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Bdilh
Fandom: Jujutsu Kaisen
Creado: 29/5/2026
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RomanceUA (Universo Alternativo)DramaAngustiaDolor/ConsueloOmegaversoDistopíaDiscriminación
El aroma del jazmín y el humo del tabaco
El sol de la tarde se filtraba entre las copas de los árboles del parque, creando un patrón de luces y sombras que bailaban sobre el pavimento desgastado. Para la mayoría de los jóvenes de diecinueve años, aquel lugar no era más que un punto de encuentro aburrido, un sitio donde matar el tiempo entre clases de la universidad. Para Yuuji Itadori, sin embargo, era el escenario perfecto para desconectar del caos de los exámenes de ingeniería.
Yuuji estaba sentado en el respaldo de un banco de madera, con los pies apoyados en el asiento, mientras sostenía un cigarrillo entre los dedos. A su lado, Nobara Kugisaki se quejaba del precio de unos zapatos que había visto en línea, y Megumi Fushiguro —o al menos, el chico que compartía nombre con su mejor amigo de la infancia, aunque no se parecieran en nada— solía ser el tema de conversación recurrente. Pero hoy, algo era diferente.
—¿Me estás escuchando, Itadori? —preguntó Nobara, soltando una nube de humo de su propio cigarrillo.
—Sí, sí, los zapatos de cuero sintético… —respondió Yuuji sin apartar la mirada del sendero principal.
—Eran de piel genuina, idiota. ¿Qué estás mirando con tanta insistencia? Parece que hubieras visto un fantasma.
Yuuji no respondió de inmediato. Sus ojos color miel estaban fijos en una figura que avanzaba lentamente por el camino. Era una imagen casi anacrónica, algo que no encajaba con el ritmo frenético de la ciudad de Tokio.
Un hombre alto, de hombros anchos y expresión severa, caminaba con paso firme. A su lado, casi pegado a su brazo, caminaba un chico joven. A pesar de que la temperatura rondaba los veinticinco grados, el muchacho vestía un suéter de lana azul marino que le quedaba grande, unos pantalones holgados que ocultaban cualquier rastro de su figura y una gorra calada hasta las cejas.
—Ese chico… —susurró Yuuji, dejando que la ceniza de su cigarrillo cayera al suelo—. ¿No tiene calor?
Nobara siguió su mirada y arrugó la nariz.
—Ah, es uno de esos. Los "protegidos". Sus padres deben ser de la vieja escuela, de los que todavía creen que un omega es un jarrón de porcelana que se rompe si le da el aire.
Yuuji frunció el ceño. Había oído hablar de las leyes de protección, remanentes de una época oscura donde los derechos de los omegas eran inexistentes bajo el pretexto de su propia seguridad. Pero ver a alguien de su edad, o quizás un poco menor, viviendo así en pleno siglo XXI, le revolvía el estómago.
El chico levantó la vista por un segundo. Fue un instante fugaz, pero suficiente para que Yuuji captara unos ojos azul profundo, tan oscuros como el mar a medianoche, enmarcados por unas pestañas largas y sombras de cansancio. El rostro del joven era delicado, de una belleza casi irreal, empañada por una expresión de sumisión absoluta.
—Es hermoso —murmuró Yuuji, casi sin darse cuenta de que lo decía en voz alta.
—Y está fuera de tu alcance, galán —se burló Nobara, dándole un codazo—. Esos omegas no tienen celular, no van a fiestas y probablemente ni siquiera saben qué es el internet. Son como pájaros en una jaula de oro.
Yuuji no apartó la vista. Vio cómo el hombre mayor, el padre de Megumi, ponía una mano posesiva sobre el hombro del chico cuando un grupo de alfas pasó cerca, riendo a carcajadas. El joven bajó la cabeza de inmediato, encogiéndose sobre sí mismo.
—No parece una jaula de oro —dijo Yuuji, apagando su cigarrillo contra la suela de su zapatilla—. Parece una prisión.
***
Megumi Fushiguro caminaba contando sus pasos. Uno, dos, tres… El asfalto estaba caliente, pero el frío que sentía por dentro era constante. Su padre, Toji, caminaba a su lado como una sombra imponente. Megumi sabía que no debía mirar a los lados, no debía llamar la atención. Su madre siempre le decía que el mundo exterior era un lugar cruel para alguien tan "especial" como él.
—Mantén la cabeza baja, Megumi —ordenó Toji con voz ronca—. Hay demasiados alfas sin educación hoy en el parque.
—Sí, padre —respondió Megumi. Su voz era apenas un susurro, suave y melodiosa, pero carente de vida.
Para Megumi, esta era la normalidad. No conocía otra cosa. Su vida se resumía en las lecciones de su tutor privado, las comidas estrictamente planeadas para mantener su salud y las salidas de treinta minutos al parque, siempre bajo vigilancia. No tenía amigos, no sabía lo que era un mensaje de texto y su único contacto con la tecnología era el televisor de la sala, donde solo se le permitía ver programas educativos o documentales de naturaleza.
A veces, cuando estaba solo en su habitación, se miraba al espejo y se preguntaba por qué sus padres tenían tanto miedo. ¿Era tan frágil? ¿Su aroma a jazmín y sándalo era realmente una invitación al desastre como ellos decían?
Mientras caminaban cerca de los bancos de madera, Megumi sintió una punzada de curiosidad. Un olor diferente llegó a su nariz, filtrándose a través de los inhibidores que le obligaban a usar. Era un aroma a energía, a cítricos y a algo cálido, como el sol de la mañana.
Sin poder evitarlo, levantó la vista.
Un chico de cabello rosado y ojos brillantes lo observaba desde un banco. No lo miraba con la lascivia que su padre siempre le advertía que encontraría en los alfas. Lo miraba con… ¿curiosidad? ¿Preocupación?
Megumi sintió un vuelco en el corazón. Por un segundo, el tiempo pareció detenerse. El extraño le sonrió levemente, un gesto pequeño y genuino que Megumi no supo cómo procesar.
—¡Megumi! —El grito de su padre lo devolvió a la realidad. Toji había notado la distracción—. ¿Qué te he dicho sobre mirar a los extraños? Vámonos. A casa. Ahora.
—Lo siento, padre —dijo Megumi, sintiendo cómo el miedo le cerraba la garganta.
Toji lo tomó del brazo, no con violencia, pero sí con una firmeza que no admitía réplica, y lo arrastró hacia la salida del parque. Megumi no volvió a mirar atrás, pero la imagen del chico del cabello rosado quedó grabada en su mente como una fotografía prohibida.
***
Tres días después, Yuuji estaba de nuevo en el mismo banco. Esta vez estaba solo, con una bebida energética en la mano y un libro de termodinámica que no tenía ninguna intención de leer. Sus amigos pensaban que estaba obsesionado, y tal vez tenían razón. No podía quitarse de la cabeza la imagen de aquel chico oculto bajo capas de ropa.
"Megumi". Había escuchado al hombre llamarlo así.
—Es un nombre bonito —pensó Yuuji, dándole un sorbo a su lata.
De repente, los vio. El mismo hombre, la misma actitud defensiva, y el mismo chico. Sin embargo, hoy el calor era sofocante. Megumi llevaba un suéter gris de cuello alto y se pasaba la mano por la frente, tratando de limpiar el sudor que se le escapaba por debajo de la gorra.
Yuuji sintió una oleada de indignación. Era inhumano.
Cuando pasaron cerca de su posición, Yuuji decidió que no podía quedarse de brazos cruzados. Se puso de pie con una naturalidad fingida y caminó hacia la fuente de agua que estaba justo en la ruta de los Fushiguro.
—¡Vaya, qué calor hace hoy! —exclamó Yuuji, elevando la voz lo suficiente para que lo escucharan. Se detuvo a pocos metros de ellos—. Siento interrumpir, señor, pero su hijo parece que va a desmayarse. ¿No cree que ese suéter es un poco excesivo?
Toji se detuvo en seco, girándose hacia Yuuji con una mirada que habría hecho temblar a cualquiera. Su presencia alfa era abrumadora, una pared de hostilidad pura.
—No es asunto tuyo, muchacho —gruñó Toji—. Sigue tu camino.
Yuuji no retrocedió. Como alfa, su instinto le decía que debía mostrar respeto ante un mayor, pero su sentido de la justicia era más fuerte.
—Solo digo que hay una brisa agradable cerca del estanque —continuó Yuuji, manteniendo una sonrisa amable pero firme—. Y tengo una botella de agua fría cerrada aquí mismo, si la quieren.
Megumi, que estaba medio paso detrás de su padre, miraba a Yuuji con los ojos muy abiertos. Nadie le hablaba así a su padre. Nadie se atrevía a cuestionar cómo lo cuidaban.
—Dije que te largues —repitió Toji, dando un paso hacia adelante, invadiendo el espacio personal de Yuuji.
—Padre… —La voz de Megumi fue un hilo de seda—. Por favor, está bien. Solo intentaba ser amable.
Toji miró a su hijo, y por un momento, la máscara de hierro se resquebrajó para mostrar una preocupación casi patológica.
—Ves lo que pasa, Megumi —susurró Toji, ignorando a Yuuji—. En cuanto te ven, intentan acercarse. Son depredadores. Vámonos.
—No soy un depredador —intervino Yuuji, bajando el tono, hablando directamente a Megumi—. Me llamo Yuuji. Yuuji Itadori. Estudio en la universidad de aquí cerca.
Megumi parpadeó, memorizando el nombre. Yuuji.
—Muévete —ordenó Toji, empujando ligeramente a Megumi para que siguiera caminando.
Pero antes de que se alejaran, Yuuji hizo algo arriesgado. Sacó un pequeño folleto que llevaba en el bolsillo —era publicidad de una pizzería local— y, aprovechando que Toji estaba mirando hacia el frente para abrirse paso, lo dejó caer "accidentalmente" cerca de la mano de Megumi, que colgaba a su costado.
Megumi, con una agilidad que sorprendió incluso a sí mismo, atrapó el papel y lo escondió en la manga de su suéter antes de que su padre se diera cuenta.
Yuuji se quedó allí, viendo cómo se alejaban. Sabía que no era mucho, pero era una conexión. Un trozo de papel del mundo exterior.
***
Esa noche, en la seguridad de su habitación cerrada con llave desde fuera —por su propio bien, según sus padres—, Megumi se sentó en el suelo, debajo de la ventana. Con manos temblorosas, sacó el papel arrugado de su manga.
No era solo un folleto de pizza. En el reverso, escrito con una letra descuidada pero clara, había un mensaje:
"No sé por qué te esconden, pero tienes unos ojos muy bonitos. Si alguna vez necesitas hablar con alguien que no te mire como si fueras de cristal, estaré en el parque los martes y jueves a las cuatro. – Yuuji."
Megumi leyó las palabras una y otra vez hasta que las memorizó. Un nudo se formó en su garganta. No tenía celular para responder, no tenía forma de salir de casa sin supervisión, pero por primera vez en sus quince años de vida, sintió que alguien lo había visto de verdad. No como un omega que proteger, no como una propiedad, sino como Megumi.
—Yuuji —susurró, probando el nombre en sus labios. Sabía a libertad.
Pasaron los días y la obsesión de Megumi por el jueves creció. Sabía que su padre lo llevaría al parque; era su rutina. Pero, ¿cómo podría hablar con él? Su padre nunca lo dejaba solo.
El jueves llegó con un cielo gris y la promesa de lluvia. Toji estaba de mal humor, lo que generalmente significaba que la salida sería más corta.
—Solo quince minutos, Megumi —dijo Toji mientras le ajustaba el cuello del suéter—. Está por llover.
—Sí, padre.
Cuando llegaron al parque, Megumi buscó desesperadamente el banco de madera. Allí estaba él. Yuuji no llevaba libros esta vez. Estaba de pie, apoyado contra un árbol, con las manos en los bolsillos de su chaqueta amarilla. Cuando sus ojos se encontraron con los de Megumi, su rostro se iluminó con una sonrisa que rivalizaba con cualquier sol.
Megumi sintió una chispa de rebelión encenderse en su pecho. Necesitaba decirle algo. Necesitaba saber que esto era real.
La oportunidad llegó de la forma más inesperada. Un perro pequeño, que se había soltado de su correa, corrió hacia ellos ladrando con entusiasmo. Toji, instintivamente, se interpuso entre el perro y Megumi, gritándole al dueño del animal que mantuviera a su "bestia" alejada.
Fue un segundo. Un solo segundo en el que la atención de Toji se desvió.
Megumi dio tres pasos rápidos hacia el árbol.
—Hola —susurró Yuuji, su aroma a cítricos envolviéndolo por un instante, dándole una sensación de seguridad que nunca había sentido.
—Gracias por la nota —respondió Megumi, hablando tan rápido que las palabras casi se tropezaban—. No puedo hablar. No tengo teléfono. Mis padres… ellos no me dejan.
Yuuji asintió rápidamente, comprendiendo la urgencia.
—Lo sé. Escucha, no tienes que decir nada ahora. Pero si alguna vez puedes… si alguna vez logras escapar aunque sea un minuto… —Yuuji buscó en su bolsillo y sacó una pequeña piedra lisa, pintada con un marcador permanente con una cara sonriente—. Guárdala. Es un amuleto. Estaré aquí. Siempre estaré aquí.
Megumi cerró la mano sobre la piedra justo cuando su padre se giraba, con el rostro rojo de ira por el incidente del perro.
—¡Megumi! ¡Ven aquí ahora mismo! —rugió Toji, caminando hacia él.
Megumi regresó al lado de su padre, con el corazón martilleando contra sus costillas. Toji lo miró con sospecha, luego miró a Yuuji, quien simplemente levantó una mano en un saludo inocente.
—Vámonos. Este lugar es un nido de distracciones —sentenció Toji, agarrando a Megumi por el hombro con fuerza.
Mientras se alejaban, Megumi apretó la piedra en su palma. El frío de la superficie pintada se calentó con su propio calor corporal. Por primera vez, el camino de regreso a su casa-prisión no se sintió tan definitivo.
Yuuji se quedó bajo la lluvia que empezaba a caer, viendo cómo la figura del omega desaparecía tras las puertas de una camioneta negra. Sabía que esto era solo el comienzo. No sabía cómo, pero iba a sacar a Megumi de esa burbuja de asfixia. Un alfa de diecinueve años y un omega de quince, separados por leyes arcaicas y padres sobreprotectores, pero unidos por una sonrisa y una piedra pintada.
—Aguanta un poco más, Megumi —murmuró Yuuji para sí mismo, mientras el agua empapaba su cabello rosado—. El mundo es mucho más grande de lo que ellos te dejan ver.
Y en el asiento trasero de la camioneta, oculto bajo las sombras de los cristales tintados, Megumi Fushiguro sonrió por primera vez en años, sabiendo que, en algún lugar del parque, alguien lo estaba esperando.
Yuuji estaba sentado en el respaldo de un banco de madera, con los pies apoyados en el asiento, mientras sostenía un cigarrillo entre los dedos. A su lado, Nobara Kugisaki se quejaba del precio de unos zapatos que había visto en línea, y Megumi Fushiguro —o al menos, el chico que compartía nombre con su mejor amigo de la infancia, aunque no se parecieran en nada— solía ser el tema de conversación recurrente. Pero hoy, algo era diferente.
—¿Me estás escuchando, Itadori? —preguntó Nobara, soltando una nube de humo de su propio cigarrillo.
—Sí, sí, los zapatos de cuero sintético… —respondió Yuuji sin apartar la mirada del sendero principal.
—Eran de piel genuina, idiota. ¿Qué estás mirando con tanta insistencia? Parece que hubieras visto un fantasma.
Yuuji no respondió de inmediato. Sus ojos color miel estaban fijos en una figura que avanzaba lentamente por el camino. Era una imagen casi anacrónica, algo que no encajaba con el ritmo frenético de la ciudad de Tokio.
Un hombre alto, de hombros anchos y expresión severa, caminaba con paso firme. A su lado, casi pegado a su brazo, caminaba un chico joven. A pesar de que la temperatura rondaba los veinticinco grados, el muchacho vestía un suéter de lana azul marino que le quedaba grande, unos pantalones holgados que ocultaban cualquier rastro de su figura y una gorra calada hasta las cejas.
—Ese chico… —susurró Yuuji, dejando que la ceniza de su cigarrillo cayera al suelo—. ¿No tiene calor?
Nobara siguió su mirada y arrugó la nariz.
—Ah, es uno de esos. Los "protegidos". Sus padres deben ser de la vieja escuela, de los que todavía creen que un omega es un jarrón de porcelana que se rompe si le da el aire.
Yuuji frunció el ceño. Había oído hablar de las leyes de protección, remanentes de una época oscura donde los derechos de los omegas eran inexistentes bajo el pretexto de su propia seguridad. Pero ver a alguien de su edad, o quizás un poco menor, viviendo así en pleno siglo XXI, le revolvía el estómago.
El chico levantó la vista por un segundo. Fue un instante fugaz, pero suficiente para que Yuuji captara unos ojos azul profundo, tan oscuros como el mar a medianoche, enmarcados por unas pestañas largas y sombras de cansancio. El rostro del joven era delicado, de una belleza casi irreal, empañada por una expresión de sumisión absoluta.
—Es hermoso —murmuró Yuuji, casi sin darse cuenta de que lo decía en voz alta.
—Y está fuera de tu alcance, galán —se burló Nobara, dándole un codazo—. Esos omegas no tienen celular, no van a fiestas y probablemente ni siquiera saben qué es el internet. Son como pájaros en una jaula de oro.
Yuuji no apartó la vista. Vio cómo el hombre mayor, el padre de Megumi, ponía una mano posesiva sobre el hombro del chico cuando un grupo de alfas pasó cerca, riendo a carcajadas. El joven bajó la cabeza de inmediato, encogiéndose sobre sí mismo.
—No parece una jaula de oro —dijo Yuuji, apagando su cigarrillo contra la suela de su zapatilla—. Parece una prisión.
***
Megumi Fushiguro caminaba contando sus pasos. Uno, dos, tres… El asfalto estaba caliente, pero el frío que sentía por dentro era constante. Su padre, Toji, caminaba a su lado como una sombra imponente. Megumi sabía que no debía mirar a los lados, no debía llamar la atención. Su madre siempre le decía que el mundo exterior era un lugar cruel para alguien tan "especial" como él.
—Mantén la cabeza baja, Megumi —ordenó Toji con voz ronca—. Hay demasiados alfas sin educación hoy en el parque.
—Sí, padre —respondió Megumi. Su voz era apenas un susurro, suave y melodiosa, pero carente de vida.
Para Megumi, esta era la normalidad. No conocía otra cosa. Su vida se resumía en las lecciones de su tutor privado, las comidas estrictamente planeadas para mantener su salud y las salidas de treinta minutos al parque, siempre bajo vigilancia. No tenía amigos, no sabía lo que era un mensaje de texto y su único contacto con la tecnología era el televisor de la sala, donde solo se le permitía ver programas educativos o documentales de naturaleza.
A veces, cuando estaba solo en su habitación, se miraba al espejo y se preguntaba por qué sus padres tenían tanto miedo. ¿Era tan frágil? ¿Su aroma a jazmín y sándalo era realmente una invitación al desastre como ellos decían?
Mientras caminaban cerca de los bancos de madera, Megumi sintió una punzada de curiosidad. Un olor diferente llegó a su nariz, filtrándose a través de los inhibidores que le obligaban a usar. Era un aroma a energía, a cítricos y a algo cálido, como el sol de la mañana.
Sin poder evitarlo, levantó la vista.
Un chico de cabello rosado y ojos brillantes lo observaba desde un banco. No lo miraba con la lascivia que su padre siempre le advertía que encontraría en los alfas. Lo miraba con… ¿curiosidad? ¿Preocupación?
Megumi sintió un vuelco en el corazón. Por un segundo, el tiempo pareció detenerse. El extraño le sonrió levemente, un gesto pequeño y genuino que Megumi no supo cómo procesar.
—¡Megumi! —El grito de su padre lo devolvió a la realidad. Toji había notado la distracción—. ¿Qué te he dicho sobre mirar a los extraños? Vámonos. A casa. Ahora.
—Lo siento, padre —dijo Megumi, sintiendo cómo el miedo le cerraba la garganta.
Toji lo tomó del brazo, no con violencia, pero sí con una firmeza que no admitía réplica, y lo arrastró hacia la salida del parque. Megumi no volvió a mirar atrás, pero la imagen del chico del cabello rosado quedó grabada en su mente como una fotografía prohibida.
***
Tres días después, Yuuji estaba de nuevo en el mismo banco. Esta vez estaba solo, con una bebida energética en la mano y un libro de termodinámica que no tenía ninguna intención de leer. Sus amigos pensaban que estaba obsesionado, y tal vez tenían razón. No podía quitarse de la cabeza la imagen de aquel chico oculto bajo capas de ropa.
"Megumi". Había escuchado al hombre llamarlo así.
—Es un nombre bonito —pensó Yuuji, dándole un sorbo a su lata.
De repente, los vio. El mismo hombre, la misma actitud defensiva, y el mismo chico. Sin embargo, hoy el calor era sofocante. Megumi llevaba un suéter gris de cuello alto y se pasaba la mano por la frente, tratando de limpiar el sudor que se le escapaba por debajo de la gorra.
Yuuji sintió una oleada de indignación. Era inhumano.
Cuando pasaron cerca de su posición, Yuuji decidió que no podía quedarse de brazos cruzados. Se puso de pie con una naturalidad fingida y caminó hacia la fuente de agua que estaba justo en la ruta de los Fushiguro.
—¡Vaya, qué calor hace hoy! —exclamó Yuuji, elevando la voz lo suficiente para que lo escucharan. Se detuvo a pocos metros de ellos—. Siento interrumpir, señor, pero su hijo parece que va a desmayarse. ¿No cree que ese suéter es un poco excesivo?
Toji se detuvo en seco, girándose hacia Yuuji con una mirada que habría hecho temblar a cualquiera. Su presencia alfa era abrumadora, una pared de hostilidad pura.
—No es asunto tuyo, muchacho —gruñó Toji—. Sigue tu camino.
Yuuji no retrocedió. Como alfa, su instinto le decía que debía mostrar respeto ante un mayor, pero su sentido de la justicia era más fuerte.
—Solo digo que hay una brisa agradable cerca del estanque —continuó Yuuji, manteniendo una sonrisa amable pero firme—. Y tengo una botella de agua fría cerrada aquí mismo, si la quieren.
Megumi, que estaba medio paso detrás de su padre, miraba a Yuuji con los ojos muy abiertos. Nadie le hablaba así a su padre. Nadie se atrevía a cuestionar cómo lo cuidaban.
—Dije que te largues —repitió Toji, dando un paso hacia adelante, invadiendo el espacio personal de Yuuji.
—Padre… —La voz de Megumi fue un hilo de seda—. Por favor, está bien. Solo intentaba ser amable.
Toji miró a su hijo, y por un momento, la máscara de hierro se resquebrajó para mostrar una preocupación casi patológica.
—Ves lo que pasa, Megumi —susurró Toji, ignorando a Yuuji—. En cuanto te ven, intentan acercarse. Son depredadores. Vámonos.
—No soy un depredador —intervino Yuuji, bajando el tono, hablando directamente a Megumi—. Me llamo Yuuji. Yuuji Itadori. Estudio en la universidad de aquí cerca.
Megumi parpadeó, memorizando el nombre. Yuuji.
—Muévete —ordenó Toji, empujando ligeramente a Megumi para que siguiera caminando.
Pero antes de que se alejaran, Yuuji hizo algo arriesgado. Sacó un pequeño folleto que llevaba en el bolsillo —era publicidad de una pizzería local— y, aprovechando que Toji estaba mirando hacia el frente para abrirse paso, lo dejó caer "accidentalmente" cerca de la mano de Megumi, que colgaba a su costado.
Megumi, con una agilidad que sorprendió incluso a sí mismo, atrapó el papel y lo escondió en la manga de su suéter antes de que su padre se diera cuenta.
Yuuji se quedó allí, viendo cómo se alejaban. Sabía que no era mucho, pero era una conexión. Un trozo de papel del mundo exterior.
***
Esa noche, en la seguridad de su habitación cerrada con llave desde fuera —por su propio bien, según sus padres—, Megumi se sentó en el suelo, debajo de la ventana. Con manos temblorosas, sacó el papel arrugado de su manga.
No era solo un folleto de pizza. En el reverso, escrito con una letra descuidada pero clara, había un mensaje:
"No sé por qué te esconden, pero tienes unos ojos muy bonitos. Si alguna vez necesitas hablar con alguien que no te mire como si fueras de cristal, estaré en el parque los martes y jueves a las cuatro. – Yuuji."
Megumi leyó las palabras una y otra vez hasta que las memorizó. Un nudo se formó en su garganta. No tenía celular para responder, no tenía forma de salir de casa sin supervisión, pero por primera vez en sus quince años de vida, sintió que alguien lo había visto de verdad. No como un omega que proteger, no como una propiedad, sino como Megumi.
—Yuuji —susurró, probando el nombre en sus labios. Sabía a libertad.
Pasaron los días y la obsesión de Megumi por el jueves creció. Sabía que su padre lo llevaría al parque; era su rutina. Pero, ¿cómo podría hablar con él? Su padre nunca lo dejaba solo.
El jueves llegó con un cielo gris y la promesa de lluvia. Toji estaba de mal humor, lo que generalmente significaba que la salida sería más corta.
—Solo quince minutos, Megumi —dijo Toji mientras le ajustaba el cuello del suéter—. Está por llover.
—Sí, padre.
Cuando llegaron al parque, Megumi buscó desesperadamente el banco de madera. Allí estaba él. Yuuji no llevaba libros esta vez. Estaba de pie, apoyado contra un árbol, con las manos en los bolsillos de su chaqueta amarilla. Cuando sus ojos se encontraron con los de Megumi, su rostro se iluminó con una sonrisa que rivalizaba con cualquier sol.
Megumi sintió una chispa de rebelión encenderse en su pecho. Necesitaba decirle algo. Necesitaba saber que esto era real.
La oportunidad llegó de la forma más inesperada. Un perro pequeño, que se había soltado de su correa, corrió hacia ellos ladrando con entusiasmo. Toji, instintivamente, se interpuso entre el perro y Megumi, gritándole al dueño del animal que mantuviera a su "bestia" alejada.
Fue un segundo. Un solo segundo en el que la atención de Toji se desvió.
Megumi dio tres pasos rápidos hacia el árbol.
—Hola —susurró Yuuji, su aroma a cítricos envolviéndolo por un instante, dándole una sensación de seguridad que nunca había sentido.
—Gracias por la nota —respondió Megumi, hablando tan rápido que las palabras casi se tropezaban—. No puedo hablar. No tengo teléfono. Mis padres… ellos no me dejan.
Yuuji asintió rápidamente, comprendiendo la urgencia.
—Lo sé. Escucha, no tienes que decir nada ahora. Pero si alguna vez puedes… si alguna vez logras escapar aunque sea un minuto… —Yuuji buscó en su bolsillo y sacó una pequeña piedra lisa, pintada con un marcador permanente con una cara sonriente—. Guárdala. Es un amuleto. Estaré aquí. Siempre estaré aquí.
Megumi cerró la mano sobre la piedra justo cuando su padre se giraba, con el rostro rojo de ira por el incidente del perro.
—¡Megumi! ¡Ven aquí ahora mismo! —rugió Toji, caminando hacia él.
Megumi regresó al lado de su padre, con el corazón martilleando contra sus costillas. Toji lo miró con sospecha, luego miró a Yuuji, quien simplemente levantó una mano en un saludo inocente.
—Vámonos. Este lugar es un nido de distracciones —sentenció Toji, agarrando a Megumi por el hombro con fuerza.
Mientras se alejaban, Megumi apretó la piedra en su palma. El frío de la superficie pintada se calentó con su propio calor corporal. Por primera vez, el camino de regreso a su casa-prisión no se sintió tan definitivo.
Yuuji se quedó bajo la lluvia que empezaba a caer, viendo cómo la figura del omega desaparecía tras las puertas de una camioneta negra. Sabía que esto era solo el comienzo. No sabía cómo, pero iba a sacar a Megumi de esa burbuja de asfixia. Un alfa de diecinueve años y un omega de quince, separados por leyes arcaicas y padres sobreprotectores, pero unidos por una sonrisa y una piedra pintada.
—Aguanta un poco más, Megumi —murmuró Yuuji para sí mismo, mientras el agua empapaba su cabello rosado—. El mundo es mucho más grande de lo que ellos te dejan ver.
Y en el asiento trasero de la camioneta, oculto bajo las sombras de los cristales tintados, Megumi Fushiguro sonrió por primera vez en años, sabiendo que, en algún lugar del parque, alguien lo estaba esperando.
