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Pequeño inocente

Fandom: Army and stay

Creado: 30/5/2026

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Cadenas de seda y hierro

El silencio en el ático de la mansión Jeon siempre era interrumpido por el suave tarareo de Yoongi. Era un sonido dulce, casi infantil, que llenaba los rincones decorados con peluches de felpa y colores pastel. Yoongi estaba en la cocina, con un delantal de ositos puesto sobre su suéter oversized, concentrado en decorar las galletas que había horneado para Jungkook.

Para Yoongi, el mundo era un lugar de colores suaves, a pesar de que la realidad le había arrebatado a sus padres años atrás. Él prefería recordarlos como ángeles que lo cuidaban desde las nubes, y esa inocencia era su escudo contra la oscuridad que rodeaba la vida de su novio.

—A Kookie le gustarán estas —susurró Yoongi para sí mismo, colocando una pequeña chispa de chocolate sobre una galleta en forma de corazón—. Tienen mucha azúcar para que se ponga feliz.

Yoongi amaba a Jungkook con la devoción de quien no conoce el mal. No le importaba que Jungkook fuera un hombre temido, el líder de una red que controlaba la ciudad con puño de hierro. Para él, Jungkook era su protector, el hombre alto y fuerte que lo había sacado de la soledad. Aunque a veces Jungkook fuera frío, Yoongi siempre pensaba que solo necesitaba un poco más de cariño.

El sonido pesado de la puerta principal al abrirse resonó en toda la casa como un trueno. Yoongi dio un respingo, sus orejas parecieron agacharse metafóricamente tras el estruendo. Jungkook había llegado.

—¡Kookie! —exclamó Yoongi con una sonrisa radiante, dejando la manga pastelera sobre la mesa y corriendo hacia la estancia principal.

Sin embargo, al llegar al pasillo, se detuvo en seco. La energía que emanaba de Jungkook era asfixiante. El pelinegro tenía la mandíbula apretada, el cabello revuelto y la camisa de seda negra desabrochada en los primeros botones, revelando los tatuajes que subían por su cuello. Sus ojos, usualmente oscuros, ardían con una furia contenida que hizo que Yoongi retrocediera un paso sin darse cuenta.

—Kookie... ¿estás bien? —preguntó Yoongi en un hilo de voz, apretando los bordes de su delantal con sus manos pequeñas—. Hice galletas y...

—Cállate, Yoongi —escupió Jungkook sin siquiera mirarlo, lanzando su saco al suelo con violencia.

Yoongi parpadeó, sintiendo un nudo inmediato en la garganta. Su labio inferior tembló ligeramente.

—Pero... pero tuve mucho cuidado para que no se quemaran... —insistió con timidez, dando un paso hacia él para intentar tocar su brazo.

Jungkook se giró con una rapidez felina, apartando la mano de Yoongi de un manotazo. El golpe seco resonó en el aire.

—¡He dicho que te calles! —rugió Jungkook—. He tenido un día de mierda, me han robado un cargamento en el puerto y lo último que quiero es escuchar tus estupideces infantiles.

Yoongi retrocedió, sus ojos llenándose de lágrimas que se negaba a dejar caer. Jungkook nunca había sido un hombre de palabras dulces, pero hoy su voz cortaba como cuchillas. El miedo, ese sentimiento que Yoongi siempre intentaba enterrar bajo sus juguetes y sus dulces, comenzó a florecer en su pecho.

—Lo siento, Kookie... yo solo quería...

—¡No me importa lo que querías! —Jungkook se acercó a él, acortando la distancia de manera amenazante. Su altura y su presencia física siempre hacían que Yoongi se sintiera diminuto—. Estoy harto de llegar a casa y encontrarte viviendo en un mundo de fantasía. Eres un inútil, Yoongi. No sirves para nada más que para estorbar.

El primer golpe fue una bofetada que envió a Yoongi al suelo. El chico soltó un pequeño grito de sorpresa y dolor, golpeándose la cadera contra el parqué. Se quedó allí, temblando, mirando hacia arriba con los ojos desorbitados mientras las lágrimas finalmente rodaban por sus mejillas.

—Kookie, por favor... me duele —sollozó Yoongi, cubriéndose el rostro con sus manos pequeñas e inocentes.

—Te duele porque eres débil —dijo Jungkook con frialdad, agarrándolo del cabello para obligarlo a levantarse.

Yoongi soltó un gemido de dolor. Sus pies apenas tocaban el suelo mientras Jungkook lo arrastraba hacia el sofá central. El hombre que Yoongi amaba parecía haber desaparecido, reemplazado por el monstruo que todos los demás conocían y temían. El entrenamiento de su padre, un mafioso que le había enseñado que las emociones eran una debilidad y que el control se mantenía mediante el miedo, estaba aflorando en su forma más pura y cruel.

—¡Perdón! ¡Yoongi será bueno! —gritó el chico, usando su manera infantil de hablar cuando estaba desesperado—. ¡Haré lo que digas, pero no te enojes!

—Eso es lo único que sabes decir —gruñó Jungkook, lanzándolo sobre el cuero del sofá—. "Seré bueno". Eres como un juguete roto, Yoongi. Y hoy necesito romperte un poco más para sacarme este estrés.

Jungkook no esperó. Sus manos, grandes y rudas, comenzaron a despojar a Yoongi de su ropa con una brusquedad que rasgaba la tela. Yoongi lloraba sin consuelo, aferrándose al cojín del sofá como si fuera uno de sus peluches, buscando una protección que no existía.

—Por favor, Kookie... no así... suave, por favor... —suplicó entre espasmos.

—No —sentenció Jungkook, desabrochándose el cinturón—. Lo haremos a mi manera.

Lo que siguió fue una tormenta de dolor y humillación para el pequeño Yoongi. Jungkook no lo besó, no hubo caricias, no hubo el calor que Yoongi siempre buscaba en sus brazos. Solo hubo una fuerza bruta que lo dejaba sin aliento, una invasión que ignoraba sus sollozos y sus súplicas. Jungkook utilizaba el cuerpo de su novio como un objeto para canalizar su rabia, para reafirmar un poder que sentía haber perdido en las calles esa tarde.

—Mírame —ordenó Jungkook, sujetando el rostro de Yoongi con una mano, apretando sus mejillas hasta que sus labios se fruncieron—. Mírame y dime quién manda aquí.

—Tú... tú mandas, Kookie —respondió Yoongi con la voz quebrada, sus ojos desenfocados por el llanto y el dolor físico.

—Dilo bien.

—Jungkook... el señor Jungkook manda —corrigió, tal como se le había enseñado en los momentos más oscuros de su relación.

Jungkook soltó un gruñido de satisfacción oscura y continuó, ignorando el hecho de que Yoongi estaba temblando violentamente debajo de él. Para Jungkook, Yoongi era su propiedad, un refugio donde podía ser tan cruel como el mundo lo obligaba a ser. No sabía amar, porque nunca le habían enseñado cómo, y confundía la posesión con el afecto.

Cuando todo terminó, Jungkook se levantó con indiferencia, acomodándose la ropa como si nada hubiera pasado. Miró hacia abajo, donde Yoongi yacía hecho un ovillo, con el rostro hundido en el sofá y los hombros sacudidos por sollozos silenciosos.

—Límpiate y ve a la habitación —dijo Jungkook, recuperando su tono seco y gélido—. No quiero ver ese desastre en la sala. Y tira esas galletas, no tengo hambre.

Jungkook caminó hacia su despacho sin mirar atrás, dejando a Yoongi en el silencio roto de la estancia.

Minutos después, Yoongi se levantó con dificultad. Cada movimiento le provocaba un pinchazo de dolor en el cuerpo, pero su mente infantil y herida solo pensaba en una cosa: obedecer. No quería que Jungkook se enojara más. Con pasos vacilantes, se dirigió a la cocina.

Vio las galletas que tanto esmero le habían costado. Con las manos todavía temblorosas, las tomó una a una y las dejó caer en el cubo de la basura. El corazón de azúcar que había decorado con tanto amor terminó aplastado bajo otros desperdicios.

—Yoongi no fue bueno —se susurró a sí mismo, limpiándose las lágrimas con el dorso de la mano—. Yoongi tiene que esforzarse más para que Kookie lo quiera.

Subió las escaleras hacia su habitación, deteniéndose un momento frente a la puerta del despacho de Jungkook. Quería entrar, quería pedirle un abrazo, quería que Jungkook le dijera que lo sentía. Pero sabía que eso no pasaría.

Entró en su propio cuarto y se abrazó a su oso de peluche favorito, Shooky, que sus padres le habían regalado antes de morir. Se hundió en las sábanas, sintiéndose pequeño y sucio, pero en su mente, la imagen de Jungkook seguía siendo la de su salvador.

—Mañana será mejor —se mintió Yoongi, cerrando los ojos con fuerza mientras el dolor físico empezaba a ser reemplazado por un entumecimiento emocional—. Mañana cocinaré algo más rico y Kookie me dará un beso.

En el despacho, Jungkook estaba sentado frente a su escritorio, con un vaso de whisky en la mano. Sus nudillos estaban rojos, no solo por el trabajo, sino por el impacto contra la piel de Yoongi. Por un breve segundo, un destello de algo parecido a la culpa cruzó sus ojos, pero lo bebió rápidamente, ahogándolo en el alcohol.

Él no sabía cómo ser diferente. Su padre le había dicho que el amor era una cadena, y él prefería que esa cadena estuviera en su mano, apretando el cuello de Yoongi, antes que en el suyo. Yoongi era suyo, y eso era lo único que importaba, sin importar cuánto tuviera que romperlo para asegurarse de que nunca se fuera.

El silencio volvió a reinar en la mansión, un silencio pesado, cargado de promesas rotas y una inocencia que se desvanecía lentamente, gota a gota, bajo la sombra de un hombre que no sabía cómo dejar de ser un monstruo.
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