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Bajo el reflejo de mi Luna
Fandom: Naruto
Creado: 28/5/2026
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RomanceDolor/ConsueloAcciónAmbientación CanonAventuraDramaAbuso de AlcoholRecortes de VidaFluff
Pétalos de cerezo y sake amargo
El sol de la tarde caía sobre Konoha con una calidez que prometía una primavera inolvidable. Las calles estaban inundadas de linternas de papel, puestos de comida a medio montar y el bullicio constante de los ninjas que, por una vez, habían cambiado sus kunais por martillos y guirnaldas.
Akari Uchiha se apartó un mechón de su lacio cabello negro, aquel flequillo rebelde que siempre terminaba cubriendo la mitad de su rostro, y suspiró con pesadez. Medir un metro sesenta tenía sus ventajas, pero colgar adornos en las vigas más altas de la entrada principal no era una de ellas.
—¡Akari-chan, si sigues mirando ese cartel con tanta intensidad, se va a colgar solo por puro miedo! —exclamó Naruto, quien estaba sentado sobre una pila de cajas de madera, devorando un tazón de ramen instantáneo.
Akari giró la cabeza lentamente. Sus ojos oscuros, usualmente amables, se entrecerraron en una advertencia silenciosa que hizo que el rubio se atragantara con un fideo.
—Naruto, si no dejas de comer y me ayudas con esta guirnalda, te juro que el próximo festival lo celebrarás en el hospital —dijo ella con una sonrisa excesivamente dulce que no llegaba a sus ojos.
—¡Ya voy, ya voy! ¡Qué carácter tienes cuando te estresas! —murmuró Naruto, saltando de las cajas.
A unos metros, Sakura y Shikamaru revisaban una lista de suministros. Sakura parecía agotada, mientras que Shikamaru simplemente lucía como si quisiera estar en cualquier otro lugar del mundo, preferiblemente uno donde pudiera dormir una siesta de diez horas.
—Es un fastidio —comentó Shikamaru, rascándose la nuca—. No sé por qué aceptamos organizar esto. Akari, las flores de cerezo para el altar principal llegan mañana al amanecer. Asegúrate de que los puestos de sake estén lo suficientemente lejos para que nadie cause un desastre antes de la ceremonia.
—Lo tengo controlado, Shikamaru —respondió Akari, recuperando su tono agradable—. Solo necesito que Sasuke deje de mirar las sombras y nos ayude a mover estos barriles.
Sasuke, que había estado apoyado contra un poste de madera con los brazos cruzados y su habitual expresión de indiferencia, ni siquiera se inmutó. Su mirada fría y calculadora recorrió el lugar, deteniéndose apenas un segundo en Akari.
—Es una pérdida de tiempo —sentenció Sasuke con voz monótona—. Deberíamos estar entrenando, no colgando papeles de colores.
—Oh, vamos, Sasuke-kun —intervino Sakura con timidez—, es bueno para la moral de la aldea.
Akari rodó los ojos. Sasuke era su pariente, pero a veces su falta de empatía y su frialdad llegaban a ser desesperantes. Estaba a punto de soltarle una réplica mordaz cuando una presencia conocida hizo que se le erizara la piel de la nuca.
—Vaya, parece que el equipo de preparación está trabajando duro —dijo una voz relajada y profunda a sus espaldas.
Akari se tensó al instante. No necesitaba girarse para saber que Kakashi Hatake estaba allí. El Jounin apareció con su habitual aire de despreocupación, con una mano en el bolsillo y la otra sosteniendo su inseparable libro de tapas naranjas. Sus ojos, o al menos el que quedaba visible, se entrecerraron en lo que Akari sabía que era una sonrisa oculta tras la máscara.
—¡Kakashi-sensei! —gritó Naruto—. ¡Llegas tarde para ayudar!
—Lo siento, me perdí en el sendero de la vida —respondió Kakashi con su excusa de siempre. Luego, dirigió su mirada hacia Akari—. Akari, te ves un poco... sobrepasada. ¿Necesitas una mano con ese cartel?
Akari sintió que el calor subía por su cuello. A pesar de su fuerte personalidad, Kakashi siempre lograba desarmarla. Su altura, su voz calmada y esa mezcla de seriedad y amabilidad la ponían nerviosa de una forma que odiaba admitir.
—E-estoy bien, Kakashi-san —balbuceó, acomodándose el flequillo con nerviosismo—. Solo es un cartel rebelde.
—Permíteme —dijo él, acercándose tanto que Akari pudo oler el sutil aroma a madera y aire libre que siempre lo acompañaba.
Kakashi estiró el brazo por encima de la cabeza de ella, rozando accidentalmente su hombro, y sujetó el cartel con facilidad. La diferencia de altura era evidente; ella apenas le llegaba al hombro, y sentirse tan pequeña bajo su sombra la hizo tragar saliva.
—Listo —dijo él, bajando la mirada hacia ella—. No deberías esforzarte tanto, Akari. El festival es para disfrutarlo, no para terminar agotada antes de que empiece.
—Alguien tiene que hacerlo —respondió ella, tratando de recuperar su compostura y fallando miserablemente cuando él le dedicó un pequeño gesto de reconocimiento con la cabeza.
—Nos vemos más tarde, entonces —dijo Kakashi antes de desaparecer en una nube de humo, dejando a Akari con el corazón latiendo un poco más rápido de lo normal.
***
La noche cayó sobre Konoha y, con ella, la inauguración oficial del Festival de Primavera. Las calles estaban iluminadas por miles de linternas que teñían el ambiente de un naranja cálido. El olor a calamares asados y dulces llenaba el aire, y la música de flautas y tambores resonaba en cada esquina.
Akari, finalmente libre de sus responsabilidades de organización, se encontraba en uno de los puestos de sake que ella misma había ayudado a colocar. Estaba sentada en un rincón algo apartado, disfrutando de la brisa nocturna. Sin embargo, el estrés acumulado de los últimos días y la insistencia de algunos ninjas conocidos la habían llevado a beber más de la cuenta.
—¿Otra ronda, Akari-san? —preguntó el tabernero.
—Solo una más —respondió ella, con la voz un poco más arrastrada de lo habitual. Sus mejillas estaban encendidas y su flequillo ahora caía desordenadamente sobre sus ojos.
Se sentía flotar. La frialdad de Sasuke, los gritos de Naruto y la presión de Shikamaru se habían disuelto en el fondo de su mente. Solo quedaba la calidez del alcohol y la belleza de los pétalos de cerezo que caían como nieve sobre la aldea.
De repente, una figura alta se detuvo frente a su mesa, bloqueando la luz de la linterna más cercana.
—Creo que ya has tenido suficiente por hoy, Akari.
Ella levantó la vista, parpadeando varias veces para enfocar. Kakashi estaba allí, pero esta vez no llevaba su chaleco táctico, sino una yukata oscura que lo hacía lucir extrañamente elegante y aún más imponente.
—¡Oh! El ninja que siempre llega tarde —exclamó Akari con una risita tonta, señalándolo con el dedo—. Kakashi... Kakashi-san. ¿Vienes a decirme que me perdí en el sendero del sake?
Kakashi suspiró, pero había un matiz de diversión en su voz. Se sentó en el banco frente a ella, observando las botellas vacías.
—Vengo a asegurarme de que la jefa de organización llegue a casa de una pieza —dijo él—. Si te quedas aquí mucho más tiempo, mañana tendrás una resaca que ni la medicina de Tsunade-sama podrá curar.
—Eres muy serio, Kakashi —murmuró Akari, apoyando la barbilla en su mano y mirándolo fijamente—. Siempre tan... controlado. Tan misterioso con esa máscara. ¿Sabes que das miedo cuando te pones serio? Pero ahora no das miedo. Ahora pareces... agradable. Muy agradable.
Kakashi se quedó en silencio un momento, sorprendido por la honestidad sin filtros de la Uchiha.
—Es el sake el que habla, Akari —respondió él en voz baja.
—No, no es el sake —insistió ella, inclinándose hacia adelante, invadiendo su espacio personal—. Es que siempre estás ahí, apareciendo de la nada, poniéndome nerviosa... y luego te vas. Es un fastidio, como diría Shikamaru.
Akari intentó levantarse para enfatizar su punto, pero sus piernas no cooperaron. Tropezó con la pata de la mesa y, antes de que pudiera tocar el suelo, unos brazos fuertes y firmes la sujetaron por la cintura.
—Cuidado —susurró Kakashi cerca de su oído.
La cercanía fue eléctrica. Akari se encontró aferrada a los hombros de Kakashi, con el rostro a escasos centímetros de su máscara. El mundo parecía haberse detenido. El ruido del festival se volvió un murmullo lejano y solo existían ellos dos bajo la sombra de los cerezos.
—Kakashi... —susurró ella, su voz perdiendo la bravuconería del alcohol y volviéndose algo mucho más vulnerable.
Él no la soltó. Su mano, grande y cálida, se posó suavemente en la espalda de Akari, mientras que la otra subió con lentitud hacia su rostro. Con una delicadeza que ella no esperaba de un guerrero como él, Kakashi apartó el flequillo que cubría su ojo izquierdo, revelando por completo el rostro de la joven.
—Tienes unos ojos muy hermosos, Akari —dijo él con una sinceridad que la dejó sin aliento—. Es una lástima que los escondas tanto.
Akari sintió que su corazón daba un vuelco. En ese momento, su personalidad fuerte y su temperamento temible se habían esfumado, dejando solo a una mujer que anhelaba algo que no sabía cómo pedir.
—¿Vas a llevarme a casa? —preguntó ella casi en un susurro.
—Sí —respondió Kakashi, ayudándola a ponerse en pie pero manteniendo un brazo alrededor de sus hombros para sostenerla—. Vamos. La noche es larga, pero necesitas descansar.
Caminaron juntos por las calles menos transitadas de la aldea. El aire fresco de la noche ayudó a despejar un poco la mente de Akari, aunque la sensación de la mano de Kakashi sobre ella seguía siendo abrumadora.
—Sasuke se burlará de mí si me ve así —comentó ella de repente, rompiendo el silencio.
—Sasuke tiene sus propios demonios de los que preocuparse —respondió Kakashi con calma—. Y Naruto probablemente pensaría que es divertido. Pero no te preocupes, no dejaré que nadie te moleste.
Llegaron a la puerta de la residencia de Akari. Ella se apoyó contra el marco de la puerta, sintiéndose repentinamente triste porque el camino se hubiera terminado.
—Gracias, Kakashi-san —dijo ella, bajando la mirada—. Siento haber dicho tantas tonterías.
Kakashi soltó una pequeña risa, una de esas raras y genuinas que rara vez compartía.
—No fueron tonterías. Fue... refrescante. Aunque —hizo una pausa, y por un segundo Akari juró que vio un brillo diferente en su ojo—, preferiría que la próxima vez que hablemos así, no necesites tres botellas de sake para decir lo que piensas.
Akari se sonrojó furiosamente, pero esta vez no apartó la mirada.
—¿Habrá una próxima vez? —se atrevió a preguntar.
Kakashi dio un paso atrás, recuperando su postura relajada, pero antes de marcharse, se inclinó y depositó un beso casi imperceptible, a través de la tela de su máscara, en la frente de Akari.
—Mañana, cuando se te pase el dolor de cabeza, búscame en el puente —dijo él—. El festival todavía no termina.
Sin esperar respuesta, desapareció en un parpadeo, dejando tras de sí solo un pétalo de cerezo que flotaba en el aire. Akari entró en su casa, cerrando la puerta y apoyándose contra ella. Su corazón seguía latiendo con fuerza y, a pesar de la inminente resaca, una sonrisa involuntaria apareció en su rostro.
Definitivamente, el Festival de Primavera iba a ser inolvidable.
Akari Uchiha se apartó un mechón de su lacio cabello negro, aquel flequillo rebelde que siempre terminaba cubriendo la mitad de su rostro, y suspiró con pesadez. Medir un metro sesenta tenía sus ventajas, pero colgar adornos en las vigas más altas de la entrada principal no era una de ellas.
—¡Akari-chan, si sigues mirando ese cartel con tanta intensidad, se va a colgar solo por puro miedo! —exclamó Naruto, quien estaba sentado sobre una pila de cajas de madera, devorando un tazón de ramen instantáneo.
Akari giró la cabeza lentamente. Sus ojos oscuros, usualmente amables, se entrecerraron en una advertencia silenciosa que hizo que el rubio se atragantara con un fideo.
—Naruto, si no dejas de comer y me ayudas con esta guirnalda, te juro que el próximo festival lo celebrarás en el hospital —dijo ella con una sonrisa excesivamente dulce que no llegaba a sus ojos.
—¡Ya voy, ya voy! ¡Qué carácter tienes cuando te estresas! —murmuró Naruto, saltando de las cajas.
A unos metros, Sakura y Shikamaru revisaban una lista de suministros. Sakura parecía agotada, mientras que Shikamaru simplemente lucía como si quisiera estar en cualquier otro lugar del mundo, preferiblemente uno donde pudiera dormir una siesta de diez horas.
—Es un fastidio —comentó Shikamaru, rascándose la nuca—. No sé por qué aceptamos organizar esto. Akari, las flores de cerezo para el altar principal llegan mañana al amanecer. Asegúrate de que los puestos de sake estén lo suficientemente lejos para que nadie cause un desastre antes de la ceremonia.
—Lo tengo controlado, Shikamaru —respondió Akari, recuperando su tono agradable—. Solo necesito que Sasuke deje de mirar las sombras y nos ayude a mover estos barriles.
Sasuke, que había estado apoyado contra un poste de madera con los brazos cruzados y su habitual expresión de indiferencia, ni siquiera se inmutó. Su mirada fría y calculadora recorrió el lugar, deteniéndose apenas un segundo en Akari.
—Es una pérdida de tiempo —sentenció Sasuke con voz monótona—. Deberíamos estar entrenando, no colgando papeles de colores.
—Oh, vamos, Sasuke-kun —intervino Sakura con timidez—, es bueno para la moral de la aldea.
Akari rodó los ojos. Sasuke era su pariente, pero a veces su falta de empatía y su frialdad llegaban a ser desesperantes. Estaba a punto de soltarle una réplica mordaz cuando una presencia conocida hizo que se le erizara la piel de la nuca.
—Vaya, parece que el equipo de preparación está trabajando duro —dijo una voz relajada y profunda a sus espaldas.
Akari se tensó al instante. No necesitaba girarse para saber que Kakashi Hatake estaba allí. El Jounin apareció con su habitual aire de despreocupación, con una mano en el bolsillo y la otra sosteniendo su inseparable libro de tapas naranjas. Sus ojos, o al menos el que quedaba visible, se entrecerraron en lo que Akari sabía que era una sonrisa oculta tras la máscara.
—¡Kakashi-sensei! —gritó Naruto—. ¡Llegas tarde para ayudar!
—Lo siento, me perdí en el sendero de la vida —respondió Kakashi con su excusa de siempre. Luego, dirigió su mirada hacia Akari—. Akari, te ves un poco... sobrepasada. ¿Necesitas una mano con ese cartel?
Akari sintió que el calor subía por su cuello. A pesar de su fuerte personalidad, Kakashi siempre lograba desarmarla. Su altura, su voz calmada y esa mezcla de seriedad y amabilidad la ponían nerviosa de una forma que odiaba admitir.
—E-estoy bien, Kakashi-san —balbuceó, acomodándose el flequillo con nerviosismo—. Solo es un cartel rebelde.
—Permíteme —dijo él, acercándose tanto que Akari pudo oler el sutil aroma a madera y aire libre que siempre lo acompañaba.
Kakashi estiró el brazo por encima de la cabeza de ella, rozando accidentalmente su hombro, y sujetó el cartel con facilidad. La diferencia de altura era evidente; ella apenas le llegaba al hombro, y sentirse tan pequeña bajo su sombra la hizo tragar saliva.
—Listo —dijo él, bajando la mirada hacia ella—. No deberías esforzarte tanto, Akari. El festival es para disfrutarlo, no para terminar agotada antes de que empiece.
—Alguien tiene que hacerlo —respondió ella, tratando de recuperar su compostura y fallando miserablemente cuando él le dedicó un pequeño gesto de reconocimiento con la cabeza.
—Nos vemos más tarde, entonces —dijo Kakashi antes de desaparecer en una nube de humo, dejando a Akari con el corazón latiendo un poco más rápido de lo normal.
***
La noche cayó sobre Konoha y, con ella, la inauguración oficial del Festival de Primavera. Las calles estaban iluminadas por miles de linternas que teñían el ambiente de un naranja cálido. El olor a calamares asados y dulces llenaba el aire, y la música de flautas y tambores resonaba en cada esquina.
Akari, finalmente libre de sus responsabilidades de organización, se encontraba en uno de los puestos de sake que ella misma había ayudado a colocar. Estaba sentada en un rincón algo apartado, disfrutando de la brisa nocturna. Sin embargo, el estrés acumulado de los últimos días y la insistencia de algunos ninjas conocidos la habían llevado a beber más de la cuenta.
—¿Otra ronda, Akari-san? —preguntó el tabernero.
—Solo una más —respondió ella, con la voz un poco más arrastrada de lo habitual. Sus mejillas estaban encendidas y su flequillo ahora caía desordenadamente sobre sus ojos.
Se sentía flotar. La frialdad de Sasuke, los gritos de Naruto y la presión de Shikamaru se habían disuelto en el fondo de su mente. Solo quedaba la calidez del alcohol y la belleza de los pétalos de cerezo que caían como nieve sobre la aldea.
De repente, una figura alta se detuvo frente a su mesa, bloqueando la luz de la linterna más cercana.
—Creo que ya has tenido suficiente por hoy, Akari.
Ella levantó la vista, parpadeando varias veces para enfocar. Kakashi estaba allí, pero esta vez no llevaba su chaleco táctico, sino una yukata oscura que lo hacía lucir extrañamente elegante y aún más imponente.
—¡Oh! El ninja que siempre llega tarde —exclamó Akari con una risita tonta, señalándolo con el dedo—. Kakashi... Kakashi-san. ¿Vienes a decirme que me perdí en el sendero del sake?
Kakashi suspiró, pero había un matiz de diversión en su voz. Se sentó en el banco frente a ella, observando las botellas vacías.
—Vengo a asegurarme de que la jefa de organización llegue a casa de una pieza —dijo él—. Si te quedas aquí mucho más tiempo, mañana tendrás una resaca que ni la medicina de Tsunade-sama podrá curar.
—Eres muy serio, Kakashi —murmuró Akari, apoyando la barbilla en su mano y mirándolo fijamente—. Siempre tan... controlado. Tan misterioso con esa máscara. ¿Sabes que das miedo cuando te pones serio? Pero ahora no das miedo. Ahora pareces... agradable. Muy agradable.
Kakashi se quedó en silencio un momento, sorprendido por la honestidad sin filtros de la Uchiha.
—Es el sake el que habla, Akari —respondió él en voz baja.
—No, no es el sake —insistió ella, inclinándose hacia adelante, invadiendo su espacio personal—. Es que siempre estás ahí, apareciendo de la nada, poniéndome nerviosa... y luego te vas. Es un fastidio, como diría Shikamaru.
Akari intentó levantarse para enfatizar su punto, pero sus piernas no cooperaron. Tropezó con la pata de la mesa y, antes de que pudiera tocar el suelo, unos brazos fuertes y firmes la sujetaron por la cintura.
—Cuidado —susurró Kakashi cerca de su oído.
La cercanía fue eléctrica. Akari se encontró aferrada a los hombros de Kakashi, con el rostro a escasos centímetros de su máscara. El mundo parecía haberse detenido. El ruido del festival se volvió un murmullo lejano y solo existían ellos dos bajo la sombra de los cerezos.
—Kakashi... —susurró ella, su voz perdiendo la bravuconería del alcohol y volviéndose algo mucho más vulnerable.
Él no la soltó. Su mano, grande y cálida, se posó suavemente en la espalda de Akari, mientras que la otra subió con lentitud hacia su rostro. Con una delicadeza que ella no esperaba de un guerrero como él, Kakashi apartó el flequillo que cubría su ojo izquierdo, revelando por completo el rostro de la joven.
—Tienes unos ojos muy hermosos, Akari —dijo él con una sinceridad que la dejó sin aliento—. Es una lástima que los escondas tanto.
Akari sintió que su corazón daba un vuelco. En ese momento, su personalidad fuerte y su temperamento temible se habían esfumado, dejando solo a una mujer que anhelaba algo que no sabía cómo pedir.
—¿Vas a llevarme a casa? —preguntó ella casi en un susurro.
—Sí —respondió Kakashi, ayudándola a ponerse en pie pero manteniendo un brazo alrededor de sus hombros para sostenerla—. Vamos. La noche es larga, pero necesitas descansar.
Caminaron juntos por las calles menos transitadas de la aldea. El aire fresco de la noche ayudó a despejar un poco la mente de Akari, aunque la sensación de la mano de Kakashi sobre ella seguía siendo abrumadora.
—Sasuke se burlará de mí si me ve así —comentó ella de repente, rompiendo el silencio.
—Sasuke tiene sus propios demonios de los que preocuparse —respondió Kakashi con calma—. Y Naruto probablemente pensaría que es divertido. Pero no te preocupes, no dejaré que nadie te moleste.
Llegaron a la puerta de la residencia de Akari. Ella se apoyó contra el marco de la puerta, sintiéndose repentinamente triste porque el camino se hubiera terminado.
—Gracias, Kakashi-san —dijo ella, bajando la mirada—. Siento haber dicho tantas tonterías.
Kakashi soltó una pequeña risa, una de esas raras y genuinas que rara vez compartía.
—No fueron tonterías. Fue... refrescante. Aunque —hizo una pausa, y por un segundo Akari juró que vio un brillo diferente en su ojo—, preferiría que la próxima vez que hablemos así, no necesites tres botellas de sake para decir lo que piensas.
Akari se sonrojó furiosamente, pero esta vez no apartó la mirada.
—¿Habrá una próxima vez? —se atrevió a preguntar.
Kakashi dio un paso atrás, recuperando su postura relajada, pero antes de marcharse, se inclinó y depositó un beso casi imperceptible, a través de la tela de su máscara, en la frente de Akari.
—Mañana, cuando se te pase el dolor de cabeza, búscame en el puente —dijo él—. El festival todavía no termina.
Sin esperar respuesta, desapareció en un parpadeo, dejando tras de sí solo un pétalo de cerezo que flotaba en el aire. Akari entró en su casa, cerrando la puerta y apoyándose contra ella. Su corazón seguía latiendo con fuerza y, a pesar de la inminente resaca, una sonrisa involuntaria apareció en su rostro.
Definitivamente, el Festival de Primavera iba a ser inolvidable.
