Fanfy
.studio
Imagen de fondo

No lo se

Fandom: Mario

Creado: 30/5/2026

Etiquetas

Crack / Humor ParódicoParodiaUA (Universo Alternativo)HumorAventuraAmbientación CanonDivergenciaSátira
Índice

Entre coronas y caparazones

El Castillo de Champillón nunca había lucido tan resplandeciente. Las banderas con el emblema del Reino Champiñón ondeaban bajo un sol radiante, y el aroma a pastel de vainilla y flores de fuego impregnaba cada rincón de los pasillos de mármol. Faltaban solo tres días para la boda del siglo. Mario, el héroe vestido de rojo, caminaba por los pasillos con una sonrisa que apenas le cabía en el rostro, aunque sus pies, acostumbrados a saltar sobre plataformas móviles y esquivar bolas de fuego, se sentían extrañamente pesados ante la perspectiva de caminar hacia un altar.

—¡Mamma mia, Mario! —exclamó Luigi, que caminaba a su lado cargando una torre de cajas de regalo—. Mira todo esto. ¡Es increíble! Aunque... sigo pensando que los centros de mesa de plantas piraña son una mala idea. El tío de la tercera fila ya perdió un dedo probando si eran de plástico.

Mario soltó una carcajada y le dio una palmada en la espalda a su hermano menor, haciendo que Luigi casi perdiera el equilibrio.

—Tranquilo, Luigi. Todo saldrá perfecto. Peach está feliz, yo estoy feliz... es un sueño hecho realidad.

—Sí, un sueño —murmuró Luigi, ajustándose la gorra verde—. Pero, ¿no te parece extraño que todavía... bueno, ya sabes?

—¿Qué cosa? —preguntó Mario, arqueando una ceja.

—Bueno, que ella solo te dé besitos en la mejilla. Como si fueras un Toad especialmente eficiente o un abuelo querido. ¡Se van a casar, Mario! Debería haber un poco más de... ¡bam! ¡Fuego! ¡Pasión!

Mario se encogió de hombros, aunque una pequeña punzada de duda cruzó su mente.

—Peach es una dama, Luigi. Es elegante y reservada. Además, cada vez que intento acercarme más, ella recuerda de repente que tiene una reunión urgente con el Consejo de los Toads. Es una princesa muy ocupada.

—Si tú lo dices... —Luigi suspiró, esquivando a un Toad que corría con un ramo de flores—. Solo asegúrate de que no se duerma en la ceremonia. Últimamente parece que tiene mucho sueño.

Esa noche, el castillo estaba en silencio. Mario, incapaz de pegar ojo por los nervios prematuros, decidió caminar hacia los aposentos reales para dejar una flor de hielo que había recolectado esa tarde como detalle romántico. La puerta estaba entreabierta. Al asomarse, vio a Peach descansando sobre su cama de seda rosa. Se veía angelical, con su cabello rubio extendido sobre la almohada como un manto de oro.

Mario sonrió y se acercó de puntillas. Estaba a punto de dejar la flor en la mesita de noche cuando escuchó un susurro. Peach estaba hablando en sueños.

—Oh... por fin... —murmuró la princesa, con una sonrisa soñadora que Mario nunca le había visto durante el día—. Estaba esperando tanto este momento...

Mario sintió que el corazón le daba un vuelco de alegría. ¡Estaba soñando con la boda! Se quedó paralizado, disfrutando del momento.

—Eres tan fuerte... —continuó ella, soltando un pequeño suspiro de satisfacción.

Mario infló el pecho, ajustándose los tirantes de su overol imaginario. "Bueno", pensó, "es cierto que puedo romper bloques de ladrillo con el puño y cargar con Bowser por la cola. Soy un tipo fuerte".

—Tan... tan grande... —susurró Peach, moviéndose ligeramente entre las sábanas.

Mario parpadeó. ¿Grande? Se miró a sí mismo. Él era, por definición, un hombre de estatura modesta. De hecho, Peach era notablemente más alta que él, incluso cuando no llevaba sus tacones reales. A menos que... ¿estaría soñando con él después de haber comido un champiñón rojo? Sí, debía ser eso. En su sueño, él era Súper Mario.

—Me encantan tus cuernos... —añadió Peach con una voz cargada de una ternura que rozaba lo ilícito.

Mario se quedó petrificado. Sus manos subieron lentamente hacia su cabeza. Se quitó la gorra roja con manos temblorosas y se palpó el cráneo. Piel suave, un poco de cabello castaño, pero ni rastro de protuberancias óseas.

—¿Cuernos? —susurró Mario para sí mismo, con la voz quebrada—. Yo no tengo cuernos. Ni siquiera cuando me pongo el traje de Tanooki tengo cuernos, tengo orejas de mapache...

—Eres tan... salvaje... —continuó Peach, ajena al colapso existencial que ocurría a un metro de ella—. No como los demás... tan verde... tan pinchudo...

Mario retrocedió un paso, tropezando con una alfombra. El horror empezó a cobrar forma en su mente. Verde. Grande. Cuernos. Pinchudo. Solo había un ser en todo el Reino Champiñón que encajaba con esa descripción, y era el mismo individuo que la había secuestrado aproximadamente setenta y cuatro veces en los últimos años.

—¡No puede ser! —exclamó Mario, olvidando por un segundo que debía guardar silencio.

Peach se removió, pero no despertó. Mario salió de la habitación a tropezones, con el corazón latiéndole en las orejas como un tambor de guerra. Corrió por el pasillo hasta la habitación de su hermano y derribó la puerta de una patada.

—¡Luigi! ¡Despierta! ¡Es una emergencia de nivel Bowser!

Luigi saltó de la cama, gritando y enredándose con las sábanas hasta caer al suelo con un golpe seco.

—¡¿Qué?! ¡¿Qué pasa?! ¡¿Nos atacan los Shy Guys?! ¡¿Se acabó la pasta?!

—Es Peach —dijo Mario, caminando de un lado a otro con la gorra estrujada entre las manos—. Está enamorada de él, Luigi. ¡Del Rey de los Koopas!

Luigi se frotó los ojos y miró a su hermano como si le hubiera salido una segunda cabeza.

—Mario, creo que los vapores de las tuberías te están afectando. Bowser es el villano. El tipo que lanza fuego. El que tiene un complejo de inferioridad del tamaño de un volcán. Peach lo odia.

—¡Ella dijo que le gustan sus cuernos, Luigi! —gritó Mario en un susurro desesperado—. Dijo que es grande y fuerte. ¡Y yo soy bajito! ¡Y no tengo cuernos! ¡Soy un hombre sin cuernos!

Luigi se rascó la barbilla, procesando la información.

—Bueno... ahora que lo mencionas... —Luigi bajó la voz—. ¿Te has fijado en que las últimas veces que Bowser la secuestró, ella no gritaba tanto? El mes pasado, cuando la subió al barco volador, ella llevaba una maleta pequeña. Yo pensé que era para sus joyas, pero... ¿y si eran sus vacaciones pagadas?

Mario se desplomó en una silla, hundiendo la cara en sus manos.

—Toda mi vida... saltando sobre pozos de lava... esquivando martillos... para rescatarla de un tipo que ella realmente prefiere. ¿Por qué se va a casar conmigo entonces?

—Tal vez por la presión social —sugirió Luigi, tratando de ser útil—. Eres el héroe. Los Toads te adoran. Si ella dijera que quiere irse a vivir a un castillo de lava con un dragón de pinchos, la economía de las monedas de oro colapsaría.

Mario se puso de pie con una determinación renovada, aunque sus ojos estaban un poco llorosos.

—Tengo que saber la verdad. No puedo casarme con alguien que sueña con caparazones pinchudos mientras yo le ofrezco flores de fuego.

A la mañana siguiente, el ambiente en el desayuno era tenso. Peach estaba radiante, tarareando una melodía mientras untaba mermelada de champiñón en su tostada. Mario la observaba con ojos entrecerrados, buscando cualquier señal de traición.

—¿Pasa algo, Mario? —preguntó Peach con dulzura—. Estás muy callado. ¿Son los nervios de la boda?

—Sí... los nervios —dijo Mario, forzando una sonrisa—. Estaba pensando en la decoración. ¿No crees que falta algo? Algo más... imponente. ¿Qué tal unas estatuas de piedra con forma de Koopa?

Peach se sonrojó ligeramente. Fue un cambio casi imperceptible, pero Mario lo notó.

—Oh, no seas tonto, Mario. ¿Por qué querríamos eso? Aunque... —ella suspiró, mirando por la ventana hacia las Tierras Oscuras en el horizonte—, hay que admitir que tienen un sentido del diseño muy... robusto.

—¿Robusto? —Mario apretó el tenedor—. ¿Como unos cuernos, por ejemplo?

Peach dejó caer la cuchara en la taza de té con un tintineo metálico.

—¿Cuernos? ¿De qué hablas?

—Anoche te escuché hablar dormida, Peach —soltó Mario, incapaz de contenerse más. Luigi, que estaba sentado al lado, intentó esconderse detrás de un periódico gigante.

La princesa se puso pálida, luego roja, y finalmente adoptó una expresión de indignación real.

—¡Mario! ¡Es de muy mala educación escuchar las conversaciones privadas de una dama con su almohada!

—¡Es de muy mala educación soñar con el tipo que intenta destruir mi reino cada martes! —replicó Mario, levantándose de la silla—. ¡Dijo que era grande! ¡Dijo que era fuerte! ¡Dijo que le gustaban sus cuernos!

—¡Él es fuerte! —gritó Peach, poniéndose en pie también—. ¡Y tiene mucha personalidad! ¡Y al menos él no se pasa el día metido en tuberías sueltas!

El comedor se quedó en un silencio sepulcral. Luigi bajó lentamente el periódico, con los ojos como platos. Mario sintió que el mundo se desmoronaba bajo sus pies.

—Entonces... es verdad —dijo Mario con un hilo de voz—. Estás enamorada de Bowser.

Peach se cubrió la boca con las manos, dándose cuenta de lo que acababa de admitir. Se dejó caer en su silla y empezó a juguetear con el borde de su servilleta.

—No es tan simple, Mario. Tú eres... perfecto. Eres el héroe. Eres amable, hueles a pasta fresca y siempre me salvas. Pero... Bowser es... emocionante. Hay algo en la forma en que ruge y en cómo intenta conquistar el mundo solo para llamar mi atención que es... bueno, halagador.

—¡Él te encierra en jaulas colgantes sobre lava! —exclamó Mario, gesticulando salvajemente.

—¡Es su lenguaje del amor! —respondió Peach—. Además, las jaulas tienen cojines de terciopelo. Él se preocupa por mi comodidad.

Luigi aclaró su garganta, interviniendo con cautela.

—Eh... Princesa... si tanto le gusta Bowser, ¿por qué aceptó casarse con Mario?

Peach suspiró, dejando caer una lágrima sobre su tostada.

—Porque se supone que eso es lo que debe pasar. El héroe rescata a la princesa y viven felices para siempre. Si me caso con Bowser, ¿qué dirán los otros reinos? El Reino de Sarasaland pensará que he perdido el juicio. Daisy nunca me dejaría olvidarlo.

Mario sintió una mezcla de rabia y tristeza. Miró a su hermano, quien le devolvió una mirada de pura lástima. Luego miró a la mujer que había rescatado tantas veces que ya había perdido la cuenta.

—Peach —dijo Mario, suavizando el tono—, no puedo casarme contigo si vas a estar mirando el volcán de Bowser cada vez que salgas al balcón.

—¿Significa que la boda se cancela? —preguntó ella con una mezcla de miedo y esperanza.

—Significa que tenemos que hablar con él —dijo Mario, ajustándose la gorra—. Pero si ese lagarto gigante te hace llorar una sola vez, juro que lo lanzaré al sol usando solo un dedo.

Dos horas después, los hermanos Mario y la Princesa Peach volaban en el helikoopa de los Toads hacia el Castillo de Bowser. Al llegar, la guardia de Koopas y Goombas se quedó paralizada. No era normal que el héroe llamara a la puerta principal con la princesa del brazo y un hermano tembloroso detrás.

—¡Abran paso! —gritó Mario—. ¡Vengo a hablar con el jefe!

Bowser apareció en el salón del trono, lanzando una llamarada al aire para impresionar.

—¡Mario! ¡Llegas temprano para el secuestro de la semana que viene! Todavía no he terminado de pintar la nueva celda de...

Se detuvo al ver la cara de Peach. La princesa corrió hacia él, pero se detuvo a medio camino, recordando su dignidad.

—Bowser... —susurró ella.

—¿Peach? ¿Qué está pasando? ¿Por qué el fontanero no me está lanzando bolas de fuego? —preguntó el Rey Koopa, genuinamente confundido.

Mario dio un paso al frente, cruzándose de brazos.

—Ella dice que le gustan tus cuernos, Bowser. Y que eres "grande". No me preguntes por qué, el gusto es un misterio de la naturaleza.

Bowser parpadeó, sus ojos amarillos se abrieron de par en par. Miró a Peach, luego a Mario, y luego volvió a mirar a Peach. Sus mejillas escamosas se tornaron de un color rojo brillante.

—¿En serio? —preguntó Bowser con una voz que, por primera vez, no sonaba amenazante—. ¿Te gustan... mis cuernos? Los pulo todas las mañanas.

—Son... muy brillantes hoy —dijo Peach, bajando la mirada tímidamente.

Luigi se inclinó hacia Mario.

—Esto es lo más raro que he visto en mi vida, y una vez vi a un Toad convertirse en un bloque de ladrillos.

—Dímelo a mí —suspiró Mario—. He perdido a mi novia ante un tipo que usa pinchos como accesorio de moda.

Bowser se aclaró la garganta, tratando de recuperar su compostura de villano.

—Bueno... esto cambia las cosas. Si la princesa prefiere mi... robustez... entonces supongo que no hay necesidad de pelear. A menos que quieras pelear, Mario. Por el honor y esas cosas.

Mario miró a Peach. Ella miraba a Bowser con una chispa en los ojos que nunca había tenido con él. El héroe suspiró profundamente.

—No. He pasado años saltando sobre ti, Bowser. Si ella es feliz con un tipo que tiene aliento de azufre, ¿quién soy yo para impedirlo? Pero escucha bien: si te portas mal, volveré. Y esta vez no habrá champiñones de vida extra para ti.

Bowser asintió solemnemente, aunque no pudo evitar una sonrisa de triunfo.

—Trato hecho, fontanero.

El regreso al Reino Champiñón fue silencioso. Mario y Luigi caminaban por el sendero mientras Peach se quedaba atrás, organizando con Bowser una "mudanza oficial" que no implicara gritos ni explosiones.

—¿Estás bien, Mario? —preguntó Luigi, poniendo una mano en el hombro de su hermano.

Mario miró el horizonte. El sol se estaba poniendo, tiñendo el cielo de naranja y rojo.

—Sabes, Luigi... por un lado, me duele. Pero por otro... ¡piensa en el tiempo libre que voy a tener! Ya no tendré que correr por ocho mundos diferentes cada vez que ella quiera "cambiar de aire".

—Y podemos jugar más al tenis —añadió Luigi con entusiasmo—. Y a las carreras de karts.

—Y a las fiestas —dijo Mario, empezando a sonreír—. Además, siempre me pareció que el rosa no combinaba con el rojo de mi gorra.

—¡Ese es el espíritu! —exclamó Luigi—. Aunque... ¿quién le va a decir a los Toads que el pastel de bodas ahora es para un dragón gigante?

Mario se detuvo y miró a su hermano.

—Esa es una excelente pregunta, Luigi. Una pregunta que tú, como mi padrino y asistente oficial, vas a responder en la rueda de prensa de mañana.

—¡¿Qué?! ¡Mario, no! ¡Me van a lanzar caparazones azules!

Mario se echó a reír y empezó a correr hacia el castillo, seguido por un Luigi que gritaba protestas. La boda del siglo se había cancelado, pero por primera vez en mucho tiempo, el héroe no tenía que rescatar a nadie más que a sí mismo. Y eso, pensó Mario mientras saltaba sobre un pequeño foso, era la mejor aventura de todas.
Índice

¿Quieres crear tu propio fanfic?

Regístrate en Fanfy y crea tus propias historias.

Crear mi fanfic