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Mi novio gruñón lol

Fandom: Genshin Impact

Creado: 28/5/2026

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Entre la arena y el cielo de zafiro

El sol de Sumeru comenzaba a ocultarse tras las dunas, tiñendo el horizonte de un naranja vibrante que se filtraba por las ventanas de la pequeña propiedad que Sethos mantenía cerca de la linde entre la selva y el desierto. Era un lugar tranquilo, un refugio para el líder del Templo del Silencio cuando los deberes de los ritos antiguos y la gestión de secretos le permitían un respiro. Sin embargo, hoy el silencio del templo era lo último en su mente.

Sethos, con su piel color miel brillando bajo la luz crepuscular, observaba al joven sentado en el borde de la cama. Wanderer, o "Kasacchi", como Sethos insistía en llamarlo para fastidio (y secreto deleite) del antiguo heraldo, se quitaba el gran sombrero con un gesto fluido, dejando que desapareciera en una ráfica de energía Anemo.

—Te ves especialmente pensativo hoy —comentó Sethos con esa sonrisa fácil y carismática que solía desarmar a cualquiera. Se acercó, dejando ver su complexión ligeramente más robusta que la de otros jóvenes de su estatura, un físico forjado por los rigores del desierto.

—Solo pensaba en lo ridículo que es que creas que nadie lo sabe —respondió Wanderer sin mirarlo, aunque sus ojos azules, delineados de rojo, brillaron con una chispa de ironía—. Tighnari nos miró hoy con esa expresión de suficiencia que pone cuando ha diseccionado un hongo nuevo. Y Kaveh... bueno, ese idiota no sabe guardar un secreto ni aunque su vida dependiera de ello.

Sethos soltó una carcajada limpia, sentándose a su lado. Sus ojos verdes con destellos amarillos buscaron los de su pareja.

—Bueno, si el Gran Juez o el General no han venido a cuestionar mi integridad moral, supongo que estamos a salvo por ahora —Sethos extendió una mano, acariciando con el pulgar la mejilla pálida y perfecta de la marioneta—. Además, ¿qué importa? Lo que tenemos es real, Kasacchi.

Wanderer resopló, pero no se alejó del contacto. A pesar de su cinismo y su lengua mordaz, estar con Sethos era lo único que lograba acallar las voces de su pasado. Sethos era sencillo, servicial y, sobre todo, increíblemente cálido.

—La última vez —dijo Wanderer de repente, su voz volviéndose un poco más afilada— prometiste que tendrías cuidado. Fue... un desastre.

Sethos se rascó la nuca, un poco avergonzado. Recordaba perfectamente el incidente de hacía unas semanas. La pasión los había desbordado y él, incapaz de contenerse, no logró retirarse a tiempo.

—¡Ya te lo dije! —se defendió Sethos, aunque con un tono juguetón—. No fue del todo mi culpa. Me tenías rodeado con esas piernas tuyas, apretando tan fuerte que no había forma de que me moviera. Parecía que querías que me quedara allí para siempre.

Wanderer se sonrojó, un matiz rosado subiendo por su cuello de porcelana.

—Cállate. Te advertí que si volvía a pasar, no dejaría que me tocaras nunca más. Odio la suciedad. Es... degradante.

Sethos se puso serio por un momento, tomando las manos de Wanderer entre las suyas. Sus guantes negros sin dedos contrastaban con la piel clara del otro.

—Lo entiendo. Te respeto, Kasacchi. Esta vez haremos las cosas de forma diferente. Quiero que estés cómodo.

Sethos guio a Wanderer con suavidad, pero esta vez no lo dejó sobre su espalda. Con un movimiento firme pero delicado, le indicó que se girara. Wanderer, un poco confundido y con el ceño fruncido, terminó con las rodillas flexionadas sobre el colchón y la cabeza apoyada en la almohada, de espaldas a Sethos.

—¿Qué es esto? —preguntó Wanderer, su voz amortiguada por la tela—. Es... humillante. Me siento como un animal.

—No lo es —susurró Sethos al oído de Wanderer, su aliento cálido enviando escalofríos por la espalda de la marioneta—. Así no podrás atraparme con tus piernas y podré tener más control. Confía en mí.

Sethos comenzó a despojarlo de sus prendas con una lentitud reverente. Sus manos, expertas en manejar artefactos antiguos y arcos, se movían con una precisión amorosa. Se tomó su tiempo para adorar el cuerpo de Wanderer, recorriendo con sus labios la línea de su columna vertebral, dejando besos suaves sobre la piel fría que, bajo su tacto, parecía cobrar un calor humano.

—Eres hermoso, ¿lo sabes? —murmuró Sethos mientras sus dedos se deslizaban hacia la cintura de Wanderer, donde su Visión Electro chispeaba suavemente en la tela morada descartada a un lado.

—Eres un adulador —respondió Wanderer, aunque sus hombros se relajaron.

Sethos comenzó con la preparación, usando un aceite aromático que olía a flores de Sumeru. Sus dedos entraban y salían con paciencia, estirando a Wanderer con cuidado, escuchando cada pequeño jadeo que escapaba de los labios del otro. Wanderer apretaba las sábanas con fuerza, su mente luchando entre el deseo de mantener su fachada altiva y la abrumadora sensación de placer que Sethos le provocaba.

Cuando Sethos finalmente se posicionó detrás de él, el ambiente en la habitación era denso y cargado de electricidad.

—¿Estás listo? —preguntó Sethos, buscando el consentimiento en el tono de su voz.

—Hazlo de una vez —gruñó Wanderer, aunque su tono carecía de verdadera mordacidad.

Sethos entró lentamente, llenándolo centímetro a centímetro. Wanderer soltó un gemido largo, hundiendo el rostro en la almohada. La posición era profunda, permitiendo que Sethos llegara a lugares que lo hacían temblar. El ritmo comenzó pausado, rítmico, como el latido de un corazón que Wanderer técnicamente no poseía, pero que juraría sentir en ese momento.

Sethos se inclinó sobre él, usando una mano para acariciar el pecho de Wanderer, jugando con sus pezones hasta que estos se endurecieron, mientras la otra mano se entrelazaba con la de Wanderer sobre la cama. El sonido de sus cuerpos encontrándose era lo único que llenaba la habitación, junto con la respiración entrecortada de ambos.

—¡Sethos...! —el nombre escapó de los labios de Wanderer como una súplica.

Sin embargo, a medida que el placer aumentaba y la intensidad de las estocadas de Sethos se volvía más errática, algo cambió en Wanderer. La falta de contacto visual, el no poder ver los ojos verdes de Sethos, empezó a pesarle. Se sintió extrañamente aislado a pesar de la unión física. Los recuerdos de su pasado, de la soledad y de las traiciones, intentaron filtrarse por las grietas de su armadura emocional.

De repente, un sollozo ahogado escapó de su garganta. No era de dolor, sino de una vulnerabilidad que lo asustaba. Las lágrimas comenzaron a mojar la almohada.

Sethos, siempre atento, se detuvo de inmediato. Su corazón dio un vuelco.

—¿Kasacchi? ¿Qué pasa? ¿Te duele? Lo siento, yo... —Sethos empezó a retirarse, asustado de haber cruzado algún límite.

—¡No! —gritó Wanderer, girando un poco la cabeza, con los ojos empañados y las mejillas rojas—. No pares. No te atrevas a parar.

—Pero estás llorando —dijo Sethos, su voz llena de preocupación genuina.

—Es solo que... —Wanderer tragó saliva, tratando de recuperar el aliento—. No me gusta esta posición. No quiero estar así. Quiero verte. Quiero que me abraces.

El corazón de Sethos se derritió. La vulnerabilidad de Wanderer era un regalo que no se tomaba a la ligera. Sin decir una palabra, lo ayudó a girarse. Wanderer inmediatamente rodeó el cuello de Sethos con sus brazos y, como era su costumbre, enredó sus piernas alrededor de su cintura, atrayéndolo hacia sí con una fuerza desesperada.

—Aquí estoy —susurró Sethos, besando las lágrimas de sus ojos—. Mírame. No me voy a ningún lado.

Wanderer lo miró fijamente, sus ojos azules encontrándose con los verdes de Sethos. En ese espacio compartido, no había marionetas ni líderes de templos, solo dos almas buscando consuelo en la otra.

—Eres un idiota —murmuró Wanderer antes de unir sus labios en un beso hambriento.

El ritmo se reanudó, pero esta vez era mucho más íntimo. Sethos lo embestía con una devoción casi religiosa, adorando cada centímetro de su piel, deteniéndose para besar sus hombros, su cuello, sus labios. Wanderer, por su parte, se entregaba por completo, sus uñas enterrándose ligeramente en la espalda de Sethos, marcando su territorio.

—Sethos... quédate... dentro... —pidió Wanderer entre jadeos, olvidando por completo sus quejas anteriores sobre la limpieza. En ese momento, quería todo de él. Quería sentirse lleno, quería que Sethos dejara su marca en él de la forma más primitiva posible.

Sethos no necesitó que se lo pidieran dos veces. Con un último empuje profundo y un gemido que vibró en el pecho de Wanderer, se corrió dentro de él, sintiendo cómo las paredes internas de la marioneta se contraían en espasmos de placer. Wanderer ocultó el rostro en el hombro de Sethos, temblando mientras su propio clímax lo alcanzaba, una oleada de calor que lo dejó exhausto y completo.

Se quedaron así durante mucho tiempo, unidos, mientras sus respiraciones se normalizaban. El silencio de la noche en el desierto los envolvía.

Fiel a su naturaleza servicial y dedicada, Sethos fue el primero en moverse, aunque Wanderer emitió un quejido de protesta cuando el calor corporal se alejó un poco.

—Déjame ayudarte a limpiarte, Kasacchi —dijo Sethos con dulzura, trayendo un paño tibio y agua que ya tenía preparada.

Wanderer se dejó hacer, observando cómo Sethos lo limpiaba con una paciencia infinita, sin rastro de burla o disgusto. Al contrario, Sethos lo hacía con una reverencia que hacía que Wanderer se sintiera valorado, no como un objeto o una herramienta, sino como una persona.

—¿Sigues enojado conmigo? —preguntó Sethos con una chispa de picardía una vez que terminaron y ambos se acomodaron bajo las sábanas.

Wanderer se acurrucó contra el pecho de Sethos, dejando que el sonido del corazón del joven lo arrullara.

—Todavía eres un desastre —respondió Wanderer en un susurro, cerrando los ojos—. Pero supongo que puedo tolerarlo. Prefiero esto... prefiero abrazarte.

Sethos sonrió, besando la coronilla de su cabeza.

—Yo también, Kasacchi. Yo también.

Afuera, las estrellas brillaban sobre las arenas de Sumeru, guardando el secreto de los dos amantes que, en la quietud de la noche, habían encontrado su propio templo del silencio.
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