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Pequeño
Fandom: Army and stay
Creado: 30/5/2026
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DramaAngustiaDolor/ConsueloOscuroCrimenViolencia GráficaLenguaje ExplícitoEstudio de PersonajePsicológico
Cadenas de Terciopelo y Hematomas
El silencio en el ático de lujo de Jeon Jungkook no era de esos que traen paz; era un silencio espeso, cargado de la electricidad estática que precede a una tormenta devastadora. Yoongi estaba sentado en el borde del sofá de cuero italiano, abrazando con fuerza a "Min-Min", su peluche de gato gris que tenía una oreja ligeramente descosida. Sus dedos pequeños y pálidos acariciaban la felpa con nerviosismo mientras esperaba el sonido de la cerradura.
Yoongi sabía que Jungkook había tenido un día difícil. Lo sabía porque el mundo de los negocios —y ese otro mundo oscuro del que Jungkook nunca hablaba, pero cuyas sombras se proyectaban en sus ojos— era cruel. Y Yoongi, en su infinita dulzura, solo quería ser el refugio donde su "Kookie" pudiera descansar. Había preparado una cena caliente, su plato favorito, y se había puesto el suéter de lana que a Jungkook le gustaba porque lo hacía ver pequeño y vulnerable.
Cuando la puerta se abrió de golpe, el aire pareció succionarse de la habitación. Jungkook entró con la mandíbula apretada y la corbata deshecha. Sus ojos, usualmente oscuros, brillaban con una furia contenida que hizo que Yoongi se encogiera instintivamente.
—¡Kookie! Bienvenido a casa —susurró Yoongi con una sonrisa tímida, poniéndose de pie con cuidado—. Te hice estofado, debe estar todavía...
—Cállate, Yoongi —escupió Jungkook, lanzando su maletín contra el suelo con una fuerza innecesaria. El estruendo hizo que el menor saltara—. No quiero oír tu voz chillona ahora mismo.
—Perdón, Kookie... solo quería que estuvieras feliz —dijo Yoongi, sus ojos llenándose rápidamente de lágrimas. Dio un paso hacia él, extendiendo una mano para tocar su brazo—. ¿Quieres un abrazo? Los abrazos curan los días malos.
Jungkook se giró con una rapidez animal. El estrés de una carga de mercancía perdida y la presión de sus padres para que buscara una esposa de "clase alta" estallaron en su pecho. Ver la cara de inocencia de Yoongi, su sumisión total, solo alimentó el fuego de su ira.
—¡Te dije que te callaras! —gritó Jungkook.
Antes de que Yoongi pudiera reaccionar, la mano de Jungkook impactó contra su mejilla. El golpe fue tan fuerte que Yoongi cayó al suelo, soltando a su peluche. El dolor estalló en su rostro, un calor punzante que le nubló la vista.
—¡Kookie, duele! —sollozó Yoongi, llevándose las manos a la cara.
Pero Jungkook no se detuvo. Los problemas de ira, alimentados por años de frialdad familiar y violencia en la mafia, tomaron el control. Agarró a Yoongi por el cuello del suéter y lo levantó, solo para lanzarlo contra la pared. El cuerpo pequeño del pálido golpeó el concreto con un sonido seco. Un gemido ahogado escapó de sus labios mientras Jungkook le propinaba un par de golpes más en el abdomen y los costados.
—¡Eres un inútil! ¡Solo sirves para estorbar! —rugió Jungkook, su respiración agitada llenando el pasillo.
Yoongi estaba en el suelo, hecho un ovillo. Su labio inferior estaba roto y un hematoma comenzaba a florecer en su pómulo. A pesar del dolor agonizante, a pesar del miedo que le hacía temblar hasta los huesos, Yoongi no sentía odio. En su mente infantil y desesperada por afecto, pensaba que Jungkook simplemente estaba sufriendo mucho. "Pobre Kookie", pensó, "tiene tanto dolor dentro que no sabe cómo sacarlo".
Con un esfuerzo sobrehumano, Yoongi se arrastró por el suelo hasta las piernas de Jungkook. Envolvió sus brazos alrededor de las rodillas del hombre más alto y apoyó su mejilla herida contra la tela costosa de su pantalón.
—Perdón... perdón, Kookie —susurró entre hipos de llanto—. Perdón por ser un mal novio. Perdón por molestarte. No me dejes, por favor. Yo te amo mucho.
Jungkook se quedó paralizado. Su pecho subía y bajaba con violencia, pero la visión de Yoongi, tan roto y a la vez tan devoto, hizo que la neblina roja de su mente comenzara a disiparse, dejando paso a una lujuria oscura y posesiva. No era arrepentimiento lo que sentía, sino una necesidad imperiosa de reclamar ese cuerpo que le pertenecía por completo.
Sin decir una palabra, Jungkook se agachó y enganchó sus manos bajo las axilas de Yoongi, levantándolo bruscamente.
—¿Me pides perdón a mí? —preguntó Jungkook con voz ronca, sus ojos fijos en los labios ensangrentados del menor.
—Sí... —Yoongi asintió débilmente, escondiendo el rostro en el cuello de Jungkook—. Solo dame amor, por favor. Solo necesito que me quieras un poquito.
Jungkook no respondió con palabras. Lo arrastró hacia el baño principal, una estancia de mármol frío y luces tenues. Abrió el grifo de la tina gigante y dejó que el agua caliente comenzara a llenarla. Sin ninguna delicadeza, despojó a Yoongi de sus ropas, ignorando los quejidos de dolor cuando la tela rozaba las zonas golpeadas.
—Entra —ordenó Jungkook.
Yoongi obedeció, temblando, y se sentó en el agua que empezaba a humear. Jungkook se desvistió con movimientos rápidos y eficientes, entrando en la tina tras él. El contraste entre la piel pálida y amoratada de Yoongi y el cuerpo tatuado y musculoso de Jungkook era abrumador.
Jungkook lo agarró por la cintura y lo sentó a horcajadas sobre su regazo. Yoongi soltó un pequeño grito cuando sus costillas lastimadas protestaron por el movimiento, pero se aferró a los hombros de su novio, buscando desesperadamente el calor de su piel.
—Eres mío, Yoongi. ¿Lo entiendes? —dijo Jungkook, hundiendo sus dedos en los muslos del pequeño—. Mis padres pueden decir lo que quieran, pero tú eres el único lugar donde puedo descargar todo esto.
—Soy tuyo, Kookie... —murmuró Yoongi, cerrando los ojos mientras Jungkook comenzaba a besar su cuello con una intensidad que rayaba en la mordida—. Hazme lo que quieras, pero no me odies.
Jungkook no esperó más. La intimidad que siguió fue cruda y carente de la ternura que Yoongi tanto anhelaba, pero para el chico de piel de porcelana, cualquier contacto era mejor que la indiferencia. Jungkook lo tomó con una fuerza posesiva, sus movimientos eran bruscos, marcando el ritmo contra las paredes de la tina mientras el agua salpicaba el suelo de mármol.
Yoongi enterró el rostro en el hombro de Jungkook, ahogando sus gemidos y sus lágrimas. Cada embestida le recordaba su posición: él era el ancla, el juguete, el sacrificio. Pero cuando Jungkook soltó un gruñido bajo y lo apretó contra su pecho con una fuerza casi dolorosa, Yoongi se sintió, por un breve y distorsionado momento, amado.
—Te amo, Kookie —susurró Yoongi cuando el silencio volvió a reinar, mientras Jungkook apoyaba la frente contra la suya, recuperando el aliento.
Jungkook no respondió "yo también". Nunca lo hacía. Simplemente le acarició el cabello húmedo con una mano que, minutos antes, lo había golpeado.
—Lávate —dijo Jungkook con su habitual tono seco, saliendo de la tina sin mirar atrás—. Y limpia la cocina. No quiero ver ese estofado mañana.
Yoongi se quedó solo en el agua que ahora se enfriaba, rodeado por el vapor y el eco de su propia devoción. Se abrazó a sí mismo, sintiendo el ardor en su cuerpo, pero con una pequeña sonrisa en los labios. Jungkook lo había tocado. Jungkook lo había mirado. Para Yoongi, eso era suficiente para sobrevivir un día más en aquel paraíso de cristal y sombras.
Caminó de regreso a la habitación, recogió a "Min-Min" del suelo y lo besó.
—Kookie está cansado, Min-Min —le susurró al peluche mientras se acurrucaba en la cama, esperando que Jungkook se dignara a dormir a su lado—. Pero él me quiere. Solo necesita tiempo para aprender a decirmelo.
En la otra habitación, Jungkook servía un trago de whisky puro, mirando sus nudillos ligeramente enrojecidos. Sabía que sus padres tenían razón en una cosa: Yoongi no encajaba en su mundo. Pero mientras el chico estuviera dispuesto a perdonar cada golpe con un abrazo y cada insulto con una caricia, Jungkook no tenía ninguna intención de dejarlo ir. Era su posesión más preciada, su pequeño secreto sumiso en un mundo de lobos.
Yoongi sabía que Jungkook había tenido un día difícil. Lo sabía porque el mundo de los negocios —y ese otro mundo oscuro del que Jungkook nunca hablaba, pero cuyas sombras se proyectaban en sus ojos— era cruel. Y Yoongi, en su infinita dulzura, solo quería ser el refugio donde su "Kookie" pudiera descansar. Había preparado una cena caliente, su plato favorito, y se había puesto el suéter de lana que a Jungkook le gustaba porque lo hacía ver pequeño y vulnerable.
Cuando la puerta se abrió de golpe, el aire pareció succionarse de la habitación. Jungkook entró con la mandíbula apretada y la corbata deshecha. Sus ojos, usualmente oscuros, brillaban con una furia contenida que hizo que Yoongi se encogiera instintivamente.
—¡Kookie! Bienvenido a casa —susurró Yoongi con una sonrisa tímida, poniéndose de pie con cuidado—. Te hice estofado, debe estar todavía...
—Cállate, Yoongi —escupió Jungkook, lanzando su maletín contra el suelo con una fuerza innecesaria. El estruendo hizo que el menor saltara—. No quiero oír tu voz chillona ahora mismo.
—Perdón, Kookie... solo quería que estuvieras feliz —dijo Yoongi, sus ojos llenándose rápidamente de lágrimas. Dio un paso hacia él, extendiendo una mano para tocar su brazo—. ¿Quieres un abrazo? Los abrazos curan los días malos.
Jungkook se giró con una rapidez animal. El estrés de una carga de mercancía perdida y la presión de sus padres para que buscara una esposa de "clase alta" estallaron en su pecho. Ver la cara de inocencia de Yoongi, su sumisión total, solo alimentó el fuego de su ira.
—¡Te dije que te callaras! —gritó Jungkook.
Antes de que Yoongi pudiera reaccionar, la mano de Jungkook impactó contra su mejilla. El golpe fue tan fuerte que Yoongi cayó al suelo, soltando a su peluche. El dolor estalló en su rostro, un calor punzante que le nubló la vista.
—¡Kookie, duele! —sollozó Yoongi, llevándose las manos a la cara.
Pero Jungkook no se detuvo. Los problemas de ira, alimentados por años de frialdad familiar y violencia en la mafia, tomaron el control. Agarró a Yoongi por el cuello del suéter y lo levantó, solo para lanzarlo contra la pared. El cuerpo pequeño del pálido golpeó el concreto con un sonido seco. Un gemido ahogado escapó de sus labios mientras Jungkook le propinaba un par de golpes más en el abdomen y los costados.
—¡Eres un inútil! ¡Solo sirves para estorbar! —rugió Jungkook, su respiración agitada llenando el pasillo.
Yoongi estaba en el suelo, hecho un ovillo. Su labio inferior estaba roto y un hematoma comenzaba a florecer en su pómulo. A pesar del dolor agonizante, a pesar del miedo que le hacía temblar hasta los huesos, Yoongi no sentía odio. En su mente infantil y desesperada por afecto, pensaba que Jungkook simplemente estaba sufriendo mucho. "Pobre Kookie", pensó, "tiene tanto dolor dentro que no sabe cómo sacarlo".
Con un esfuerzo sobrehumano, Yoongi se arrastró por el suelo hasta las piernas de Jungkook. Envolvió sus brazos alrededor de las rodillas del hombre más alto y apoyó su mejilla herida contra la tela costosa de su pantalón.
—Perdón... perdón, Kookie —susurró entre hipos de llanto—. Perdón por ser un mal novio. Perdón por molestarte. No me dejes, por favor. Yo te amo mucho.
Jungkook se quedó paralizado. Su pecho subía y bajaba con violencia, pero la visión de Yoongi, tan roto y a la vez tan devoto, hizo que la neblina roja de su mente comenzara a disiparse, dejando paso a una lujuria oscura y posesiva. No era arrepentimiento lo que sentía, sino una necesidad imperiosa de reclamar ese cuerpo que le pertenecía por completo.
Sin decir una palabra, Jungkook se agachó y enganchó sus manos bajo las axilas de Yoongi, levantándolo bruscamente.
—¿Me pides perdón a mí? —preguntó Jungkook con voz ronca, sus ojos fijos en los labios ensangrentados del menor.
—Sí... —Yoongi asintió débilmente, escondiendo el rostro en el cuello de Jungkook—. Solo dame amor, por favor. Solo necesito que me quieras un poquito.
Jungkook no respondió con palabras. Lo arrastró hacia el baño principal, una estancia de mármol frío y luces tenues. Abrió el grifo de la tina gigante y dejó que el agua caliente comenzara a llenarla. Sin ninguna delicadeza, despojó a Yoongi de sus ropas, ignorando los quejidos de dolor cuando la tela rozaba las zonas golpeadas.
—Entra —ordenó Jungkook.
Yoongi obedeció, temblando, y se sentó en el agua que empezaba a humear. Jungkook se desvistió con movimientos rápidos y eficientes, entrando en la tina tras él. El contraste entre la piel pálida y amoratada de Yoongi y el cuerpo tatuado y musculoso de Jungkook era abrumador.
Jungkook lo agarró por la cintura y lo sentó a horcajadas sobre su regazo. Yoongi soltó un pequeño grito cuando sus costillas lastimadas protestaron por el movimiento, pero se aferró a los hombros de su novio, buscando desesperadamente el calor de su piel.
—Eres mío, Yoongi. ¿Lo entiendes? —dijo Jungkook, hundiendo sus dedos en los muslos del pequeño—. Mis padres pueden decir lo que quieran, pero tú eres el único lugar donde puedo descargar todo esto.
—Soy tuyo, Kookie... —murmuró Yoongi, cerrando los ojos mientras Jungkook comenzaba a besar su cuello con una intensidad que rayaba en la mordida—. Hazme lo que quieras, pero no me odies.
Jungkook no esperó más. La intimidad que siguió fue cruda y carente de la ternura que Yoongi tanto anhelaba, pero para el chico de piel de porcelana, cualquier contacto era mejor que la indiferencia. Jungkook lo tomó con una fuerza posesiva, sus movimientos eran bruscos, marcando el ritmo contra las paredes de la tina mientras el agua salpicaba el suelo de mármol.
Yoongi enterró el rostro en el hombro de Jungkook, ahogando sus gemidos y sus lágrimas. Cada embestida le recordaba su posición: él era el ancla, el juguete, el sacrificio. Pero cuando Jungkook soltó un gruñido bajo y lo apretó contra su pecho con una fuerza casi dolorosa, Yoongi se sintió, por un breve y distorsionado momento, amado.
—Te amo, Kookie —susurró Yoongi cuando el silencio volvió a reinar, mientras Jungkook apoyaba la frente contra la suya, recuperando el aliento.
Jungkook no respondió "yo también". Nunca lo hacía. Simplemente le acarició el cabello húmedo con una mano que, minutos antes, lo había golpeado.
—Lávate —dijo Jungkook con su habitual tono seco, saliendo de la tina sin mirar atrás—. Y limpia la cocina. No quiero ver ese estofado mañana.
Yoongi se quedó solo en el agua que ahora se enfriaba, rodeado por el vapor y el eco de su propia devoción. Se abrazó a sí mismo, sintiendo el ardor en su cuerpo, pero con una pequeña sonrisa en los labios. Jungkook lo había tocado. Jungkook lo había mirado. Para Yoongi, eso era suficiente para sobrevivir un día más en aquel paraíso de cristal y sombras.
Caminó de regreso a la habitación, recogió a "Min-Min" del suelo y lo besó.
—Kookie está cansado, Min-Min —le susurró al peluche mientras se acurrucaba en la cama, esperando que Jungkook se dignara a dormir a su lado—. Pero él me quiere. Solo necesita tiempo para aprender a decirmelo.
En la otra habitación, Jungkook servía un trago de whisky puro, mirando sus nudillos ligeramente enrojecidos. Sabía que sus padres tenían razón en una cosa: Yoongi no encajaba en su mundo. Pero mientras el chico estuviera dispuesto a perdonar cada golpe con un abrazo y cada insulto con una caricia, Jungkook no tenía ninguna intención de dejarlo ir. Era su posesión más preciada, su pequeño secreto sumiso en un mundo de lobos.
