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Fandom: Rápido y furioso
Creado: 31/5/2026
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AcciónAventuraCrimenThrillerPelícula de AmigosDivergenciaArregloViolencia GráficaAmbientación CanonEstudio de PersonajeUA (Universo Alternativo)DramaRomanceSupervivenciaPsicológicoOscuroHistoria DomésticaCelosAngustiaDolor/Consuelo
Sombras en el Retrovisor
El caos en las calles de Roma aún resonaba en sus oídos, pero Berlín no era mucho más tranquila. Owen Shaw se movía entre los callejones con la precisión de un depredador que conoce cada grieta del asfalto. Sin embargo, lo que no esperaba encontrar al doblar una esquina, bajo la luz parpadeante de una farola moribunda, era a un fantasma.
Han Seoul-Oh estaba allí, apoyado contra una pared, con la calma imperturbable que siempre lo había caracterizado, llevando una bolsa de snacks en la mano como si no estuviera en medio de una zona de guerra.
Owen se detuvo en seco, con el arma aún caliente en su funda. Sus ojos se entrecerraron, procesando la imagen.
—Tú deberías estar bajo tres metros de tierra en Tokio —soltó Owen, su voz cargada de una mezcla de sospecha y desconcierto.
Han levantó la mirada y esbozó una sonrisa mínima, casi imperceptible, antes de meterse un bocado a la boca.
—Me lo dicen mucho últimamente —respondió Han con voz pausada.
No hubo tiempo para más explicaciones. El chirrido de neumáticos y el eco de sirenas a lo lejos indicaban que la "Agencia" o lo que quedaba de los mercenarios de Dante Reyes estaban sobre ellos. Media ciudad parecía haber recibido la orden de caza.
—Muevéte, fantasma —ordenó Owen, señalando un vehículo reforzado que esperaba en la penumbra—. Si te quedas aquí, esta vez la explosión será real.
Sin dudarlo, Han lo siguió. Escaparon por los túneles de servicio, esquivando bloqueos y ráfagas de disparos en una persecución silenciosa pero letal. Owen conducía con una agresividad técnica, mientras Han observaba el mapa digital, dándole indicaciones precisas para evitar las cámaras térmicas.
Dos horas después, el ruido de la ciudad se había desvanecido, reemplazado por el susurro del viento entre los pinos. Llegaron a un escondite seguro, una cabaña fortificada en las afueras, oculta por la densa vegetación y la niebla.
Owen cerró la puerta principal y activó el sistema de seguridad electrónica. Se quitó la chaqueta táctica y observó a Han, quien ya se había acomodado en un sofá de cuero gastado.
—La primera y última vez que te vi, tu equipo trataba de matarme por llevarme a Letty cuando no tenía sus recuerdos —dijo Owen, rompiendo el silencio—. Luego supe que mi hermano Deckard, en busca de venganza contra tu equipo por lo que me hicieron, hizo chocar tu coche. Te dieron por muerto. Y ahora, simplemente regresas con vida.
Han asintió lentamente, mirando hacia la ventana.
—El mundo es un lugar pequeño para personas como nosotros, Owen. Los muertos no siempre se quedan donde los dejas.
—Dante Reyes está cazando a Toretto —continuó Owen, ignorando el misticismo del otro—. Y no solo a ellos. Está eliminando a cualquiera que alguna vez los haya ayudado. Mi familia, la tuya... todos estamos en su lista.
Owen caminó hacia la mesa donde reposaban varios mapas y tablets con inteligencia de señales. Sus ojos brillaban con una determinación fría.
—No me gusta que me cacen —sentenció Owen con un tono gélido—. Voy a cambiar el juego. Voy a cazarlos a ellos. Uno por uno.
Miró fijamente a Han, evaluando al hombre que tenía enfrente.
—Deberías venir conmigo. Solo no sobrevivirás a lo que viene.
Han guardó silencio por un momento, sopesando sus opciones. Sabía que Owen Shaw no era un héroe, pero en ese momento, era el aliado más eficiente que podía tener.
—Acepto —dijo Han simplemente—. Pero yo pongo la música.
Owen organizó todo para la partida en menos de una hora. Se trasladaron a una cabaña aún más remota en la frontera suiza, un lugar que no figuraba en ningún mapa oficial.
A la mañana siguiente, el ambiente era de una tensa calma. Han estaba sentado junto a la chimenea, leyendo un libro técnico sobre mecánica, cuando Owen se acercó y le alcanzó una taza de café humeante. Luego, Shaw se sentó frente a él y comenzó a desarmar y limpiar sus armas con una precisión quirúrgica.
—¿Cómo estás vivo? —preguntó Owen sin levantar la vista de su pistola—. Vi las fotos del informe de Deckard. El tanque de combustible explotó contigo dentro. Nadie sale de eso.
Han dejó el libro a un lado y tomó un sorbo de café, dejando que el calor le recorriera el pecho.
—Sr. Nobody —respondió Han—. Él necesitaba a alguien "muerto" para una misión de largo alcance. El choque fue real, el fuego también. Pero hubo un truco de magia, una distracción coordinada. Mientras Deckard se alejaba creyendo que había cumplido su venganza, yo ya estaba fuera del radio de la explosión. Pasé años en las sombras, vigilando.
—Trucos de espías —gruñó Owen, volviendo a montar el cañón de su arma—. Deckard se sentirá decepcionado cuando sepa que falló, aunque supongo que ahora que son "amigos", se invitarán a una cerveza.
—Algo así —dijo Han con una sonrisa irónica.
Pasaron dos semanas de entrenamiento, vigilancia y recopilación de datos. Owen no descansaba. Usaba sus contactos en el bajo mundo europeo para rastrear las células de mercenarios que Dante había contratado para asfixiar logísticamente a los Toretto.
—Tengo una pista —anunció Owen una tarde—. Un grupo de operaciones especiales renegado está operando desde un almacén en Berlín. Son los que están cortando las líneas de suministro de armas de la Agencia que Hobbs intenta recuperar. Si los eliminamos, cegamos a Dante en este sector.
Viajaron de regreso a la capital alemana bajo identidades falsas. Owen no quería un plan sutil; quería enviar un mensaje.
Cuando llegaron al almacén, Owen entró como un torbellino de acero y fuego. No hubo negociaciones. Solo el eco de disparos precisos y el sonido de cuerpos cayendo.
Han, fiel a su estilo, no intervino directamente a menos que fuera necesario. Se quedó apoyado en el capó de un BMW negro justo en la entrada de la bodega. Mientras los gritos y las detonaciones resonaban en el interior, él simplemente abrió una nueva bolsa de patatas fritas y observó el perímetro, impasible.
Minutos después, Owen salió, limpiándose una mancha de sangre de la mejilla, recargando su cargador con movimientos mecánicos.
—Limpio —dijo Owen.
—Te saltaste a uno en la pasarela superior —comentó Han, señalando con la cabeza hacia arriba—. Me encargué de él desde aquí.
Owen miró hacia la sombra y vio el cuerpo del francotirador que no había detectado. Asintió con respeto.
Una semana después, el rastro los llevó a París. Según la inteligencia de Owen, un grupo de hackers y sicarios estaba rastreando las cuentas bancarias de la familia de Mia Toretto.
—No en mi guardia —susurró Owen.
En París, la operación fue igual de quirúrgica. Owen Shaw se movía como un espectro, eliminando la amenaza antes de que esta pudiera siquiera desenfundar. Han vigilaba las salidas, asegurándose de que nadie escapara para contar la historia. Para el mundo, Owen Shaw era un criminal internacional y Han Seoul-Oh estaba muerto. Esa era su mayor ventaja.
Mientras tanto, en una base segura de la Agencia, Luke Hobbs observaba una pantalla táctica con el ceño fruncido. Dominic Toretto, Letty y el resto del equipo estaban presentes, tratando de unir las piezas del rompecabezas que Dante Reyes había destrozado.
—Tenemos actividad en Europa —dijo Hobbs, cruzándose de brazos—. Alguien está haciendo nuestro trabajo sucio. Tres células de mercenarios de Dante han sido borradas del mapa en Berlín y París en los últimos diez días.
—¿Quién? —preguntó Dom, con su voz profunda y cargada de cansancio.
—Los informes de balística y los videos de seguridad borrosos apuntan a un solo hombre —respondió Hobbs, mostrando una foto de Owen Shaw—. Owen está cazando a los cazadores.
Tej Parker, sentado ante su computadora, revisó los datos de los incidentes.
—Bueno, al menos eso nos ayuda —dijo Tej—. Owen está eliminando amenazas directas que nosotros ni siquiera habíamos localizado todavía. Es un activo, aunque sea uno peligroso.
—Pero no está solo —añadió Ramsey, analizando una imagen pixelada de un hombre apoyado en un coche en Berlín—. Siempre hay una segunda figura en las sombras. Alguien que borra los rastros digitales después de que Owen termina.
—¿Alguna idea de quién es? —preguntó Letty.
Hobbs negó con la cabeza.
—No tenemos registros. Pero quienquiera que sea, sabe cómo desaparecer.
El equipo guardó silencio, sin imaginar que su amigo, aquel que habían llorado en un funeral vacío, estaba vivo y trabajando codo a codo con el hombre que una vez fue su peor enemigo.
En la cabaña de Suiza, Owen observaba el fuego de la chimenea mientras Han preparaba algo de comer.
—Tus amigos creen que estoy haciendo esto por ellos —dijo Owen sin mirar atrás.
—¿Y no es así? —preguntó Han.
Owen soltó una risa seca y amarga.
—Lo hago porque nadie toca lo que es mío. Y en este momento, el orden de este mundo me pertenece más a mí que a ese loco de Reyes.
Han se acercó y le tendió un plato.
—A veces, las razones no importan, Owen. Solo los resultados. Y el resultado es que seguimos vivos.
Owen miró a Han y, por primera vez, hubo una chispa de camaradería real en sus ojos.
—Mañana salimos para Madrid —dijo Shaw—. Hay un convoy que necesita ser interceptado.
Han asintió, tomó su bolsa de snacks y se sentó a su lado. El juego había cambiado, y los depredadores ahora tenían nombres que el mundo prefería olvidar.
Han Seoul-Oh estaba allí, apoyado contra una pared, con la calma imperturbable que siempre lo había caracterizado, llevando una bolsa de snacks en la mano como si no estuviera en medio de una zona de guerra.
Owen se detuvo en seco, con el arma aún caliente en su funda. Sus ojos se entrecerraron, procesando la imagen.
—Tú deberías estar bajo tres metros de tierra en Tokio —soltó Owen, su voz cargada de una mezcla de sospecha y desconcierto.
Han levantó la mirada y esbozó una sonrisa mínima, casi imperceptible, antes de meterse un bocado a la boca.
—Me lo dicen mucho últimamente —respondió Han con voz pausada.
No hubo tiempo para más explicaciones. El chirrido de neumáticos y el eco de sirenas a lo lejos indicaban que la "Agencia" o lo que quedaba de los mercenarios de Dante Reyes estaban sobre ellos. Media ciudad parecía haber recibido la orden de caza.
—Muevéte, fantasma —ordenó Owen, señalando un vehículo reforzado que esperaba en la penumbra—. Si te quedas aquí, esta vez la explosión será real.
Sin dudarlo, Han lo siguió. Escaparon por los túneles de servicio, esquivando bloqueos y ráfagas de disparos en una persecución silenciosa pero letal. Owen conducía con una agresividad técnica, mientras Han observaba el mapa digital, dándole indicaciones precisas para evitar las cámaras térmicas.
Dos horas después, el ruido de la ciudad se había desvanecido, reemplazado por el susurro del viento entre los pinos. Llegaron a un escondite seguro, una cabaña fortificada en las afueras, oculta por la densa vegetación y la niebla.
Owen cerró la puerta principal y activó el sistema de seguridad electrónica. Se quitó la chaqueta táctica y observó a Han, quien ya se había acomodado en un sofá de cuero gastado.
—La primera y última vez que te vi, tu equipo trataba de matarme por llevarme a Letty cuando no tenía sus recuerdos —dijo Owen, rompiendo el silencio—. Luego supe que mi hermano Deckard, en busca de venganza contra tu equipo por lo que me hicieron, hizo chocar tu coche. Te dieron por muerto. Y ahora, simplemente regresas con vida.
Han asintió lentamente, mirando hacia la ventana.
—El mundo es un lugar pequeño para personas como nosotros, Owen. Los muertos no siempre se quedan donde los dejas.
—Dante Reyes está cazando a Toretto —continuó Owen, ignorando el misticismo del otro—. Y no solo a ellos. Está eliminando a cualquiera que alguna vez los haya ayudado. Mi familia, la tuya... todos estamos en su lista.
Owen caminó hacia la mesa donde reposaban varios mapas y tablets con inteligencia de señales. Sus ojos brillaban con una determinación fría.
—No me gusta que me cacen —sentenció Owen con un tono gélido—. Voy a cambiar el juego. Voy a cazarlos a ellos. Uno por uno.
Miró fijamente a Han, evaluando al hombre que tenía enfrente.
—Deberías venir conmigo. Solo no sobrevivirás a lo que viene.
Han guardó silencio por un momento, sopesando sus opciones. Sabía que Owen Shaw no era un héroe, pero en ese momento, era el aliado más eficiente que podía tener.
—Acepto —dijo Han simplemente—. Pero yo pongo la música.
Owen organizó todo para la partida en menos de una hora. Se trasladaron a una cabaña aún más remota en la frontera suiza, un lugar que no figuraba en ningún mapa oficial.
A la mañana siguiente, el ambiente era de una tensa calma. Han estaba sentado junto a la chimenea, leyendo un libro técnico sobre mecánica, cuando Owen se acercó y le alcanzó una taza de café humeante. Luego, Shaw se sentó frente a él y comenzó a desarmar y limpiar sus armas con una precisión quirúrgica.
—¿Cómo estás vivo? —preguntó Owen sin levantar la vista de su pistola—. Vi las fotos del informe de Deckard. El tanque de combustible explotó contigo dentro. Nadie sale de eso.
Han dejó el libro a un lado y tomó un sorbo de café, dejando que el calor le recorriera el pecho.
—Sr. Nobody —respondió Han—. Él necesitaba a alguien "muerto" para una misión de largo alcance. El choque fue real, el fuego también. Pero hubo un truco de magia, una distracción coordinada. Mientras Deckard se alejaba creyendo que había cumplido su venganza, yo ya estaba fuera del radio de la explosión. Pasé años en las sombras, vigilando.
—Trucos de espías —gruñó Owen, volviendo a montar el cañón de su arma—. Deckard se sentirá decepcionado cuando sepa que falló, aunque supongo que ahora que son "amigos", se invitarán a una cerveza.
—Algo así —dijo Han con una sonrisa irónica.
Pasaron dos semanas de entrenamiento, vigilancia y recopilación de datos. Owen no descansaba. Usaba sus contactos en el bajo mundo europeo para rastrear las células de mercenarios que Dante había contratado para asfixiar logísticamente a los Toretto.
—Tengo una pista —anunció Owen una tarde—. Un grupo de operaciones especiales renegado está operando desde un almacén en Berlín. Son los que están cortando las líneas de suministro de armas de la Agencia que Hobbs intenta recuperar. Si los eliminamos, cegamos a Dante en este sector.
Viajaron de regreso a la capital alemana bajo identidades falsas. Owen no quería un plan sutil; quería enviar un mensaje.
Cuando llegaron al almacén, Owen entró como un torbellino de acero y fuego. No hubo negociaciones. Solo el eco de disparos precisos y el sonido de cuerpos cayendo.
Han, fiel a su estilo, no intervino directamente a menos que fuera necesario. Se quedó apoyado en el capó de un BMW negro justo en la entrada de la bodega. Mientras los gritos y las detonaciones resonaban en el interior, él simplemente abrió una nueva bolsa de patatas fritas y observó el perímetro, impasible.
Minutos después, Owen salió, limpiándose una mancha de sangre de la mejilla, recargando su cargador con movimientos mecánicos.
—Limpio —dijo Owen.
—Te saltaste a uno en la pasarela superior —comentó Han, señalando con la cabeza hacia arriba—. Me encargué de él desde aquí.
Owen miró hacia la sombra y vio el cuerpo del francotirador que no había detectado. Asintió con respeto.
Una semana después, el rastro los llevó a París. Según la inteligencia de Owen, un grupo de hackers y sicarios estaba rastreando las cuentas bancarias de la familia de Mia Toretto.
—No en mi guardia —susurró Owen.
En París, la operación fue igual de quirúrgica. Owen Shaw se movía como un espectro, eliminando la amenaza antes de que esta pudiera siquiera desenfundar. Han vigilaba las salidas, asegurándose de que nadie escapara para contar la historia. Para el mundo, Owen Shaw era un criminal internacional y Han Seoul-Oh estaba muerto. Esa era su mayor ventaja.
Mientras tanto, en una base segura de la Agencia, Luke Hobbs observaba una pantalla táctica con el ceño fruncido. Dominic Toretto, Letty y el resto del equipo estaban presentes, tratando de unir las piezas del rompecabezas que Dante Reyes había destrozado.
—Tenemos actividad en Europa —dijo Hobbs, cruzándose de brazos—. Alguien está haciendo nuestro trabajo sucio. Tres células de mercenarios de Dante han sido borradas del mapa en Berlín y París en los últimos diez días.
—¿Quién? —preguntó Dom, con su voz profunda y cargada de cansancio.
—Los informes de balística y los videos de seguridad borrosos apuntan a un solo hombre —respondió Hobbs, mostrando una foto de Owen Shaw—. Owen está cazando a los cazadores.
Tej Parker, sentado ante su computadora, revisó los datos de los incidentes.
—Bueno, al menos eso nos ayuda —dijo Tej—. Owen está eliminando amenazas directas que nosotros ni siquiera habíamos localizado todavía. Es un activo, aunque sea uno peligroso.
—Pero no está solo —añadió Ramsey, analizando una imagen pixelada de un hombre apoyado en un coche en Berlín—. Siempre hay una segunda figura en las sombras. Alguien que borra los rastros digitales después de que Owen termina.
—¿Alguna idea de quién es? —preguntó Letty.
Hobbs negó con la cabeza.
—No tenemos registros. Pero quienquiera que sea, sabe cómo desaparecer.
El equipo guardó silencio, sin imaginar que su amigo, aquel que habían llorado en un funeral vacío, estaba vivo y trabajando codo a codo con el hombre que una vez fue su peor enemigo.
En la cabaña de Suiza, Owen observaba el fuego de la chimenea mientras Han preparaba algo de comer.
—Tus amigos creen que estoy haciendo esto por ellos —dijo Owen sin mirar atrás.
—¿Y no es así? —preguntó Han.
Owen soltó una risa seca y amarga.
—Lo hago porque nadie toca lo que es mío. Y en este momento, el orden de este mundo me pertenece más a mí que a ese loco de Reyes.
Han se acercó y le tendió un plato.
—A veces, las razones no importan, Owen. Solo los resultados. Y el resultado es que seguimos vivos.
Owen miró a Han y, por primera vez, hubo una chispa de camaradería real en sus ojos.
—Mañana salimos para Madrid —dijo Shaw—. Hay un convoy que necesita ser interceptado.
Han asintió, tomó su bolsa de snacks y se sentó a su lado. El juego había cambiado, y los depredadores ahora tenían nombres que el mundo prefería olvidar.
