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Lil
Fandom: Jujutsu Kaisen
Creado: 30/5/2026
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RomanceRecortes de VidaFluffHumorOmegaversoHistoria DomésticaAmbientación Canon
Bajo el pulgar de un lobo marino
La campana sobre la puerta de la cafetería tintineó, anunciando la llegada de la pareja que todos estaban esperando. Nobara Kugisaki, sentada en una de las mesas circulares del fondo, levantó la mano con energía, mientras que Maki Zen’in simplemente asintió con una media sonrisa, observando la escena que se desarrollaba frente a ella.
Yuji Itadori entró primero, cargando tres bolsas de papel de una tienda de ropa de marca, una mochila deportiva que claramente no era suya y un vaso de café helado que sostenía con cuidado para no derramar ni una gota. Detrás de él, con las manos metidas en los bolsillos de su abrigo oscuro y una expresión de aburrimiento absoluto, caminaba Megumi Fushiguro.
—¡Hey, chicos! Perdón por la tardanza —saludó Yuji, intentando levantar una mano sin soltar el arsenal de objetos que cargaba—. Megumi quería pasar por unos libros nuevos y luego se antojó de este café especial al otro lado de la ciudad.
—Y tú, como buen perrito faldero, lo llevaste hasta allá a pie porque "el aire fresco es bueno para su salud", ¿verdad? —se burló Nobara, soltando una carcajada al ver cómo Yuji se apresuraba a acomodar las bolsas en una silla vacía para que Megumi pudiera sentarse cómodamente.
—No es ser un perrito, Nobara —replicó Yuji con una sonrisa nerviosa, rascándose la nuca—. Es solo que... bueno, Megumi ha estado trabajando mucho en sus proyectos de la universidad y quería consentirlo un poco.
Megumi se sentó con elegancia, cruzando una pierna sobre la otra. Ni siquiera miró a Yuji cuando extendió la mano hacia atrás. El alfa, por puro instinto, colocó el café helado en su palma antes de que el omega tuviera que pedirlo.
—Está muy dulce —murmuró Megumi tras tomar un sorbo, arrugando el entrecejo—. Te dije que solo quería dos dosis de jarabe, Itadori.
—¡Lo pedí así! —se defendió Yuji, inclinándose un poco—. Juro que le dije al barista que...
—Ve a pedir que lo arreglen —interrumpió Megumi, entregándole el vaso de vuelta sin mirarlo a los ojos—. Y trae unas servilletas, estas mesas siempre están pegajosas.
Yuji parpadeó, asintió con fervor y salió disparado hacia el mostrador. Maki soltó un suspiro pesado, apoyando la barbilla en su mano.
—De verdad, Itadori es el alfa más mandilón que he conocido en toda mi vida —comentó la mujer mayor, mirando a Megumi—. Fushiguro, lo tienes entrenado mejor que a tus perros de sombras.
—No está entrenado —respondió Megumi con calma, sacando su teléfono—. Simplemente sabe cuál es su lugar. Si va a ser un alfa ruidoso y distraído, lo mínimo que puede hacer es ser útil.
—Es un mandilón de manual —insistió Nobara, señalando hacia la barra donde Yuji estaba prácticamente rogándole al barista que cambiara la bebida—. El otro día le pregunté si quería ir a ver la nueva película de terror y me dijo: "Tengo que preguntarle a Megumi si no tiene planes para nosotros". ¡Por Dios! Es un alfa de veinticuatro años que parece que pide permiso hasta para respirar.
—No pide permiso —corrigió Megumi, aunque una pequeña chispa de satisfacción cruzó sus ojos verdes—. Consulta. Hay una diferencia.
Un par de minutos después, Yuji regresó con un café nuevo y un fajo de servilletas. Se sentó al lado de Megumi, tratando de ocupar el menor espacio posible para no incomodar al omega. Sin embargo, después de unos minutos de charla general sobre el trabajo y los amigos, Yuji pareció recordar algo. Sus hombros se tensaron y trató de poner una expresión más seria, una que él consideraba "dominante".
—Por cierto, Megumi —dijo Yuji, bajando el tono de voz para que sonara más profundo, intentando proyectar un poco de esa aura de alfa protector—. Estuve pensando en lo de las vacaciones de verano. Ya reservé la cabaña en la montaña que vimos. No acepto un no por respuesta, creo que nos vendrá bien el aire de los pinos.
El silencio cayó sobre la mesa. Nobara y Maki intercambiaron una mirada de "oh, no, aquí vamos de nuevo".
Megumi dejó de beber su café lentamente. Giró la cabeza hacia Yuji, entrecerrando los ojos. El aura del omega, usualmente contenida y fría, se expandió apenas un milímetro, pero fue suficiente para que el vello de los brazos de Yuji se erizara.
—¿Reservaste sin preguntarme? —preguntó Megumi en un susurro peligroso.
—Bueno... sí. Quería ser decidido —respondió Yuji, aunque su voz ya empezaba a flaquear—. Soy el alfa de la relación, ¿no? A veces tengo que tomar las riendas y... ¡Ay!
Antes de que pudiera terminar la frase, Megumi le había propinado un rápido y seco golpe en la nuca con la palma de la mano. No fue un golpe fuerte, pero sí lo suficientemente firme como para que la cabeza de Yuji se inclinara hacia adelante.
—No me vengas con tonterías de "alfa dominante", Itadori —dijo Megumi, su voz gélida—. Sabes perfectamente que odio las montañas en verano por los mosquitos. Vas a cancelar esa reserva ahora mismo y vamos a ir a la playa, como habíamos discutido el mes pasado.
—Pero Megumi, la playa está llenísima de gente y...
—¿Dije algo difícil de entender? —Megumi se acercó a su oído, y aunque su voz era baja, todos en la mesa pudieron oírlo—. ¿O quieres que hablemos de esto cuando lleguemos a casa y te toque dormir en el sofá con los perros?
Yuji se encogió de hombros, perdiendo toda la postura de "macho alfa" en un segundo. Sus ojos dorados buscaron una pizca de piedad en el rostro de su novio, pero solo encontró la habitual determinación de acero de Fushiguro.
—Está bien... cancelaré la cabaña —murmuró Yuji, derrotado—. Iré a la playa. La playa es genial. Me encanta la arena en los dedos de los pies.
Nobara estalló en carcajadas, golpeando la mesa con la mano.
—¡Es patético! ¡Es absolutamente patético! —gritó entre risas—. ¡Itadori, tienes la columna vertebral de un malvavisco!
—¡No es verdad! —protestó Yuji, aunque ya estaba sacando su teléfono para hacer la cancelación—. Solo... respeto sus preferencias. Un buen alfa sabe cuándo su omega tiene la razón.
—O sea, siempre —añadió Maki con una sonrisa sarcástica.
—Exacto —asintió Yuji, antes de darse cuenta de que se estaba hundiendo más—. ¡No! O sea... ¡Ash!
Megumi simplemente tomó otro sorbo de su café, ahora perfectamente preparado, y dejó que una pequeña y casi imperceptible sonrisa curvara sus labios. Le gustaba que Yuji intentara rebelarse de vez en cuando; le daba la oportunidad de recordarle quién llevaba los pantalones en el departamento.
El resto de la tarde transcurrió entre bromas a costa de Yuji. El alfa, a pesar de los regaños y de su estatus de "mandilón", no parecía realmente molesto. De hecho, cada vez que Megumi se quejaba de que tenía frío, Yuji se quitaba su chaqueta de inmediato para cubrirlo. Si Megumi mencionaba que tenía hambre, Yuji ya estaba revisando el menú para pedir sus bocadillos favoritos.
Cuando finalmente se despidieron de sus amigos y comenzaron a caminar hacia su hogar, el sol empezaba a ponerse, tiñendo las calles de un tono anaranjado. Yuji cargaba todas las bolsas, de nuevo, pero esta vez caminaba más cerca de Megumi, rozando su hombro.
—Sabes que solo quería sorprenderte con lo de la montaña, ¿verdad? —dijo Yuji, esta vez con su voz normal, cálida y honesta.
Megumi suspiró, metiendo las manos en sus bolsillos. El aire nocturno empezaba a refrescar.
—Lo sé, idiota. Pero sabes que odio los insectos. Y las cabañas suelen tener arañas del tamaño de mi mano.
—Yo las habría matado por ti —aseguró Yuji, inflando el pecho.
Megumi se detuvo un momento, mirando a su alfa. A pesar de su actitud mandona y de la forma en que lo regañaba frente a los demás, había una razón por la que estaban juntos desde hacía dos años. Yuji era la única persona que podía soportar su mal genio, que entendía sus silencios y que, por encima de todo, lo ponía siempre en primer lugar.
—Lo sé —admitió Megumi en voz baja—. Pero prefiero la playa.
—Iremos a la playa entonces —cedió Yuji, sonriendo con esa brillantez que siempre lograba desarmar a Megumi—. ¿Quieres que pida pizza para cenar?
—De jengibre y cebolla —ordenó el omega, retomando su camino.
—¿Otra vez? —Yuji hizo una mueca—. Megumi, hemos comido eso tres veces esta semana. ¿No podemos pedir de pepperoni?
Megumi se detuvo y lo miró por encima del hombro, arqueando una ceja con desafío.
—¿Qué dijiste?
Yuji tragó saliva. El recuerdo del sofá frío y los ronquidos de los Lobos Divinos en su cara durante la noche pasó por su mente como una película de terror.
—Dije que la pizza de jengibre es mi favorita en todo el mundo y que no puedo esperar para comerla —se corrigió rápidamente, mostrando los dientes en una sonrisa forzada.
—Buen alfa —ronroneó Megumi, dándose la vuelta para seguir caminando.
Yuji suspiró, ajustando las bolsas de compras en sus brazos. Sabía que sus amigos nunca dejarían de burlarse de él. Sabía que, técnicamente, él debería ser el que tomara las decisiones, según los estúpidos manuales de biología de segundo género. Pero al mirar la espalda de Megumi, la forma en que su omega caminaba con tanta seguridad y cómo, a pesar de su amargura externa, siempre dejaba la luz del porche encendida cuando Yuji llegaba tarde del trabajo, no podía evitar sentirse el alfa más afortunado del mundo.
Incluso si eso significaba comer pizza de jengibre por cuarta vez en siete días.
Al llegar al edificio, Yuji se adelantó para abrir la puerta principal, haciendo una reverencia exagerada.
—Pase usted, su majestad.
Megumi rodó los ojos, pero al pasar junto a él, le dio un rápido y suave beso en la mejilla. Fue un gesto fugaz, casi invisible para cualquier espectador, pero para Yuji fue como una inyección de adrenalina pura.
—No te acostumbres —advirtió Megumi mientras subían las escaleras—. Todavía estoy molesto por lo de la cabaña. Mañana vas a limpiar todo el baño como compensación.
Yuji soltó una risa corta, sintiendo cómo su corazón martilleaba con fuerza.
—Sí, sí. Lo que digas, Megumi.
—Y nada de usar el cepillo de dientes de repuesto para las juntas de los azulejos, Itadori. Te estoy viendo.
—¡Eso fue solo una vez! —protestó el alfa, siguiéndolo al interior del departamento.
La puerta se cerró tras ellos, dejando fuera las burlas de sus amigos y las etiquetas de la sociedad. En ese pequeño espacio, no importaba quién era el alfa o el omega por definición; solo importaba que Yuji estaba más que feliz de vivir bajo el pulgar de Megumi, y que Megumi, a su manera huraña y dominante, no dejaría que nadie más que él tuviera el privilegio de mandar a su "perrito faldero" favorito.
—¡Itadori! —gritó Megumi desde la cocina.
—¡Voy! —respondió Yuji, soltando las bolsas y corriendo hacia él—. ¿Qué pasó?
—Se acabó el jugo. Ve a la tienda de la esquina. Ahora.
Yuji miró sus pies cansados, luego miró la expresión imperiosa de Megumi, y finalmente sonrió.
—A la orden, jefe.
Definitivamente, un mandilón con orgullo.
Yuji Itadori entró primero, cargando tres bolsas de papel de una tienda de ropa de marca, una mochila deportiva que claramente no era suya y un vaso de café helado que sostenía con cuidado para no derramar ni una gota. Detrás de él, con las manos metidas en los bolsillos de su abrigo oscuro y una expresión de aburrimiento absoluto, caminaba Megumi Fushiguro.
—¡Hey, chicos! Perdón por la tardanza —saludó Yuji, intentando levantar una mano sin soltar el arsenal de objetos que cargaba—. Megumi quería pasar por unos libros nuevos y luego se antojó de este café especial al otro lado de la ciudad.
—Y tú, como buen perrito faldero, lo llevaste hasta allá a pie porque "el aire fresco es bueno para su salud", ¿verdad? —se burló Nobara, soltando una carcajada al ver cómo Yuji se apresuraba a acomodar las bolsas en una silla vacía para que Megumi pudiera sentarse cómodamente.
—No es ser un perrito, Nobara —replicó Yuji con una sonrisa nerviosa, rascándose la nuca—. Es solo que... bueno, Megumi ha estado trabajando mucho en sus proyectos de la universidad y quería consentirlo un poco.
Megumi se sentó con elegancia, cruzando una pierna sobre la otra. Ni siquiera miró a Yuji cuando extendió la mano hacia atrás. El alfa, por puro instinto, colocó el café helado en su palma antes de que el omega tuviera que pedirlo.
—Está muy dulce —murmuró Megumi tras tomar un sorbo, arrugando el entrecejo—. Te dije que solo quería dos dosis de jarabe, Itadori.
—¡Lo pedí así! —se defendió Yuji, inclinándose un poco—. Juro que le dije al barista que...
—Ve a pedir que lo arreglen —interrumpió Megumi, entregándole el vaso de vuelta sin mirarlo a los ojos—. Y trae unas servilletas, estas mesas siempre están pegajosas.
Yuji parpadeó, asintió con fervor y salió disparado hacia el mostrador. Maki soltó un suspiro pesado, apoyando la barbilla en su mano.
—De verdad, Itadori es el alfa más mandilón que he conocido en toda mi vida —comentó la mujer mayor, mirando a Megumi—. Fushiguro, lo tienes entrenado mejor que a tus perros de sombras.
—No está entrenado —respondió Megumi con calma, sacando su teléfono—. Simplemente sabe cuál es su lugar. Si va a ser un alfa ruidoso y distraído, lo mínimo que puede hacer es ser útil.
—Es un mandilón de manual —insistió Nobara, señalando hacia la barra donde Yuji estaba prácticamente rogándole al barista que cambiara la bebida—. El otro día le pregunté si quería ir a ver la nueva película de terror y me dijo: "Tengo que preguntarle a Megumi si no tiene planes para nosotros". ¡Por Dios! Es un alfa de veinticuatro años que parece que pide permiso hasta para respirar.
—No pide permiso —corrigió Megumi, aunque una pequeña chispa de satisfacción cruzó sus ojos verdes—. Consulta. Hay una diferencia.
Un par de minutos después, Yuji regresó con un café nuevo y un fajo de servilletas. Se sentó al lado de Megumi, tratando de ocupar el menor espacio posible para no incomodar al omega. Sin embargo, después de unos minutos de charla general sobre el trabajo y los amigos, Yuji pareció recordar algo. Sus hombros se tensaron y trató de poner una expresión más seria, una que él consideraba "dominante".
—Por cierto, Megumi —dijo Yuji, bajando el tono de voz para que sonara más profundo, intentando proyectar un poco de esa aura de alfa protector—. Estuve pensando en lo de las vacaciones de verano. Ya reservé la cabaña en la montaña que vimos. No acepto un no por respuesta, creo que nos vendrá bien el aire de los pinos.
El silencio cayó sobre la mesa. Nobara y Maki intercambiaron una mirada de "oh, no, aquí vamos de nuevo".
Megumi dejó de beber su café lentamente. Giró la cabeza hacia Yuji, entrecerrando los ojos. El aura del omega, usualmente contenida y fría, se expandió apenas un milímetro, pero fue suficiente para que el vello de los brazos de Yuji se erizara.
—¿Reservaste sin preguntarme? —preguntó Megumi en un susurro peligroso.
—Bueno... sí. Quería ser decidido —respondió Yuji, aunque su voz ya empezaba a flaquear—. Soy el alfa de la relación, ¿no? A veces tengo que tomar las riendas y... ¡Ay!
Antes de que pudiera terminar la frase, Megumi le había propinado un rápido y seco golpe en la nuca con la palma de la mano. No fue un golpe fuerte, pero sí lo suficientemente firme como para que la cabeza de Yuji se inclinara hacia adelante.
—No me vengas con tonterías de "alfa dominante", Itadori —dijo Megumi, su voz gélida—. Sabes perfectamente que odio las montañas en verano por los mosquitos. Vas a cancelar esa reserva ahora mismo y vamos a ir a la playa, como habíamos discutido el mes pasado.
—Pero Megumi, la playa está llenísima de gente y...
—¿Dije algo difícil de entender? —Megumi se acercó a su oído, y aunque su voz era baja, todos en la mesa pudieron oírlo—. ¿O quieres que hablemos de esto cuando lleguemos a casa y te toque dormir en el sofá con los perros?
Yuji se encogió de hombros, perdiendo toda la postura de "macho alfa" en un segundo. Sus ojos dorados buscaron una pizca de piedad en el rostro de su novio, pero solo encontró la habitual determinación de acero de Fushiguro.
—Está bien... cancelaré la cabaña —murmuró Yuji, derrotado—. Iré a la playa. La playa es genial. Me encanta la arena en los dedos de los pies.
Nobara estalló en carcajadas, golpeando la mesa con la mano.
—¡Es patético! ¡Es absolutamente patético! —gritó entre risas—. ¡Itadori, tienes la columna vertebral de un malvavisco!
—¡No es verdad! —protestó Yuji, aunque ya estaba sacando su teléfono para hacer la cancelación—. Solo... respeto sus preferencias. Un buen alfa sabe cuándo su omega tiene la razón.
—O sea, siempre —añadió Maki con una sonrisa sarcástica.
—Exacto —asintió Yuji, antes de darse cuenta de que se estaba hundiendo más—. ¡No! O sea... ¡Ash!
Megumi simplemente tomó otro sorbo de su café, ahora perfectamente preparado, y dejó que una pequeña y casi imperceptible sonrisa curvara sus labios. Le gustaba que Yuji intentara rebelarse de vez en cuando; le daba la oportunidad de recordarle quién llevaba los pantalones en el departamento.
El resto de la tarde transcurrió entre bromas a costa de Yuji. El alfa, a pesar de los regaños y de su estatus de "mandilón", no parecía realmente molesto. De hecho, cada vez que Megumi se quejaba de que tenía frío, Yuji se quitaba su chaqueta de inmediato para cubrirlo. Si Megumi mencionaba que tenía hambre, Yuji ya estaba revisando el menú para pedir sus bocadillos favoritos.
Cuando finalmente se despidieron de sus amigos y comenzaron a caminar hacia su hogar, el sol empezaba a ponerse, tiñendo las calles de un tono anaranjado. Yuji cargaba todas las bolsas, de nuevo, pero esta vez caminaba más cerca de Megumi, rozando su hombro.
—Sabes que solo quería sorprenderte con lo de la montaña, ¿verdad? —dijo Yuji, esta vez con su voz normal, cálida y honesta.
Megumi suspiró, metiendo las manos en sus bolsillos. El aire nocturno empezaba a refrescar.
—Lo sé, idiota. Pero sabes que odio los insectos. Y las cabañas suelen tener arañas del tamaño de mi mano.
—Yo las habría matado por ti —aseguró Yuji, inflando el pecho.
Megumi se detuvo un momento, mirando a su alfa. A pesar de su actitud mandona y de la forma en que lo regañaba frente a los demás, había una razón por la que estaban juntos desde hacía dos años. Yuji era la única persona que podía soportar su mal genio, que entendía sus silencios y que, por encima de todo, lo ponía siempre en primer lugar.
—Lo sé —admitió Megumi en voz baja—. Pero prefiero la playa.
—Iremos a la playa entonces —cedió Yuji, sonriendo con esa brillantez que siempre lograba desarmar a Megumi—. ¿Quieres que pida pizza para cenar?
—De jengibre y cebolla —ordenó el omega, retomando su camino.
—¿Otra vez? —Yuji hizo una mueca—. Megumi, hemos comido eso tres veces esta semana. ¿No podemos pedir de pepperoni?
Megumi se detuvo y lo miró por encima del hombro, arqueando una ceja con desafío.
—¿Qué dijiste?
Yuji tragó saliva. El recuerdo del sofá frío y los ronquidos de los Lobos Divinos en su cara durante la noche pasó por su mente como una película de terror.
—Dije que la pizza de jengibre es mi favorita en todo el mundo y que no puedo esperar para comerla —se corrigió rápidamente, mostrando los dientes en una sonrisa forzada.
—Buen alfa —ronroneó Megumi, dándose la vuelta para seguir caminando.
Yuji suspiró, ajustando las bolsas de compras en sus brazos. Sabía que sus amigos nunca dejarían de burlarse de él. Sabía que, técnicamente, él debería ser el que tomara las decisiones, según los estúpidos manuales de biología de segundo género. Pero al mirar la espalda de Megumi, la forma en que su omega caminaba con tanta seguridad y cómo, a pesar de su amargura externa, siempre dejaba la luz del porche encendida cuando Yuji llegaba tarde del trabajo, no podía evitar sentirse el alfa más afortunado del mundo.
Incluso si eso significaba comer pizza de jengibre por cuarta vez en siete días.
Al llegar al edificio, Yuji se adelantó para abrir la puerta principal, haciendo una reverencia exagerada.
—Pase usted, su majestad.
Megumi rodó los ojos, pero al pasar junto a él, le dio un rápido y suave beso en la mejilla. Fue un gesto fugaz, casi invisible para cualquier espectador, pero para Yuji fue como una inyección de adrenalina pura.
—No te acostumbres —advirtió Megumi mientras subían las escaleras—. Todavía estoy molesto por lo de la cabaña. Mañana vas a limpiar todo el baño como compensación.
Yuji soltó una risa corta, sintiendo cómo su corazón martilleaba con fuerza.
—Sí, sí. Lo que digas, Megumi.
—Y nada de usar el cepillo de dientes de repuesto para las juntas de los azulejos, Itadori. Te estoy viendo.
—¡Eso fue solo una vez! —protestó el alfa, siguiéndolo al interior del departamento.
La puerta se cerró tras ellos, dejando fuera las burlas de sus amigos y las etiquetas de la sociedad. En ese pequeño espacio, no importaba quién era el alfa o el omega por definición; solo importaba que Yuji estaba más que feliz de vivir bajo el pulgar de Megumi, y que Megumi, a su manera huraña y dominante, no dejaría que nadie más que él tuviera el privilegio de mandar a su "perrito faldero" favorito.
—¡Itadori! —gritó Megumi desde la cocina.
—¡Voy! —respondió Yuji, soltando las bolsas y corriendo hacia él—. ¿Qué pasó?
—Se acabó el jugo. Ve a la tienda de la esquina. Ahora.
Yuji miró sus pies cansados, luego miró la expresión imperiosa de Megumi, y finalmente sonrió.
—A la orden, jefe.
Definitivamente, un mandilón con orgullo.
