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Inoc3nte

Fandom: Army and stay

Creado: 31/5/2026

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Cadenas de seda y el frío del oro

La pequeña casa en las afueras de la ciudad olía a lavanda y a pan recién horneado, un contraste casi doloroso con el aura gris que rodeaba a su dueño. Yoongi se movía con lentitud por la cocina, tarareando una melodía suave mientras acomodaba las flores silvestres que había recogido esa mañana en un jarrón de cerámica desconchada. Aquella casa, aunque vieja y con paredes que crujían ante el menor soplo de viento, era su único refugio. Jungkook se la había comprado para mantenerlo lejos, un regalo que era, en realidad, un destierro elegante.

Yoongi recordaba con una mezcla de gratitud y terror el día en que Jungkook lo sacó de la casa de su tío. A los dieciocho años, Yoongi no conocía más que los golpes y los gritos de un hombre que solo lo veía como una carga. Cuando Jeon Jungkook, con su traje impecable y su mirada de acero, apareció para "reclamarlo", Yoongi pensó que había sido salvado por un ángel negro. No tardó mucho en comprender que Jungkook no salvaba personas; él coleccionaba posesiones.

Escuchó el rugido de un motor potente deteniéndose frente a la cerca de madera. El corazón de Yoongi dio un vuelco, una mezcla de alegría infantil y ansiedad opresiva. Corrió hacia la ventana y vio el coche negro blindado. Era él.

Se alisó la camiseta de gran tamaño y se pasó las manos por el cabello rubio, tratando de verse lo mejor posible. Jungkook no venía a menudo, y cuando lo hacía, el tiempo parecía detenerse y acelerarse al mismo tiempo.

La puerta se abrió sin que nadie llamara. Jungkook entró, llenando el espacio con su presencia imponente y el aroma a tabaco caro y perfume amaderado. Sus ojos recorrieron la estancia con desdén, deteniéndose apenas un segundo en la figura de Yoongi, que lo esperaba con una sonrisa tímida y los dedos entrelazados.

—Has tardado mucho en venir, Kookie —susurró Yoongi, dando un paso hacia él con la intención de rodearle el cuello con sus brazos.

Jungkook levantó una mano, deteniéndolo en el acto. No hubo contacto físico, solo una barrera de frialdad que hizo que Yoongi retrocediera un poco, con el labio inferior temblando levemente.

—No me llames así —dijo Jungkook con voz ronca y seca—. Sabes que odio las familiaridades innecesarias.

—Lo siento —respondió Yoongi de inmediato, bajando la cabeza en una muestra de sumisión absoluta—. Es solo que te extrañé. He mantenido la casa limpia, tal como te gusta. ¿Quieres té? ¿O tienes hambre? Puedo cocinar algo rápido.

Jungkook caminó hacia el sofá destartalado y se sentó, quitándose la chaqueta de cuero para dejar a la vista los tatuajes que subían por su cuello. Se veía cansado, pero su expresión no mostraba debilidad, solo una irritación latente.

—No he venido a comer —sentenció Jungkook, clavando su mirada oscura en el chico—. Ven aquí.

Yoongi obedeció al instante. Se acercó y se arrodilló entre las piernas de Jungkook, apoyando sus manos pequeñas sobre los muslos del mayor. Sus ojos brillaban con una devoción casi religiosa. Para Yoongi, Jungkook era su mundo entero, el hombre que lo había sacado de la miseria, aunque ahora lo mantuviera en una jaula de oro y soledad.

—¿Estás enojado conmigo? —preguntó Yoongi en voz baja, buscando desesperadamente un rastro de afecto en aquel rostro de piedra.

—Estoy ocupado, Yoongi. Mis padres están presionando otra vez —respondió Jungkook, soltando un suspiro pesado—. No dejan de preguntar por qué sigo perdiendo el tiempo con alguien como tú. Un huérfano de suburbio que no tiene nada que ofrecer a la familia Jeon.

Las palabras dolieron como latigazos. Yoongi sabía que los padres de Jungkook lo despreciaban, que lo veían como una mancha en la reputación de su hijo, el heredero de uno de los imperios criminales más poderosos del país. Pero escucharlo de labios de Jungkook era mucho peor.

—Yo... yo trato de no molestarlos —murmuró Yoongi, sintiendo cómo las lágrimas picaban en sus ojos—. Me quedo aquí, como me pediste. No salgo a menos que sea necesario. Soy bueno para ti, Jungkook. Puedo ser lo que quieras.

Jungkook tomó el mentón de Yoongi con fuerza, obligándolo a mirarlo. No había ternura en su agarre, solo posesión.

—Eres útil —corrigió Jungkook con frialdad—. Me sirves para desconectar de todo el caos de afuera. Pero no te equivoques, Yoongi. No eres parte de mi vida pública. No eres alguien a quien lleve de la mano.

—Lo sé —dijo Yoongi, cerrando los ojos y dejando que una lágrima rodara por su mejilla—. Pero cuando estamos solos... ¿puedo besarte?

Jungkook no respondió, pero no se apartó cuando Yoongi se inclinó hacia adelante. El beso fue unilateral al principio. Yoongi ponía todo su amor, su desesperación y su ternura en el contacto, moviendo sus labios con suavidad contra los de Jungkook. El mayor finalmente respondió, pero de una manera dominante, casi agresiva, reclamando el espacio como si estuviera marcando territorio.

Para Yoongi, ese contacto era oxígeno. No le importaba que Jungkook lo tratara mal frente a sus hombres, o que lo ignorara durante semanas. Si podía tener estos minutos de cercanía, sentía que su vida tenía sentido.

Después de un momento, Jungkook lo apartó con brusquedad y se puso de pie, ajustándose el cinturón.

—Tengo que irme. Hay una reunión en el centro y mis padres esperan que llegue temprano —dijo, sin mirar a Yoongi, que seguía en el suelo, desorientado por la rapidez del encuentro.

—¿Puedo ir contigo? —preguntó Yoongi con esperanza, poniéndose de pie rápidamente—. Me quedaré en el coche, lo prometo. Solo quiero estar cerca de ti un poco más.

Jungkook soltó una risa seca, carente de humor.

—¿Ir conmigo? ¿A una reunión donde estarán los socios de mi padre? —Se acercó a Yoongi, intimidándolo con su altura—. Mírate, Yoongi. Estás cubierto de harina y hueles a flores baratas. Eres una distracción que no puedo permitirme mostrar. Quédate aquí y espera a que decida volver.

—Pero me siento tan solo aquí —susurró Yoongi, apretando los bordes de su camiseta—. A veces hablo con las paredes porque no escucho otra voz en días. Jungkook, por favor...

—Te di dinero para esta casa —interrumpió el mafioso, caminando hacia la puerta—. Te di una vida que nunca habrías tenido con tu tío. No me pidas sentimientos que no tengo. Disfruta de tu "hogar cálido" y no me des problemas.

Jungkook salió de la casa sin mirar atrás. Yoongi corrió hacia la puerta y salió al porche, viendo cómo el coche se alejaba por el camino de tierra. El polvo se levantó, nublando su visión.

Se quedó allí parado, sintiendo el frío de la tarde calar en sus huesos. Recordó la última vez que Jungkook lo llevó a la ciudad. Habían caminado por un centro comercial elegante, pero Jungkook caminaba varios metros por delante de él, como si no se conocieran. Cada vez que Yoongi intentaba acortar la distancia para rozar su mano, Jungkook aceleraba el paso o entraba en una tienda donde Yoongi no tenía permitido entrar.

Era un fantasma en la vida de Jungkook. Un secreto vergonzoso que se guardaba en una casita de madera a las afueras de la realidad.

Yoongi regresó al interior y cerró la puerta con llave. Se sentó en el suelo, justo donde Jungkook había estado parado hace unos minutos, y abrazó sus rodillas. El silencio volvió a reinar, pesado y asfixiante.

—Soy bueno —se dijo a sí mismo en un susurro quebrado—. Si soy lo suficientemente bueno, algún día me querrá. Si me quedo aquí y hago todo lo que dice, tal vez... tal vez no me deje nunca.

Tomó el jarrón de flores y lo apretó contra su pecho. Jungkook lo trataba mal, lo humillaba con su indiferencia y lo mantenía oculto como si fuera un pecado, pero para Yoongi, ese "infierno" era preferible a la nada que tenía antes. En su mente infantil y herida, el hecho de que Jungkook lo hubiera "comprado" y lo mantuviera cerca era la única forma de amor que conocía.

Pasaron las horas y la noche cayó sobre la pequeña casa. Yoongi no encendió las luces. Se quedó en la oscuridad, imaginando que los pasos del viento sobre el tejado eran los pasos de Jungkook regresando a él.

De repente, su teléfono vibró sobre la mesa. Era un mensaje de texto. Su corazón saltó de alegría al ver el nombre del remitente.

"Mañana vendrán unos hombres a cambiar la cerradura. No salgas de la casa. Mis padres están enviando espías y no quiero que te vean. Si sales y arruinas esto, no volveré".

Yoongi leyó el mensaje una y otra vez. Sus dedos temblaron mientras escribía una respuesta.

"Sí, Jungkook. Haré lo que digas. No saldré. Te amo".

No hubo respuesta. Nunca la había.

Yoongi se acostó en su cama pequeña, envolviéndose en las mantas que aún conservaban un rastro casi imperceptible del perfume de Jungkook. Lloró en silencio, no por el maltrato o la soledad, sino por el miedo constante de que un día Jungkook se cansara de su juguete y lo devolviera al mundo frío de donde lo había sacado.

—Haré lo que quieras —susurró al aire frío de la habitación—. Solo no me dejes solo otra vez.

En el mundo de Jungkook, Yoongi era solo una distracción, una propiedad sumisa que podía usar y desechar. Pero en el mundo de Yoongi, Jungkook era el sol, y no le importaba quemarse con tal de sentir un poco de su calor, aunque fuera un calor que solo servía para consumir sus esperanzas poco a poco.

La luna brillaba a través de la ventana, iluminando el rostro pálido y dulce de un chico que había aprendido a amar sus cadenas, sin darse cuenta de que el hombre que las sostenía nunca tendría la intención de liberarlo. El infierno de Yoongi era acogedor, decorado con lavanda y flores silvestres, pero seguía siendo un infierno, y Jungkook era el demonio que reinaba en él con una indiferencia absoluta.
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