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Amor en secreto +18 🔥🥀🩸(Isaac ishizaki x Miku nakano)

Fandom: Las quintilizas (Go-Toubun no Hanayome)

Creado: 30/5/2026

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RomanceRecortes de VidaDramaFluffDolor/ConsueloEstudio de PersonajeCelosAmbientación Canon
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Pinceladas de Azul y Silencio

El eco de los pasos de Isaac Ishizaki resonaba contra el pavimento frío de Tokio con una cadencia monótona. A sus diecisiete años, Isaac ya cargaba con una presencia que obligaba a los transeúntes a desviar la mirada o a quedarse prendados de él. Medía un metro ochenta y tres, una altura imponente que, sumada a su cabello largo, desordenado y teñido en un degradado de blanco a azul, lo hacía parecer una criatura salida de un sueño febril o de una banda de rock visual kei.

Su vida antes de las hermanas Nakano era un lienzo de colores fríos. Isaac era un joven de contrastes: podía ser el tipo más serio y gélido en una reunión, pero mostrar una amabilidad desinteresada con los ancianos del vecindario. Su cuerpo, delgado pero tonificado, era un testimonio de horas de disciplina solitaria. Pero lo que más llamaba la atención no era su físico, sino el arte que llevaba en la piel. Una rosa azul con espinas afiladas nacía en su cuello y descendía por su brazo derecho como una enredadera invasiva, culminando en una corona de emperador tatuada en el dorso de su mano derecha.

—Otra vez tarde, Ishizaki —murmuró para sí mismo, ajustando la correa de su mochila mientras pasaba frente a una tienda de música.

En aquel entonces, Isaac no buscaba compañía. Se sentía cómodo en su soledad, rodeado de libros de historia y música clásica que contrastaban con su apariencia rebelde. Sin embargo, el destino tiene una forma curiosa de enredar los hilos, y su entrada como tutor de apoyo en la residencia de las quintillizas Nakano lo cambió todo. Especialmente cuando sus ojos azules se cruzaron con los de la tercera hermana.

El presente, sin embargo, era muy distinto.

Isaac se encontraba en la biblioteca de la escuela, en un rincón apartado donde la luz de la tarde apenas se filtraba por las estanterías cargadas de tomos antiguos. Frente a él, Miku Nakano ocultaba la mitad de su rostro tras sus auriculares de color azul turquesa, fingiendo que leía un libro sobre los generales del periodo Sengoku.

—Si sigues mirando la misma página durante diez minutos, voy a empezar a pensar que Takeda Shingen es más guapo que yo —dijo Isaac con una sonrisa ladeada, rompiendo el silencio sepulcral.

Miku dio un respingo, sus mejillas tiñéndose de un rosa intenso que rivalizaba con el color de su suéter.

—No... no es eso —susurró ella, bajando la mirada—. Solo estaba... pensando.

Isaac estiró su mano derecha, la que lucía la corona tatuada, y cerró suavemente el libro de Miku.

—Pensar es peligroso si lo haces sola —comentó él, suavizando su tono frío habitual por uno mucho más cálido—. ¿Es por tus hermanas?

Miku asintió levemente. La relación entre ambos era un secreto guardado bajo siete llaves. En una casa donde cinco rostros eran idénticos, la individualidad era un tesoro, pero el amor compartido por el mismo hombre podía ser una tragedia. Miku sabía que sus hermanas sentían curiosidad por el tutor de apariencia extravagante, pero nadie sospechaba que, tras las sesiones de estudio, Isaac y ella compartían algo mucho más profundo.

—Nino sospecha algo —dijo Miku, jugando con los cables de sus auriculares—. Dice que huelo a un perfume diferente. A algo... frío pero dulce.

Isaac soltó una pequeña risa y se acercó un poco más, invadiendo el espacio personal de la chica.

—Es mi jabón de sándalo. Tendré que cambiarlo si queremos seguir manteniendo esto en las sombras.

—¿Quieres mantenerlo en las sombras? —preguntó Miku, levantando la vista. Sus ojos brillaban con una mezcla de inseguridad y anhelo.

Isaac se quedó serio por un momento. Su mano se movió instintivamente hacia su cuello, rozando los pétalos de la rosa azul tatuada.

—Miku, si por mí fuera, caminaría de la mano contigo por todo el instituto —admitió él con sinceridad aplastante—. Pero sé cuánto valoras la paz con tus hermanas. No quiero ser la razón por la que esa armonía se rompa.

Miku sintió un vuelco en el corazón. Isaac era así: una apariencia intimidante que escondía un alma protectora y altruista.

—A veces me pregunto por qué yo —continuó ella en un susurro—. Eres... eres como un príncipe de un libro oscuro. Y yo solo soy la que se esconde detrás de los libros de historia.

Isaac extendió su brazo y, con una delicadeza que contrastaba con su aspecto, acarició el mechón de pelo que caía sobre el rostro de Miku.

—Porque eres la única que no se asustó de mis espinas —respondió él, señalando el tatuaje de su brazo—. Todos ven al tipo raro con tatuajes y pelo de colores. Tú viste al tipo que disfruta del silencio tanto como tú. Además... me gusta cómo te brillan los ojos cuando hablas de los generales samuráis.

Miku no pudo evitar sonreír, una sonrisa pequeña y genuina que solo Isaac lograba sacarle con tanta facilidad.

—Isaac... —Ella tomó la mano tatuada del joven entre las suyas—. Gracias por ser amable conmigo.

—No soy amable, Miku —la corrigió él, acercando su rostro al de ella hasta que sus alientos se mezclaron—. Solo soy alegre cuando estoy contigo. Con el resto del mundo, prefiero seguir siendo el hielo que todos esperan.

El ambiente en la biblioteca se volvió denso, cargado de una electricidad silenciosa. Isaac acortó la distancia final y presionó sus labios contra los de Miku en un beso casto pero cargado de promesas. Fue un contacto fugaz, temerosos de que algún bibliotecario o, peor aún, una de las otras cuatro hermanas apareciera por el pasillo de Historia Universal.

Cuando se separaron, Miku estaba sin aliento.

—Mañana habrá un festival en el templo cerca del río —dijo Isaac, recuperando su compostura seria—. Iré con una máscara de zorro. Búscame cuando el sol se ponga. Nadie tiene por qué saber que el "delincuente" de la clase y la chica tímida están saliendo.

—Iré —afirmó Miku con determinación—. Buscaré la rosa azul entre la multitud.

Isaac se puso en pie, recuperando su aura de frialdad mientras se colocaba la mochila al hombro.

—Estudia la batalla de Sekigahara, Miku. Si fallas el examen de mañana, no habrá festival que valga.

—¡Eso es trampa! —protestó ella, aunque con una chispa de diversión en los ojos.

Isaac le guiñó un ojo antes de darse la vuelta y caminar hacia la salida. Miku se quedó allí, tocándose los labios con las yemas de los dedos, sintiendo todavía el calor de la mano de Isaac.

Mientras tanto, Isaac caminaba por los pasillos de la escuela con las manos en los bolsillos. Su mente voló hacia atrás, a los días en que su única preocupación era que los colores de su tatuaje cicatrizaran bien y que nadie lo molestara en el almuerzo. Jamás habría imaginado que terminaría enamorado de una de las famosas quintillizas Nakano.

Al salir al patio, se encontró con Ichika, quien estaba apoyada contra una pared, observando el cielo.

—Vaya, Ishizaki-kun —dijo la hermana mayor con una sonrisa enigmática—. Sales muy tarde de la biblioteca. ¿Miku sigue allí?

Isaac no cambió su expresión. Sus ojos azules se clavaron en los de Ichika con una intensidad gélida.

—Se quedó repasando unos datos que no le quedaban claros. Es muy dedicada —respondió él con voz plana.

—Ya veo —Ichika se acercó un par de pasos, entrecerrando los ojos—. Tienes una mancha de brillo labial cerca del cuello, justo sobre esa rosa tan bonita que tienes.

Isaac no se inmutó, aunque por dentro sus sentidos se pusieron en alerta máxima. Llevó su mano a la zona indicada y limpió el rastro inexistente con el pulgar, sabiendo que Ichika podría estar lanzando un anzuelo.

—Debe ser pintura. He estado trabajando en un lienzo esta mañana —mintió él con una naturalidad asombrosa.

—Claro, el artista solitario —rió Ichika, aparentemente satisfecha—. Nos vemos mañana en clase, tutor.

Isaac la vio alejarse y soltó un suspiro contenido. Amar en secreto a una quintilliza era como caminar por un campo minado donde cada mina tenía el mismo rostro pero distinta personalidad. Pero mientras veía a Miku salir de la biblioteca por el reflejo de un cristal, supo que cada riesgo valía la pena.

La vida de Isaac Ishizaki antes de Miku era un azul pálido y monótono. Ahora, gracias a ella, ese azul tenía matices, tenía profundidad y, sobre todo, tenía un propósito.

Caminó hacia la salida de la escuela, dejando que el viento agitara su cabello azul y blanco. En el dorso de su mano, la corona tatuada brillaba bajo la última luz del sol, un símbolo de un emperador que finalmente había encontrado a su reina en el rincón más inesperado de una biblioteca.

—Mañana será un día largo —murmuró, una pequeña sonrisa rompiendo su máscara de seriedad—. Pero mientras ella me busque entre la multitud, todo estará bien.
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