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Vacaciones
Fandom: Grimm y kinnporsche
Creado: 29/5/2026
Etiquetas
CrossoverFantasíaCrimenHumorAcciónDramaUA (Universo Alternativo)Detectivesco
Sombras Reales y Especias Prohibidas
El aroma a lavanda, mirra y raíces secas llenaba la tienda de Rosalee, creando una atmósfera de paz que rara vez se sentía en Portland. Nick, Hank y Wu estaban sentados en los taburetes del mostrador, mientras que Monroe y Rosalee organizaban unos frascos de *Jägerbar*. Cerca de la entrada, Trubel afilaba distraídamente un cuchillo, y Meisner, junto a Juliette, revisaba unos mapas sobre la mesa de madera. Sean Renard, como siempre, mantenía una postura impecable, observando la calle a través del cristal empañado.
—Hacía tiempo que no teníamos una tarde tan tranquila —comentó Monroe, ajustándose las gafas—. Casi me preocupa que el silencio signifique que algo va a explotar.
—No invoques al desastre, Monroe —respondió Rosalee con una sonrisa suave—. Disfrutemos mientras podamos.
Sin embargo, la tranquilidad se hizo añicos cuando una flota de camionetas negras de vidrios polarizados se detuvo frente a la tienda con una precisión militar. Nick se puso en pie instintivamente, llevando la mano a su arma. Hank y Wu intercambiaron una mirada de alerta.
—¿Esperamos visitas, Sean? —preguntó Nick, notando que el capitán no parecía sorprendido, sino más bien resignado.
La puerta de la tienda se abrió de par en par. Un grupo de hombres y jóvenes entró, llenando el espacio con una energía pesada, oscura y cargada de poder. Al frente caminaba un hombre con un traje hecho a medida que gritaba autoridad: Kinn Anakinn Theerapanyakun. A su lado, un joven de mirada audaz y sonrisa ladeada, Porsche, observaba el lugar con curiosidad.
Detrás de ellos, la tensión aumentó. Vegas avanzó con una elegancia depredadora, seguido de cerca por Pete, quien mantenía una expresión profesional pero alerta. Kim, con su aire de estrella de rock melancólica, caminaba junto a un Porchay que parecía fascinado por los frascos de la tienda. Macau y Tankhun cerraban el grupo principal; este último vestía una capa de plumas que desentonaba completamente con el ambiente rústico de Portland.
—¡Es aquí! ¡Es aquí! —exclamó Tankhun, agitando las manos—. Sean, querido, este lugar huele a polvo y a cosas muertas, pero supongo que servirá para esconderse de papá un rato.
Nick y los demás se quedaron paralizados. Lo que veían no eran simples humanos. Para los ojos de un Grimm, la transformación fue instantánea.
Kinn, Kim y Vegas no ocultaron su naturaleza ante alguien como Renard. Sus rostros se endurecieron, la piel se tornó grisácea y cadavérica por un breve segundo: *Zauberbiest*. La realeza de los Wesen emanaba de ellos como una marea negra. Y sus guardaespaldas... Big, Chan, Arm y Pol mostraron rastro de *Steinadler* y *Mauzhertz* en sus facciones antes de volver a la normalidad.
—Sean —dijo Kinn, ignorando por completo al grupo de Nick—. Ha pasado tiempo.
Sean Renard suspiró y dio un paso al frente, cruzándose de brazos.
—Kinn. Sabía que si alguien era capaz de cruzar medio mundo sin avisar para interrumpir mi semana, serías tú. O Vegas.
Vegas soltó una risa seca, apoyando una mano en el hombro de Pete.
—No nos culpes, Sean. La situación en Bangkok se volvió... asfixiante. Necesitábamos un respiro. Unas vacaciones donde nadie intente dispararnos en el desayuno.
—¡Vacaciones! —gritó Tankhun, señalando a Arm—. ¡Arm, saca las maletas! ¡Y asegúrate de que mi televisor no se haya roto en el avión!
—Señor Khun, estamos en una tienda de especias, no en un hotel —murmuró Arm con paciencia infinita.
Nick dio un paso adelante, colocándose entre el grupo de recién llegados y sus amigos.
—¿Alguien va a explicarnos quiénes son ellos? —preguntó Nick, mirando fijamente a Kinn—. Capitán, estos hombres son...
—Sé lo que son, Nick —interrumpió Renard con voz gélida—. Y sé quiénes son.
—¿Y bien? —insistió Hank—. Porque parecen una unidad de élite de la mafia tailandesa que acaba de aterrizar en nuestra jurisdicción.
Sean guardó silencio, mirando a Kinn. El líder de la familia principal de los Theerapanyakun simplemente arqueó una ceja, evaluando a Nick de arriba abajo.
—Un Grimm —dijo Kinn con voz profunda—. Tienes especímenes interesantes en tu ciudad, Sean.
—Son amigos —respondió Renard rápidamente—. Y ellos son la familia Theerapanyakun. Están bajo mi protección personal durante su estancia. No habrá preguntas, no habrá informes y, sobre todo, no habrá incidentes.
Porsche, que había estado observando a Nick con curiosidad, se acercó al mostrador de Rosalee.
—¿Tienen algo para el dolor de cabeza? —preguntó con un suspiro—. Viajar con estos locos es peor que un tiroteo en un callejón.
Rosalee, aunque nerviosa por la presencia de tantos *Zauberbiest* de alto rango, asintió.
—Tengo una mezcla de corteza de sauce y manzanilla que podría ayudar.
—Gracias, preciosa —dijo Porsche con una sonrisa que hizo que Kinn frunciera el ceño.
—Porsche, compórtate —ordenó Kinn.
—Solo estoy siendo amable, Kinn. No todo el mundo quiere matarnos aquí —replicó Porsche, volviéndose hacia Nick—. Soy Porsche. El que mantiene a este hombre con vida. Suerte con tu capitán, parece que tiene el mismo carácter de mierda que mi jefe.
Trubel, que no había quitado la mano de su cuchillo, se acercó a Kim y Porchay.
—Ustedes no parecen tan peligrosos como el del traje —dijo ella, señalando a Kim.
Kim la miró con ojos fríos y distantes.
—Eso es porque no me has visto trabajar. Pero hoy solo soy un turista.
—¿Turista? —preguntó Wu, incrédulo—. Han llegado en seis camionetas blindadas. Eso no es turismo, es una invasión.
Vegas se acercó a Renard, ignorando las quejas de Wu.
—Sean, necesitamos un lugar seguro. Lejos del radar de la familia en Tailandia. Pete necesita descansar, y Macau tiene que terminar sus estudios a distancia sin que haya granadas explotando en el jardín.
Pete asintió respetuosamente hacia Renard.
—Capitán, lamentamos la intrusión. Sabemos que nuestra presencia aquí es... complicada.
Renard miró a su alrededor. Nick estaba visiblemente tenso, Monroe parecía a punto de sufrir un ataque de nervios por la cantidad de depredadores en su tienda, y Meisner observaba a Chan, el jefe de guardaespaldas, con un respeto mutuo entre guerreros.
—Se quedarán en la propiedad de las afueras —decidió Renard—. Nick, Hank, no quiero ver una sola patrulla cerca de esa zona. Si alguien pregunta, son consultores internacionales.
—¿Consultores? —preguntó Hank—. Sean, uno de ellos lleva una capa de plumas de pavo real y el otro parece que acaba de salir de una película de gánsteres.
—¡Es diseño de vanguardia! —exclamó Tankhun indignado, señalando a Hank—. ¡Pol, anota su nombre! ¡Está prohibido en mis fiestas!
Pol sacó una libreta con cara de circunstancia y fingió escribir.
—¿Ves lo que tengo que aguantar? —susurró Kinn a Renard—. Ayúdanos, Sean. Solo dos semanas.
Renard suspiró y miró a Nick.
—No les digas nada —ordenó el capitán—. No necesitas saber los detalles de sus negocios en Asia, y ellos no necesitan saber cómo manejas tú esta ciudad.
—¿Me estás pidiendo que ignore a un grupo de Zauberbiests y Wesens armados hasta los dientes? —preguntó Nick, incrédulo.
—Te estoy pidiendo que confíes en que, si ellos causan problemas, yo mismo me encargaré —respondió Renard con una firmeza que no dejaba lugar a dudas.
Kinn se acercó a Nick, rompiendo el espacio personal del Grimm. La atmósfera se volvió eléctrica.
—No estamos aquí para cazar, Grimm —dijo Kinn en voz baja—. Pero si tocas a mi familia, o a mi gente, descubrirás por qué incluso en mi mundo nos temen.
Nick no retrocedió.
—Y si ustedes rompen una sola ley en mi ciudad, descubrirán por qué los Grimm siguen existiendo.
Un silencio tenso se apoderó de la tienda. Porsche puso una mano en el brazo de Kinn, rompiendo el hechizo.
—Ya basta, Kinn. Vinimos por las vacaciones, no por una guerra. Además, tengo hambre. ¿Alguien sabe dónde venden una buena hamburguesa en este pueblo?
Pete sonrió, tratando de aliviar la tensión.
—Yo también tengo hambre, señor Kinn.
Vegas soltó una carcajada y empujó suavemente a Macau hacia la salida.
—Vamos. Antes de que el Grimm decida que somos demasiada molestia.
Uno a uno, los miembros de la familia Theerapanyakun comenzaron a salir de la tienda. Tankhun fue el último, deteniéndose frente a Monroe.
—Tú. El de los relojes. Tienes buen gusto en camisas de cuadros, aunque son horrorosas. Te enviaré una de las mías. ¡Vámonos, Arm!
Cuando la puerta se cerró y las camionetas arrancaron, el silencio en la tienda de especias fue absoluto. Monroe soltó un largo suspiro y se dejó caer en una silla.
—Vaya... eso ha sido... —comenzó Monroe.
—Aterrador —completó Rosalee.
—¿Quiénes eran realmente, Sean? —preguntó Juliette, rompiendo su silencio—. Ese poder no era normal, ni siquiera para un Zauberbiest.
Renard miró hacia la calle, viendo cómo las luces traseras de las camionetas desaparecían en la penumbra de la tarde.
—Son los dueños de un imperio construido sobre sangre y lealtad —respondió Renard sin mirar atrás—. Y lo más importante es que son mi familia política en la sombra. Mientras estén felices, Portland seguirá en pie.
—¿Y si no lo están? —preguntó Wu.
Renard finalmente se giró, con una expresión sombría.
—Entonces desearán que los *Wesenrein* vuelvan a ser su mayor problema.
Nick miró a Hank y luego a Trubel. Todos sabían que las próximas dos semanas serían cualquier cosa menos unas vacaciones tranquilas. La mafia tailandesa había llegado a Portland, y con ellos, un tipo de oscuridad que ni siquiera un Grimm estaba acostumbrado a manejar.
—Bueno —dijo Trubel, volviendo a su cuchillo—, al menos el de la capa era gracioso.
—No le des ideas, Trubel —murmuró Nick, frotándose las sienes—. No le des ideas.
—Hacía tiempo que no teníamos una tarde tan tranquila —comentó Monroe, ajustándose las gafas—. Casi me preocupa que el silencio signifique que algo va a explotar.
—No invoques al desastre, Monroe —respondió Rosalee con una sonrisa suave—. Disfrutemos mientras podamos.
Sin embargo, la tranquilidad se hizo añicos cuando una flota de camionetas negras de vidrios polarizados se detuvo frente a la tienda con una precisión militar. Nick se puso en pie instintivamente, llevando la mano a su arma. Hank y Wu intercambiaron una mirada de alerta.
—¿Esperamos visitas, Sean? —preguntó Nick, notando que el capitán no parecía sorprendido, sino más bien resignado.
La puerta de la tienda se abrió de par en par. Un grupo de hombres y jóvenes entró, llenando el espacio con una energía pesada, oscura y cargada de poder. Al frente caminaba un hombre con un traje hecho a medida que gritaba autoridad: Kinn Anakinn Theerapanyakun. A su lado, un joven de mirada audaz y sonrisa ladeada, Porsche, observaba el lugar con curiosidad.
Detrás de ellos, la tensión aumentó. Vegas avanzó con una elegancia depredadora, seguido de cerca por Pete, quien mantenía una expresión profesional pero alerta. Kim, con su aire de estrella de rock melancólica, caminaba junto a un Porchay que parecía fascinado por los frascos de la tienda. Macau y Tankhun cerraban el grupo principal; este último vestía una capa de plumas que desentonaba completamente con el ambiente rústico de Portland.
—¡Es aquí! ¡Es aquí! —exclamó Tankhun, agitando las manos—. Sean, querido, este lugar huele a polvo y a cosas muertas, pero supongo que servirá para esconderse de papá un rato.
Nick y los demás se quedaron paralizados. Lo que veían no eran simples humanos. Para los ojos de un Grimm, la transformación fue instantánea.
Kinn, Kim y Vegas no ocultaron su naturaleza ante alguien como Renard. Sus rostros se endurecieron, la piel se tornó grisácea y cadavérica por un breve segundo: *Zauberbiest*. La realeza de los Wesen emanaba de ellos como una marea negra. Y sus guardaespaldas... Big, Chan, Arm y Pol mostraron rastro de *Steinadler* y *Mauzhertz* en sus facciones antes de volver a la normalidad.
—Sean —dijo Kinn, ignorando por completo al grupo de Nick—. Ha pasado tiempo.
Sean Renard suspiró y dio un paso al frente, cruzándose de brazos.
—Kinn. Sabía que si alguien era capaz de cruzar medio mundo sin avisar para interrumpir mi semana, serías tú. O Vegas.
Vegas soltó una risa seca, apoyando una mano en el hombro de Pete.
—No nos culpes, Sean. La situación en Bangkok se volvió... asfixiante. Necesitábamos un respiro. Unas vacaciones donde nadie intente dispararnos en el desayuno.
—¡Vacaciones! —gritó Tankhun, señalando a Arm—. ¡Arm, saca las maletas! ¡Y asegúrate de que mi televisor no se haya roto en el avión!
—Señor Khun, estamos en una tienda de especias, no en un hotel —murmuró Arm con paciencia infinita.
Nick dio un paso adelante, colocándose entre el grupo de recién llegados y sus amigos.
—¿Alguien va a explicarnos quiénes son ellos? —preguntó Nick, mirando fijamente a Kinn—. Capitán, estos hombres son...
—Sé lo que son, Nick —interrumpió Renard con voz gélida—. Y sé quiénes son.
—¿Y bien? —insistió Hank—. Porque parecen una unidad de élite de la mafia tailandesa que acaba de aterrizar en nuestra jurisdicción.
Sean guardó silencio, mirando a Kinn. El líder de la familia principal de los Theerapanyakun simplemente arqueó una ceja, evaluando a Nick de arriba abajo.
—Un Grimm —dijo Kinn con voz profunda—. Tienes especímenes interesantes en tu ciudad, Sean.
—Son amigos —respondió Renard rápidamente—. Y ellos son la familia Theerapanyakun. Están bajo mi protección personal durante su estancia. No habrá preguntas, no habrá informes y, sobre todo, no habrá incidentes.
Porsche, que había estado observando a Nick con curiosidad, se acercó al mostrador de Rosalee.
—¿Tienen algo para el dolor de cabeza? —preguntó con un suspiro—. Viajar con estos locos es peor que un tiroteo en un callejón.
Rosalee, aunque nerviosa por la presencia de tantos *Zauberbiest* de alto rango, asintió.
—Tengo una mezcla de corteza de sauce y manzanilla que podría ayudar.
—Gracias, preciosa —dijo Porsche con una sonrisa que hizo que Kinn frunciera el ceño.
—Porsche, compórtate —ordenó Kinn.
—Solo estoy siendo amable, Kinn. No todo el mundo quiere matarnos aquí —replicó Porsche, volviéndose hacia Nick—. Soy Porsche. El que mantiene a este hombre con vida. Suerte con tu capitán, parece que tiene el mismo carácter de mierda que mi jefe.
Trubel, que no había quitado la mano de su cuchillo, se acercó a Kim y Porchay.
—Ustedes no parecen tan peligrosos como el del traje —dijo ella, señalando a Kim.
Kim la miró con ojos fríos y distantes.
—Eso es porque no me has visto trabajar. Pero hoy solo soy un turista.
—¿Turista? —preguntó Wu, incrédulo—. Han llegado en seis camionetas blindadas. Eso no es turismo, es una invasión.
Vegas se acercó a Renard, ignorando las quejas de Wu.
—Sean, necesitamos un lugar seguro. Lejos del radar de la familia en Tailandia. Pete necesita descansar, y Macau tiene que terminar sus estudios a distancia sin que haya granadas explotando en el jardín.
Pete asintió respetuosamente hacia Renard.
—Capitán, lamentamos la intrusión. Sabemos que nuestra presencia aquí es... complicada.
Renard miró a su alrededor. Nick estaba visiblemente tenso, Monroe parecía a punto de sufrir un ataque de nervios por la cantidad de depredadores en su tienda, y Meisner observaba a Chan, el jefe de guardaespaldas, con un respeto mutuo entre guerreros.
—Se quedarán en la propiedad de las afueras —decidió Renard—. Nick, Hank, no quiero ver una sola patrulla cerca de esa zona. Si alguien pregunta, son consultores internacionales.
—¿Consultores? —preguntó Hank—. Sean, uno de ellos lleva una capa de plumas de pavo real y el otro parece que acaba de salir de una película de gánsteres.
—¡Es diseño de vanguardia! —exclamó Tankhun indignado, señalando a Hank—. ¡Pol, anota su nombre! ¡Está prohibido en mis fiestas!
Pol sacó una libreta con cara de circunstancia y fingió escribir.
—¿Ves lo que tengo que aguantar? —susurró Kinn a Renard—. Ayúdanos, Sean. Solo dos semanas.
Renard suspiró y miró a Nick.
—No les digas nada —ordenó el capitán—. No necesitas saber los detalles de sus negocios en Asia, y ellos no necesitan saber cómo manejas tú esta ciudad.
—¿Me estás pidiendo que ignore a un grupo de Zauberbiests y Wesens armados hasta los dientes? —preguntó Nick, incrédulo.
—Te estoy pidiendo que confíes en que, si ellos causan problemas, yo mismo me encargaré —respondió Renard con una firmeza que no dejaba lugar a dudas.
Kinn se acercó a Nick, rompiendo el espacio personal del Grimm. La atmósfera se volvió eléctrica.
—No estamos aquí para cazar, Grimm —dijo Kinn en voz baja—. Pero si tocas a mi familia, o a mi gente, descubrirás por qué incluso en mi mundo nos temen.
Nick no retrocedió.
—Y si ustedes rompen una sola ley en mi ciudad, descubrirán por qué los Grimm siguen existiendo.
Un silencio tenso se apoderó de la tienda. Porsche puso una mano en el brazo de Kinn, rompiendo el hechizo.
—Ya basta, Kinn. Vinimos por las vacaciones, no por una guerra. Además, tengo hambre. ¿Alguien sabe dónde venden una buena hamburguesa en este pueblo?
Pete sonrió, tratando de aliviar la tensión.
—Yo también tengo hambre, señor Kinn.
Vegas soltó una carcajada y empujó suavemente a Macau hacia la salida.
—Vamos. Antes de que el Grimm decida que somos demasiada molestia.
Uno a uno, los miembros de la familia Theerapanyakun comenzaron a salir de la tienda. Tankhun fue el último, deteniéndose frente a Monroe.
—Tú. El de los relojes. Tienes buen gusto en camisas de cuadros, aunque son horrorosas. Te enviaré una de las mías. ¡Vámonos, Arm!
Cuando la puerta se cerró y las camionetas arrancaron, el silencio en la tienda de especias fue absoluto. Monroe soltó un largo suspiro y se dejó caer en una silla.
—Vaya... eso ha sido... —comenzó Monroe.
—Aterrador —completó Rosalee.
—¿Quiénes eran realmente, Sean? —preguntó Juliette, rompiendo su silencio—. Ese poder no era normal, ni siquiera para un Zauberbiest.
Renard miró hacia la calle, viendo cómo las luces traseras de las camionetas desaparecían en la penumbra de la tarde.
—Son los dueños de un imperio construido sobre sangre y lealtad —respondió Renard sin mirar atrás—. Y lo más importante es que son mi familia política en la sombra. Mientras estén felices, Portland seguirá en pie.
—¿Y si no lo están? —preguntó Wu.
Renard finalmente se giró, con una expresión sombría.
—Entonces desearán que los *Wesenrein* vuelvan a ser su mayor problema.
Nick miró a Hank y luego a Trubel. Todos sabían que las próximas dos semanas serían cualquier cosa menos unas vacaciones tranquilas. La mafia tailandesa había llegado a Portland, y con ellos, un tipo de oscuridad que ni siquiera un Grimm estaba acostumbrado a manejar.
—Bueno —dijo Trubel, volviendo a su cuchillo—, al menos el de la capa era gracioso.
—No le des ideas, Trubel —murmuró Nick, frotándose las sienes—. No le des ideas.
