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Amor prohibido

Fandom: Stranger Things

Creado: 28/5/2026

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Tormenta de Verano en Hawkins

El calor en Hawkins era sofocante, una densa capa de humedad que se pegaba a la piel como una advertencia. En la casa de los Hargrove, el aire acondicionado zumbaba inútilmente, incapaz de enfriar la tensión que vibraba entre las paredes. Max estaba en su habitación, sentada en el borde de la cama, escuchando el rugido del motor del Camaro de Billy estacionándose en la entrada.

Hacía meses que las miradas entre ellos habían dejado de ser de odio puro para transformarse en algo mucho más peligroso. Era una electricidad estática, un hambre silenciosa que ambos intentaban ignorar bajo capas de insultos y portazos. Pero hoy era diferente. Sus padres se habían ido a Indianápolis por el fin de semana, dejando la casa sumergida en un silencio expectante.

Max se miró en el espejo. Llevaba unos shorts vaqueros cortos y una camiseta de tirantes que dejaba poco a la imaginación. Sabía que estaba guapa, sentía el poder de su propia juventud y la chispa rebelde en sus ojos azules. Escuchó los pasos pesados de Billy subiendo las escaleras, el eco de sus botas contra la madera.

La puerta de su habitación no estaba cerrada del todo. Billy se detuvo en el umbral, apoyándose contra el marco. Tenía la camisa desabrochada, empapada de sudor, y el cabello rubio y rizado cayéndole sobre la frente. Sus ojos recorrieron el cuerpo de Max con una intensidad que la hizo estremecerse.

—¿Qué quieres, Billy? —preguntó ella, aunque su voz carecía de la agresividad habitual.

—Hace demasiado calor para pelear, Max —respondió él, entrando en la habitación sin permiso—. Y tú no dejas de mirarme así.

—¿Así cómo? —Max se puso de pie, desafiante, acortando la distancia entre ambos.

—Como si quisieras que te destruyera —susurró Billy, su voz era un gruñido bajo que vibró en el pecho de Max.

Él dio un paso más, cerrando el espacio. Max podía oler el tabaco, el cuero y ese aroma almizclado que era puramente suyo. Era un amor prohibido, un tabú que debería haberlos mantenido alejados, pero la atracción era una fuerza de la naturaleza, tan inevitable como la tormenta que empezaba a estallar fuera.

—No te tengo miedo —dijo ella, alzando la barbilla.

—Deberías —replicó él.

Billy extendió una mano y acarició la mejilla de Max con el dorso de los dedos. Su piel estaba ardiente. Max cerró los ojos, inclinándose hacia el contacto. Fue el detonante. Billy la tomó de la nuca y la besó con una ferocidad que le quitó el aliento. No era un beso dulce; era una colisión de deseo acumulado, de meses de frustración y secretos compartidos en la oscuridad de los pasillos.

Max enredó sus manos en el cabello de Billy, tirando de él mientras sus lenguas se encontraban en una danza desesperada. Él la empujó suavemente hacia atrás hasta que sus piernas chocaron con la cama y ambos cayeron sobre el colchón.

—¿Estás segura de esto, pequeña Max? —preguntó él entre besos, bajando por su cuello hasta la clavícula—. Si cruzamos esta línea, no hay vuelta atrás.

—Cállate y hazlo —gimió ella, arqueando el cuerpo cuando sintió los labios de Billy en su piel sensible.

Billy se deshizo de su camisa con movimientos erráticos y luego ayudó a Max a quitarse la suya. La luz del atardecer, filtrada por las persianas, dibujaba rayas doradas sobre sus cuerpos. Él la miró como si fuera lo más hermoso y prohibido que jamás hubiera tenido entre sus manos.

—Eres increíble —murmuró él, sus manos grandes recorriendo sus curvas con una mezcla de rudeza y una ternura inesperada.

—Tú también —respondió ella, asombrada por la vulnerabilidad que veía por primera vez en los ojos de su hermanastro.

Billy bajó la cremallera de sus shorts y los deslizó por sus piernas. Max hizo lo mismo con los jeans de él. Cuando finalmente estuvieron piel con piel, el mundo exterior desapareció. No había Hawkins, no había monstruos en el Upside Down, no había padres autoritarios. Solo estaban ellos dos, ardiendo en su propio infierno privado.

Él se posicionó entre sus piernas, sus músculos tensos bajo el esfuerzo de controlarse. Max lo rodeó con sus piernas, atrayéndolo más hacia ella, sintiendo la dureza de su deseo contra su intimidad.

—Mírame, Max —pidió él con voz ronca.

Ella abrió los ojos, encontrándose con la mirada azul acero de Billy. En ese momento, él se empujó lentamente dentro de ella. Max soltó un jadeo agudo, sus uñas enterrándose en los hombros de él mientras su cuerpo se adaptaba a la invasión. El dolor inicial fue breve, reemplazado rápidamente por una plenitud abrasadora.

—¿Estás bien? —preguntó él, deteniéndose, su frente apoyada contra la de ella.

—Sí... Dios, sí —susurró ella, empezando a moverse rítmicamente.

Billy comenzó a embestir, primero con cautela y luego con una urgencia salvaje. Cada estocada era un rayo de electricidad que recorría la columna de Max. Ella echó la cabeza hacia atrás, soltando gemidos que se perdían en el estruendo de los truenos que ahora sacudían la casa.

—Eres mía, Max —gruñó él al oído, su aliento caliente quemándole la piel—. Siempre has sido mía.

—Y tú eres mío —respondió ella, apretándolo con fuerza, entregándose por completo a la sensación.

El ritmo aumentó, volviéndose frenético y desesperado. El sudor hacía que sus cuerpos se deslizaran uno contra otro, creando un calor insoportable que amenazaba con consumirlos. Max sentía que estaba a punto de estallar, una tensión creciente en su vientre que pedía liberación.

—Billy... por favor —suplicó ella, sin saber exactamente qué estaba pidiendo, solo sabiendo que lo necesitaba todo de él.

Él aceleró, sus movimientos volviéndose profundos y potentes. Max alcanzó el clímax primero, su cuerpo sacudiéndose en espasmos de puro placer mientras gritaba su nombre. Un momento después, Billy soltó un rugido sordo y se tensó, derramándose dentro de ella mientras la abrazaba como si fuera su único ancla en medio de un naufragio.

Se quedaron así durante mucho tiempo, jadeando, con los corazones latiendo al unísono. La lluvia golpeaba con fuerza contra la ventana, aislándolos del resto del universo. Billy se dejó caer a su lado, atrayéndola hacia su pecho y cubriéndolos con la sábana desordenada.

—¿Y ahora qué? —preguntó Max en un susurro, trazando círculos en el pecho tatuado de Billy.

—Ahora nada cambia y todo cambia —respondió él, besándole la coronilla—. Pero nadie tiene por qué saberlo.

Max sonrió contra su piel, sabiendo que habían sellado un pacto oscuro y delicioso. Lo que tenían era tóxico, era incorrecto según todas las leyes sociales, pero en la penumbra de esa habitación, se sentía como lo único real que jamás habían tenido.

—Mañana volveremos a odiarnos frente a los demás —dijo ella, levantando la vista para verlo.

—Mañana —asintió él con una sonrisa depredadora—, pero esta noche eres solo mía.

Billy la volvió a besar, esta vez con más calma, saboreando el triunfo de haber roto finalmente la barrera. Max se acurrucó contra él, sintiéndose extrañamente segura en los brazos del chico que todos temían, pero que ella ahora conocía en su forma más pura y cruda. La tormenta seguía arreciando fuera, pero dentro de la habitación, el fuego apenas comenzaba a arder.
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