
← Volver a la lista de fanfics
0 me gusta
naruto la reencarnacion de yugiro hanma
Fandom: naruto
Creado: 31/5/2026
Etiquetas
UA (Universo Alternativo)DramaAngustiaOscuroAcciónCrossoverDiscriminaciónDivergenciaEstudio de Personaje
El Despertar de la Criatura Más Fuerte
La lluvia caía con una furia implacable sobre las calles de Konoha, como si el mismo cielo intentara lavar el pecado que se cometía en las sombras de un callejón sin salida. Naruto, un niño de apenas seis años con ojos azul profundo y cabello rubio alborotado, yacía en el suelo, protegiéndose la cabeza con sus pequeños brazos.
—¡Muere, engendro! —gritó uno de los aldeanos, descargando una patada en las costillas del niño.
—¡Por tu culpa el Cuarto Hokage tuvo que sacrificar la paz para sellar al demonio en tus hermanas! —bramó un shinobi de rango bajo, cuya frustración se traducía en violencia física.
Minato Namikaze y Kushina Uzumaki, los héroes de la aldea, habían tomado una decisión años atrás: centrar toda su atención en Mito y Naruko, las portadoras del chakra del Kyubi. En su afán por entrenar a las "salvadoras del mundo", se olvidaron de que tenían un tercer hijo. Un hijo que no tenía chakra demoníaco, un hijo que, a los ojos de sus padres, era simplemente "normal". El abandono no fue solo físico; fue un vacío emocional que dejó a Naruto a merced del odio de una turba que lo usaba como chivo expiatorio.
La conciencia de Naruto comenzó a desvanecerse bajo la lluvia de golpes. El dolor alcanzó un punto de ruptura, y de repente, el sonido de los insultos y los impactos se volvió sordo.
Abrió los ojos en un lugar diferente. No había callejones, ni lluvia, ni sangre. Se encontraba en un salón inmenso, cuyas paredes parecían hechas de obsidiana y sudor. El aire era pesado, cargado con una testosterona tan densa que dificultaba la respiración.
—¿Así que este es mi "recipiente"? —Una voz profunda, vibrante como el rugido de un volcán, retumbó en el espacio.
Naruto se dio la vuelta, temblando. Frente a él, sentado en un trono de hierro, se encontraba un hombre cuya sola presencia desafiaba las leyes de la naturaleza. Era una montaña de músculos definidos, con un cabello rojo oscuro que parecía llamas estáticas y una mirada que destilaba una arrogancia absoluta.
—¿Quién eres tú? —preguntó Naruto con voz quebrada.
El hombre se puso de pie. Cada movimiento suyo desplazaba el aire con una fuerza violenta.
—Me llaman Yujiro Hanma. El Ogro. La criatura más fuerte sobre la faz de la tierra —dijo el hombre, caminando hacia el niño—. Y me parece patético que alguien que comparte mi linaje espiritual esté suplicando por su vida ante un montón de basura sin talento.
—Ellos... ellos son fuertes —susurró Naruto, bajando la mirada.
Yujiro soltó una carcajada que sacudió los cimientos del espacio mental de Naruto. En un movimiento más rápido de lo que el ojo podía seguir, el gigante estaba frente al niño, levantándolo del cuello de su camisa rota.
—¿Fuertes? —Yujiro lo miró con desprecio—. La fuerza no es algo que se recibe por un sello o por un linaje de ojos mágicos. La fuerza es el deseo absoluto de dominar. En este mundo de ninjas que dependen de trucos y energía externa, tú serás el único que se alzará sobre todos usando solo su carne y sus huesos.
—Quiero... quiero ser fuerte —dijo Naruto, y por primera vez, el miedo en sus ojos fue reemplazado por una chispa de ira pura—. Quiero que dejen de mirarme como si fuera nada.
Yujiro sonrió, una expresión depredadora que mostraba todos sus dientes.
—Entonces prepárate, mocoso. A partir de hoy, tu infierno personal comienza. No habrá chakra, no habrá jutsus. Solo habrá dolor, rotura de fibras y la forja del demonio.
Pasaron cuatro años en el mundo real, pero en el espacio mental de Naruto, el tiempo era una herramienta maleable bajo la voluntad de Yujiro. El niño que solía llorar desapareció. En su lugar, algo nuevo y aterrador comenzó a gestarse.
Naruto dejó de vivir en las calles de forma pasiva. Empezó a robar, pero no como un mendigo, sino como un depredador que toma lo que le pertenece. Robaba comida de alta calidad, suplementos y dinero de los mismos shinobis que intentaban cazarlo. Se inscribió en la academia ninja solo por formalidad, apareciendo únicamente para los exámenes necesarios. El resto del tiempo, se perdía en los bosques prohibidos, donde entrenaba hasta que sus huesos crujían y sus músculos se desgarraban, solo para sanar más fuertes bajo la tutela mental del Ogro.
El día del examen final para la asignación de equipos llegó. La academia de Konoha estaba llena de murmullos. Los "Dos Hermanos de Oro", Mito y Naruko, caminaban por los pasillos rodeadas de admiradores. Eran hermosas, poderosas y ostentaban el orgullo de ser las hijas del Hokage.
—¿Crees que aparezca hoy? —preguntó Mito a su hermana, ajustándose su banda ninja.
—¿Quién? ¿Naruto? —Naruko soltó una risita—. Probablemente esté escondido en algún callejón. Papá dice que ni siquiera tiene talento para el taijutsu básico. Es una vergüenza para el nombre Namikaze.
—Ni siquiera deberíamos llamarlo hermano —sentenció Mito con frialdad—. Un ninja sin chakra es solo un estorbo.
En ese momento, las puertas del salón de clases se abrieron de par en par. No fue un golpe fuerte, pero la presión que entró con el individuo hizo que todos los presentes guardaran silencio por instinto.
Un joven de doce años entró en la sala. Pero no era el niño de doce años que nadie esperaba. Era alto, mucho más que cualquier otro estudiante, con una espalda tan ancha que parecía llenar el marco de la puerta. Su cabello rubio se había oscurecido a un tono más cobrizo y lo llevaba salvaje, hacia atrás. Vestía unos pantalones negros holgados y una camisa de tirantes que no podía ocultar la musculatura hipertrofiada y definida que poseía. Su mandíbula era cuadrada, y sus ojos... sus ojos ya no eran azules claros, sino de un ámbar oscuro que miraba a todos como si fueran insectos.
Caminaba con una confianza que bordeaba la insolencia, cada paso resonando con un peso antinatural.
—¿Quién es ese? —susurró Sakura, temblando sin saber por qué.
—No puede ser... —Sasuke Uchiha apretó los puños, sintiendo que su instinto de supervivencia le gritaba que se alejara de ese sujeto.
El joven se sentó en la última fila, cruzando sus brazos masivos. Iruka Umino, el instructor, tragó saliva con dificultad.
—¿Naruto? ¿Eres tú? —preguntó Iruka, con la voz temblorosa.
El joven lo miró de reojo, una mirada cargada de un aburrimiento letal.
—Empieza el examen, instructor —dijo Naruto. Su voz había cambiado; ya no era aguda, sino un barítono profundo que parecía vibrar en el pecho de los presentes—. No tengo todo el día para perderlo con niños.
—¡Oye! ¿A quién llamas niño? —gritó Kiba Inuzuka, levantándose de su asiento, incitado por el comentario—. ¡Has estado faltando a clases y robando comida por años! ¡No eres más que un delincuente!
Naruto ni siquiera se movió. Simplemente giró levemente el cuello, y un crujido seco resonó en el aula.
—Un perro que ladra mucho suele ser el primero en ser devorado —dijo Naruto con una sonrisa que no llegó a sus ojos.
Kiba sintió un escalofrío recorrer su columna. Akamaru, dentro de su chaqueta, comenzó a lloriquear de puro terror. El instinto animal del perro le decía que lo que tenía enfrente no era un humano, sino una bestia vestida con piel de hombre.
El examen de jutsu comenzó. Cuando fue el turno de Naruto, el salón se llenó de expectación.
—Naruto Uzumaki... —Iruka dudó un momento al ver el apellido en la lista, sabiendo que el chico ya no lo usaba—. Por favor, realiza el Jutsu de Clonación.
Naruto caminó hacia el frente. Se detuvo ante Iruka y Mizuki. No hizo ningún sello de manos. Simplemente se quedó allí, de pie, con las manos en los bolsillos.
—No uso chakra —dijo Naruto con total naturalidad.
—¿Qué? —Mizuki frunció el ceño—. Naruto, sin chakra no puedes ser un ninja. Son las reglas.
—Las reglas son para los débiles que necesitan muletas para luchar —respondió Naruto, sacando una mano del bolsillo.
De repente, la atmósfera en la habitación cambió. Naruto flexionó los músculos de su espalda. A través de su camisa, los presentes pudieron jurar que la musculatura de su espalda se deformaba, formando algo parecido al rostro de un demonio sonriente.
—Observa —dijo Naruto.
En un estallido de velocidad que nadie, ni siquiera los jounins que observaban desde las sombras, pudo seguir por completo, Naruto lanzó un golpe al aire frente a él. No hubo contacto físico con nada, pero la presión del aire desplazada fue tan violenta que las ventanas del salón estallaron hacia afuera y una onda de choque derribó a los estudiantes de las primeras filas.
Iruka y Mizuki se quedaron paralizados, el viento aún azotando sus rostros.
—¿Eso cuenta como un jutsu? —preguntó Naruto, con una expresión de arrogancia absoluta.
—¡Eso es imposible! —gritó Mito desde su asiento—. ¡Nadie puede generar esa fuerza solo con aire! ¡Debes estar usando un sello oculto!
Naruto se giró hacia su "hermana". La miró de arriba abajo con un desprecio que la hizo retroceder un paso.
—Mito —dijo él, pronunciando su nombre como si fuera algo sucio—. Sigues siendo tan pequeña. Sigues dependiendo de ese zorro que llevas dentro. Algún día, te demostraré que todo ese poder que crees tener no es más que papel frente a un incendio.
—¡Cómo te atreves! —Naruko intentó levantarse, pero la presión que Naruto emanaba la mantuvo clavada en su asiento. Era una presión física, una sed de sangre tan pura que dificultaba el flujo de su propio chakra.
—Iruka-sensei —dijo Naruto, ignorándolas—. ¿Aprobé o tengo que destruir el edificio para demostrar mi punto?
Iruka, aún en shock, tomó una banda ninja de la mesa con manos temblorosas.
—Aprobaste, Naruto.
El joven tomó la banda, pero no se la puso en la frente. Se la guardó en el bolsillo como si fuera un trofeo sin valor.
—Nos vemos en la asignación de equipos —dijo, dándose la vuelta y saliendo del salón.
Mientras caminaba por los pasillos de la academia, Naruto sintió la voz de Yujiro en su mente.
—Has crecido, pero todavía te falta ese instinto asesino final. Estos ninjas son blandos. Konoha es un nido de palomas gordas.
—Lo sé, maestro —respondió Naruto para sí mismo—. Pero pronto, todos sabrán que el apellido Namikaze no significa nada. Solo existe la fuerza.
Al salir al patio, se encontró con una figura que no esperaba. Minato Namikaze, el Cuarto Hokage, estaba allí, esperando a sus hijas. Al ver a Naruto, Minato se quedó congelado. No reconoció al niño de inmediato, pero el parecido físico con el hombre que Naruto ahora emulaba, sumado a los rasgos que aún conservaba de su familia, le dieron la respuesta.
—¿Naruto? —preguntó Minato, con una mezcla de culpa y asombro—. ¿Eres tú? Te ves... diferente.
Naruto se detuvo frente al hombre que le dio la vida y luego lo condenó al olvido. No hubo odio en su mirada, lo cual fue mucho más doloroso para Minato. Solo había una indiferencia gélida.
—Hokage-sama —dijo Naruto, usando el título formal—. Por favor, muévase de mi camino. Está bloqueando el sol.
—Naruto, hijo, necesitamos hablar... Kushina y yo hemos estado muy ocupados con el entrenamiento de tus hermanas, pero ahora que te has graduado...
—No soy tu hijo —lo interrumpió Naruto, dando un paso hacia adelante. A pesar de que Minato era un hombre alto y un guerrero legendario, Naruto lo miraba casi a los ojos, y su presencia física parecía devorar el espacio de Minato—. Soy el resultado de tu negligencia y de mi propia voluntad. No me busques para redimir tu conciencia.
Minato sintió una punzada de temor. No era el temor a un enemigo, sino el temor instintivo de un depredador ante un ápice de la naturaleza que no podía comprender. El chakra de Naruto era inexistente, pero su vitalidad era tan desbordante que se sentía como estar frente a una hoguera gigante.
Naruto pasó por al lado del Hokage, rozando su hombro con el de él. Minato no se movió. Se quedó allí, mirando cómo el hijo que había abandonado se alejaba, caminando con la espalda recta y los hombros anchos, como un rey que caminaba entre las ruinas de un reino que pronto reclamaría.
—Ese chico... —susurró una voz en la sombra. Era Kakashi Hatake, que había presenciado la escena—. Minato-sensei, no creo que ese sea el Naruto que recordamos.
—No —respondió Minato, con un tono de tristeza profunda—. Ese no es un ninja. Es algo mucho más peligroso.
Naruto llegó a la cima del monumento Hokage, sentándose sobre la cabeza de piedra de su padre. Miró hacia abajo a la aldea que lo había despreciado.
—Pronto —murmuró, mientras sus músculos se tensaban bajo su piel—. Pronto el mundo conocerá el estilo Hanma. Y Konoha será el primer lugar en temblar.
Una sonrisa salvaje surcó su rostro mientras el sol se ponía, bañando su figura en un rojo sangre que hacía que su silueta pareciera la de un demonio real, listo para devorar el mundo. El entrenamiento con Yujiro había terminado; ahora, la cacería comenzaba.
—¡Muere, engendro! —gritó uno de los aldeanos, descargando una patada en las costillas del niño.
—¡Por tu culpa el Cuarto Hokage tuvo que sacrificar la paz para sellar al demonio en tus hermanas! —bramó un shinobi de rango bajo, cuya frustración se traducía en violencia física.
Minato Namikaze y Kushina Uzumaki, los héroes de la aldea, habían tomado una decisión años atrás: centrar toda su atención en Mito y Naruko, las portadoras del chakra del Kyubi. En su afán por entrenar a las "salvadoras del mundo", se olvidaron de que tenían un tercer hijo. Un hijo que no tenía chakra demoníaco, un hijo que, a los ojos de sus padres, era simplemente "normal". El abandono no fue solo físico; fue un vacío emocional que dejó a Naruto a merced del odio de una turba que lo usaba como chivo expiatorio.
La conciencia de Naruto comenzó a desvanecerse bajo la lluvia de golpes. El dolor alcanzó un punto de ruptura, y de repente, el sonido de los insultos y los impactos se volvió sordo.
Abrió los ojos en un lugar diferente. No había callejones, ni lluvia, ni sangre. Se encontraba en un salón inmenso, cuyas paredes parecían hechas de obsidiana y sudor. El aire era pesado, cargado con una testosterona tan densa que dificultaba la respiración.
—¿Así que este es mi "recipiente"? —Una voz profunda, vibrante como el rugido de un volcán, retumbó en el espacio.
Naruto se dio la vuelta, temblando. Frente a él, sentado en un trono de hierro, se encontraba un hombre cuya sola presencia desafiaba las leyes de la naturaleza. Era una montaña de músculos definidos, con un cabello rojo oscuro que parecía llamas estáticas y una mirada que destilaba una arrogancia absoluta.
—¿Quién eres tú? —preguntó Naruto con voz quebrada.
El hombre se puso de pie. Cada movimiento suyo desplazaba el aire con una fuerza violenta.
—Me llaman Yujiro Hanma. El Ogro. La criatura más fuerte sobre la faz de la tierra —dijo el hombre, caminando hacia el niño—. Y me parece patético que alguien que comparte mi linaje espiritual esté suplicando por su vida ante un montón de basura sin talento.
—Ellos... ellos son fuertes —susurró Naruto, bajando la mirada.
Yujiro soltó una carcajada que sacudió los cimientos del espacio mental de Naruto. En un movimiento más rápido de lo que el ojo podía seguir, el gigante estaba frente al niño, levantándolo del cuello de su camisa rota.
—¿Fuertes? —Yujiro lo miró con desprecio—. La fuerza no es algo que se recibe por un sello o por un linaje de ojos mágicos. La fuerza es el deseo absoluto de dominar. En este mundo de ninjas que dependen de trucos y energía externa, tú serás el único que se alzará sobre todos usando solo su carne y sus huesos.
—Quiero... quiero ser fuerte —dijo Naruto, y por primera vez, el miedo en sus ojos fue reemplazado por una chispa de ira pura—. Quiero que dejen de mirarme como si fuera nada.
Yujiro sonrió, una expresión depredadora que mostraba todos sus dientes.
—Entonces prepárate, mocoso. A partir de hoy, tu infierno personal comienza. No habrá chakra, no habrá jutsus. Solo habrá dolor, rotura de fibras y la forja del demonio.
Pasaron cuatro años en el mundo real, pero en el espacio mental de Naruto, el tiempo era una herramienta maleable bajo la voluntad de Yujiro. El niño que solía llorar desapareció. En su lugar, algo nuevo y aterrador comenzó a gestarse.
Naruto dejó de vivir en las calles de forma pasiva. Empezó a robar, pero no como un mendigo, sino como un depredador que toma lo que le pertenece. Robaba comida de alta calidad, suplementos y dinero de los mismos shinobis que intentaban cazarlo. Se inscribió en la academia ninja solo por formalidad, apareciendo únicamente para los exámenes necesarios. El resto del tiempo, se perdía en los bosques prohibidos, donde entrenaba hasta que sus huesos crujían y sus músculos se desgarraban, solo para sanar más fuertes bajo la tutela mental del Ogro.
El día del examen final para la asignación de equipos llegó. La academia de Konoha estaba llena de murmullos. Los "Dos Hermanos de Oro", Mito y Naruko, caminaban por los pasillos rodeadas de admiradores. Eran hermosas, poderosas y ostentaban el orgullo de ser las hijas del Hokage.
—¿Crees que aparezca hoy? —preguntó Mito a su hermana, ajustándose su banda ninja.
—¿Quién? ¿Naruto? —Naruko soltó una risita—. Probablemente esté escondido en algún callejón. Papá dice que ni siquiera tiene talento para el taijutsu básico. Es una vergüenza para el nombre Namikaze.
—Ni siquiera deberíamos llamarlo hermano —sentenció Mito con frialdad—. Un ninja sin chakra es solo un estorbo.
En ese momento, las puertas del salón de clases se abrieron de par en par. No fue un golpe fuerte, pero la presión que entró con el individuo hizo que todos los presentes guardaran silencio por instinto.
Un joven de doce años entró en la sala. Pero no era el niño de doce años que nadie esperaba. Era alto, mucho más que cualquier otro estudiante, con una espalda tan ancha que parecía llenar el marco de la puerta. Su cabello rubio se había oscurecido a un tono más cobrizo y lo llevaba salvaje, hacia atrás. Vestía unos pantalones negros holgados y una camisa de tirantes que no podía ocultar la musculatura hipertrofiada y definida que poseía. Su mandíbula era cuadrada, y sus ojos... sus ojos ya no eran azules claros, sino de un ámbar oscuro que miraba a todos como si fueran insectos.
Caminaba con una confianza que bordeaba la insolencia, cada paso resonando con un peso antinatural.
—¿Quién es ese? —susurró Sakura, temblando sin saber por qué.
—No puede ser... —Sasuke Uchiha apretó los puños, sintiendo que su instinto de supervivencia le gritaba que se alejara de ese sujeto.
El joven se sentó en la última fila, cruzando sus brazos masivos. Iruka Umino, el instructor, tragó saliva con dificultad.
—¿Naruto? ¿Eres tú? —preguntó Iruka, con la voz temblorosa.
El joven lo miró de reojo, una mirada cargada de un aburrimiento letal.
—Empieza el examen, instructor —dijo Naruto. Su voz había cambiado; ya no era aguda, sino un barítono profundo que parecía vibrar en el pecho de los presentes—. No tengo todo el día para perderlo con niños.
—¡Oye! ¿A quién llamas niño? —gritó Kiba Inuzuka, levantándose de su asiento, incitado por el comentario—. ¡Has estado faltando a clases y robando comida por años! ¡No eres más que un delincuente!
Naruto ni siquiera se movió. Simplemente giró levemente el cuello, y un crujido seco resonó en el aula.
—Un perro que ladra mucho suele ser el primero en ser devorado —dijo Naruto con una sonrisa que no llegó a sus ojos.
Kiba sintió un escalofrío recorrer su columna. Akamaru, dentro de su chaqueta, comenzó a lloriquear de puro terror. El instinto animal del perro le decía que lo que tenía enfrente no era un humano, sino una bestia vestida con piel de hombre.
El examen de jutsu comenzó. Cuando fue el turno de Naruto, el salón se llenó de expectación.
—Naruto Uzumaki... —Iruka dudó un momento al ver el apellido en la lista, sabiendo que el chico ya no lo usaba—. Por favor, realiza el Jutsu de Clonación.
Naruto caminó hacia el frente. Se detuvo ante Iruka y Mizuki. No hizo ningún sello de manos. Simplemente se quedó allí, de pie, con las manos en los bolsillos.
—No uso chakra —dijo Naruto con total naturalidad.
—¿Qué? —Mizuki frunció el ceño—. Naruto, sin chakra no puedes ser un ninja. Son las reglas.
—Las reglas son para los débiles que necesitan muletas para luchar —respondió Naruto, sacando una mano del bolsillo.
De repente, la atmósfera en la habitación cambió. Naruto flexionó los músculos de su espalda. A través de su camisa, los presentes pudieron jurar que la musculatura de su espalda se deformaba, formando algo parecido al rostro de un demonio sonriente.
—Observa —dijo Naruto.
En un estallido de velocidad que nadie, ni siquiera los jounins que observaban desde las sombras, pudo seguir por completo, Naruto lanzó un golpe al aire frente a él. No hubo contacto físico con nada, pero la presión del aire desplazada fue tan violenta que las ventanas del salón estallaron hacia afuera y una onda de choque derribó a los estudiantes de las primeras filas.
Iruka y Mizuki se quedaron paralizados, el viento aún azotando sus rostros.
—¿Eso cuenta como un jutsu? —preguntó Naruto, con una expresión de arrogancia absoluta.
—¡Eso es imposible! —gritó Mito desde su asiento—. ¡Nadie puede generar esa fuerza solo con aire! ¡Debes estar usando un sello oculto!
Naruto se giró hacia su "hermana". La miró de arriba abajo con un desprecio que la hizo retroceder un paso.
—Mito —dijo él, pronunciando su nombre como si fuera algo sucio—. Sigues siendo tan pequeña. Sigues dependiendo de ese zorro que llevas dentro. Algún día, te demostraré que todo ese poder que crees tener no es más que papel frente a un incendio.
—¡Cómo te atreves! —Naruko intentó levantarse, pero la presión que Naruto emanaba la mantuvo clavada en su asiento. Era una presión física, una sed de sangre tan pura que dificultaba el flujo de su propio chakra.
—Iruka-sensei —dijo Naruto, ignorándolas—. ¿Aprobé o tengo que destruir el edificio para demostrar mi punto?
Iruka, aún en shock, tomó una banda ninja de la mesa con manos temblorosas.
—Aprobaste, Naruto.
El joven tomó la banda, pero no se la puso en la frente. Se la guardó en el bolsillo como si fuera un trofeo sin valor.
—Nos vemos en la asignación de equipos —dijo, dándose la vuelta y saliendo del salón.
Mientras caminaba por los pasillos de la academia, Naruto sintió la voz de Yujiro en su mente.
—Has crecido, pero todavía te falta ese instinto asesino final. Estos ninjas son blandos. Konoha es un nido de palomas gordas.
—Lo sé, maestro —respondió Naruto para sí mismo—. Pero pronto, todos sabrán que el apellido Namikaze no significa nada. Solo existe la fuerza.
Al salir al patio, se encontró con una figura que no esperaba. Minato Namikaze, el Cuarto Hokage, estaba allí, esperando a sus hijas. Al ver a Naruto, Minato se quedó congelado. No reconoció al niño de inmediato, pero el parecido físico con el hombre que Naruto ahora emulaba, sumado a los rasgos que aún conservaba de su familia, le dieron la respuesta.
—¿Naruto? —preguntó Minato, con una mezcla de culpa y asombro—. ¿Eres tú? Te ves... diferente.
Naruto se detuvo frente al hombre que le dio la vida y luego lo condenó al olvido. No hubo odio en su mirada, lo cual fue mucho más doloroso para Minato. Solo había una indiferencia gélida.
—Hokage-sama —dijo Naruto, usando el título formal—. Por favor, muévase de mi camino. Está bloqueando el sol.
—Naruto, hijo, necesitamos hablar... Kushina y yo hemos estado muy ocupados con el entrenamiento de tus hermanas, pero ahora que te has graduado...
—No soy tu hijo —lo interrumpió Naruto, dando un paso hacia adelante. A pesar de que Minato era un hombre alto y un guerrero legendario, Naruto lo miraba casi a los ojos, y su presencia física parecía devorar el espacio de Minato—. Soy el resultado de tu negligencia y de mi propia voluntad. No me busques para redimir tu conciencia.
Minato sintió una punzada de temor. No era el temor a un enemigo, sino el temor instintivo de un depredador ante un ápice de la naturaleza que no podía comprender. El chakra de Naruto era inexistente, pero su vitalidad era tan desbordante que se sentía como estar frente a una hoguera gigante.
Naruto pasó por al lado del Hokage, rozando su hombro con el de él. Minato no se movió. Se quedó allí, mirando cómo el hijo que había abandonado se alejaba, caminando con la espalda recta y los hombros anchos, como un rey que caminaba entre las ruinas de un reino que pronto reclamaría.
—Ese chico... —susurró una voz en la sombra. Era Kakashi Hatake, que había presenciado la escena—. Minato-sensei, no creo que ese sea el Naruto que recordamos.
—No —respondió Minato, con un tono de tristeza profunda—. Ese no es un ninja. Es algo mucho más peligroso.
Naruto llegó a la cima del monumento Hokage, sentándose sobre la cabeza de piedra de su padre. Miró hacia abajo a la aldea que lo había despreciado.
—Pronto —murmuró, mientras sus músculos se tensaban bajo su piel—. Pronto el mundo conocerá el estilo Hanma. Y Konoha será el primer lugar en temblar.
Una sonrisa salvaje surcó su rostro mientras el sol se ponía, bañando su figura en un rojo sangre que hacía que su silueta pareciera la de un demonio real, listo para devorar el mundo. El entrenamiento con Yujiro había terminado; ahora, la cacería comenzaba.
