desabrochada y el pecho subiendo y bajando a un ritmo irregular.
—¿Qué quieres, Billy? —preguntó Max, tratando de que su voz no temblara—. Mi madre y Neil no tardarán en volver.
Billy soltó una risa seca, un sonido carente de alegría que se perdió en el estruendo de un trueno. Dio un paso hacia el interior de la habitación, cerrando la puerta tras de sí con un clic definitivo.
—Se han quedado atrapados en el restaurante por el aviso de inundación —dijo él, acercándose con esa parsimonia depredadora que lo caracterizaba—. Tenemos toda la noche, Max.
La pelirroja sintió un escalofrío que no tenía nada que ver con el frío. La relación entre ellos siempre había sido una cuerda tensa a punto de romperse, una mezcla de odio visceral y una atracción oscura y prohibida que ninguno de los dos se atrevía a nombrar. Eran hermanastros, unidos por un matrimonio que ambos despreciaban, compartiendo un techo que se sentía más como una jaula que como un hogar.
—No deberías estar aquí —susurró ella, aunque no hizo amago de apartarse cuando él se detuvo frente a ella.
Billy se inclinó, rodeando el rostro de Max con sus manos grandes y callosas. Sus ojos azules, normalmente llenos de ira, brillaban ahora con una intensidad febril.
—Estoy harto de las reglas, de Neil, de este pueblo de mierda —gruñó él, reduciendo la distancia entre sus labios—. Y sobre todo, estoy harto de pretender que no te deseo desde el primer día que entraste en esa casa.
Max soltó un suspiro entrecortado. La moralidad y el miedo luchaban contra una necesidad que llevaba meses creciendo en su pecho.
—Billy, esto está mal... —logró decir, aunque sus manos ya se cerraban sobre la tela de la camisa de él.
—Lo sé —respondió él antes de sellar sus labios con los de ella.
El beso fue desesperado, una colisión de frustración y deseo acumulado. Sabía a nicotina y a lluvia, a algo peligroso y dulce a la vez. Billy la levantó con facilidad, llevándola hacia el centro de la cama mientras sus manos exploraban la piel de la espalda de Max, por debajo de su camiseta holgada.
—¿Estás segura? —murmuró él contra su cuello, su voz era un ruego ronco que Max nunca le había escuchado.
—No te detengas —respondió ella, tirando de él hacia abajo—. Por una vez, no me importa lo que sea correcto.
Billy se deshizo de su camisa con movimientos bruscos, revelando los músculos tensos de su espalda. Max observó la luz de los relámpagos iluminar su silueta, sintiendo que el corazón le martilleaba en las costillas. Cuando él comenzó a quitarle la ropa a ella, lo hizo con una lentitud casi tortuosa, como si quisiera memorizar cada centímetro de su piel blanca y pecosa que ahora se encendía bajo su tacto.
Cuando ambos quedaron desnudos, la realidad de la situación los golpeó por un segundo, pero el calor de sus cuerpos fue más fuerte que cualquier duda. Billy se posicionó entre sus piernas, mirándola fijamente a los ojos.
—Mírame, Max —ordenó suavemente.
Ella obedeció, encontrando en su mirada una vulnerabilidad que Billy nunca mostraba al mundo. Él se hundió en ella con un movimiento lento y firme. Max ahogó un grito contra el hombro de él, clavando sus uñas en su espalda mientras el dolor inicial se transformaba rápidamente en una ola de placer abrumador que la dejó sin aliento.
—Mierda, Max... —jadeó Billy, enterrando el rostro en su pelo rojo.
El ritmo comenzó a acelerarse, dictado por la tormenta que arreciaba fuera. Cada embestida de Billy era una declaración de propiedad, una forma de reclamar algo que la sociedad les decía que no podían tener. Max se movía con él, perdiéndose en la sensación de plenitud, en el roce de sus pechos y el sonido de sus respiraciones entrecortadas que se fundían en una sola.
—Eres mía —susurró él, su voz vibrando contra su piel—. Solo mía.
—Y tú eres mío —respondió ella, envolviendo sus piernas alrededor de su cintura, atrayéndolo más hacia sí, queriendo borrar cualquier espacio que los separara.
El clímax los alcanzó como un rayo, una explosión de sensaciones que los dejó temblando y aferrados el uno al otro en la penumbra de la habitación. El silencio regresó poco a poco, solo interrumpido por el goteo constante de la lluvia y el latido de sus corazones recuperando el aliento.
Billy no se apartó de inmediato. Se quedó allí, protegiéndola con su cuerpo, acariciando su mejilla con una ternura que Max nunca habría imaginado que poseía.
—¿Te arrepientes? —preguntó él después de un rato, su voz apenas un susurro.
Max se acurrucó contra su pecho, escuchando el ritmo constante de su corazón.
—No —dijo ella con firmeza—. No me arrepiento de nada.
Sabían que lo que acababa de suceder cambiaría todo. Mañana volverían a ser los hermanastros que se gritaban, los que fingían indiferencia frente a sus padres y el resto del pueblo. Pero en la oscuridad de esa noche de tormenta, habían encontrado una verdad que nadie más podía tocar.
—Mañana Neil volverá a ser un imbécil —dijo Billy, dejando un beso suave en la frente de Max.
—Y yo seguiré siendo la chica que no te soporta —respondió ella con una pequeña sonrisa—. Pero ahora sabemos la verdad.
Billy asintió, rodeándola con sus brazos mientras la lluvia seguía lavando las calles de Hawkins, ocultando bajo su manto el secreto de un amor que, aunque prohibido, se sentía como lo único real en sus vidas. Se quedaron dormidos así, entrelazados, sabiendo que el mundo exterior nunca entendería la tormenta que acababan de desatar entre aquellas cuatro paredes.
