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Secuestro voluntario

Fandom: Mario, Nintendo

Creado: 30/5/2026

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Espinas, Coronas y Secretos de Medianoche

La luna de plata bañaba el Reino Champiñón con una luz serena, pero dentro de las paredes del castillo, el ambiente estaba lejos de ser tranquilo. Mario, el héroe que había salvado el mundo en incontables ocasiones, se encontraba despierto, observando a su prometida. La boda estaba a solo unos días de distancia. Peach, siempre tan perfecta y recatada, descansaba sobre las sábanas de seda, pero su sueño parecía agitado.

Mario sonrió con ternura. Ella solo le había dado besos en la mejilla durante todo su noviazgo, siempre manteniendo una distancia de decoro que él atribuía a su crianza real. Sin embargo, el murmullo que escapó de los labios de la princesa borró su sonrisa de inmediato.

— Oh... estaba esperando tanto este momento... —susurró Peach entre sueños, con una sonrisa lánguida que Mario nunca le había visto dedicada a él—. Eres tan fuerte...

Mario se sonrojó, ajustándose el pijama. "Está soñando conmigo", pensó con el corazón henchido de orgullo. "Seguramente recuerda cuando cargué aquel bloque de piedra gigante en el Reino de las Sombras".

— Eres tan... tan grande... —continuó ella, soltando un suspiro que rozaba lo pecaminoso.

Mario parpadeó, desconcertado. Se miró las manos y luego sus pies, que apenas sobresalían al final de la cama. Él era notablemente más bajo que ella. "Bueno", razonó el fontanero, "en los sueños uno siempre se ve más imponente. El subconsciente es algo curioso".

Pero entonces, Peach se removió, abrazando la almohada con una fuerza inusitada.

— Me gustan tus cuernos... —murmuró con voz aterciopelada.

Mario se quedó petrificado. Lentamente, se quitó la gorra de dormir y se tocó la cabeza, buscando cualquier protuberancia. Su cráneo estaba tan liso y redondo como siempre. ¿Cuernos? ¿Desde cuándo él tenía cuernos? Una chispa de sospecha, amarga como una flor de fuego marchita, comenzó a arder en su pecho.

— ¡Peach! —susurró, moviéndola del hombro—. ¡Peach, despierta!

La princesa se incorporó de golpe, con las mejillas encendidas como ascuas y la respiración entrecortada. Al ver a Mario allí, de pie junto a ella con una expresión de confusión y sospecha, soltó un pequeño grito de espanto.

— ¡Mario! Me... me asustaste. ¿Qué haces despierto?

— Peach, estabas hablando dormida —dijo él, cruzándose de brazos—. Dijiste que alguien era muy fuerte, muy grande y... que te gustaban sus cuernos. ¿Con quién estabas soñando?

Peach se llevó las manos a la cara, tratando de ocultar un sonrojo que amenazaba con delatarla por completo.

— No recuerdo nada, Mario. Deben ser los nervios de la boda. ¡Y me parece de muy mal gusto que me estés espiando mientras duermo! —exclamó, fingiendo una indignación que no sentía—. Es una invasión a mi privacidad. Por favor, vete a tu habitación.

Mario salió del cuarto con la cabeza gacha, pero la semilla de la duda ya había germinado.

A la mañana siguiente, Mario buscó consuelo en su hermano menor mientras desayunaban en la cocina de la casa verde.

— Luigi, te lo digo en serio. Mencionó cuernos. Yo no tengo cuernos. Ni siquiera cuando me pongo el traje de Tanooki, eso son orejas.

Luigi, que estaba ocupado tratando de no quemar las tostadas, se encogió de hombros.

— Oh, vamos, Mario. Los sueños son raros. El otro día soñé que era una aspiradora y que Daisy era una moneda de oro gigante. Quizás era una pesadilla.

— No estaba asustada, Luigi. Estaba... feliz. Sonreía de una forma que...

— ¡Silencio! —Un grito agudo los interrumpió.

Toad, que había estado limpiando las ventanas cercanas, entró corriendo a la cocina con la cara pálida.

— ¡No digas esas blasfemias, Mario! ¡La princesa Peach es la pureza hecha persona! Ella jamás soñaría con... con ese monstruo de caparazón espinoso. ¡Es impensable! ¡Si Toadsworth te escuchara, le daría un síncope allí mismo!

— Yo no dije que fuera Bowser —replicó Mario, aunque la idea ya le rondaba la cabeza.

— ¡Es el estrés pre-nupcial! —sentenció Toad, tapándose los oídos—. ¡Nada más!

Aun así, Mario no podía quedarse tranquilo. Aprovechando una visita diplomática a New Donk City, decidió visitar a una vieja amiga que siempre hablaba sin tapujos: Pauline.

La alcaldesa escuchó el relato de Mario mientras tomaba un café con calma. Al llegar a la parte de los cuernos, Pauline soltó una risita que puso a Mario de los nervios.

— Ay, Mario... eres tan ingenuo. Sí, seguramente sueña con Bowser.

Mario casi se cae de la silla.

— ¿Qué? ¡Eso es imposible! ¡Él la secuestra cada dos semanas!

— A veces la línea entre el rapto y la escapada romántica es muy delgada —dijo Pauline, guiñándole un ojo—. Mira, te lo digo por experiencia propia. A veces las mujeres tenemos fantasías... diferentes. ¿Crees que yo realmente odiaba que Donkey Kong me llevara a lo más alto de un edificio? Era emocionante. Era... salvaje.

Mario sintió que el mundo se desmoronaba. ¿Era posible que Peach, su dulce Peach, prefiriera las garras y el fuego a las flores y los pasteles?

A pesar de sus dudas, la presión social y el silencio absoluto de Peach hicieron que los preparativos continuaran. El día de la boda llegó con un sol radiante sobre el Reino Champiñón. El castillo estaba decorado con miles de flores, y los invitados de todos los rincones del mundo estaban presentes.

Luigi estaba más nervioso que el propio novio, ajustándole la corbata a Mario cada cinco minutos hasta casi asfixiarlo. Mientras tanto, en la mesa del banquete, Yoshi ya había dado cuenta de la mitad de los aperitivos, ante la mirada horrorizada de los camareros Toad.

Mario y Peach estaban finalmente en el altar. El sacerdote estaba a punto de pronunciar las palabras finales cuando las vidrieras del fondo estallaron en mil pedazos. El cielo se oscureció con la sombra de una nave voladora gigante.

— ¡Yo me opongo! —rugió una voz atronadora que todos conocían demasiado bien.

Bowser descendió de un salto, aterrizando con un estruendo que hizo temblar el altar. Los invitados gritaron de terror, pero Mario notó algo que le rompió el corazón: Peach no estaba asustada. De hecho, sus labios se curvaron en una brevísima sonrisa antes de recuperar su máscara de damisela en apuros.

— ¡No puedes casarte con Mario, Peach! —gritó Bowser, señalándola con una garra—. ¡No después de todo lo que hemos pasado en el Reino de las Sombras! ¡No después de aquellas cenas a la luz de la lava!

Desde las bancas de los invitados, una risotada estridente rompió el dramatismo del momento. Wario se golpeaba el muslo de la risa.

— ¡JA! ¡Yo lo sabía! —exclamó Wario, señalando a la pareja—. ¡Sabía que la princesa tenía gustos raros! ¡Le gustan los tipos grandes y con mal aliento! ¡Es un escándalo delicioso!

Peach se puso roja como un tomate, pero esta vez de pura indignación y vergüenza.

— ¡Cállate, Wario! ¡Y tú, Bowser, eres un bruto! ¡¿Cómo te atreves a interrumpir mi boda?!

Bowser, lejos de amedrentarse, vio un piano de cola que formaba parte de la orquesta. Sin decir una palabra, se sentó, sus garras golpeando las teclas con una delicadeza sorprendente. Empezó a cantar con una voz profunda y cargada de sentimiento.

— Peach... eres tan genial... y con mi estrella reinaremos al final...

Mario, harto de la humillación, saltó hacia adelante con el puño cerrado.

— ¡Ya basta, Bowser! ¡Déjala en paz!

Pero antes de que Mario pudiera alcanzarlo, Bowser cerró el piano de un golpe, tomó a Peach en sus brazos con una fuerza arrolladora y saltó hacia la soga de su nave.

— ¡Suéltame, tonto! ¡Bruto! —gritaba Peach, aunque se aferraba al cuello de Bowser con una fuerza que no parecía de alguien que quisiera ser soltada—. ¡Eres un animal!

— ¡Lo sé, nena! ¡Por eso me amas! —rugió el Rey Koopa mientras la nave comenzaba a elevarse.

Los Koopas que habían descendido empezaron a lanzar martillos y fuego, causando el caos absoluto entre los invitados. En cuestión de minutos, la nave desapareció en el horizonte.

Toadsworth se desmayó en los brazos de un Toad.

— ¡Oh, no! ¡Pobre princesa! —lloraba Toad—. ¡Debe estar sufriendo horrores en las garras de ese monstruo!

Wario, que estaba aprovechando el caos para meterse unos cubiertos de plata en el bolsillo, soltó un bufido.

— Sí, claro. Sufriendo. Seguro que ahora mismo se están riendo de nosotros.

— ¡Mientes! —gritó Toadsworth, recuperando el conocimiento por un segundo—. ¡Mario, ve a salvarla!

Mario suspiró. Miró a Luigi, quien ya tenía su gorra puesta y estaba temblando de miedo pero listo para la acción.

— Vamos, Luigi. Terminemos con esto.

El viaje al castillo de Bowser fue más rápido de lo habitual. Mario no sentía la urgencia de otras veces; sentía una pesadez en el estómago que le decía que la verdad estaba al final del camino. Cuando finalmente llegaron a la nave insignia y Mario derribó las puertas de la cámara real de un golpe, se quedó paralizado.

No había celdas. No había cadenas.

Peach y Bowser estaban sentados en un sofá de terciopelo, compartiendo una copa de jugo de bayas y riendo. Bowser tenía un brazo alrededor de los hombros de la princesa, y ella apoyaba la cabeza en su pecho, justo donde empezaban las púas del caparazón. Estaban en una situación que no dejaba lugar a dudas.

Mario recordó el sueño. Los cuernos. La fuerza. El tamaño.

— ¿Peach? —la voz de Mario sonó pequeña.

La princesa se sobresaltó y se puso de pie, arreglándose el vestido. Miró a Mario, luego a Bowser, y finalmente suspiró con una mezcla de alivio y tristeza.

— Lo siento, Mario... de verdad lo siento. Pero me enamoré de él hace mucho tiempo. Los secuestros... eran la única forma en que podíamos vernos sin que mi pueblo se escandalizara.

Bowser se puso de pie, irguiéndose en toda su imponente estatura.

— Así es, fontanero. Esta vez no es una farsa. Me voy a casar con ella, y será la reina de los Koopas por derecho propio.

En ese momento, Bowser Junior entró corriendo en la habitación y abrazó las piernas de Peach.

— ¡La princesa Peach ahora es mi mamá! —gritó el pequeño Koopa con alegría—. ¡Déjenlos en paz, señores de bigote!

Bowser miró a Peach con una ternura que Mario nunca habría creído posible en un monstruo, y se inclinó para besarla. Fue un beso largo, apasionado y muy real.

Mario y Luigi se quedaron con los ojos como platos, retrocediendo un paso con una expresión de absoluto asco.

— ¡Eugh! ¡No hagan eso delante de mí! —gritó Bowser Junior, tapándose los ojos de forma cómica.

Mario sintió que una carga se le quitaba de encima. No era tristeza lo que sentía ahora, sino una extraña libertad. Miró a su hermano.

— Sabes, Luigi... creo que tendré mucho más tiempo libre ahora.

— Tienes razón —dijo Luigi, todavía procesando la imagen de Bowser y Peach—. Podremos jugar más tenis, carreras de karts... y quizás limpiar el sótano.

— El sótano puede esperar —replicó Mario con una sonrisa.

Regresaron al Reino Champiñón, donde la fiesta de la boda se había convertido en un velorio improvisado. Mario caminó entre los invitados hasta encontrar a Pauline, que estaba observando el desastre con una expresión aburrida.

— ¿Y bien? —preguntó ella—. ¿Dónde está la novia?

— Con su nuevo marido —respondió Mario con sencillez.

Wario pasó por su lado, soltando una risita burlona. Mario le dedicó una mirada afilada, como diciendo: "¿No dirás nada ahora?". Wario, por una vez, se quedó callado al ver la determinación en los ojos del fontanero.

— Pauline —dijo Mario, ofreciéndole el brazo a su ex novia—, creo que hay mucha comida que se va a desperdiciar si no hacemos algo. ¿Te apetece una cena?

Pauline sonrió, aceptando el brazo de Mario.

— Me encantaría, Mario. Y cuéntame... ¿Bowser realmente canta tan bien como dicen?

Mario se rió mientras se alejaban del altar vacío.

— Mejor que yo, Pauline. Mucho mejor que yo.
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