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rencarnado como Azrael /King Hassan (Asesino) en danmachi
Fandom: fate,danmachi
Creado: 30/5/2026
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FantasíaAcciónAventuraCrossoverArregloOscuroViolencia GráficaDivergenciaEstudio de PersonajeAmbientación Canon
La Campana que Silencia el Destino
La oscuridad de los niveles profundos del Calabozo no era nada comparada con el vacío que Azrael había conocido antes de despertar en este mundo. No recordaba su nombre anterior, solo el eco de una vida ordinaria que se había desvanecido para dar paso a una existencia de hierro, fe y muerte. Ahora, su cuerpo no era de carne blanda, sino una amalgama de armadura imponente y voluntad divina.
Caminaba por los pasillos de piedra de la planta 27, el "Gran Muro de Grief", pero sus pasos no producían sonido alguno. Su capa, vieja y desgastada, ondeaba como si fuera parte de las sombras mismas. El casco con forma de calavera ocultaba cualquier rastro de humanidad, dejando ver solo dos pupilas azules que brillaban con una frialdad analítica.
Él no era un aventurero, ni un peón en el tablero de los dioses de Orario. Había observado desde la distancia cómo las deidades jugaban con las vidas de los mortales por mero entretenimiento. Azrael había decidido, desde el momento en que sintió el peso de la gran espada en su espalda, que él no sería parte del espectáculo. Él sería el verdugo de las injusticias, la sombra que protegería a aquellos que aún conservaban una chispa de pureza en ese nido de ambición.
Y hoy, el destino exigía su presencia.
—El aire se ha vuelto pesado —susurró Azrael, su voz resonando como el crujir de lápidas antiguas dentro del casco—. La muerte se impone, pero no es la muerte natural del ciclo. Es una ejecución injusta.
Sus sentidos, agudizados por la habilidad *En la Frontera*, detectaron el cambio en la atmósfera. Más adelante, en una de las cámaras laterales, el hedor de la traición y el miedo se filtraba por las grietas. La Familia Astrea, un grupo conocido por su búsqueda incansable de la justicia, estaba a punto de caer en una trampa orquestada por la malicia humana y la crueldad del Calabozo.
Azrael activó su *Ocultamiento de Presencia*. Para cualquier monstruo o aventurero, él simplemente dejó de existir. Sin embargo, su maldición era inherente: aquellos marcados por el final sentirían un frío repentino, una premonición de que su tiempo se agotaba.
En el centro de la sala, Alise Lovell y sus compañeras estaban rodeadas. No solo por monstruos, sino por las ruinas de una emboscada preparada por el gremio oscuro Rudra. El caos reinaba. Explosiones de objetos mágicos agrietaban las paredes, y el polvo nublaba la vista.
—¡Mantengan la formación! —gritó Alise, blandiendo su espada con desesperación—. ¡No dejen que nos flanqueen!
Pero el enemigo era numeroso, y el Calabozo, respondiendo al derramamiento de sangre, comenzó a engendrar nuevas amenazas. Un Juggernaut, la criatura nacida para purgar el exceso de daño al Calabozo, estaba emergiendo de las paredes.
Los hombres de la Familia Rudra sonreían desde las sombras, creyendo que su plan era perfecto. Pero entonces, el ambiente cambió.
El líder de los saboteadores, un hombre con una cicatriz cruzando su rostro, de repente dejó de reír. Un sudor frío recorrió su nuca. Sentía como si una cuchilla invisible rozara su cuello. Miró a su alrededor, pero no vio nada más que el caos de la batalla.
—¿Qué... qué es este frío? —murmuró, retrocediendo un paso.
Detrás de él, el espacio pareció plegarse. Una figura masiva, cubierta por una armadura morada y negra con motivos esqueléticos, se materializó como si siempre hubiera estado allí. Las llamas azules de sus hombreras crepitaron con un sonido sobrenatural.
Azrael no desenvainó su espada de inmediato. Simplemente extendió una mano acorazada y sujetó el rostro del hombre.
—¿Puedes oír esta campana? —La voz de Azrael era un trueno silencioso que pareció detener el tiempo en el pequeño radio que los rodeaba—. Suena por el fin de tu destino.
El hombre ni siquiera tuvo tiempo de gritar. Con un movimiento seco, Azrael aplicó una presión que no era física, sino espiritual. La vida del traidor se extinguió instantáneamente, su alma reclamada por el Valle antes de que su cuerpo tocara el suelo.
—¿Quién está ahí? —preguntó Kaguya, la espadachina de la Familia Astrea, girándose hacia la sombra. Sus ojos se abrieron de par en par al ver la imponente figura—. ¿Un... monstruo?
—No —respondió Azrael, dando un paso al frente hacia la luz de las antorchas mágicas—. Solo un viajero del Valle.
El Juggernaut rugió, lanzándose hacia las chicas con una velocidad que desafiaba la vista. Lyra intentó lanzar una bomba de distracción, pero la criatura era demasiado rápida. El desastre era inminente.
Sin embargo, antes de que el brazo óseo del monstruo alcanzara a Alise, un destello de acero oscuro interceptó el ataque.
Azrael había desenvainado su gran espada. El choque produjo una onda de choque que hizo retroceder a las aventureras. A pesar de la fuerza bruta del Juggernaut, el caballero no retrocedió ni un milímetro. Su *Continuación de Batalla* y su *Cuerpo Natural* lo hacían un pilar inamovible.
—Criatura nacida del odio de la tierra —dijo Azrael, sus pupilas azules brillando con intensidad—. Tu existencia es un error en el orden del descanso. Regresa al polvo.
El Juggernaut atacó de nuevo, una ráfaga de golpes que habrían despedazado a cualquier aventurero de Nivel 4 o 5. Azrael se movía con una economía de movimientos aterradora. Cada bloqueo era perfecto, cada parada desviaba la fuerza del enemigo hacia el suelo, agrietando el pavimento del Calabozo.
Las chicas de la Familia Astrea observaban en un silencio sepulcral. Nunca habían visto a nadie pelear así. No había gritos de guerra, no había uso ostentoso de magia. Era una danza de muerte absoluta y eficiente.
—Es... abrumador —susurró Astrea desde la entrada del nivel, habiendo seguido a sus hijas a pesar del peligro—. Su presencia... no es la de un héroe, pero tampoco la de un villano.
Azrael decidió terminar el encuentro. La campana de la tarde comenzó a sonar en la mente de todos los presentes. Un sonido profundo, melancólico, que traía consigo una paz absoluta y un terror primordial.
—*Azrael* —susurró el caballero.
Realizó un tajo horizontal. Fue un movimiento simple, carente de adornos técnicos complejos. Sin embargo, la hoja de la espada pareció cortar no solo el aire, sino la esencia misma de la criatura. A pesar de que el Juggernaut tenía una resistencia mágica casi impenetrable, la espada de Azrael portaba la muerte instantánea.
La cabeza del monstruo cayó antes de que el cuerpo se diera cuenta de que había sido cortado. Un segundo después, la criatura se deshizo en cenizas, sin dejar siquiera una piedra espiritual.
El silencio volvió a la cámara, roto solo por el jadeo de las aventureras heridas. Azrael envainó su espada con un sonido metálico que resonó en las paredes de piedra.
—¿Por qué nos has ayudado? —preguntó Alise, dando un paso adelante mientras sostenía su costado herido—. No eres de ninguna Familia que conozcamos. Esa armadura... esa presión...
Azrael la miró. A través de la visera en forma de calavera, Alise sintió que no estaba siendo juzgada por sus actos, sino por la pureza de su alma.
—La justicia es un camino frágil en este mundo de dioses caprichosos —dijo Azrael con calma—. He venido a asegurar que vuestra llama no se apague antes de tiempo. El Cielo no desea que vuestro destino termine en esta oscuridad.
—¿Quién eres? —insistió Kaguya, manteniendo su mano en la empuñadura de su katana, aunque sabía que era inútil contra él.
—Un viejo de la montaña —respondió él, comenzando a caminar hacia las sombras de donde había salido—. Un protector de lo que es justo, y el final de lo que es corrupto.
—¡Espera! —gritó Lyra—. ¡Los hombres que nos traicionaron... todavía hay más en los niveles superiores!
Azrael se detuvo un momento, su capa ondeando a pesar de la falta de viento.
—Ya no —dijo simplemente—. La campana ha sonado para ellos también.
Con un paso que pareció desvanecerse en el aire, Azrael desapareció. Su *Ocultamiento de Presencia* volvió a activarse, borrando su rastro por completo.
Las chicas de la Familia Astrea se quedaron solas en la cámara, ahora segura. Se miraron entre sí, confundidas y aliviadas. La masacre que debía haber ocurrido ese día había sido evitada por una entidad que parecía la encarnación misma de la muerte, pero que les había otorgado la vida.
Lejos de allí, en un nivel superior, Azrael caminaba por los pasillos desiertos. Su mente analítica ya estaba planeando su siguiente movimiento. Orario era un lugar lleno de sombras, y él se encargaría de que esas sombras no consumieran a los inocentes.
—Los dioses se aburren con facilidad —murmuró para sí mismo, mientras sus pupilas azules escaneaban la oscuridad—. Veamos cómo reaccionan cuando la Muerte misma decide no seguir sus reglas.
No buscaba gloria, ni riquezas, ni el favor de una deidad. Su fe era su escudo, y su espada era la voluntad del destino. Mientras hubiera injusticia en las profundidades del Calabozo, el Primer Hassan caminaría entre los vivos, recordándoles que, al final del camino, todos deben escuchar la campana.
Azrael desapareció en la penumbra, dejando tras de sí solo el frío aroma del incienso funerario y el eco de una campana que nadie más podía oír, pero que todos, tarde o temprano, conocerían. La Familia Astrea estaba a salvo, y en el gran libro del destino de Orario, una página entera acababa de ser reescrita por la mano de un hombre que ya no pertenecía a este mundo, pero que estaba decidido a salvarlo de su propio egoísmo.
Caminaba por los pasillos de piedra de la planta 27, el "Gran Muro de Grief", pero sus pasos no producían sonido alguno. Su capa, vieja y desgastada, ondeaba como si fuera parte de las sombras mismas. El casco con forma de calavera ocultaba cualquier rastro de humanidad, dejando ver solo dos pupilas azules que brillaban con una frialdad analítica.
Él no era un aventurero, ni un peón en el tablero de los dioses de Orario. Había observado desde la distancia cómo las deidades jugaban con las vidas de los mortales por mero entretenimiento. Azrael había decidido, desde el momento en que sintió el peso de la gran espada en su espalda, que él no sería parte del espectáculo. Él sería el verdugo de las injusticias, la sombra que protegería a aquellos que aún conservaban una chispa de pureza en ese nido de ambición.
Y hoy, el destino exigía su presencia.
—El aire se ha vuelto pesado —susurró Azrael, su voz resonando como el crujir de lápidas antiguas dentro del casco—. La muerte se impone, pero no es la muerte natural del ciclo. Es una ejecución injusta.
Sus sentidos, agudizados por la habilidad *En la Frontera*, detectaron el cambio en la atmósfera. Más adelante, en una de las cámaras laterales, el hedor de la traición y el miedo se filtraba por las grietas. La Familia Astrea, un grupo conocido por su búsqueda incansable de la justicia, estaba a punto de caer en una trampa orquestada por la malicia humana y la crueldad del Calabozo.
Azrael activó su *Ocultamiento de Presencia*. Para cualquier monstruo o aventurero, él simplemente dejó de existir. Sin embargo, su maldición era inherente: aquellos marcados por el final sentirían un frío repentino, una premonición de que su tiempo se agotaba.
En el centro de la sala, Alise Lovell y sus compañeras estaban rodeadas. No solo por monstruos, sino por las ruinas de una emboscada preparada por el gremio oscuro Rudra. El caos reinaba. Explosiones de objetos mágicos agrietaban las paredes, y el polvo nublaba la vista.
—¡Mantengan la formación! —gritó Alise, blandiendo su espada con desesperación—. ¡No dejen que nos flanqueen!
Pero el enemigo era numeroso, y el Calabozo, respondiendo al derramamiento de sangre, comenzó a engendrar nuevas amenazas. Un Juggernaut, la criatura nacida para purgar el exceso de daño al Calabozo, estaba emergiendo de las paredes.
Los hombres de la Familia Rudra sonreían desde las sombras, creyendo que su plan era perfecto. Pero entonces, el ambiente cambió.
El líder de los saboteadores, un hombre con una cicatriz cruzando su rostro, de repente dejó de reír. Un sudor frío recorrió su nuca. Sentía como si una cuchilla invisible rozara su cuello. Miró a su alrededor, pero no vio nada más que el caos de la batalla.
—¿Qué... qué es este frío? —murmuró, retrocediendo un paso.
Detrás de él, el espacio pareció plegarse. Una figura masiva, cubierta por una armadura morada y negra con motivos esqueléticos, se materializó como si siempre hubiera estado allí. Las llamas azules de sus hombreras crepitaron con un sonido sobrenatural.
Azrael no desenvainó su espada de inmediato. Simplemente extendió una mano acorazada y sujetó el rostro del hombre.
—¿Puedes oír esta campana? —La voz de Azrael era un trueno silencioso que pareció detener el tiempo en el pequeño radio que los rodeaba—. Suena por el fin de tu destino.
El hombre ni siquiera tuvo tiempo de gritar. Con un movimiento seco, Azrael aplicó una presión que no era física, sino espiritual. La vida del traidor se extinguió instantáneamente, su alma reclamada por el Valle antes de que su cuerpo tocara el suelo.
—¿Quién está ahí? —preguntó Kaguya, la espadachina de la Familia Astrea, girándose hacia la sombra. Sus ojos se abrieron de par en par al ver la imponente figura—. ¿Un... monstruo?
—No —respondió Azrael, dando un paso al frente hacia la luz de las antorchas mágicas—. Solo un viajero del Valle.
El Juggernaut rugió, lanzándose hacia las chicas con una velocidad que desafiaba la vista. Lyra intentó lanzar una bomba de distracción, pero la criatura era demasiado rápida. El desastre era inminente.
Sin embargo, antes de que el brazo óseo del monstruo alcanzara a Alise, un destello de acero oscuro interceptó el ataque.
Azrael había desenvainado su gran espada. El choque produjo una onda de choque que hizo retroceder a las aventureras. A pesar de la fuerza bruta del Juggernaut, el caballero no retrocedió ni un milímetro. Su *Continuación de Batalla* y su *Cuerpo Natural* lo hacían un pilar inamovible.
—Criatura nacida del odio de la tierra —dijo Azrael, sus pupilas azules brillando con intensidad—. Tu existencia es un error en el orden del descanso. Regresa al polvo.
El Juggernaut atacó de nuevo, una ráfaga de golpes que habrían despedazado a cualquier aventurero de Nivel 4 o 5. Azrael se movía con una economía de movimientos aterradora. Cada bloqueo era perfecto, cada parada desviaba la fuerza del enemigo hacia el suelo, agrietando el pavimento del Calabozo.
Las chicas de la Familia Astrea observaban en un silencio sepulcral. Nunca habían visto a nadie pelear así. No había gritos de guerra, no había uso ostentoso de magia. Era una danza de muerte absoluta y eficiente.
—Es... abrumador —susurró Astrea desde la entrada del nivel, habiendo seguido a sus hijas a pesar del peligro—. Su presencia... no es la de un héroe, pero tampoco la de un villano.
Azrael decidió terminar el encuentro. La campana de la tarde comenzó a sonar en la mente de todos los presentes. Un sonido profundo, melancólico, que traía consigo una paz absoluta y un terror primordial.
—*Azrael* —susurró el caballero.
Realizó un tajo horizontal. Fue un movimiento simple, carente de adornos técnicos complejos. Sin embargo, la hoja de la espada pareció cortar no solo el aire, sino la esencia misma de la criatura. A pesar de que el Juggernaut tenía una resistencia mágica casi impenetrable, la espada de Azrael portaba la muerte instantánea.
La cabeza del monstruo cayó antes de que el cuerpo se diera cuenta de que había sido cortado. Un segundo después, la criatura se deshizo en cenizas, sin dejar siquiera una piedra espiritual.
El silencio volvió a la cámara, roto solo por el jadeo de las aventureras heridas. Azrael envainó su espada con un sonido metálico que resonó en las paredes de piedra.
—¿Por qué nos has ayudado? —preguntó Alise, dando un paso adelante mientras sostenía su costado herido—. No eres de ninguna Familia que conozcamos. Esa armadura... esa presión...
Azrael la miró. A través de la visera en forma de calavera, Alise sintió que no estaba siendo juzgada por sus actos, sino por la pureza de su alma.
—La justicia es un camino frágil en este mundo de dioses caprichosos —dijo Azrael con calma—. He venido a asegurar que vuestra llama no se apague antes de tiempo. El Cielo no desea que vuestro destino termine en esta oscuridad.
—¿Quién eres? —insistió Kaguya, manteniendo su mano en la empuñadura de su katana, aunque sabía que era inútil contra él.
—Un viejo de la montaña —respondió él, comenzando a caminar hacia las sombras de donde había salido—. Un protector de lo que es justo, y el final de lo que es corrupto.
—¡Espera! —gritó Lyra—. ¡Los hombres que nos traicionaron... todavía hay más en los niveles superiores!
Azrael se detuvo un momento, su capa ondeando a pesar de la falta de viento.
—Ya no —dijo simplemente—. La campana ha sonado para ellos también.
Con un paso que pareció desvanecerse en el aire, Azrael desapareció. Su *Ocultamiento de Presencia* volvió a activarse, borrando su rastro por completo.
Las chicas de la Familia Astrea se quedaron solas en la cámara, ahora segura. Se miraron entre sí, confundidas y aliviadas. La masacre que debía haber ocurrido ese día había sido evitada por una entidad que parecía la encarnación misma de la muerte, pero que les había otorgado la vida.
Lejos de allí, en un nivel superior, Azrael caminaba por los pasillos desiertos. Su mente analítica ya estaba planeando su siguiente movimiento. Orario era un lugar lleno de sombras, y él se encargaría de que esas sombras no consumieran a los inocentes.
—Los dioses se aburren con facilidad —murmuró para sí mismo, mientras sus pupilas azules escaneaban la oscuridad—. Veamos cómo reaccionan cuando la Muerte misma decide no seguir sus reglas.
No buscaba gloria, ni riquezas, ni el favor de una deidad. Su fe era su escudo, y su espada era la voluntad del destino. Mientras hubiera injusticia en las profundidades del Calabozo, el Primer Hassan caminaría entre los vivos, recordándoles que, al final del camino, todos deben escuchar la campana.
Azrael desapareció en la penumbra, dejando tras de sí solo el frío aroma del incienso funerario y el eco de una campana que nadie más podía oír, pero que todos, tarde o temprano, conocerían. La Familia Astrea estaba a salvo, y en el gran libro del destino de Orario, una página entera acababa de ser reescrita por la mano de un hombre que ya no pertenecía a este mundo, pero que estaba decidido a salvarlo de su propio egoísmo.
