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Idea 1
Fandom: Harry Potter
Creado: 30/5/2026
Etiquetas
UA (Universo Alternativo)DramaAngustiaDolor/ConsueloOscuroDistopíaThrillerSupervivenciaViolaciónEmbarazo No Planificado/No Deseado
El peso de la seda y el hierro
La Mansión Lestrange no era un hogar; era una garganta de piedra fría que tragaba la luz y devolvía ecos de agonía. Ron Weasley permanecía sentado frente al tocador de caoba, observando su propio reflejo como si mirara a un extraño. La túnica de seda color perla, fina como una telaraña, contrastaba violentamente con la palidez de su piel y las pecas que parecían cenizas sobre su rostro demacrado. Alrededor de su cuello, una gargantilla de plata encantada pesaba más que cualquier cadena de hierro. Era el símbolo de su estatus: la "esposa" trofeo, la propiedad personal de Rabastan Lestrange.
Ron apretó los puños sobre sus muslos. Sus manos, antes callosas por el vuelo y el trabajo, estaban ahora suaves, obligadas a la inactividad. Intentó buscar en su interior esa chispa de terquedad que siempre lo había definido, pero el hambre, el cansancio y el miedo constante la habían reducido a una brasa agonizante.
La puerta se abrió sin previo aviso. Ron no saltó; había aprendido que cualquier movimiento brusco era interpretado como un desafío que Rabastan disfrutaba castigar.
—Mírate, sangre sucia por elección —la voz de Rabastan era una caricia venenosa—. Casi pareces un caballero de linaje. Casi.
El mortífago se acercó, sus pasos resonando en el mármol. Se detuvo detrás de Ron y puso sus manos sobre los hombros del joven. Ron sintió una náusea violenta, pero mantuvo la mirada fija en el espejo. Rabastan disfrutaba de su resistencia silenciosa tanto como de sus gritos.
—Hoy tenemos invitados, Ronald. El Ministerio quiere ver cómo se reforma a un traidor. Quieren ver los frutos de nuestra... unión.
—No soy tu esposa —susurró Ron, su voz raspando contra su garganta seca—. Soy un prisionero.
Rabastan se inclinó, su aliento oliendo a vino caro y magia oscura, y apretó los dedos en los hombros de Ron hasta que este soltó un quejido sordo.
—Eres lo que yo diga que eres. Eres el vientre que dará herederos a los Lestrange si decido que tu sangre no está demasiado contaminada por la asociación con Potter. Eres mi juguete, mi mascota y, ante la ley que nosotros hemos escrito, mi propiedad.
Un golpe suave en la puerta interrumpió el momento. Rabastan soltó a Ron con un gesto de fastidio.
—¡Adelante!
Un hombre joven, vestido con el uniforme de los sirvientes de bajo rango, entró con la cabeza baja. Llevaba una bandeja con una jarra de agua y copas de cristal. Ron sintió que el corazón le daba un vuelco tan violento que temió que Rabastan pudiera oírlo.
Era Percy.
Su hermano mayor, el prefecto perfecto, el hombre que había elegido las reglas sobre la familia, estaba allí. Sus gafas estaban ligeramente empañadas y su postura era de total sumisión, pero Ron reconoció la tensión en sus hombros, la forma en que sus nudillos estaban blancos al sostener la bandeja.
—El vino que pidió, señor —dijo Percy, su voz monótona, despojada de cualquier rastro de su habitual pomposidad.
—Déjalo ahí, Weatherby, o como te llames —gruñó Rabastan, volviendo su atención a Ron—. Asegúrate de que mi "esposa" esté lista en diez minutos. Si le falta un solo alfiler, te cortaré la lengua.
Rabastan salió de la habitación, dejando tras de sí un rastro de opresión. En cuanto la puerta se cerró, el silencio se volvió denso. Ron se giró rápidamente, olvidando su protocolo.
—Percy... —el nombre fue un suspiro roto.
Percy dejó la bandeja sobre la mesa con un ruido metálico y, en un segundo, cruzó la habitación para arrodillarse frente a su hermano. Sus manos, temblorosas, buscaron las de Ron.
—Shh, Ron, no hables alto —susurró Percy. Sus ojos, antes llenos de ambición y leyes, ahora estaban inyectados en sangre y nublados por el horror—. Por Merlín, ¿qué te han hecho? Estás... estás tan flaco.
—Tienes que irte, Perce —dijo Ron, la urgencia devolviéndole un poco de fuerza—. Si te descubren, te matarán. O algo peor. Rabastan... él no es como los demás. Le gusta romper cosas. No dejes que te rompa a ti también.
Percy apretó las manos de Ron. El contacto físico era lo más real que Ron había sentido en meses. No era el toque de un captor ni el dolor de una maldición; era el calor de su propia sangre, de su hogar perdido.
—No me voy a ir sin ti —dijo Percy con una ferocidad que Ron nunca le había conocido—. He sido un estúpido, Ron. Creí en el orden, creí en el Ministerio... pero este mundo que han construido es una pesadilla. Ver lo que te hacen, escuchar los gritos desde las cocinas...
Percy se detuvo, su mandíbula temblando. Había pasado semanas infiltrado, usando poción multijugos y hechizos de alteración para trabajar como un simple sirviente, escuchando a través de las paredes cómo Rabastan se jactaba de sus planes para "domar" al pequeño de los Weasley. Cada palabra había sido un clavo en el ataúd de su antigua vida.
—He matado a un hombre para estar aquí, Ron —confesó Percy en un susurro febril—. El sirviente original. Tuve que hacerlo. Y lo haría de nuevo. Mataría a cada uno de ellos si eso significara sacarte de esta casa.
Ron miró a su hermano con asombro. El Percy que conocía no rompería una regla de tránsito, y mucho menos cometería un asesinato. El amor y la culpa habían transformado al burócrata en un espía desesperado.
—No puedes —dijo Ron, las lágrimas finalmente asomando a sus ojos—. Rabastan tiene la llave de esta gargantilla. Si intento salir de los límites de la propiedad, el collar se cerrará hasta que...
—Lo sé. He estado estudiando los diagramas en la biblioteca de la oficina de ejecuciones —dijo Percy, recuperando por un momento su tono de sabelotodo, aunque cargado de una oscuridad nueva—. No es solo magia, es un contrato de sangre. Necesito la sangre de Rabastan para anularlo. Y la voy a conseguir.
—Percy, escucha —Ron lo agarró por las solapas del chaleco—. Si algo sale mal, huye. No dejes que te atrapen. Dile a mamá que... dile que luché. Que no dejé que me usaran para sus planes de linaje.
—Nadie va a morir hoy, excepto quizás ese bastardo si se cruza en mi camino —Percy se puso de pie al oír pasos en el pasillo—. Tengo un traslador listo para el viernes. Estará en el jardín de rosas, detrás de la estatua de la virgen negra. Tienes que estar allí a medianoche.
—¿Cómo llegaré? Rabastan me encierra cada noche.
—Yo me encargaré de la guardia. Solo... sobrevive un poco más, Ron. Por favor. Perdóname por no haber estado ahí antes.
La puerta se abrió de nuevo y Percy se encogió instantáneamente, volviendo a su papel de sirviente invisible. Rabastan entró, luciendo una sonrisa cruel.
—¿Sigue aquí, inútil? —le espetó a Percy—. Fuera.
Percy hizo una reverencia servil y salió de la habitación sin mirar atrás, aunque Ron pudo ver cómo sus hombros se tensaban al pasar junto al mortífago.
Rabastan se acercó a Ron y le acarició la mejilla con el dorso de la mano. Ron se obligó a no apartarse. Tenía que ser astuto. Tenía que jugar el papel de la víctima sumisa un poco más.
—Pareces más animado, Ronald. ¿Es la perspectiva de la cena? ¿O finalmente has aceptado tu destino como la joya de mi corona?
—Tengo hambre —mintió Ron, bajando la mirada para ocultar el fuego que Percy había reencendido en él—. Solo quiero que esto acabe.
—Oh, esto apenas comienza —rio Rabastan, tomándolo del brazo con fuerza—. Esta noche, después de que los invitados se vayan, celebraremos nuestra unión de una forma más... íntima. Es hora de que cumplas con tu deber más importante. Los Lestrange necesitan herederos, y tú tienes una genética pura que sería un desperdicio no aprovechar.
Ron sintió un frío glacial recorrerle la columna. La amenaza de la violación, de ser usado como una incubadora para la oscuridad, nunca había sido tan inminente. Pero esta vez, bajo el miedo, había algo más.
Había un plan. Había un hermano que lo amaba más que a las reglas.
—Como digas, Rabastan —dijo Ron, su voz firme a pesar del temblor de sus manos.
Caminaron hacia el gran salón, donde la élite de los sangre pura esperaba para burlarse de la caída del mejor amigo de Harry Potter. Ron caminaba con la cabeza alta, no por orgullo de su posición, sino porque sabía que cada paso lo acercaba más al viernes.
Percy, desde las sombras del pasillo, observaba cómo se llevaban a su hermano pequeño. Sus dedos acariciaban el mango de una daga de plata escondida en su manga. Ya no era un empleado del Ministerio. Ya no era un Weasley que buscaba aprobación. Era un cazador en el corazón de la bestia, y no descansaría hasta que la sangre de los opresores manchara el suelo que su hermano se veía obligado a pisar.
El mundo de Percy se había reducido a una sola verdad: Ron era su sangre, y por la sangre, se cometían los pecados más necesarios.
—Pronto, Ron —susurró para sí mismo, mientras las luces del salón se encendían y las risas crueles comenzaban a resonar—. Pronto quemaremos esta casa hasta los cimientos.
En el salón, Ron soportó las miradas lascivas y los comentarios degradantes. Rabastan lo exhibía como un trofeo de guerra, manteniendo una mano posesiva en su cintura. Ron miró hacia la ventana, hacia la oscuridad del jardín donde el traslador lo esperaría.
Sabía que el precio de su libertad podría ser la cordura de Percy, o la vida de ambos. Pero mientras sentía el peso de la gargantilla de plata, Ron Weasley tomó una decisión silenciosa. No sería una víctima. No sería una madre para monstruos.
Sería el fuego que consumiría la Mansión Lestrange, guiado por la mano del hermano al que una vez llamó traidor, y que ahora era su único salvador.
Ron apretó los puños sobre sus muslos. Sus manos, antes callosas por el vuelo y el trabajo, estaban ahora suaves, obligadas a la inactividad. Intentó buscar en su interior esa chispa de terquedad que siempre lo había definido, pero el hambre, el cansancio y el miedo constante la habían reducido a una brasa agonizante.
La puerta se abrió sin previo aviso. Ron no saltó; había aprendido que cualquier movimiento brusco era interpretado como un desafío que Rabastan disfrutaba castigar.
—Mírate, sangre sucia por elección —la voz de Rabastan era una caricia venenosa—. Casi pareces un caballero de linaje. Casi.
El mortífago se acercó, sus pasos resonando en el mármol. Se detuvo detrás de Ron y puso sus manos sobre los hombros del joven. Ron sintió una náusea violenta, pero mantuvo la mirada fija en el espejo. Rabastan disfrutaba de su resistencia silenciosa tanto como de sus gritos.
—Hoy tenemos invitados, Ronald. El Ministerio quiere ver cómo se reforma a un traidor. Quieren ver los frutos de nuestra... unión.
—No soy tu esposa —susurró Ron, su voz raspando contra su garganta seca—. Soy un prisionero.
Rabastan se inclinó, su aliento oliendo a vino caro y magia oscura, y apretó los dedos en los hombros de Ron hasta que este soltó un quejido sordo.
—Eres lo que yo diga que eres. Eres el vientre que dará herederos a los Lestrange si decido que tu sangre no está demasiado contaminada por la asociación con Potter. Eres mi juguete, mi mascota y, ante la ley que nosotros hemos escrito, mi propiedad.
Un golpe suave en la puerta interrumpió el momento. Rabastan soltó a Ron con un gesto de fastidio.
—¡Adelante!
Un hombre joven, vestido con el uniforme de los sirvientes de bajo rango, entró con la cabeza baja. Llevaba una bandeja con una jarra de agua y copas de cristal. Ron sintió que el corazón le daba un vuelco tan violento que temió que Rabastan pudiera oírlo.
Era Percy.
Su hermano mayor, el prefecto perfecto, el hombre que había elegido las reglas sobre la familia, estaba allí. Sus gafas estaban ligeramente empañadas y su postura era de total sumisión, pero Ron reconoció la tensión en sus hombros, la forma en que sus nudillos estaban blancos al sostener la bandeja.
—El vino que pidió, señor —dijo Percy, su voz monótona, despojada de cualquier rastro de su habitual pomposidad.
—Déjalo ahí, Weatherby, o como te llames —gruñó Rabastan, volviendo su atención a Ron—. Asegúrate de que mi "esposa" esté lista en diez minutos. Si le falta un solo alfiler, te cortaré la lengua.
Rabastan salió de la habitación, dejando tras de sí un rastro de opresión. En cuanto la puerta se cerró, el silencio se volvió denso. Ron se giró rápidamente, olvidando su protocolo.
—Percy... —el nombre fue un suspiro roto.
Percy dejó la bandeja sobre la mesa con un ruido metálico y, en un segundo, cruzó la habitación para arrodillarse frente a su hermano. Sus manos, temblorosas, buscaron las de Ron.
—Shh, Ron, no hables alto —susurró Percy. Sus ojos, antes llenos de ambición y leyes, ahora estaban inyectados en sangre y nublados por el horror—. Por Merlín, ¿qué te han hecho? Estás... estás tan flaco.
—Tienes que irte, Perce —dijo Ron, la urgencia devolviéndole un poco de fuerza—. Si te descubren, te matarán. O algo peor. Rabastan... él no es como los demás. Le gusta romper cosas. No dejes que te rompa a ti también.
Percy apretó las manos de Ron. El contacto físico era lo más real que Ron había sentido en meses. No era el toque de un captor ni el dolor de una maldición; era el calor de su propia sangre, de su hogar perdido.
—No me voy a ir sin ti —dijo Percy con una ferocidad que Ron nunca le había conocido—. He sido un estúpido, Ron. Creí en el orden, creí en el Ministerio... pero este mundo que han construido es una pesadilla. Ver lo que te hacen, escuchar los gritos desde las cocinas...
Percy se detuvo, su mandíbula temblando. Había pasado semanas infiltrado, usando poción multijugos y hechizos de alteración para trabajar como un simple sirviente, escuchando a través de las paredes cómo Rabastan se jactaba de sus planes para "domar" al pequeño de los Weasley. Cada palabra había sido un clavo en el ataúd de su antigua vida.
—He matado a un hombre para estar aquí, Ron —confesó Percy en un susurro febril—. El sirviente original. Tuve que hacerlo. Y lo haría de nuevo. Mataría a cada uno de ellos si eso significara sacarte de esta casa.
Ron miró a su hermano con asombro. El Percy que conocía no rompería una regla de tránsito, y mucho menos cometería un asesinato. El amor y la culpa habían transformado al burócrata en un espía desesperado.
—No puedes —dijo Ron, las lágrimas finalmente asomando a sus ojos—. Rabastan tiene la llave de esta gargantilla. Si intento salir de los límites de la propiedad, el collar se cerrará hasta que...
—Lo sé. He estado estudiando los diagramas en la biblioteca de la oficina de ejecuciones —dijo Percy, recuperando por un momento su tono de sabelotodo, aunque cargado de una oscuridad nueva—. No es solo magia, es un contrato de sangre. Necesito la sangre de Rabastan para anularlo. Y la voy a conseguir.
—Percy, escucha —Ron lo agarró por las solapas del chaleco—. Si algo sale mal, huye. No dejes que te atrapen. Dile a mamá que... dile que luché. Que no dejé que me usaran para sus planes de linaje.
—Nadie va a morir hoy, excepto quizás ese bastardo si se cruza en mi camino —Percy se puso de pie al oír pasos en el pasillo—. Tengo un traslador listo para el viernes. Estará en el jardín de rosas, detrás de la estatua de la virgen negra. Tienes que estar allí a medianoche.
—¿Cómo llegaré? Rabastan me encierra cada noche.
—Yo me encargaré de la guardia. Solo... sobrevive un poco más, Ron. Por favor. Perdóname por no haber estado ahí antes.
La puerta se abrió de nuevo y Percy se encogió instantáneamente, volviendo a su papel de sirviente invisible. Rabastan entró, luciendo una sonrisa cruel.
—¿Sigue aquí, inútil? —le espetó a Percy—. Fuera.
Percy hizo una reverencia servil y salió de la habitación sin mirar atrás, aunque Ron pudo ver cómo sus hombros se tensaban al pasar junto al mortífago.
Rabastan se acercó a Ron y le acarició la mejilla con el dorso de la mano. Ron se obligó a no apartarse. Tenía que ser astuto. Tenía que jugar el papel de la víctima sumisa un poco más.
—Pareces más animado, Ronald. ¿Es la perspectiva de la cena? ¿O finalmente has aceptado tu destino como la joya de mi corona?
—Tengo hambre —mintió Ron, bajando la mirada para ocultar el fuego que Percy había reencendido en él—. Solo quiero que esto acabe.
—Oh, esto apenas comienza —rio Rabastan, tomándolo del brazo con fuerza—. Esta noche, después de que los invitados se vayan, celebraremos nuestra unión de una forma más... íntima. Es hora de que cumplas con tu deber más importante. Los Lestrange necesitan herederos, y tú tienes una genética pura que sería un desperdicio no aprovechar.
Ron sintió un frío glacial recorrerle la columna. La amenaza de la violación, de ser usado como una incubadora para la oscuridad, nunca había sido tan inminente. Pero esta vez, bajo el miedo, había algo más.
Había un plan. Había un hermano que lo amaba más que a las reglas.
—Como digas, Rabastan —dijo Ron, su voz firme a pesar del temblor de sus manos.
Caminaron hacia el gran salón, donde la élite de los sangre pura esperaba para burlarse de la caída del mejor amigo de Harry Potter. Ron caminaba con la cabeza alta, no por orgullo de su posición, sino porque sabía que cada paso lo acercaba más al viernes.
Percy, desde las sombras del pasillo, observaba cómo se llevaban a su hermano pequeño. Sus dedos acariciaban el mango de una daga de plata escondida en su manga. Ya no era un empleado del Ministerio. Ya no era un Weasley que buscaba aprobación. Era un cazador en el corazón de la bestia, y no descansaría hasta que la sangre de los opresores manchara el suelo que su hermano se veía obligado a pisar.
El mundo de Percy se había reducido a una sola verdad: Ron era su sangre, y por la sangre, se cometían los pecados más necesarios.
—Pronto, Ron —susurró para sí mismo, mientras las luces del salón se encendían y las risas crueles comenzaban a resonar—. Pronto quemaremos esta casa hasta los cimientos.
En el salón, Ron soportó las miradas lascivas y los comentarios degradantes. Rabastan lo exhibía como un trofeo de guerra, manteniendo una mano posesiva en su cintura. Ron miró hacia la ventana, hacia la oscuridad del jardín donde el traslador lo esperaría.
Sabía que el precio de su libertad podría ser la cordura de Percy, o la vida de ambos. Pero mientras sentía el peso de la gargantilla de plata, Ron Weasley tomó una decisión silenciosa. No sería una víctima. No sería una madre para monstruos.
Sería el fuego que consumiría la Mansión Lestrange, guiado por la mano del hermano al que una vez llamó traidor, y que ahora era su único salvador.
