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Vacaciones

Fandom: Grimm y kinnporsche

Creado: 29/5/2026

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Café Amargo y Secretos Reales

El ambiente en la tienda de especias de Rosalee siempre había sido un refugio de calma, aromas herbales y soluciones místicas. Sin embargo, desde la llegada de la familia Theerapanyakun, el aire parecía cargado de una electricidad estática que ponía los pelos de punta a cualquiera que tuviera un mínimo de sensibilidad wesen o, en el caso de Nick y Trubel, los instintos de un Grimm.

Sean Renard se encontraba en la mansión que había dispuesto para sus "invitados", tratando de mediar entre las exigencias extravagantes de Tankhun y la seguridad implacable de Chan. Sabía que sus amigos y colegas de la comisaría no tardarían en perder la paciencia. La curiosidad de un Grimm era, por naturaleza, peligrosa.

En la tienda de especias, el grupo estaba reunido alrededor de la mesa de madera desgastada. Nick tamborileaba los dedos sobre la superficie, mientras Hank revisaba su teléfono por quinta vez en diez minutos.

—No es normal —soltó Wu, rompiendo el silencio—. El Capitán nunca ha sido tan... protector con nadie. Ni siquiera con sus propios aliados de la Resistencia. ¿Quiénes son estas personas? Parecen modelos salidos de una revista de armas y alta costura.

—Son poderosos, Wu —intervino Rosalee, mientras organizaba unos frascos de belladona—. Pude sentirlo en el momento en que entraron. Esa aura... no es solo dinero. Es linaje.

—Ese tal Vegas me miró como si estuviera decidiendo si diseccionarme o comprarme —gruñó Monroe, ajustándose las gafas—. Y su guardaespaldas, el que estaba a su lado... Pete, creo. Es un wesen, estoy seguro, pero su olor está mezclado con algo que no puedo identificar. Sangre y lealtad extrema.

Trubel, que había estado afilando un cuchillo en la esquina, levantó la vista.

—Son peligrosos. El Capitán dijo que eran Zauberbiests. Si toda esa familia tiene el mismo tipo de poder que Renard, Portland va a explotar si alguien los mira mal.

Nick suspiró y sacó su teléfono.

—Ya basta de especulaciones. Voy a llamar a Sean. Si vamos a convivir con ellos durante sus "vacaciones", al menos deberíamos presentarnos formalmente. No podemos dejar que una familia de la mafia tailandesa —porque eso es lo que son, no nos engañemos— ande suelta por la ciudad sin supervisión.

Nick marcó el número de Renard. El resto del grupo se acercó, guardando un silencio sepulcral para escuchar la conversación. Tras tres tonos, la voz autoritaria del Capitán resonó en el altavoz.

—Nick. Supuse que llamarías.

—Capitán —dijo Nick, tratando de sonar casual—. Estábamos pensando que, como buenos anfitriones, deberíamos pasar a visitar a la familia Theerapanyakun. Queremos darles la bienvenida oficial. Estábamos pensando en llevar algo... ¿algún pastel que les guste?

Hubo un silencio prolongado al otro lado de la línea. Se escuchó un grito de fondo, algo sobre un drama coreano y una almohada de plumas, seguido por la voz calmada pero firme de Porsche regañando a alguien.

—Nick, escucha con atención —la voz de Renard era inusualmente tensa—. No traigan pasteles de Portland. De hecho, no traigan ninguna comida de Portland.

—¿Por qué no? —preguntó Monroe, ofendido—. Tenemos las mejores panaderías artesanales del país. El pastel de moras de la calle 3 es...

—Monroe, detente —interrumpió Sean—. Tankhun tiene un paladar extremadamente... específico, y Kim sospecha de cualquier cosa que no haya sido probada por un catador antes. Si traen comida de fuera, Vegas probablemente pensará que es un intento de asesinato y Porsche terminará peleando con Trubel antes de que puedan decir "hola". No compliquen las cosas.

—Entonces, ¿qué hacemos? ¿Vamos con las manos vacías? —preguntó Hank, incrédulo.

—Solo vengan —suspiró Renard—. Pero Wu, hazme un favor personal. Pasa por esa cafetería italiana que te gusta y tráeme un café expreso doble. Lo necesito. Si voy a sobrevivir a una tarde más con Tankhun decidiendo qué color de cortinas combina con su estado de ánimo, voy a necesitar toda la cafeína posible.

—Entendido, Capitán —dijo Wu con una mueca—. Un expreso doble para el hombre que mantiene la paz mundial.

—Vengan en una hora. Y por favor... mantengan a Monroe lejos de las antigüedades de la casa. Macau tiene la costumbre de tocar todo lo que parece caro.

La llamada terminó abruptamente. Nick miró a sus amigos.

—Bueno, al menos tenemos permiso.

—Sin comida, sin regalos, solo nosotros y un café —resumió Meisner, quien había permanecido en las sombras hasta ese momento—. Esto va a ser un desastre o el inicio de una alianza muy extraña.

—Yo apuesto por el desastre —dijo Julietta, cruzándose de brazos—. Pero tengo curiosidad por ver a esa familia de cerca. Si son Zauberbiests de sangre pura, Renard se queda corto en comparación.

Una hora después, el grupo llegó a la propiedad. Era una mansión de estilo victoriano en las afueras, rodeada de un bosque denso que proporcionaba la privacidad que los Theerapanyakun exigían. Al bajar de los vehículos, fueron recibidos por Chan, quien permanecía de pie en la entrada como una estatua de granito. Su mirada escaneó a cada uno de ellos, deteniéndose un segundo más en Nick y Trubel.

—El señor Kinn los espera en el salón principal —dijo Chan con una voz que no admitía réplicas—. Dejen cualquier arma que no sea de servicio en el coche.

—Incluso los Grimm tenemos límites —susurró Trubel, pero dejó su machete oculto bajo el asiento.

Wu caminaba con cuidado, sosteniendo el vaso de café como si fuera una reliquia sagrada. Al entrar, el lujo de la casa los golpeó de frente, pero lo que más impresionó fue la presencia de los ocupantes.

En el centro del salón, Tankhun estaba sentado en un diván de terciopelo rojo, rodeado por Arm y Pol, quienes sostenían bandejas con frutas exóticas que claramente no eran de Oregón. Kinn y Porsche estaban de pie junto a la chimenea, hablando en voz baja con Sean. Vegas y Pete estaban en un rincón más apartado; Vegas jugaba con un cuchillo mariposa mientras Pete observaba la habitación con una sonrisa tranquila que no llegaba a ocultar la agudeza de sus ojos.

—¡Ah! ¡Los amigos de Sean! —exclamó Tankhun, levantándose dramáticamente—. ¡Por fin! Espero que no hayan traído nada aburrido. Sean dijo que Portland es "vintage", pero hasta ahora solo he visto lluvia y gente con camisas de cuadros.

—Traemos... nuestra presencia —dijo Nick, dando un paso al frente—. Soy el detective Nick Burkhardt. Ellos son Hank, Wu, Monroe, Rosalee, Julietta, Meisner y Trubel.

Kinn dio un paso adelante, extendiendo la mano con una elegancia que emanaba poder.

—Kinn Anakinn. Gracias por recibirnos en su ciudad. Sean habla muy bien de su... eficacia.

Porsche, al lado de Kinn, sonrió de forma más relajada, aunque sus ojos no dejaban de analizar las salidas de emergencia.

—Sentimos el alboroto. Mis hermanos pueden ser... un poco mucho para manejar.

—No se preocupe —respondió Rosalee con amabilidad—. Estamos acostumbrados a lo inusual.

Wu se acercó a Renard y le entregó el café.

—Su medicina, Capitán.

Renard cerró los ojos un momento al oler el aroma del expreso y tomó un sorbo largo.

—Gracias, Wu. Te debo la vida.

—¿Eso es café? —preguntó Kim desde una esquina, donde estaba sentado con Porchay—. Espero que sea de buena calidad. Chay tiene un estómago delicado después del vuelo.

—Es el mejor de la ciudad —aseguró Wu, aunque se sintió extrañamente intimidado por el joven músico.

Vegas se acercó al grupo, caminando con una gracia depredadora. Se detuvo frente a Monroe y olfateó el aire de manera casi imperceptible.

—Un Blutbad —dijo Vegas con una sonrisa de lado—. Y uno que huele a especias y té. Interesante. En Bangkok, los de tu clase suelen ser más... salvajes.

Monroe se tensó, sus ojos brillando brevemente en rojo.

—Bueno, aquí preferimos el autocontrol. Ayuda a no terminar en la cárcel o muerto.

—Vegas, deja de molestar a los invitados —ordenó Kinn con voz de mando.

—Solo estoy siendo sociable, hermano —respondió Vegas, aunque su mirada sobre Monroe no disminuyó en intensidad.

Pete intervino, poniendo una mano suave en el hombro de Vegas.

—Lo siento. Ha sido un viaje largo. Soy Pete, un placer conocerlos.

La tensión en la habitación era palpable. Por un lado, los policías y los wesen de Portland, acostumbrados a un orden precario pero funcional; por el otro, la realeza de la mafia tailandesa, seres de inmenso poder que no respondían ante nadie más que ante ellos mismos.

—Sean nos dijo que no trajéramos comida —comentó Hank, tratando de romper el hielo—. ¿Hay algo más que debamos saber sobre sus "vacaciones"?

—Solo queremos paz —dijo Porsche, aunque soltó una carcajada corta—. Bueno, paz al estilo Theerapanyakun. Eso significa que probablemente alguien intente matarnos en los próximos tres días, pero estamos preparados.

—Si alguien intenta algo en mi ciudad, nosotros nos encargaremos —dijo Nick con firmeza.

Kinn miró al Grimm directamente a los ojos.

—Aprecio el gesto, detective. Pero en nuestra familia, resolvemos los problemas de forma interna. Sean sabe que nuestra magia no es como la suya. Un Zauberbiest de nuestra línea de sangre no se limita a crear ilusiones o mover objetos.

En ese momento, las luces de la habitación parpadearon. Tankhun soltó un grito de indignación porque su tableta se había apagado.

—¡Kinn! ¡Diles que arreglen la electricidad! ¡Estaba en la mejor parte del episodio!

Sean suspiró y se frotó las sienes.

—Bienvenidos a mi mundo —le susurró a Nick.

—Capitán —dijo Nick en voz baja—, ¿está seguro de que podemos mantener esto bajo control? Si el consejo Wesen se entera de que hay una familia real de Zauberbiests aquí...

—El consejo Wesen es el menor de mis problemas, Nick —respondió Renard—. El problema es que si estos dos bandos —la Primera Familia y la Segunda Familia— deciden pelearse por el control del mando a distancia, Portland podría no sobrevivir a la noche.

—¡Yo quiero ir a un club! —gritó Tankhun, ignorando la conversación seria—. ¡Arm! ¡Pol! Busquen el lugar más ruidoso y caro de esta ciudad. ¡Vamos a enseñarles a estos locales cómo se divierte un Theerapanyakun!

Macau se acercó a Trubel, mirando con curiosidad las cicatrices en sus manos.

—¿Tú también matas monstruos? —preguntó el joven con una sonrisa traviesa.

Trubel lo miró fijamente, sin parpadear.

—A veces. Y a veces los monstruos son solo personas con malas intenciones.

—Me agradas —concluyó Macau—. Deberías venir con nosotros. Vegas dice que las chicas que pelean son las más divertidas.

Pete tosió, tratando de disimular una sonrisa, mientras Vegas simplemente le guiñaba un ojo a la joven Grimm.

La tarde continuó entre conversaciones tensas, café amargo y la extraña sensación de que el mundo de Grimm y el de KinnPorsche estaban colisionando de una manera que cambiaría Portland para siempre. Nick observaba a Kinn y Porsche, dándose cuenta de que, a pesar de la violencia y el poder que los rodeaba, había una lealtad inquebrantable entre ellos. Era algo que él entendía bien.

—Capitán —dijo Wu, acercándose a Renard una vez más—. ¿Seguro que no quiere otro café? Creo que lo va a necesitar si Tankhun decide que quiere ir de compras al centro comercial mañana.

Renard miró a Tankhun, que ahora estaba tratando de convencer a Rosalee de que le vendiera "polvos mágicos para el cabello", y luego a Kinn, que observaba todo con una calma real.

—Trae la cafetera entera, Wu —sentenció Renard—. No hemos hecho más que empezar.
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