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Fandom: Rápido y furioso

Creado: 31/5/2026

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Sombras en el Retrovisor

El caos en Londres no era algo nuevo para Han Lue, pero esta vez se sentía diferente. No era solo la policía o alguna agencia gubernamental con un exceso de presupuesto; era una cacería humana coordinada, despiadada y personal. Dante Reyes había extendido sus hilos por todo el globo, convirtiendo a cada aliado de Dominic Toretto en un blanco con fecha de caducidad.

Han dobló una esquina a toda velocidad, los neumáticos de su coche chirriando contra el pavimento mojado. Por el espejo retrovisor vio las luces de tres furgonetas negras que no le daban tregua. Una ráfaga de disparos impactó en su maletero. Maldijo entre dientes, buscando una salida en el laberinto de callejones de la ciudad. Un bloqueo más adelante lo obligó a frenar en seco y derrapar hacia un almacén aparentemente abandonado cerca de los muelles.

Saltó del coche antes de que los perseguidores llegaran, refugiándose tras unas cajas metálicas. El sonido de los motores se detuvo fuera. Pasos pesados, armas recargándose. Estaba acorralado.

De repente, el silencio fue roto por el estruendo de una escopeta, pero no venía de la entrada principal. Alguien estaba disparando desde las vigas superiores. Uno a uno, los mercenarios que habían entrado al almacén cayeron con una precisión quirúrgica.

Han se mantuvo agazapado, con su arma lista, hasta que el último cuerpo tocó el suelo. De entre las sombras de una oficina elevada, una figura descendió con calma, recargando un rifle táctico. La luz tenue de una farola exterior reveló un rostro que Han reconoció al instante, a pesar de las cicatrices y el tiempo transcurrido.

—¿Shaw? —Han bajó ligeramente el arma, aunque sus músculos seguían tensos.

Owen Shaw se detuvo a pocos metros, observándolo con una mezcla de incredulidad y frialdad profesional.

—Se supone que estás bajo tierra en Tokio —dijo Owen, su voz tan gélida como siempre—. Mi hermano no suele dejar cabos sueltos.

—Tu hermano no es tan minucioso como cree —respondió Han, recuperando su habitual aire imperturbable, aunque su corazón latía con fuerza—. ¿Tú también estás en la lista de Dante?

—Ese imbécil está tratando de limpiar el tablero —Owen escupió las palabras con desprecio mientras miraba hacia la puerta, donde más luces se aproximaban—. No me gusta que me cacen. Voy a cambiar el juego y voy a cazarlos a ellos.

El estruendo de más vehículos rodeando el edificio hizo que el suelo vibrara. Owen miró a Han, evaluándolo en una fracción de segundo. No había tiempo para rencores antiguos ni para explicaciones sobre quién había intentado matar a quién en el pasado. El enemigo de su enemigo era, en ese momento, su única opción de salida.

—Deberíamos irnos —sentenció Owen—. Ven conmigo. Si te quedas aquí, serás solo una estadística más en el plan de Reyes.

Han no lo dudó. Sabía que sus amigos estarían dispersos, huyendo por sus vidas, y que intentar contactarlos ahora solo atraería más fuego sobre ellos. Asintió una sola vez.

Owen se movió con una eficiencia militar, guiando a Han hacia una salida trasera donde un Range Rover blindado esperaba con el motor en marcha. Al ver que Han se quedaba un segundo mirando hacia el coche que acababa de abandonar, Owen lo tomó firmemente del brazo, sacudiéndolo.

—¡Tenemos que movernos ya! —le espetó, empujándolo hacia el asiento del pasajero.

El escape de Londres fue un borrón de maniobras evasivas y fuego cruzado. Owen conducía como un hombre que no le temía a la muerte, sino que la desafiaba a alcanzarlo. En menos de una hora, estaban en un aeródromo privado. En cuatro horas, el clima gris y húmedo de Inglaterra había sido reemplazado por el aire gélido y puro de Islandia.

La cabaña estaba oculta entre formaciones volcánicas y nieve eterna, un refugio que no figuraba en ningún mapa oficial. Era austera, funcional y perfectamente defendible.

Dos días después de su llegada, el silencio reinaba en el interior. Han estaba sentado en un sofá de cuero desgastado, leyendo un libro técnico sobre motores que había encontrado en una estantería, mientras el viento aullaba afuera. Owen se acercó y, sin decir palabra, le alcanzó una taza de café humeante. Luego, se sentó frente a él y comenzó a desarmar y limpiar una pistola Glock con movimientos rítmicos.

—¿Cómo estás vivo? —preguntó Owen de repente, sin levantar la vista de su arma—. Creí que Deckard te mató. Mi hermano estaba muy orgulloso de ese trabajo.

Han tomó un sorbo de café, sintiendo el calor bajar por su garganta.

—Mr. Nobody tiene recursos que harían que tu antigua unidad pareciera un grupo de boy scouts —explicó Han con calma—. Necesitaba desaparecer para proteger un activo. Deckard fue el catalizador perfecto. El choque fue real, la explosión fue real... pero yo ya no estaba en el coche cuando el fuego lo consumió.

Owen dejó la pieza del arma sobre la mesa y miró a Han a los ojos. Había un respeto silencioso en su mirada, el reconocimiento de un superviviente a otro.

—A Deckard no le va a gustar saber que falló —comentó Owen con una media sonrisa cínica—. Pero supongo que, por ahora, tenemos problemas más grandes.

Pasaron dos semanas. Islandia era el lugar perfecto para enfriarse, pero Owen Shaw no era un hombre nacido para la inactividad. Una mañana, Han lo encontró frente a una serie de monitores satelitales que habían sido instalados en la cocina.

—Tengo pistas sobre uno de los grupos que nos está rastreando —anunció Owen, señalando un punto en el mapa—. Una célula de mercenarios financiados por Reyes. Están operando en Berlín, usando un almacén de logística como base para coordinar los ataques en Europa. Voy a ir a eliminarlos.

—Iremos —corrigió Han.

—Tú te quedas atrás si quieres, pero no me estorbes —respondió Owen, aunque no hubo malicia en su tono.

Días después, el frío de Islandia fue sustituido por el ambiente industrial de Berlín. El almacén era una estructura de hormigón inmensa en las afueras de la ciudad. Owen no utilizó sutilezas. Entró por la puerta principal con una eficacia aterradora, moviéndose entre las sombras como un espectro de destrucción.

Han, cumpliendo su parte del trato de no estorbar y sabiendo que Owen prefería trabajar solo en el combate cercano, se quedó apoyado contra el capó de un BMW negro que habían "tomado prestado". Con una calma que contrastaba con el sonido de los disparos y los gritos que provenían del interior, Han sacó una bolsa de snacks de su chaqueta y comenzó a comer uno de sus aperitivos, observando la entrada.

Un mercenario salió corriendo, ensangrentado y gritando por radio, pero antes de que pudiera alejarse diez metros, una bala disparada desde el interior le atravesó el hombro, derribándolo. Owen salió poco después, guardando su arma, con el rostro salpicado de sangre ajena pero con la respiración tranquila.

—Limpio —dijo Owen, pasando junto a Han.

—Te saltaste a uno en la esquina derecha —comentó Han, señalando con un snack hacia el fondo del almacén.

—Me ocupé de él antes de salir —replicó Owen sin detenerse—. Vámonos. París es el siguiente.

Una semana más tarde, la escena se repitió en la capital francesa. Esta vez fue un equipo de extracción que intentaba localizar a Ramsey. Owen los interceptó en un hotel de lujo en construcción. Fue rápido, violento y definitivo. Han lo esperaba en el coche, manteniendo el motor encendido, observando cómo la lista de amenazas de Dante Reyes disminuía gracias a la furia de un hombre que odiaba ser la presa.

Mientras tanto, en una ubicación segura en algún lugar del Atlántico, Luke Hobbs observaba una pantalla llena de informes de inteligencia. Frente a él, el equipo de Toretto —o lo que quedaba de él en ese momento— escuchaba con atención.

—Alguien está haciendo el trabajo sucio por nosotros —dijo Hobbs, cruzando sus enormes brazos sobre el pecho—. En las últimas tres semanas, cuatro de las células de búsqueda más peligrosas de Dante han sido borradas del mapa. Berlín, París, Londres... alguien está cazando a los cazadores.

—¿Tenemos alguna firma? —preguntó Tej, tecleando rápidamente en su ordenador—. ¿Alguna cámara de seguridad?

—Solo sombras —respondió Hobbs—. Pero los métodos son familiares. Es militar, es preciso y es brutal. Mi apuesta es Owen Shaw. Parece que el hermano menor de Deckard ha decidido que no quiere que lo retiren del juego.

—¿Owen? —Tej frunció el ceño—. Creí que estaba fuera de combate o escondido. Si es él, nos está quitando un gran peso de encima. Cada mercenario que elimina es uno menos que viene por nosotros.

—Es una lástima que Han no esté aquí para verlo —susurró Roman, con la voz cargada de una tristeza inusual—. Le habría encantado ver a Shaw trabajando para nuestro bando, aunque fuera por accidente.

El equipo guardó un momento de silencio. Para ellos, Han Lue era otra baja más en esta guerra contra Dante, un recuerdo doloroso de lo que habían perdido en Roma. No tenían forma de saber que, en ese mismo instante, en un pequeño café de las afueras de París, Han compartía una mesa con Owen Shaw.

—¿Qué sigue? —preguntó Han, dejando la bolsa vacía de snacks sobre la mesa.

Owen consultó su teléfono encriptado, una pequeña sonrisa asomando en sus labios.

—Dante tiene un convoy de suministros moviéndose hacia Portugal. Cree que tiene el control total.

Han se puso en pie, ajustándose la chaqueta.

—Entonces supongo que es hora de demostrarle que el tablero tiene más piezas de las que él puede manejar.

Owen lo miró y, por primera vez, asintió con algo parecido a la camaradería.

—Andando, fantasma —dijo Owen—. Tenemos un imperio que desmantelar.
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