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Fandom: Army and stay

Creado: 30/5/2026

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El eco de la inocencia rota

La oficina de Jeon Junghyun olía a tabaco caro y a decisiones que costaban vidas. El aire estaba cargado de una tensión que solo un hombre como él, el patriarca de la organización criminal más poderosa de Seúl, podía generar. Al otro lado del escritorio de caoba, Jungkook permanecía de pie, con la espalda recta y el rostro convertido en una máscara de mármol.

—Te estás volviendo blando, Jungkook —dijo el hombre mayor, dejando escapar una densa nube de humo—. Los rumores corren rápido. Dicen que el heredero de los Jeon tiene un punto débil. Un pequeño juguete de porcelana que lo espera en casa con una sonrisa y las manos limpias.

Jungkook no parpadeó. Sus puños se apretaron ligeramente a los costados, pero su voz se mantuvo gélida.

—Yoongi no es un punto débil. Es una propiedad.

—Una propiedad que te hace sonreír cuando crees que nadie mira —espetó su padre, levantándose para caminar hacia él—. La piedad es un veneno en este negocio. Si no puedes demostrar que eres capaz de quebrar lo que más quieres, no estás listo para liderar. Necesito ver crueldad, Jungkook. Necesito saber que, si te ordeno quemar el mundo, empezarás por tu propia cama.

Jungkook sintió un nudo en la garganta, pero lo tragó junto con su orgullo. La mirada de su padre era un desafío, una prueba de fuego que no podía permitirse fallar. Si quería mantener a Yoongi a salvo de los enemigos externos, tenía que demostrar que él mismo era su mayor peligro.

—Entendido, padre —respondió secamente.

El camino de regreso a la mansión fue un silencio sepulcral. Jungkook conducía con los nudillos blancos sobre el volante. En su mente, las palabras de su padre se repetían como un mantra oscuro. Crueldad. Dominio. Poder.

Al llegar, el ambiente cálido de la casa lo recibió como una bofetada. Yoongi estaba en la sala, sentado en el sofá con un suéter de lana demasiado grande para su pequeño cuerpo. Tenía los pies descalzos y estaba concentrado en un libro de cuentos ilustrados. Al escuchar la puerta, sus ojos se iluminaron con una alegría pura y desinteresada.

—¡Kook! —exclamó Yoongi, dejando el libro de lado y corriendo hacia él con los brazos abiertos—. ¡Llegaste temprano! Te extrañé mucho, mucho.

Yoongi se lanzó a sus brazos, buscando el refugio del pecho de su novio, esperando el abrazo cálido y el beso en la frente que solía recibir, incluso si Jungkook siempre era algo distante. Quería comportarse como el bebé que sentía que era cuando estaba con su protector.

—Dame un besito, Kook —pidió Yoongi con voz dulce, estirando sus labios y cerrando los ojos con total confianza.

Pero el abrazo no llegó. En su lugar, Jungkook lo apartó con brusquedad, empujándolo ligeramente hacia atrás. La expresión en el rostro del mafioso era aterradora; sus ojos, usualmente oscuros pero familiares, ahora eran pozos de frialdad absoluta.

—Sube a la habitación —ordenó Jungkook. Su voz no era la habitual, era un trueno seco que hizo que Yoongi retrocediera un paso, confundido.

—¿Kook? ¿Hice algo malo? —preguntó Yoongi, su labio inferior empezó a temblar ligeramente. Su sensibilidad siempre estaba a flor de piel—. Lo siento si te molesté, yo solo...

—¡He dicho que subas! —rugió Jungkook, agarrándolo del brazo con una fuerza innecesaria.

Yoongi soltó un pequeño gemido de dolor. El agarre era firme, casi violento. El miedo empezó a filtrarse en su pecho, una sensación fría que nunca antes había sentido con Jungkook. Su "Kook" era serio y seco, sí, pero nunca lo había mirado con ese desprecio, como si fuera un estorbo, una pieza de carne que necesitaba ser moldeada.

Jungkook lo arrastró escaleras arriba. Yoongi tropezaba con sus propios pies, intentando seguir el ritmo frenético de los pasos del mayor.

—Me duele, Kook... por favor, vas muy rápido —susurró Yoongi, las lágrimas ya empañando su visión.

Al entrar en la habitación, Jungkook cerró la puerta con una patada y lanzó a Yoongi sobre la cama. El pequeño se hundió en las sábanas, temblando, mirando a su novio como si fuera un extraño. Jungkook comenzó a quitarse la chaqueta y la corbata con movimientos mecánicos, violentos.

—Jungkook, me das miedo —dijo Yoongi en un hilo de voz, encogiéndose, tratando de hacerse pequeño—. Quiero mi peluche... quiero que me abraces bien.

—Cállate, Yoongi —dijo Jungkook, acercándose a la cama. Se desabrochó el cinturón y el sonido del metal chocando contra el cuero sonó como un latigazo en el silencio de la habitación—. Hoy no hay mimos. Hoy vas a aprender cuál es tu lugar.

—No entiendo... —sollozó Yoongi, cubriéndose el rostro con las manos—. ¿Por qué me hablas así? Yo te quiero...

—El amor no sirve de nada aquí —sentenció Jungkook, subiéndose a la cama y atrapando las muñecas de Yoongi sobre su cabeza—. Solo sirve la obediencia. Y vas a obedecer.

Yoongi sintió el peso del cuerpo de Jungkook sobre el suyo. No era el peso reconfortante de otras noches; era una carga opresiva. Jungkook no lo besó con ternura, no buscó su consentimiento ni susurró palabras dulces al oído. En su lugar, sus manos eran rudas, despojándolo de su ropa sin ningún cuidado, ignorando los sollozos que escapaban de la garganta del más joven.

—¡No, Kook! ¡Para! —suplicó Yoongi, tratando de zafarse, aunque sus fuerzas no eran nada comparadas con las del mafioso—. ¡No quiero así! ¡Duele!

Jungkook sintió una punzada en el corazón al escuchar el llanto desgarrador de Yoongi, pero la imagen de su padre y la amenaza sobre su imperio se impusieron. Se obligó a sí mismo a ser el monstruo que todos esperaban que fuera. Si dejaba de ser cruel ahora, Yoongi pagaría las consecuencias más tarde. O eso era lo que se decía a sí mismo para justificar el horror que estaba cometiendo.

—Dije que te callaras —gruñó Jungkook, bajando la cabeza para morder el cuello de Yoongi, no como una caricia, sino dejando una marca roja y dolorosa.

Yoongi estaba paralizado por el terror. El hombre que amaba, su protector, el que le compraba dulces y lo dejaba dormir sobre su pecho, se había desvanecido. En su lugar había un depredador sediento de dominio. Yoongi sintió que su mundo se desmoronaba. Si luchaba, ¿sería peor? Si gritaba, ¿Jungkook lo odiaría más?

En su mente infantil y vulnerable, Yoongi tomó una decisión desesperada. Si esto era lo que Jungkook quería, si esta era la única forma en que su Kook dejaría de estar enojado, entonces se obligaría a sí mismo a aceptarlo.

—Está bien... —susurró Yoongi entre hipos, dejando de luchar. Sus manos, antes tensas, cayeron lánguidas sobre el colchón—. Lo haré... seré bueno, Kook. Por favor, no me odies.

Esa rendición dolió más que cualquier golpe. Jungkook sintió un asco profundo hacia sí mismo, pero no se detuvo. La inercia de la crueldad lo empujaba. La relación sexual que siguió fue fría, mecánica y desprovista de cualquier rastro de afecto. Yoongi cerró los ojos con fuerza, dejando que las lágrimas resbalaran por sus sienes hacia las almohadas, mordiéndose el labio para no gritar cuando el dolor físico se unía al dolor del alma.

Se obligó a sí mismo a estar ahí, a recibir cada embestida seca y cada orden ruda, convencido de que si era lo suficientemente sumiso, el Jungkook que él conocía regresaría al terminar.

Cuando todo terminó, el silencio que quedó en la habitación era sepulcral, roto solo por los sollozos ahogados de Yoongi. Jungkook se apart
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