
← Volver a la lista de fanfics
0 me gusta
Chainsaw man.
Fandom: Chainsaw man
Creado: 30/5/2026
Etiquetas
AcciónOscuroTerrorViolencia GráficaPsicológicoSupervivenciaAmbientación CanonHorror CorporalAventuraLenguaje ExplícitoUA (Universo Alternativo)Dolor/ConsueloDivergenciaArregloDramaIntento de Suicidio
Viento Negro y el Olor a Pecado
La entrada del Hotel Morin se sentía como el epicentro de un mal presagio. El cielo estaba encapotado, y el aire transportaba esa humedad pegajosa que suele preceder a las tragedias o a las tormentas. Frente a las puertas giratorias, los miembros de la División Especial 4 de Seguridad Pública aguardaban con una mezcla de impaciencia y nerviosismo.
Aki Hayakawa consultó su reloj por quinta vez en los últimos dos minutos, soltando un suspiro cargado de irritación. A su lado, Himeno fumaba con parsimonia, aunque sus ojos buscaban constantemente algo en el horizonte de la calle.
—Llega tarde —gruñó Aki, ajustándose el nudo de la corbata—. Makima fue muy específica. Dijo que contáramos con él para esta misión.
—Oh, vamos, Aki-kun —rio Himeno, expulsando una nube de humo gris—. Sabes cómo es Kurogane. Ese hombre no se rige por relojes, sino por sus propios... impulsos.
Denji, que estaba sentado en un escalón intentando hurgarse la nariz con desgana, levantó la vista.
—¿Quién es el tipo ese? —preguntó con voz rasposa—. ¿Es fuerte? ¿Tiene comida?
—Es un monstruo, novato —intervino Power, cruzándose de brazos con una mueca de superioridad, aunque sus pupilas se dilataron ligeramente—. He oído historias. Dicen que su presencia hace que los demonios menores se orinen encima. ¡Pero yo, la Gran Power, no le temo a nada!
Kobeni Higashiyama, temblando como una hoja, jugueteaba con sus dedos, casi al borde del llanto. Arai, a su lado, trataba de mantener una postura firme, aunque el sudor en su frente delataba que la reputación del hombre que esperaban no era precisamente tranquilizadora.
—He oído que es... un veterano —susurró Kobeni—. Que ha sobrevivido a cosas que nadie más podría...
De repente, un sedán negro de lujo frenó bruscamente frente al hotel, quemando neumático. La puerta del copiloto se abrió y una mujer rubia, con un vestido de seda rojo visiblemente arrugado y el cabello hecho un desastre, salió tropezando. Tenía una sonrisa tonta y desenfocada en el rostro, como si acabara de bajar de una montaña rusa de sensaciones.
—¡Llámame, por favor! —exclamó ella, lanzando un beso al interior del coche antes de alejarse tambaleándose.
Un hombre descendió del vehículo con una parsimonia exasperante. Medía un metro noventa, de una complexión atlética tan definida que incluso el uniforme estándar de Seguridad Pública parecía una prenda de alta costura sobre su cuerpo. Su piel era pálida, contrastando violentamente con su cabello negro profundo, espeso y desordenado, que caía en mechones rebeldes hasta su clavícula. Entre la maraña de pelo, apenas se vislumbraban dos pequeños cuernos que delataban su naturaleza no del todo humana.
Kurogane caminó hacia ellos con las manos en los bolsillos, cargando un maletín negro rígido en el hombro derecho con una despreocupación insultante. Sus ojos negros, alargados y entrecerrados, recorrieron al grupo con una expresión de absoluta indiferencia.
—Vaya, qué comité de bienvenida tan pintoresco —dijo Kurogane. Su voz era profunda, con un matiz aterciopelado pero peligroso—. Siento la tardanza. Tenía unos asuntos... de carne que atender.
Himeno soltó una carcajada, apagando su cigarrillo con el zapato.
—Sigues siendo un cerdo, Kurogane. Hueles a perfume barato y a pecado desde aquí.
—Es un perfume caro, Himeno. No me insultes —replicó él, esbozando una sonrisa ladeada que no llegaba a sus ojos—. Hola, Aki. Veo que sigues tan estirado que si te metieran un palo por el trasero, te saldría por la boca.
Aki apretó los dientes, pero no replicó. Sabía que Kurogane era un activo demasiado valioso, un híbrido cuya fuerza bruta y veteranía eran necesarias para lo que Makima sospechaba que encontrarían dentro de aquel hotel.
Kurogane desvió su mirada hacia los nuevos. Se detuvo un momento en Denji, olfateando el aire.
—Así que este es el chico motosierra... —comentó con desdén—. Hueles a perro mojado y a desesperación. Interesante.
Luego, sus ojos se posaron en Kobeni. La joven dio un paso atrás, sintiendo que la sangre se le congelaba. La presencia de Kurogane era pesada, como si el aire a su alrededor se volviera sólido, una manifestación de miedo puro que emanaba de sus poros.
—Y tú... —Kurogane se acercó a ella, inclinándose un poco para quedar a su altura. Sus ojos negros brillaron con una chispa de sadismo divertido—. Me gustas. Tienes ese aroma a pánico que tanto me excita. Me encantan las mujeres así... asustadas, indefensas, listas para romperse.
Kobeni soltó un pequeño chillido y se escondió detrás de Arai.
—¡Déjala en paz, Kurogane! —ordenó Aki, dando un paso al frente—. Tenemos un trabajo que hacer. El Demonio de la Eternidad está en este edificio. Entramos, lo matamos y salimos. Nada de juegos.
Kurogane se encogió de hombros, ajustando la correa de su maletín.
—Como digas, "capitán". Pero si las cosas se ponen feas, no esperes que use modales.
El grupo entró en el hotel. Al principio, todo parecía normal, pero a medida que subían los pisos, la realidad comenzó a distorsionarse. El espacio se doblaba sobre sí mismo, los pasillos se volvían infinitos y el tiempo parecía haberse detenido. Estaban atrapados en el octavo piso.
—Es un bucle —dijo Arai, golpeando una pared con frustración—. Hemos pasado por esta habitación diez veces.
El pánico empezó a cundir entre los novatos. Kobeni estaba hiperventilando en un rincón, mientras Denji y Power discutían sobre quién tenía la culpa. Aki intentaba mantener la calma, analizando el entorno.
Kurogane, sin embargo, se apoyó contra una pared, sacó un cigarrillo y lo encendió con un encendedor de plata.
—Qué aburrimiento —soltó, soltando el humo hacia el techo—. Este demonio tiene un gusto pésimo para la decoración. Si vamos a morir aquí, al menos espero que haya un minibar con algo más fuerte que cerveza light.
—¿Cómo puedes estar tan tranquilo? —gritó Kobeni, señalándolo con un dedo tembloroso—. ¡Estamos atrapados! ¡Vamos a morir de hambre!
Kurogane la miró de reojo, sus ojos entrecerrados brillando en la penumbra del pasillo.
—Morir de hambre es una forma muy lenta de irse, preciosa —dijo con una sonrisa cruel—. Yo prefiero algo más... explosivo. Además, si te pones tan nerviosa, me vas a obligar a hacerte algo para que te calles, y dudo que te guste el método.
—¡Basta! —intervino Aki—. Kurogane, usa tus sentidos. Eres un híbrido, debes notar algo que nosotros no.
Kurogane suspiró, cerrando los ojos por un segundo. Su presencia cambió. Dejó de ser un hombre arrogante para convertirse en algo primario. El aire en el pasillo comenzó a vibrar. Pequeñas ráfagas de viento, tan finas como cuchillas, empezaron a cortar el papel tapiz de las paredes sin que nadie viera un movimiento.
—Está en todas partes y en ninguna —murmuró Kurogane—. Es un parásito espacial. Pero tiene un núcleo. Todo lo que tiene miedo tiene un corazón que puede ser arrancado.
De repente, el suelo bajo sus pies se estremeció. Una masa de carne amorfa, llena de bocas y ojos, comenzó a brotar de las paredes del pasillo. El Demonio de la Eternidad se estaba manifestando, alimentándose del miedo que Kobeni y Arai exhalaban por cada poro.
—¡Denji, prepárate! —gritó Aki.
—¡Espera! —Kurogane dio un paso al frente, dejando caer su cigarrillo y aplastándolo con la bota—. Este es demasiado grande para que el chico perro lo maneje solo sin ensuciar demasiado el suelo.
Kurogane abrió su maletín negro con un clic metálico rotundo. De su interior extrajo la navaja suiza gigante. El objeto era una maravilla de ingeniería oscura: un bloque metálico rectangular que casi cubría su torso. Con un movimiento experto de la muñeca, desplegó la primera hoja. Una espada larga, delgada y de un negro mate que parecía absorber la poca luz del pasillo.
—Hagamos esto rápido —dijo Kurogane, y su voz ya no sonaba humana—. Tengo una cita a las ocho y no pienso llegar tarde por un montón de carne podrida.
En un parpadeo, Kurogane desapareció. No fue un movimiento, fue un residuo de velocidad. Lo siguiente que vieron fue una ráfaga de viento invisible que despedazó una de las lenguas gigantes del demonio antes de que pudiera alcanzar a Power.
Kurogane reapareció en el aire, girando el mango de su arma. La espada se retrajo y una guadaña curva brotó con un sonido metálico. Con un tajo descendente, cortó una sección del edificio, abriendo una brecha en la realidad del demonio.
—¡Es increíble! —exclamó Denji, con los ojos como platos—. ¡Corta el aire!
—No es solo aire, idiota —dijo Himeno, observando con fascinación—. Son ráfagas de vacío. Kurogane no corta la carne, corta el espacio que la sostiene.
El Demonio de la Eternidad rugió, una cacofonía de mil voces sufriendo.
—¡DAME EL CORAZÓN DEL MOTOSIERRA! —gritó la masa de carne—. ¡Y LOS DEJARÉ VIVIR!
Kurogane aterrizó con elegancia, cambiando su arma a la forma de un hacha pesada. Su expresión de indiferencia se había transformado en una de absoluto desprecio.
—¿Tú? ¿Darnos permiso? —Kurogane soltó una carcajada seca y oscura—. Eres un concepto gordo y patético. Te voy a enseñar lo que es la verdadera eternidad: el segundo exacto antes de que te borre de la existencia.
El híbrido comenzó a emanar una presión espiritual tan densa que Kobeni cayó de rodillas, vomitando por el puro terror instintivo. Incluso Aki y Himeno sintieron un escalofrío recorriéndoles la columna. No era el miedo al demonio, era el miedo al hombre que estaba de su lado.
Kurogane se lanzó de nuevo al ataque. Sus movimientos eran una danza de carnicería. Cambiaba de la cuchilla corta a la hoja invisible en milisegundos. El demonio intentaba regenerarse, pero las heridas infligidas por las ráfagas de Kurogane parecían cauterizadas por una fuerza extraña que impedía que la carne se uniera de nuevo.
—¡Abrelatas! —exclamó Kurogane, desplegando la hoja con garfio.
Enganchó una de las bocas principales del demonio y, con una fuerza sobrehumana, tiró de ella, arrancando una tonelada de masa viscosa y exponiendo lo que parecía ser un núcleo palpitante.
—¡Denji! —gritó Kurogane sin mirar atrás—. ¡Si quieres el crédito, muévete ahora! ¡Este montón de mierda se está volviendo aburrido!
Denji no se hizo de rogar. Tiró del cordón de su pecho y las motosierras rugieron a la vida. Se lanzó al interior de la herida abierta por Kurogane, gritando como un maníaco.
Mientras Denji se entregaba a su habitual frenesí de sangre y vísceras, Kurogane retrocedió, cerrando su arma y guardándola en el maletín con un movimiento seco. Se sacudió una gota de sangre de la mejilla y volvió a meterse las manos en los bolsillos.
—Buen chico —murmuró, observando la carnicería con una sonrisa de suficiencia—. Al menos sirve para limpiar el desorden.
Aki se acercó a él, todavía con la mano en la empuñadura de su espada.
—Podrías haberlo terminado tú solo —dijo Aki con tono acusador.
—Podría —admitió Kurogane, volviendo a su expresión de aburrimiento—. Pero Makima me paga por ayudar, no por hacerle todo el trabajo a los novatos. Además, me gusta ver cómo se despedazan entre ellos. Es... terapéutico.
Se acercó a Kobeni, que seguía temblando en el suelo. Kurogane se inclinó y le susurró al oído, lo suficientemente alto para que los demás lo oyeran:
—Has sobrevivido, ratoncita. Eso significa que tendremos más tiempo para conocernos. Me encanta cómo hueles cuando crees que vas a morir. Es casi... embriagador.
Kobeni soltó un gemido de puro terror y se desmayó.
Kurogane se enderezó, soltando una carcajada que resonó en el pasillo infinito, un sonido que era mucho más aterrador que cualquier rugido demoníaco.
—Vámonos de aquí —dijo, empezando a caminar hacia la salida que empezaba a materializarse a medida que el demonio moría—. Tengo una botella de whisky esperándome y una rubia que probablemente ya se ha olvidado de mi nombre. La vida es demasiado corta para pasarla en un hotel de mala muerte.
Himeno suspiró, negando con la cabeza mientras seguía al híbrido.
—Algún día, alguien te va a matar, Kurogane.
—Probablemente —respondió él sin detenerse, su silueta recortada contra la luz que volvía al pasillo—. Pero te aseguro una cosa, Himeno: ese día, el mismísimo infierno se va a quedar pequeño para la fiesta que voy a montar.
Aki Hayakawa consultó su reloj por quinta vez en los últimos dos minutos, soltando un suspiro cargado de irritación. A su lado, Himeno fumaba con parsimonia, aunque sus ojos buscaban constantemente algo en el horizonte de la calle.
—Llega tarde —gruñó Aki, ajustándose el nudo de la corbata—. Makima fue muy específica. Dijo que contáramos con él para esta misión.
—Oh, vamos, Aki-kun —rio Himeno, expulsando una nube de humo gris—. Sabes cómo es Kurogane. Ese hombre no se rige por relojes, sino por sus propios... impulsos.
Denji, que estaba sentado en un escalón intentando hurgarse la nariz con desgana, levantó la vista.
—¿Quién es el tipo ese? —preguntó con voz rasposa—. ¿Es fuerte? ¿Tiene comida?
—Es un monstruo, novato —intervino Power, cruzándose de brazos con una mueca de superioridad, aunque sus pupilas se dilataron ligeramente—. He oído historias. Dicen que su presencia hace que los demonios menores se orinen encima. ¡Pero yo, la Gran Power, no le temo a nada!
Kobeni Higashiyama, temblando como una hoja, jugueteaba con sus dedos, casi al borde del llanto. Arai, a su lado, trataba de mantener una postura firme, aunque el sudor en su frente delataba que la reputación del hombre que esperaban no era precisamente tranquilizadora.
—He oído que es... un veterano —susurró Kobeni—. Que ha sobrevivido a cosas que nadie más podría...
De repente, un sedán negro de lujo frenó bruscamente frente al hotel, quemando neumático. La puerta del copiloto se abrió y una mujer rubia, con un vestido de seda rojo visiblemente arrugado y el cabello hecho un desastre, salió tropezando. Tenía una sonrisa tonta y desenfocada en el rostro, como si acabara de bajar de una montaña rusa de sensaciones.
—¡Llámame, por favor! —exclamó ella, lanzando un beso al interior del coche antes de alejarse tambaleándose.
Un hombre descendió del vehículo con una parsimonia exasperante. Medía un metro noventa, de una complexión atlética tan definida que incluso el uniforme estándar de Seguridad Pública parecía una prenda de alta costura sobre su cuerpo. Su piel era pálida, contrastando violentamente con su cabello negro profundo, espeso y desordenado, que caía en mechones rebeldes hasta su clavícula. Entre la maraña de pelo, apenas se vislumbraban dos pequeños cuernos que delataban su naturaleza no del todo humana.
Kurogane caminó hacia ellos con las manos en los bolsillos, cargando un maletín negro rígido en el hombro derecho con una despreocupación insultante. Sus ojos negros, alargados y entrecerrados, recorrieron al grupo con una expresión de absoluta indiferencia.
—Vaya, qué comité de bienvenida tan pintoresco —dijo Kurogane. Su voz era profunda, con un matiz aterciopelado pero peligroso—. Siento la tardanza. Tenía unos asuntos... de carne que atender.
Himeno soltó una carcajada, apagando su cigarrillo con el zapato.
—Sigues siendo un cerdo, Kurogane. Hueles a perfume barato y a pecado desde aquí.
—Es un perfume caro, Himeno. No me insultes —replicó él, esbozando una sonrisa ladeada que no llegaba a sus ojos—. Hola, Aki. Veo que sigues tan estirado que si te metieran un palo por el trasero, te saldría por la boca.
Aki apretó los dientes, pero no replicó. Sabía que Kurogane era un activo demasiado valioso, un híbrido cuya fuerza bruta y veteranía eran necesarias para lo que Makima sospechaba que encontrarían dentro de aquel hotel.
Kurogane desvió su mirada hacia los nuevos. Se detuvo un momento en Denji, olfateando el aire.
—Así que este es el chico motosierra... —comentó con desdén—. Hueles a perro mojado y a desesperación. Interesante.
Luego, sus ojos se posaron en Kobeni. La joven dio un paso atrás, sintiendo que la sangre se le congelaba. La presencia de Kurogane era pesada, como si el aire a su alrededor se volviera sólido, una manifestación de miedo puro que emanaba de sus poros.
—Y tú... —Kurogane se acercó a ella, inclinándose un poco para quedar a su altura. Sus ojos negros brillaron con una chispa de sadismo divertido—. Me gustas. Tienes ese aroma a pánico que tanto me excita. Me encantan las mujeres así... asustadas, indefensas, listas para romperse.
Kobeni soltó un pequeño chillido y se escondió detrás de Arai.
—¡Déjala en paz, Kurogane! —ordenó Aki, dando un paso al frente—. Tenemos un trabajo que hacer. El Demonio de la Eternidad está en este edificio. Entramos, lo matamos y salimos. Nada de juegos.
Kurogane se encogió de hombros, ajustando la correa de su maletín.
—Como digas, "capitán". Pero si las cosas se ponen feas, no esperes que use modales.
El grupo entró en el hotel. Al principio, todo parecía normal, pero a medida que subían los pisos, la realidad comenzó a distorsionarse. El espacio se doblaba sobre sí mismo, los pasillos se volvían infinitos y el tiempo parecía haberse detenido. Estaban atrapados en el octavo piso.
—Es un bucle —dijo Arai, golpeando una pared con frustración—. Hemos pasado por esta habitación diez veces.
El pánico empezó a cundir entre los novatos. Kobeni estaba hiperventilando en un rincón, mientras Denji y Power discutían sobre quién tenía la culpa. Aki intentaba mantener la calma, analizando el entorno.
Kurogane, sin embargo, se apoyó contra una pared, sacó un cigarrillo y lo encendió con un encendedor de plata.
—Qué aburrimiento —soltó, soltando el humo hacia el techo—. Este demonio tiene un gusto pésimo para la decoración. Si vamos a morir aquí, al menos espero que haya un minibar con algo más fuerte que cerveza light.
—¿Cómo puedes estar tan tranquilo? —gritó Kobeni, señalándolo con un dedo tembloroso—. ¡Estamos atrapados! ¡Vamos a morir de hambre!
Kurogane la miró de reojo, sus ojos entrecerrados brillando en la penumbra del pasillo.
—Morir de hambre es una forma muy lenta de irse, preciosa —dijo con una sonrisa cruel—. Yo prefiero algo más... explosivo. Además, si te pones tan nerviosa, me vas a obligar a hacerte algo para que te calles, y dudo que te guste el método.
—¡Basta! —intervino Aki—. Kurogane, usa tus sentidos. Eres un híbrido, debes notar algo que nosotros no.
Kurogane suspiró, cerrando los ojos por un segundo. Su presencia cambió. Dejó de ser un hombre arrogante para convertirse en algo primario. El aire en el pasillo comenzó a vibrar. Pequeñas ráfagas de viento, tan finas como cuchillas, empezaron a cortar el papel tapiz de las paredes sin que nadie viera un movimiento.
—Está en todas partes y en ninguna —murmuró Kurogane—. Es un parásito espacial. Pero tiene un núcleo. Todo lo que tiene miedo tiene un corazón que puede ser arrancado.
De repente, el suelo bajo sus pies se estremeció. Una masa de carne amorfa, llena de bocas y ojos, comenzó a brotar de las paredes del pasillo. El Demonio de la Eternidad se estaba manifestando, alimentándose del miedo que Kobeni y Arai exhalaban por cada poro.
—¡Denji, prepárate! —gritó Aki.
—¡Espera! —Kurogane dio un paso al frente, dejando caer su cigarrillo y aplastándolo con la bota—. Este es demasiado grande para que el chico perro lo maneje solo sin ensuciar demasiado el suelo.
Kurogane abrió su maletín negro con un clic metálico rotundo. De su interior extrajo la navaja suiza gigante. El objeto era una maravilla de ingeniería oscura: un bloque metálico rectangular que casi cubría su torso. Con un movimiento experto de la muñeca, desplegó la primera hoja. Una espada larga, delgada y de un negro mate que parecía absorber la poca luz del pasillo.
—Hagamos esto rápido —dijo Kurogane, y su voz ya no sonaba humana—. Tengo una cita a las ocho y no pienso llegar tarde por un montón de carne podrida.
En un parpadeo, Kurogane desapareció. No fue un movimiento, fue un residuo de velocidad. Lo siguiente que vieron fue una ráfaga de viento invisible que despedazó una de las lenguas gigantes del demonio antes de que pudiera alcanzar a Power.
Kurogane reapareció en el aire, girando el mango de su arma. La espada se retrajo y una guadaña curva brotó con un sonido metálico. Con un tajo descendente, cortó una sección del edificio, abriendo una brecha en la realidad del demonio.
—¡Es increíble! —exclamó Denji, con los ojos como platos—. ¡Corta el aire!
—No es solo aire, idiota —dijo Himeno, observando con fascinación—. Son ráfagas de vacío. Kurogane no corta la carne, corta el espacio que la sostiene.
El Demonio de la Eternidad rugió, una cacofonía de mil voces sufriendo.
—¡DAME EL CORAZÓN DEL MOTOSIERRA! —gritó la masa de carne—. ¡Y LOS DEJARÉ VIVIR!
Kurogane aterrizó con elegancia, cambiando su arma a la forma de un hacha pesada. Su expresión de indiferencia se había transformado en una de absoluto desprecio.
—¿Tú? ¿Darnos permiso? —Kurogane soltó una carcajada seca y oscura—. Eres un concepto gordo y patético. Te voy a enseñar lo que es la verdadera eternidad: el segundo exacto antes de que te borre de la existencia.
El híbrido comenzó a emanar una presión espiritual tan densa que Kobeni cayó de rodillas, vomitando por el puro terror instintivo. Incluso Aki y Himeno sintieron un escalofrío recorriéndoles la columna. No era el miedo al demonio, era el miedo al hombre que estaba de su lado.
Kurogane se lanzó de nuevo al ataque. Sus movimientos eran una danza de carnicería. Cambiaba de la cuchilla corta a la hoja invisible en milisegundos. El demonio intentaba regenerarse, pero las heridas infligidas por las ráfagas de Kurogane parecían cauterizadas por una fuerza extraña que impedía que la carne se uniera de nuevo.
—¡Abrelatas! —exclamó Kurogane, desplegando la hoja con garfio.
Enganchó una de las bocas principales del demonio y, con una fuerza sobrehumana, tiró de ella, arrancando una tonelada de masa viscosa y exponiendo lo que parecía ser un núcleo palpitante.
—¡Denji! —gritó Kurogane sin mirar atrás—. ¡Si quieres el crédito, muévete ahora! ¡Este montón de mierda se está volviendo aburrido!
Denji no se hizo de rogar. Tiró del cordón de su pecho y las motosierras rugieron a la vida. Se lanzó al interior de la herida abierta por Kurogane, gritando como un maníaco.
Mientras Denji se entregaba a su habitual frenesí de sangre y vísceras, Kurogane retrocedió, cerrando su arma y guardándola en el maletín con un movimiento seco. Se sacudió una gota de sangre de la mejilla y volvió a meterse las manos en los bolsillos.
—Buen chico —murmuró, observando la carnicería con una sonrisa de suficiencia—. Al menos sirve para limpiar el desorden.
Aki se acercó a él, todavía con la mano en la empuñadura de su espada.
—Podrías haberlo terminado tú solo —dijo Aki con tono acusador.
—Podría —admitió Kurogane, volviendo a su expresión de aburrimiento—. Pero Makima me paga por ayudar, no por hacerle todo el trabajo a los novatos. Además, me gusta ver cómo se despedazan entre ellos. Es... terapéutico.
Se acercó a Kobeni, que seguía temblando en el suelo. Kurogane se inclinó y le susurró al oído, lo suficientemente alto para que los demás lo oyeran:
—Has sobrevivido, ratoncita. Eso significa que tendremos más tiempo para conocernos. Me encanta cómo hueles cuando crees que vas a morir. Es casi... embriagador.
Kobeni soltó un gemido de puro terror y se desmayó.
Kurogane se enderezó, soltando una carcajada que resonó en el pasillo infinito, un sonido que era mucho más aterrador que cualquier rugido demoníaco.
—Vámonos de aquí —dijo, empezando a caminar hacia la salida que empezaba a materializarse a medida que el demonio moría—. Tengo una botella de whisky esperándome y una rubia que probablemente ya se ha olvidado de mi nombre. La vida es demasiado corta para pasarla en un hotel de mala muerte.
Himeno suspiró, negando con la cabeza mientras seguía al híbrido.
—Algún día, alguien te va a matar, Kurogane.
—Probablemente —respondió él sin detenerse, su silueta recortada contra la luz que volvía al pasillo—. Pero te aseguro una cosa, Himeno: ese día, el mismísimo infierno se va a quedar pequeño para la fiesta que voy a montar.
