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Planeswalker: Oni
Fandom: High School DXD y Slash Dog Novela Ligera
Creado: 28/5/2026
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FantasíaAcciónIsekai / Fantasía PortalHistóricoAventuraSupervivenciaViolencia GráficaDolor/Consuelo
Sangre de Antaño y Destellos de Azabache
El crujido rítmico de sus zapatillas contra el pavimento era el único sonido que acompañaba a Akaishi Yozakura en su camino de regreso. A sus dieciséis años, la vida solía ser una serie de equilibrios medidos: el peso del balón de baloncesto en sus manos, la disciplina de las artes marciales que practicaba al amanecer y la calma estoica que mantenía frente a sus compañeros de clase.
Esa tarde, las responsabilidades del club de baloncesto se habían extendido más de lo habitual. Como capitán en potencia y alguien con un sentido del deber por encima de la media, Akaishi no podía simplemente dejar los balones desinflados o las redes sin revisar. Para cuando salió de la escuela secundaria, el cielo de Japón ya se había teñido de un violeta profundo, dando paso a una noche cerrada y sin luna.
Caminaba con paso firme, su cuerpo atlético moviéndose con una gracia natural que ocultaba la fatiga. A pesar de su apariencia humana ordinaria —cabello castaño ligeramente alborotado y ojos rojos que a menudo atraían miradas de curiosidad—, Akaishi siempre se había sentido... diferente. No era solo su madurez o su pragmatismo realista, sino una vitalidad interna que a veces amenazaba con desbordarse.
—Yukino y Kaede van a regañarme por llegar tarde otra vez —murmuró para sí mismo, soltando un suspiro que se convirtió en una pequeña nube de vapor en el aire frío—. Al menos Kaede entenderá que el entrenamiento no se detiene solo porque el sol se ponga.
Sus "tías", como solía llamarlas, eran mujeres peculiares. Yukino, siempre serena y fría al tacto, y Kaede, una mujer de una fuerza física aterradora y un temperamento vibrante. Akaishi las respetaba profundamente, valorando la disciplina que le habían inculcado. Gracias a ellas, no era un adolescente impulsivo, sino alguien que sabía cuándo mediar y cuándo luchar.
Sin embargo, sus pensamientos fueron interrumpidos de golpe.
Un estruendo, como el choque de metal contra piedra, resonó desde la espesura del bosque que bordeaba el camino hacia su casa. Akaishi se detuvo en seco. Sus sentidos, siempre agudos, captaron algo más: un olor a ozono, azufre y algo que solo podía describir como "antiguo".
Normalmente, su pragmatismo le habría dictado seguir caminando. No era su problema, y las peleas callejeras no eran algo en lo que un estudiante modelo debiera involucrarse. Pero había algo en los gritos —gritos que no sonaban del todo humanos— que encendió su curiosidad y su amor por la adrenalina.
—Solo un vistazo —se dijo, ajustando la correa de su mochila—. Si es una banda de delincuentes, llamaré a la policía.
Se internó en el bosque con la cautela de un cazador. Gracias a su entrenamiento en artes marciales, sus pasos eran inaudibles sobre las hojas secas. Al llegar a un claro, lo que vio desafió toda la lógica de su mundo moderno y escéptico.
En el centro del claro, un grupo de personas vestidas con atuendos que recordaban a los antiguos exorcistas japoneses luchaba desesperadamente. A la cabeza de ellos, una mujer de una belleza letal y cabello oscuro, que emanaba una autoridad incuestionable, movía sus manos con una precisión rítmica. Akaishi no lo sabía, pero estaba presenciando a Suzaku Himejima en plena acción.
Frente a ellos, las pesadillas cobraban vida. Criaturas grotescas, sombras con garras y ojos amarillentos, rugían con una furia salvaje. Eran Yokais, seres de leyenda que Akaishi siempre había considerado metáforas en los mangas que leía.
—¡Mantengan la formación! —gritó la voz clara y potente de Suzaku—. ¡No permitan que estos renegados rompan el sello!
Akaishi observó, oculto tras un roble centenario, cómo la realidad se fracturaba frente a sus ojos. Su desprecio por las instituciones religiosas era conocido, pero esto no parecía una farsa de sacerdotes hipócritas buscando dinero; era una lucha a muerte.
En medio de los monstruos, destacaba uno en particular: un Oni de piel azulada y cuernos retorcidos que empuñaba un mazo de hierro cubierto de púas. El Oni soltó una carcajada ronca que hizo vibrar el pecho de Akaishi.
—¡Himejima! —rugió el monstruo—. ¡Tu sangre purificadora no será suficiente para detenernos esta vez!
Fue entonces cuando el azar, o quizás el destino, decidió intervenir. Una ráfaga de viento provocada por un hechizo fallido golpeó la posición de Akaishi, haciendo que una rama crujiera bajo su pie. El sonido fue mínimo, pero para los oídos sobrenaturales del Oni, fue como un disparo.
—Vaya, vaya... —El Oni giró su enorme cabeza hacia el árbol de Akaishi—. Un pequeño ratón humano está mirando donde no debe.
—¡Maldición! —Akaishi saltó de su escondite justo cuando el mazo del Oni impactaba contra el árbol, reduciéndolo a astillas en un segundo.
El joven rodó por el suelo, recuperando el equilibrio con una voltereta perfecta, pero se encontró rodeado. Tres Yokais menores, con formas de lobos humanoides, se relamieron los colmillos mientras se acercaban a él.
—¡Retrocede, chico! —gritó Suzaku, intentando abrirse paso entre los renegados, pero fue bloqueada por otros dos enemigos—. ¡Huye de aquí!
Akaishi apretó los puños. Su mente pragmática analizaba las salidas, pero su espíritu de lucha ardía. No era un héroe de cómic, no creía en sacrificios estúpidos, pero tampoco iba a morir suplicando.
—Si quieren una pelea, la tendrán —dijo Akaishi, su voz extrañamente calmada a pesar de la situación.
Lanzó un golpe directo al hocico del primer lobo que saltó hacia él. El impacto fue sólido, mucho más de lo que un humano normal debería ser capaz de infligir. El Yokai salió despedido varios metros, aullando de dolor. Sin embargo, el Oni principal no estaba impresionado.
—Eres interesante, cachorro —dijo el gigante azul, apareciendo frente a Akaishi con una velocidad cegadora—. Pero los humanos mueren fácil.
El Oni lanzó un zarpazo que Akaishi apenas pudo esquivar, pero las garras rozaron su costado, desgarrando su uniforme escolar y abriendo profundos surcos en su piel. El dolor fue instantáneo, un fuego líquido que recorrió sus nervios. Akaishi cayó de rodillas, presionando su herida mientras la sangre manchaba sus dedos.
—Qué desperdicio —se burló el Oni, levantando su mazo para el golpe final.
Suzaku gritó algo, pero el sonido parecía lejano, como si Akaishi estuviera bajo el agua.
En ese momento, algo dentro de él se rompió. No fue un hueso, sino una barrera. El sello que Yukino y Kaede habían mantenido cuidadosamente durante dieciséis años, ocultando su verdadera naturaleza, se resquebrajó ante la proximidad de la muerte y la presencia de su propia sangre derramada.
La sangre de Akaishi no era roja común; empezó a brillar con un matiz carmesí intenso, casi luminiscente.
—¿Qué es esto...? —susurró Akaishi, sintiendo que su corazón latía con la fuerza de un tambor de guerra.
Un calor insoportable emanó de su frente. Dos protuberancias comenzaron a rasgar su piel, emergiendo como puntas de obsidiana bañadas en sangre. Sus ojos, ya rojos de por sí, se volvieron de un tono escarlata sobrenatural que parecía emitir luz propia.
—¡Un Hanyo! —exclamó el Oni, deteniendo su ataque por la pura sorpresa—. ¡Y su sangre es de un Oni de alto rango!
El poder que estalló desde el cuerpo de Akaishi fue una onda expansiva de energía pura que lanzó a los Yokais cercanos hacia atrás. El suelo bajo sus pies se agrietó. Akaishi ya no sentía el dolor de su herida, solo una rabia fría y una sed de combate que nunca antes había experimentado.
Sin embargo, el despertar fue demasiado violento para un cuerpo que no estaba preparado. Al mismo tiempo que su herencia Yokai reclamaba su lugar, el espacio alrededor de Akaishi comenzó a distorsionarse. Un destello de colores arcoíris, vibrante y caótico, envolvió su figura.
—¿Akaishi? —alcanzó a murmurar la voz de Suzaku, quien observaba con asombro la transformación del joven.
Pero Akaishi ya no estaba allí. El destello se intensificó hasta volverse cegador, y con un sonido similar al de un cristal rompiéndose, el joven desapareció del claro, dejando tras de sí solo un rastro de ozono y el eco de un rugido que no era humano.
***
El aire era diferente.
En lugar del olor a ciudad y contaminación de su Japón natal, este aire olía a pino, a tierra mojada y a un humo antiguo y persistente. Era un aire denso, cargado de una energía que hacía vibrar los huesos.
Akaishi abrió los ojos con dificultad. Todo le daba vueltas. Intentó levantarse, pero sus brazos fallaron y volvió a caer sobre la hierba alta. Su cuerpo se sentía pesado, como si hubiera corrido un maratón mientras cargaba pesas de plomo.
Llevó una mano a su frente y sus dedos rozaron algo sólido y afilado. El pánico intentó apoderarse de él, pero su control emocional, forjado en años de disciplina, lo mantuvo a raya.
—Cuernos... —susurró con voz ronca—. Realmente tengo cuernos.
Miró sus manos. Estaban manchadas de sangre, pero las heridas en su costado se estaban cerrando a una velocidad antinatural. Su mente pragmática intentó procesar la situación: estaba en un bosque, pero no era "su" bosque. Los árboles eran más grandes, el cielo se veía distinto, y la sensación de peligro en el ambiente era constante, como si el mundo mismo fuera una bestia al acecho.
A unos metros de él, una pequeña cabaña de madera y paja se alzaba en una colina. El diseño era antiguo, del periodo Sengoku, algo que solo había visto en museos o dramas históricos.
—¿Dónde diablos estoy? —se preguntó, intentando ponerse de pie una vez más.
El esfuerzo fue demasiado. Su visión se nubló y la oscuridad comenzó a cerrarse sobre él. Justo antes de perder el conocimiento por completo, escuchó el sonido de pasos acercándose. No eran pasos pesados como los del Oni azul, sino ligeros y cautelosos.
Una figura se detuvo frente a él.
Akaishi, en su último aliento de conciencia, levantó la vista. La persona que lo observaba vestía ropas de viaje sencillas pero funcionales, con un aura de serenidad y poder contenido. Lo más llamativo era la expresión de la figura: una mezcla de sorpresa y reconocimiento al ver los cuernos de color rojo que adornaban la frente del joven herido.
—Otro como yo... —pareció escuchar Akaishi, aunque la voz era poco más que un susurro en el viento.
El joven de dieciséis años, el híbrido que no sabía que lo era, finalmente se rindió al cansancio. Akaishi Yozakura cayó inconsciente en la tierra de un Japón que ya no era el suyo, un mundo donde los demonios caminaban a la luz del día y donde su herencia Oni no sería un secreto, sino su mayor arma para sobrevivir.
El protagonista de aquel lugar, un guerrero que conocía bien la carga de llevar sangre de Yokai en las venas, se inclinó para recoger al joven. En ese remoto rincón del periodo Sengoku, un año antes de que las llamas de la guerra y los fragmentos de Amrita cambiaran el destino de la nación, dos caminos destinados a cruzarse acababan de encontrarse.
Akaishi había buscado aventura y adrenalina, y ahora, en este mundo de acero y espíritus, tendría más de la que jamás pudo imaginar. Pero por ahora, solo había silencio y el suave susurro de los árboles bajo la luna de una era olvidada.
Esa tarde, las responsabilidades del club de baloncesto se habían extendido más de lo habitual. Como capitán en potencia y alguien con un sentido del deber por encima de la media, Akaishi no podía simplemente dejar los balones desinflados o las redes sin revisar. Para cuando salió de la escuela secundaria, el cielo de Japón ya se había teñido de un violeta profundo, dando paso a una noche cerrada y sin luna.
Caminaba con paso firme, su cuerpo atlético moviéndose con una gracia natural que ocultaba la fatiga. A pesar de su apariencia humana ordinaria —cabello castaño ligeramente alborotado y ojos rojos que a menudo atraían miradas de curiosidad—, Akaishi siempre se había sentido... diferente. No era solo su madurez o su pragmatismo realista, sino una vitalidad interna que a veces amenazaba con desbordarse.
—Yukino y Kaede van a regañarme por llegar tarde otra vez —murmuró para sí mismo, soltando un suspiro que se convirtió en una pequeña nube de vapor en el aire frío—. Al menos Kaede entenderá que el entrenamiento no se detiene solo porque el sol se ponga.
Sus "tías", como solía llamarlas, eran mujeres peculiares. Yukino, siempre serena y fría al tacto, y Kaede, una mujer de una fuerza física aterradora y un temperamento vibrante. Akaishi las respetaba profundamente, valorando la disciplina que le habían inculcado. Gracias a ellas, no era un adolescente impulsivo, sino alguien que sabía cuándo mediar y cuándo luchar.
Sin embargo, sus pensamientos fueron interrumpidos de golpe.
Un estruendo, como el choque de metal contra piedra, resonó desde la espesura del bosque que bordeaba el camino hacia su casa. Akaishi se detuvo en seco. Sus sentidos, siempre agudos, captaron algo más: un olor a ozono, azufre y algo que solo podía describir como "antiguo".
Normalmente, su pragmatismo le habría dictado seguir caminando. No era su problema, y las peleas callejeras no eran algo en lo que un estudiante modelo debiera involucrarse. Pero había algo en los gritos —gritos que no sonaban del todo humanos— que encendió su curiosidad y su amor por la adrenalina.
—Solo un vistazo —se dijo, ajustando la correa de su mochila—. Si es una banda de delincuentes, llamaré a la policía.
Se internó en el bosque con la cautela de un cazador. Gracias a su entrenamiento en artes marciales, sus pasos eran inaudibles sobre las hojas secas. Al llegar a un claro, lo que vio desafió toda la lógica de su mundo moderno y escéptico.
En el centro del claro, un grupo de personas vestidas con atuendos que recordaban a los antiguos exorcistas japoneses luchaba desesperadamente. A la cabeza de ellos, una mujer de una belleza letal y cabello oscuro, que emanaba una autoridad incuestionable, movía sus manos con una precisión rítmica. Akaishi no lo sabía, pero estaba presenciando a Suzaku Himejima en plena acción.
Frente a ellos, las pesadillas cobraban vida. Criaturas grotescas, sombras con garras y ojos amarillentos, rugían con una furia salvaje. Eran Yokais, seres de leyenda que Akaishi siempre había considerado metáforas en los mangas que leía.
—¡Mantengan la formación! —gritó la voz clara y potente de Suzaku—. ¡No permitan que estos renegados rompan el sello!
Akaishi observó, oculto tras un roble centenario, cómo la realidad se fracturaba frente a sus ojos. Su desprecio por las instituciones religiosas era conocido, pero esto no parecía una farsa de sacerdotes hipócritas buscando dinero; era una lucha a muerte.
En medio de los monstruos, destacaba uno en particular: un Oni de piel azulada y cuernos retorcidos que empuñaba un mazo de hierro cubierto de púas. El Oni soltó una carcajada ronca que hizo vibrar el pecho de Akaishi.
—¡Himejima! —rugió el monstruo—. ¡Tu sangre purificadora no será suficiente para detenernos esta vez!
Fue entonces cuando el azar, o quizás el destino, decidió intervenir. Una ráfaga de viento provocada por un hechizo fallido golpeó la posición de Akaishi, haciendo que una rama crujiera bajo su pie. El sonido fue mínimo, pero para los oídos sobrenaturales del Oni, fue como un disparo.
—Vaya, vaya... —El Oni giró su enorme cabeza hacia el árbol de Akaishi—. Un pequeño ratón humano está mirando donde no debe.
—¡Maldición! —Akaishi saltó de su escondite justo cuando el mazo del Oni impactaba contra el árbol, reduciéndolo a astillas en un segundo.
El joven rodó por el suelo, recuperando el equilibrio con una voltereta perfecta, pero se encontró rodeado. Tres Yokais menores, con formas de lobos humanoides, se relamieron los colmillos mientras se acercaban a él.
—¡Retrocede, chico! —gritó Suzaku, intentando abrirse paso entre los renegados, pero fue bloqueada por otros dos enemigos—. ¡Huye de aquí!
Akaishi apretó los puños. Su mente pragmática analizaba las salidas, pero su espíritu de lucha ardía. No era un héroe de cómic, no creía en sacrificios estúpidos, pero tampoco iba a morir suplicando.
—Si quieren una pelea, la tendrán —dijo Akaishi, su voz extrañamente calmada a pesar de la situación.
Lanzó un golpe directo al hocico del primer lobo que saltó hacia él. El impacto fue sólido, mucho más de lo que un humano normal debería ser capaz de infligir. El Yokai salió despedido varios metros, aullando de dolor. Sin embargo, el Oni principal no estaba impresionado.
—Eres interesante, cachorro —dijo el gigante azul, apareciendo frente a Akaishi con una velocidad cegadora—. Pero los humanos mueren fácil.
El Oni lanzó un zarpazo que Akaishi apenas pudo esquivar, pero las garras rozaron su costado, desgarrando su uniforme escolar y abriendo profundos surcos en su piel. El dolor fue instantáneo, un fuego líquido que recorrió sus nervios. Akaishi cayó de rodillas, presionando su herida mientras la sangre manchaba sus dedos.
—Qué desperdicio —se burló el Oni, levantando su mazo para el golpe final.
Suzaku gritó algo, pero el sonido parecía lejano, como si Akaishi estuviera bajo el agua.
En ese momento, algo dentro de él se rompió. No fue un hueso, sino una barrera. El sello que Yukino y Kaede habían mantenido cuidadosamente durante dieciséis años, ocultando su verdadera naturaleza, se resquebrajó ante la proximidad de la muerte y la presencia de su propia sangre derramada.
La sangre de Akaishi no era roja común; empezó a brillar con un matiz carmesí intenso, casi luminiscente.
—¿Qué es esto...? —susurró Akaishi, sintiendo que su corazón latía con la fuerza de un tambor de guerra.
Un calor insoportable emanó de su frente. Dos protuberancias comenzaron a rasgar su piel, emergiendo como puntas de obsidiana bañadas en sangre. Sus ojos, ya rojos de por sí, se volvieron de un tono escarlata sobrenatural que parecía emitir luz propia.
—¡Un Hanyo! —exclamó el Oni, deteniendo su ataque por la pura sorpresa—. ¡Y su sangre es de un Oni de alto rango!
El poder que estalló desde el cuerpo de Akaishi fue una onda expansiva de energía pura que lanzó a los Yokais cercanos hacia atrás. El suelo bajo sus pies se agrietó. Akaishi ya no sentía el dolor de su herida, solo una rabia fría y una sed de combate que nunca antes había experimentado.
Sin embargo, el despertar fue demasiado violento para un cuerpo que no estaba preparado. Al mismo tiempo que su herencia Yokai reclamaba su lugar, el espacio alrededor de Akaishi comenzó a distorsionarse. Un destello de colores arcoíris, vibrante y caótico, envolvió su figura.
—¿Akaishi? —alcanzó a murmurar la voz de Suzaku, quien observaba con asombro la transformación del joven.
Pero Akaishi ya no estaba allí. El destello se intensificó hasta volverse cegador, y con un sonido similar al de un cristal rompiéndose, el joven desapareció del claro, dejando tras de sí solo un rastro de ozono y el eco de un rugido que no era humano.
***
El aire era diferente.
En lugar del olor a ciudad y contaminación de su Japón natal, este aire olía a pino, a tierra mojada y a un humo antiguo y persistente. Era un aire denso, cargado de una energía que hacía vibrar los huesos.
Akaishi abrió los ojos con dificultad. Todo le daba vueltas. Intentó levantarse, pero sus brazos fallaron y volvió a caer sobre la hierba alta. Su cuerpo se sentía pesado, como si hubiera corrido un maratón mientras cargaba pesas de plomo.
Llevó una mano a su frente y sus dedos rozaron algo sólido y afilado. El pánico intentó apoderarse de él, pero su control emocional, forjado en años de disciplina, lo mantuvo a raya.
—Cuernos... —susurró con voz ronca—. Realmente tengo cuernos.
Miró sus manos. Estaban manchadas de sangre, pero las heridas en su costado se estaban cerrando a una velocidad antinatural. Su mente pragmática intentó procesar la situación: estaba en un bosque, pero no era "su" bosque. Los árboles eran más grandes, el cielo se veía distinto, y la sensación de peligro en el ambiente era constante, como si el mundo mismo fuera una bestia al acecho.
A unos metros de él, una pequeña cabaña de madera y paja se alzaba en una colina. El diseño era antiguo, del periodo Sengoku, algo que solo había visto en museos o dramas históricos.
—¿Dónde diablos estoy? —se preguntó, intentando ponerse de pie una vez más.
El esfuerzo fue demasiado. Su visión se nubló y la oscuridad comenzó a cerrarse sobre él. Justo antes de perder el conocimiento por completo, escuchó el sonido de pasos acercándose. No eran pasos pesados como los del Oni azul, sino ligeros y cautelosos.
Una figura se detuvo frente a él.
Akaishi, en su último aliento de conciencia, levantó la vista. La persona que lo observaba vestía ropas de viaje sencillas pero funcionales, con un aura de serenidad y poder contenido. Lo más llamativo era la expresión de la figura: una mezcla de sorpresa y reconocimiento al ver los cuernos de color rojo que adornaban la frente del joven herido.
—Otro como yo... —pareció escuchar Akaishi, aunque la voz era poco más que un susurro en el viento.
El joven de dieciséis años, el híbrido que no sabía que lo era, finalmente se rindió al cansancio. Akaishi Yozakura cayó inconsciente en la tierra de un Japón que ya no era el suyo, un mundo donde los demonios caminaban a la luz del día y donde su herencia Oni no sería un secreto, sino su mayor arma para sobrevivir.
El protagonista de aquel lugar, un guerrero que conocía bien la carga de llevar sangre de Yokai en las venas, se inclinó para recoger al joven. En ese remoto rincón del periodo Sengoku, un año antes de que las llamas de la guerra y los fragmentos de Amrita cambiaran el destino de la nación, dos caminos destinados a cruzarse acababan de encontrarse.
Akaishi había buscado aventura y adrenalina, y ahora, en este mundo de acero y espíritus, tendría más de la que jamás pudo imaginar. Pero por ahora, solo había silencio y el suave susurro de los árboles bajo la luna de una era olvidada.
