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Amor entre la rosa azul y el hermano Itoshi (Akira x Rin itoshi)

Fandom: Blue lock

Creado: 30/5/2026

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DramaAcciónSupervivenciaEstudio de PersonajeAmbientación CanonDistopíaPsicológico
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Entre Rosas Azules y Balones de Fuego

El eco de los balones golpeando contra el césped sintético era el único ritmo que regía la vida dentro de Blue Lock. En ese edificio de hormigón y ambición, donde los sueños de cientos de jóvenes morían para que uno solo pudiera reinar, Akira Ishizaki se movía como una anomalía cromática. Mientras la mayoría de los jugadores vestían el rigor del entrenamiento en sus rostros tensos, ella caminaba por los pasillos con una sonrisa que parecía desafiar la opresiva atmósfera del proyecto de Ego Jinpachi.

Akira no era solo una jugadora más; era un rayo de luz en un túnel diseñado para crear monstruos. Con su largo cabello blanco, salpicado de mechones azules que bailaban sobre sus hombros, y esos ojos del mismo tono que parecían contener una chispa de travesura constante, era difícil ignorarla. Pero lo que realmente llamaba la atención no era su belleza física, delgada y perfectamente tonificada por años de disciplina, sino el arte que decoraba su piel. La rosa azul con espinas afiladas en su brazo derecho parecía cobrar vida cada vez que flexionaba el músculo para un disparo, y la corona en el dorso de su mano era un recordatorio constante de su objetivo: la cima.

Aquella tarde, el entrenamiento de la Selección Sub-20 contra los remanentes de Blue Lock había dejado a todos exhaustos. Akira, sin embargo, todavía tenía energía para molestar a su hermano mayor, Ryo Ishizaki.

— ¡Vamos, Ryo! ¡Si sigues poniendo esa cara de estreñido, se te va a quedar así para siempre! —exclamó Akira, soltando una carcajada mientras le lanzaba una botella de agua a la cabeza.

Ryo, que estaba tirado en el suelo intentando recuperar el aliento, atrapó la botella por puro instinto, aunque con movimientos torpes.

— ¡Cállate, Akira! No todos tenemos tu resistencia de monstruo —gruñó él, aunque una pequeña sonrisa delataba que no estaba realmente molesto—. Además, ¿qué haces todavía aquí? Deberías estar descansando para el partido de mañana.

Akira se encogió de hombros y se sentó a su lado en el suelo, cruzando las piernas con elegancia. El tatuaje de la corona en su mano brilló bajo las luces halógenas del campo de entrenamiento.

— El descanso es para los que no tienen hambre de gol —respondió ella, guiñándole un ojo—. Y yo tengo un apetito voraz hoy. Además, me gusta ver cómo te esfuerzas. Me hace sentir que la genética Ishizaki no está del todo perdida contigo.

Ryo soltó un bufido y se incorporó, sentándose frente a ella. A pesar de sus constantes peleas y burlas, la relación entre ambos era el ancla de Akira en ese lugar tan hostil. En Blue Lock, donde la traición era una herramienta y el egoísmo una virtud, tener a alguien en quien confiar era un lujo que pocos podían permitirse.

— A veces olvido que eres menor que yo —comentó Ryo, mirando la rosa azul en el brazo de su hermana—. Actúas como si fueras la dueña de este lugar.

— Es porque lo soy, hermanito. Solo que Ego todavía no me ha dado las llaves del despacho —dijo ella, soltando una risita vibrante.

De repente, la puerta del campo de entrenamiento se abrió y un grupo de jugadores entró, encabezado por Isagi Yoichi y Bachira Meguru. La energía en la sala cambió instantáneamente. Akira se puso en pie de un salto, sacudiéndose el sudor inexistente de sus pantalones cortos.

— ¡Hola, Isagi! ¡Bachira! ¿Vienen a que les enseñe cómo se marca un gol de verdad? —gritó Akira, agitando la mano con entusiasmo.

Bachira, siempre receptivo a la energía caótica, corrió hacia ella con una sonrisa de oreja a oreja.

— ¡Akira! ¡El "monstruo" dice que hoy tienes un aura muy brillante! —exclamó Bachira, deteniéndose justo frente a ella—. ¿Quieres echar un uno contra uno?

— ¡Me has leído el pensamiento, cabeza de piña! —respondió Akira, colocándose en posición de defensa, sus ojos azules brillando con una intensidad competitiva que contrastaba con su personalidad alegre.

Isagi se quedó observándolos desde una distancia prudencial, con una media sonrisa. Siempre le había fascinado la dinámica de Akira dentro del programa. Era capaz de ser la persona más amable y divertida en el comedor, compartiendo sus raciones y haciendo bromas pesadas, pero en cuanto pisaba el césped, se convertía en una depredadora. Sus movimientos eran fluidos, casi como una danza, pero sus espinas eran reales.

— Isagi, no te quedes ahí parado —dijo Ryo, acercándose a él mientras observaban cómo Akira le robaba el balón a Bachira con una finta impecable—. Si te descuidas, te robará el protagonismo antes de que te des cuenta.

— Ella es increíble —admitió Isagi en voz baja—. No parece sentir la presión que todos sentimos aquí. Es como si Blue Lock fuera su patio de recreo.

— Lo es —confirmó Ryo con un suspiro—. Para Akira, el fútbol no es solo una carrera, es su forma de decir que está viva. Esa rosa en su brazo... ella dice que representa la belleza en el dolor del esfuerzo. Y la corona... bueno, ella realmente cree que nació para reinar.

En el campo, Akira acababa de marcar un gol tras superar a Bachira con una bicicleta veloz y un disparo potente a la escuadra. Se giró hacia los chicos, levantando los brazos en señal de victoria, su cabello blanco y azul ondeando tras ella.

— ¡Eso es un gol de reina! —gritó, señalando la corona en su mano—. ¿Quién es el siguiente? ¿Tú, Isagi? ¿O tienes miedo de que una chica te deje en evidencia?

Isagi soltó una carcajada y comenzó a calentar.

— No me tientes, Akira. Sabes que no me gusta perder.

— ¡A nadie le gusta! —replicó ella, acercándose a él con paso firme—. Pero conmigo, perder es un honor. Te doy la oportunidad de ver el arte de cerca.

La relación de Akira con el resto de los jugadores de Blue Lock era un equilibrio perfecto entre camaradería y rivalidad feroz. Ella era la que organizaba guerras de comida en el comedor para aliviar la tensión, la que escuchaba los miedos de los jugadores más jóvenes durante las noches de insomnio, pero también la que no dudaba en aplastar los sueños de cualquiera en el campo de juego si eso significaba avanzar un paso más hacia su meta.

Esa noche, después de horas de entrenamiento adicional, Akira y Ryo caminaban de regreso a sus respectivos bloques. El pasillo estaba en silencio, solo roto por el sonido de sus pasos.

— Oye, Akira —dijo Ryo de repente, deteniéndose frente a la puerta de su habitación.

— ¿Dime? —respondió ella, deteniéndose también y mirándolo con curiosidad.

— Gracias. Por lo de hoy. A veces... este lugar se vuelve demasiado oscuro. Tu energía ayuda a que no nos volvamos locos del todo.

Akira suavizó su expresión. Por un momento, la máscara de la chica alegre y despreocupada cayó, revelando la profundidad de sus sentimientos. Se acercó a su hermano y puso la mano con la corona sobre su hombro.

— No dejaré que te hundas, Ryo. Somos los Ishizaki. Si uno de nosotros llega a la cima, el otro estará allí para celebrar. Pero no te lo voy a poner fácil, ¿eh? Si quieres esa corona, tendrás que quitármela de mis manos frías y muertas.

Ryo se rió, sintiéndose mucho más ligero.

— No esperaba menos de ti. Buenas noches, "Reina".

— Buenas noches, "Plebeyo" —respondió ella con un guiño antes de entrar en su habitación.

Una vez sola, Akira se miró en el espejo del pequeño baño. Se pasó la mano por el tatuaje de la rosa azul. Las espinas parecían más reales bajo la luz tenue. A veces, ella también sentía el peso de Blue Lock. Sentía la soledad de ser una de las pocas mujeres en un entorno dominado por la testosterona y el ego masculino exacerbado. Pero luego recordaba por qué estaba allí.

No estaba allí para ser una decoración. No estaba allí para ser "la hermana de". Estaba allí para demostrar que la belleza y la fuerza no eran excluyentes. Que se podía sonreír mientras se destruía la defensa rival. Que una rosa azul podía florecer incluso en el asfalto más árido.

Al día siguiente, el ambiente en el comedor era eléctrico. Se anunciaban las nuevas alineaciones para un partido de práctica contra un equipo internacional invitado. Akira buscó su nombre en la pantalla holográfica.

Delantera central: Akira Ishizaki.

Una sonrisa depredadora se extendió por su rostro. Al lado de ella, Barou Shoei soltó un gruñido de insatisfacción al ver que ella ocupaba el puesto que él consideraba suyo por derecho divino.

— ¿Qué pasa, Barou? ¿Te molesta que la reina ocupe su trono? —preguntó Akira, apoyando el codo en la mesa y mirándolo con suficiencia.

— El trono es del Rey, niña —respondió Barou con voz cavernosa—. No estorbes en mi camino o te aplastaré como a cualquier otro insecto.

Akira no se inmutó. Al contrario, se acercó más a él, invadiendo su espacio personal con una confianza que pocos se atrevían a mostrar ante el "Rey" de Blue Lock.

— Puedes intentarlo, Barou. Pero recuerda una cosa: las rosas tienen espinas por una razón. Y las mías están muy afiladas. Si intentas pisarme, vas a terminar sangrando.

El intercambio de miradas entre ambos fue como un choque de trenes. El resto de los jugadores en la mesa, incluyendo a Chigiri y Kunigami, guardaron silencio, esperando una explosión. Sin embargo, Barou simplemente bufó y se alejó con su bandeja de comida.

— Vaya, Akira... —dijo Chigiri, soltando un suspiro de alivio—. Eres la única persona capaz de hablarle así a Barou y salir ilesa.

— Es porque él sabe que tengo razón —respondió ella, volviendo a su tono alegre mientras empezaba a comer su arroz—. Además, me gusta el drama. Hace que la comida sepa mejor.

— Eres increíblemente extraña —comentó Kunigami, aunque había respeto en su voz.

— Soy una Ishizaki —corrigió ella con orgullo—. Lo extraño viene de familia. ¿Verdad, Ryo?

Ryo, que estaba sentado un par de asientos más allá intentando pasar desapercibido, solo levantó un pulgar sin levantar la vista de su plato.

La jornada continuó con un análisis táctico intensivo. Ego Jinpachi apareció en las pantallas, su rostro pálido y sus ojos hundidos dando la bienvenida a los jugadores con su habitual falta de entusiasmo.

— Diamantes en bruto... —comenzó Ego, ajustándose las gafas—. El próximo partido no es solo una prueba de habilidad. Es una prueba de identidad. Aquellos que no puedan imponer su ego en el campo serán descartados. Akira Ishizaki.

Akira se enderezó al oír su nombre.

— Tu estilo es... peculiar —continuó Ego—. Mezclas la alegría con la crueldad. Es una combinación interesante, pero si tu "felicidad" se convierte en complacencia, estás fuera. No quiero una animadora. Quiero una asesina que sonría mientras aprieta el gatillo. ¿Entendido?

Akira se puso de pie, su corona brillando bajo las luces de la sala de reuniones.

— No te preocupes, Ego-san. Mis balas son de color azul y siempre dan en el blanco. Mañana verás que no solo soy la alegría de este lugar, sino también su mayor pesadilla para el equipo contrario.

Ego guardó silencio por un momento, una pequeña y casi imperceptible curva apareciendo en la comisura de sus labios antes de apagar la pantalla.

Al salir de la sala, Akira se encontró con Isagi en el pasillo. El chico parecía sumido en sus pensamientos, probablemente analizando las palabras de Ego.

— Isagi-kun —lo llamó ella suavemente.

Él se detuvo y la miró.

— ¿Crees que lo que dijo Ego es cierto? ¿Que la felicidad puede ser una debilidad aquí?

Akira se lo pensó un momento. Miró por los grandes ventanales que daban a los campos de entrenamiento nocturnos.

— Para algunos, tal vez. Pero para mí, la alegría es mi armadura. Si dejo de disfrutar lo que hago, si dejo de reír, entonces Blue Lock me habrá ganado. Y yo no he venido aquí para perder mi esencia. He venido para que mi esencia conquiste el mundo.

Isagi la miró con una mezcla de admiración y asombro. A menudo se sentía abrumado por la oscuridad del proyecto, por la necesidad de devorar a otros para sobrevivir. Pero Akira... ella devoraba a otros y luego les ofrecía una mano para levantarse, todo con una sonrisa. Era un tipo de egoísmo diferente, uno que nacía de una confianza absoluta en sí misma.

— Tienes razón —dijo Isagi finalmente—. Mañana, asegúrate de mostrarles esa sonrisa.

— Oh, lo haré —prometió ella—. Y tú asegúrate de seguirme el ritmo. No querrás quedarte atrás cuando la reina empiece su desfile.

El día del partido llegó con una tensión palpable. El equipo rival, una selección de jóvenes promesas europeas, entró en el campo con una arrogancia que irritó a más de uno. Akira, sin embargo, estaba en su elemento. Mientras calentaba, hacía malabares con el balón, realizando trucos que dejaban boquiabiertos a los espectadores en las gradas virtuales.

Cuando el silbato inicial sonó, la transformación fue instantánea.

Akira recibió el balón en el centro del campo. Dos defensas se lanzaron hacia ella de inmediato, intentando cerrarle el paso con fuerza física. Ella simplemente sonrió. Con un movimiento rápido de tobillo, pasó el balón por debajo de las piernas de uno de ellos y saltó sobre la entrada del otro con una agilidad felina.

— ¡Demasiado lentos! —gritó mientras avanzaba hacia el área penal.

El capitán del equipo rival intentó interceptarla, pero Akira utilizó su cuerpo tonificado para mantener la posición, protegiendo el balón con una técnica impecable. Al llegar al borde del área, se detuvo en seco. Por un segundo, el tiempo pareció congelarse. Miró hacia la portería, luego hacia sus compañeros, y finalmente hacia la corona en su mano.

No pasó el balón. No buscó apoyo.

Realizó un disparo con efecto, un "Blue Rose Shot", como ella lo llamaba. El balón describió una curva imposible, evitando las manos del portero y colándose justo por el ángulo superior derecho.

El estadio virtual estalló en vítores. Akira se quedó quieta, con los brazos extendidos y una sonrisa radiante, mientras sus mechones azules se agitaban con el viento.

Ryo corrió hacia ella y la levantó en vilo.

— ¡Lo hiciste, Akira! ¡Ese gol fue increíble!

— Te lo dije, Ryo —respondió ella, riendo mientras sus amigos la rodeaban—. En este mundo de monstruos, la reina siempre tiene la última palabra.

Bachira se lanzó sobre ellos, Isagi chocó los cinco con ella y hasta Barou soltó un gruñido que podría interpretarse como un cumplido. En ese momento, en medio del caos y la gloria de Blue Lock, Akira Ishizaki era exactamente lo que Ego Jinpachi esperaba: un milagro nacido del ego, una rosa azul que no temía a sus propias espinas.

Porque en Blue Lock, para ser el mejor, no solo tenías que ser un monstruo. A veces, tenías que ser la persona que iluminaba el camino hacia la destrucción del rival, con una sonrisa en los labios y una corona tatuada en la mano, lista para reclamar el mundo entero como su reino. Y Akira estaba apenas comenzando su reinado.
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