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Fandom: Jujutsu Kaisen

Creado: 31/5/2026

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La herencia de las sombras

El frío de la piedra era lo único que Megumi Fushiguro podía llamar suyo. A sus catorce años, su cuerpo era un mapa de cicatrices invisibles y huesos que sobresalían bajo una piel pálida, casi traslúcida. Recordaba vagamente la calidez de la mansión de los Zen'in, el aroma a incienso y la seda de sus rumbas infantiles, pero esos recuerdos se sentían como una vida que le pertenecía a otro niño.

Su padre, Toji, lo había vendido cuando apenas tenía siete años. El hombre, cuya misoginia y egoísmo solo eran superados por su falta de escrúpulos, no vio en Megumi a un hijo, sino una moneda de cambio. En el momento en que los médicos confirmaron su casta como Omega, su destino quedó sellado. Para Toji, un hijo Omega no era más que un estorbo que podía convertirse en una jugosa suma de dinero.

Había pasado por muchas manos. Ricos aburridos que compraban Omegas hermosos como quien adquiere un jarrón de porcelana para su colección. Megumi había aprendido pronto que su belleza era su maldición. Varias veces, manos ásperas y alientos cargados de alcohol habían intentado reclamar lo que consideraban su propiedad, pero Megumi poseía una ferocidad silenciosa. Un mordisco, una patada bien colocada, o el uso estratégico de algún objeto punzante siempre le habían permitido interrumpir a sus agresores antes de que el acto final se consumara.

Pero la libertad siempre era efímera. Cada huida terminaba en captura, y cada captura lo hundía más en el sistema, hasta que acabó en aquel lugar: la Prisión de Alta Seguridad de Sendai, un agujero donde los desechos de la sociedad, y los Omegas sin dueño, eran almacenados.

Megumi se abrazó a sus rodillas en el rincón más oscuro de la celda. El olor a humedad y orina era constante. Escuchó los pasos pesados que resonaban en el pasillo. No eran los pasos erráticos de los presos, sino el ritmo constante de un guardia.

—Vaya, sigues vivo. Pensé que el frío de anoche te habría silenciado por fin.

La voz era joven, vibrante, extrañamente fuera de lugar en aquel antro de desesperación. Megumi levantó la vista. Al otro lado de los barrotes estaba Yuji Itadori, un Alfa de dieciséis años que trabajaba en la prisión. A diferencia de los otros guardias, que miraban a los Omegas con una lascivia asquerosa o con indiferencia absoluta, Itadori tenía una chispa de algo parecido a la curiosidad en sus ojos color miel.

Yuji dejó caer una bandeja de metal por la ranura inferior de la puerta. El sonido metálico resonó en la celda.

—Hoy hay suerte —dijo Yuji, apoyándose contra la pared fría—. El cocinero se olvidó de tapar la olla y se quemó un poco la base. Nadie más quiso estas sobras, así que supuse que tú no serías tan delicado.

Megumi se arrastró hacia la bandeja. Eran restos de arroz pegajoso y un trozo de pescado que olía a rancio, mezclado con algo de caldo turbio. Para cualquiera afuera, sería basura. Para Megumi, era la diferencia entre la vida y el desmayo.

—¿Por qué me hablas? —preguntó Megumi con la voz rasposa por la falta de uso.

Yuji se encogió de hombros, ajustando su uniforme que le quedaba un poco grande en los hombros.

—Es aburrido estar aquí solo. Los otros guardias solo hablan de apuestas y de las mujeres que visitan los fines de semana. Tú... tú no pareces un criminal. Pareces alguien que se perdió y terminó en el infierno por accidente.

Megumi comenzó a comer con los dedos, ignorando el sabor amargo del arroz quemado.

—Mi padre me vendió —dijo simplemente—. No hubo accidente.

Yuji guardó silencio por un momento. Sus feromonas de Alfa, usualmente controladas, emitieron una nota de tristeza, algo suave como el sol de la tarde que Megumi ya no veía.

—Mi abuelo me decía que la familia debería ser un refugio —comentó Yuji en voz baja—. Supongo que no todos tienen esa suerte.

—La suerte no existe en este lugar, Itadori —replicó Megumi, usando el nombre que veía en la placa del uniforme del guardia.

—Tal vez no —admitió el Alfa con una sonrisa triste—. Pero el hambre sí. Come eso rápido. Si el jefe de turno me ve dándote las sobras "especiales", me meteré en problemas.

Pasaron los días. La rutina se volvió un juego de sombras. Yuji siempre aparecía a la misma hora, cuando el cambio de guardia dejaba el ala de los Omegas en una relativa calma. A veces traía una manzana magullada que había "encontrado", otras veces simplemente se sentaba en el suelo, del otro lado de los barrotes, y le contaba a Megumi sobre el mundo exterior. Le hablaba de los campos de flores en primavera, del sabor del ramen instantáneo y de lo mucho que odiaba el uniforme gris.

Megumi escuchaba. Era su único vínculo con la realidad. A pesar de que Yuji era un Alfa, no sentía el instinto de huir de él. Había una honestidad brutal en el chico, una especie de amabilidad torpe que no pedía nada a cambio.

—¿Alguna vez has pensado en qué harías si salieras de aquí? —preguntó Yuji una noche, mientras la lluvia golpeaba el techo de hormigón de la prisión.

Megumi se quedó mirando el techo agrietado.

—No hay un "afuera" para mí. Si salgo, me encontrarán. O me venderán de nuevo. Soy un Omega sin marca, Itadori. Para ellos, soy solo un recurso natural que no ha sido explotado aún.

Yuji apretó los puños sobre sus rodillas.

—Eso es una mierda.

—Es la realidad.

—No debería serlo —insistió Yuji, su voz ganando una intensidad que hizo que Megumi lo mirara—. Eres inteligente. Y eres fuerte. Te he visto cuando intentan entrar en tu celda para "inspeccionarte". Los dejas sangrando antes de que puedan tocarte. Tienes fuego dentro, Fushiguro.

Megumi bajó la mirada, sus largos dedos jugueteando con un hilo suelto de su ropa andrajosa.

—El fuego se apaga cuando no hay oxígeno, Itadori. Y aquí me estoy asfixiando.

Yuji se acercó más a los barrotes, reduciendo la distancia. Por un instante, sus miradas se cruzaron. Megumi vio una determinación peligrosa en los ojos del Alfa.

—Yo no voy a dejar que te apagues —susurró Yuji—. No sé cómo todavía, pero no voy a dejar que este lugar te consuma.

—¿Por qué te importa? —preguntó Megumi, sintiendo un nudo extraño en la garganta—. Soy solo un número en tu registro.

Yuji sonrió, y por un momento, la oscuridad de la celda pareció menos opresiva.

—Porque me diste las gracias la semana pasada por ese trozo de pan seco. Nadie da las gracias en este lugar, Fushiguro. Eso significa que todavía eres humano. Y mientras seas humano, vales la pena.

Semanas después, la tensión en la prisión aumentó. Hubo rumores de una subasta privada. Los directores de la prisión, corruptos hasta la médula, planeaban vender a los Omegas más jóvenes a un grupo de coleccionistas extranjeros. Megumi sabía que su nombre estaría el primero de la lista. Su linaje Zen'in, aunque repudiado, seguía teniendo un valor genético inmenso.

Esa noche, Yuji no trajo comida. Trajo una llave y una capa oscura.

—¿Qué estás haciendo? —susurró Megumi, poniéndose de pie con dificultad mientras el metal de la cerradura chirriaba.

—Te sacaré de aquí —dijo Yuji. Su rostro estaba pálido, pero sus manos no temblaban—. Hay un camión de suministros que sale en diez minutos. El conductor es un amigo de mi abuelo, le debe un favor.

—Te matarán si te atrapan —dijo Megumi, retrocediendo un paso—. Itadori, esto es una locura. No tienes por qué arriesgarte por mí.

Yuji entró en la celda y, por primera vez, puso una mano sobre el hombro de Megumi. Su tacto era cálido, firme, y por primera vez en años, Megumi no sintió el impulso de retroceder. El aroma de Yuji, algo parecido a la madera de sándalo y la lluvia, lo envolvió, calmando el pánico instintivo de su Omega.

—Ya te lo dije, Fushiguro. No voy a dejar que te apagues. Ahora, muévete.

Caminaron por las sombras de los pasillos, evitando las cámaras que Yuji ya había aprendido a sabotear temporalmente. El corazón de Megumi latía con tanta fuerza que temía que los guardias pudieran oírlo. Cada esquina era un peligro, cada ruido una amenaza.

—Escúchame —dijo Yuji mientras llegaban a la zona de carga—. El camión te llevará a una ciudad al norte. Allí hay un refugio, gente que no hace preguntas. Tienes que esconderte, cambiarte el nombre. No dejes que te encuentren.

Megumi se detuvo antes de subir a la parte trasera del camión, entre cajas de suministros médicos.

—¿Y tú? —preguntó, con una urgencia que no pudo ocultar—. ¿Qué pasará contigo cuando vean que la celda está vacía?

Yuji le dedicó una sonrisa de medio lado, esa sonrisa valiente que Megumi había llegado a admirar.

—Diré que me atacaste y escapaste. Tengo algunos moretones que puedo usar como prueba. No sospecharán que un guardia ayudó a un Omega voluntariamente. No creen que seamos capaces de eso.

—Itadori...

—Vete, Megumi. Vive. Haz que todo este arroz quemado haya valido la pena.

El camión arrancó. Megumi se acurrucó entre las cajas, viendo cómo la figura de Yuji se hacía pequeña en la distancia mientras las puertas de la prisión se cerraban. Por primera vez en siete años, el aire que respiraba no olía a encierro.

Meses después, en una pequeña ciudad costera, un joven de cabello oscuro trabajaba en una librería. Se hacía llamar simplemente "Gumi". Era reservado, pero sus ojos ya no estaban vacíos.

Una tarde, mientras ordenaba los estantes, la campana de la puerta sonó. Megumi no levantó la vista de inmediato.

—Estamos a punto de cerrar —dijo con cortesía.

—Vaya, me ha costado encontrarte. Y eso que me dijeron que buscara al chico más serio de la ciudad.

Megumi se quedó helado. Esa voz. Esa cadencia vibrante y llena de vida.

Se giró lentamente. En la entrada de la tienda, vestido de civil y con una bufanda roja que le daba un aspecto casi infantil, estaba Yuji Itadori. Se veía más alto, con una cicatriz nueva bajo el ojo, pero su sonrisa era la misma.

—¿Itadori? —susurró Megumi, sintiendo que el mundo se detenía.

—Me despidieron de la prisión —dijo Yuji, rascándose la nuca con timidez mientras se acercaba—. Resulta que no soy muy bueno siguiendo las reglas. Así que pensé que vendría a ver cómo estabas.

Megumi sintió que la calidez que había estado buscando toda su vida finalmente lo encontraba. No era la mansión Zen'in, ni el lujo de los ricos que lo compraron. Era la presencia de un Alfa que lo había visto como un igual cuando nadie más lo hacía.

—Llegas tarde —dijo Megumi, aunque sus labios se curvaron en la primera sonrisa verdadera que había tenido en años—. Ya no tengo arroz quemado para ofrecerte.

Yuji soltó una carcajada limpia, el tipo de sonido que pertenecía a los campos de flores de los que solía hablar.

—Está bien. He oído que aquí cerca hacen un ramen increíble. ¿Te apetece?

Megumi salió de detrás del mostrador y caminó hacia él. Por primera vez, no estaba huyendo de nada. Estaba caminando hacia algo.

—Solo si tú pagas —respondió Megumi.

—Trato hecho.

Caminaron juntos hacia la luz del atardecer, dejando atrás las sombras de sus pasados, listos para escribir una historia donde nadie sería vendido, y donde el fuego, finalmente, tendría todo el oxígeno del mundo para arder con fuerza.
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