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Mis amigos por accidente
Fandom: Five night at freddy
Creado: 31/5/2026
Etiquetas
UA (Universo Alternativo)DramaAngustiaDolor/ConsueloRecortes de VidaAmbientación CanonEstudio de Personaje
El Círculo de las Promesas Rotas
El sonido del impacto fue seco, un golpe sordo que cortó el aire de la tarde frente a Freddy Fazbear’s Pizza. El balón de fútbol, desgastado y sucio, rebotó un par de veces antes de perderse bajo una mesa de madera. En el suelo, Dave Afton, el niño más pequeño y solitario que solían ver por los alrededores, cayó como un fardo de ropa vieja.
—¡Lo mataste! —chilló Fritz, llevándose las manos a la cabeza—. ¡Fritz, lo mataste y ahora nos van a meter a la cárcel de por vida!
—¡Cállate, Fritz! —Gabriel, el mayor del grupo, se acercó corriendo, con el rostro pálido bajo su gorra de Freddy—. No está muerto, solo... solo está durmiendo.
—Le diste justo en la frente —susurró Jeremy, ajustándose los lentes con dedos temblorosos—. Y es el hijo del señor Afton. Mi papá dice que el señor Afton es muy estricto. Si se entera de que golpeamos a su hijo, cerrará el restaurante y nos prohibirá entrar para siempre.
Susie comenzó a sollozar en silencio, apretando su peluche contra el pecho. Cassidy, por su parte, se cruzó de brazos, observando el enorme chichón que empezaba a inflamarse en la frente del niño de siete años. Dave lucía aún más pequeño de lo normal, con su camiseta negra de rayas grises y su piel pálida.
—Escuchen —dijo Gabriel, bajando la voz mientras miraba hacia la puerta del local—. Tengo un plan. No podemos dejar que nos delate. Cuando despierte, vamos a fingir que somos sus mejores amigos. Le diremos que estábamos jugando todos juntos y que fue un accidente entre "mejores amigos". Si nos quiere, no nos delatará.
—Eso es horrible, Gabriel —susurró Cassidy con desprecio—. Está herido. Deberíamos llamar a un adulto, no manipularlo.
—¡Si llamamos a un adulto, estamos acabados! —insistió Gabriel—. Es por el bien del grupo. Cassidy, guarda silencio.
Jeremy se colocó en la esquina de la acera, mirando frenéticamente de un lado a otro, sudando a mares.
—¡Viene alguien! ¡No, falsa alarma, era un perro! —gritó Jeremy en un susurro histérico—. ¡Rápido, se está moviendo!
Dave soltó un quejido agudo. Sus párpados temblaron y, lentamente, abrió los ojos. Lo primero que vio fue un círculo de rostros que lo observaban desde arriba, bloqueando la luz del sol. Para un niño que pasaba sus días temiendo a las sombras y a los animatrónicos, despertar rodeado de extraños tras un golpe cegador fue el inicio de una pesadilla.
—Hola, Dave... —comenzó Gabriel con una sonrisa forzada y tensa—. ¡Qué susto nos diste, amigo! Estábamos jugando y...
Dave no escuchó el resto. El dolor en su frente era una pulsación rítmica que le nublaba la vista. Al enfocar los rostros, el pánico se apoderó de él. Se sentía arrinconado, atrapado entre la pared del restaurante y un grupo de niños que lo miraban con una intensidad aterradora.
—N-no... —balbuceó Dave, su labio inferior comenzó a temblar violentamente—. ¡Atrás! ¡Déjenme!
—¡No, espera! ¡Somos tus amigos! —insistió Fritz, lanzándose al suelo a su lado de forma torpe—. Mira, Dave, te regalo mis fichas de arcade. ¡Tengo veinte! Son todas tuyas si no lloras, ¿vale? ¡Y mi coche de carreras rojo! Pero por favor, no grites.
Dave soltó un alarido de puro terror. Las lágrimas estallaron de sus ojos como si se hubiera roto un dique. El dolor, el miedo a lo desconocido y la sensación de ser agredido lo sobrepasaron. Intentó ponerse en pie, pero sus piernas flaquearon y terminó gateando desesperadamente hacia atrás, golpeándose la espalda contra un bote de basura.
—¡Papá! ¡Elizabeth! —gritó Dave entre sollozos desgarradores, cubriéndose la cabeza con los brazos—. ¡No me peguen más! ¡Por favor!
—¡Cállenlo! —susurró Jeremy, hiperventilando—. ¡El guardia nos va a oír! ¡Gabriel, haz algo!
Gabriel se lanzó sobre Dave, intentando taparle la boca con la mano para sofocar los gritos, pero eso solo empeoró las cosas. El pequeño Afton entró en un estado de pánico total, pateando y forcejeando como un animal atrapado.
—¡Suéltalo, Gabriel! —gritó Cassidy, empujando al líder con una fuerza que nadie esperaba—. ¡Míralo! ¡No está fingiendo, está aterrado!
—¡Se va a chivar, Cassidy! —replicó Gabriel, aunque su voz ya no sonaba tan segura—. ¡Nos va a meter en problemas!
—¡A la mierda tus problemas! —estalló Cassidy, rompiendo por completo el plan—. ¡Es un niño de siete años y le habéis abierto la cabeza!
Susie, que había estado observando la escena con el corazón roto, se arrodilló junto a Dave, ignorando las protestas de los chicos. Sacó un pañuelo rosa de su bolsillo, suave y con olor a flores.
—Dave, cielo, mírame —dijo Susie con una voz tan dulce que incluso Fritz dejó de ofrecer sus fichas—. Soy Susie. Nadie va a lastimarte. Lo siento mucho, fue un accidente.
Dave seguía sollozando, con el pecho agitado por espasmos, pero la voz de Susie era distinta. No era la urgencia egoísta de Gabriel ni la desesperación de Fritz. Era... cariño.
—Duele... —logró decir Dave, escondiendo el rostro entre sus manos—. ¡Me duele mucho!
—Lo sé, pequeño, lo sé —Susie comenzó a limpiar con extrema delicadeza el rastro de sangre y lágrimas de las mejillas del niño—. Mira, tengo un trozo de pizza de pepperoni guardado en mi servilleta. Está tibia todavía. ¿Quieres un poco? Te hará sentir mejor, te lo prometo.
Cassidy se sentó en el suelo, justo frente a Dave, creando una barrera física entre él y los demás chicos. Su mirada firme se suavizó al encontrarse con los ojos enrojecidos y asustadizos del pequeño.
—Dave —dijo Cassidy en voz baja, ignorando por completo a Gabriel—. No somos tus amigos, al menos no todavía. Te golpeamos con el balón por accidente y estos tontos tenían miedo de que su padre los castigara. Por eso te estaban agobiando.
—¿N-no me van a p-pegar más? —preguntó Dave, hipando, mirando con desconfianza a Fritz.
—¡Claro que no! —exclamó Fritz, que ahora también tenía los ojos llorosos por la culpa—. Soy un idiota, Dave. Pateé el balón demasiado fuerte. No quería darte a ti. Si quieres, puedes patearme a mí. ¡Te dejo que me des una patada en la espinilla! Pero por favor, no llores así, me haces sentir como un monstruo.
Jeremy se acercó lentamente, todavía vigilando la esquina, pero su postura se relajó.
—Nadie viene, Dave —dijo Jeremy con timidez—. Estamos solos. Si necesitas ir con tu papá, te acompañaremos a la puerta trasera. No te dejaremos solo.
Gabriel, viendo cómo su plan de manipulación se desmoronaba ante la sinceridad de las niñas, suspiró y se quitó la gorra, rascándose la cabeza con arrepentimiento. Se puso de cuclillas a una distancia prudencial.
—Lo siento, Dave —murmuró Gabriel—. Fui un egoísta. Solo no quería que mis padres me prohibieran volver aquí. Pero Cassidy tiene razón. No debí intentar obligarte a ser nuestro amigo.
Dave miró a Susie, que le ofrecía el pañuelo para que se sonara la nariz, y luego a Cassidy, que no le quitaba la vista de encima, como una guardaespaldas silenciosa. Por primera vez en su corta vida, Dave no se sintió como el blanco de una burla o el estorbo de su hermano mayor, Michael.
—¿De verdad... de verdad me dan las fichas? —preguntó Dave con voz pequeña, mirando a Fritz.
Fritz se iluminó como una bombilla de Navidad.
—¡Todas! —vació sus bolsillos, dejando un montón de monedas plateadas sobre el cemento—. Y si quieres, mañana te ayudo a pasarte el nivel del circo en la máquina de dulces. Soy el mejor en eso.
Dave extendió una mano temblorosa y tomó una de las fichas. El chichón seguía allí, y seguramente tendría un dolor de cabeza horrible durante el resto del día, pero el vacío de miedo en su estómago comenzó a llenarse con algo nuevo.
—Gracias —susurró Dave, limpiándose los ojos con la manga de su camiseta negra.
—No nos des las gracias todavía —dijo Cassidy, esbozando una pequeña sonrisa—. Primero vamos a llevarte a la cocina para que Susie te ponga algo de hielo en esa frente. Y si Gabriel intenta decirte otra mentira, me avisas y yo me encargo de él.
Gabriel rodó los ojos, pero no protestó. El grupo se levantó, rodeando a Dave no como una turba amenazante, sino como una pequeña escolta. Susie lo tomó de la mano, y Dave, por una vez, no retrocedió.
Mientras caminaban hacia la entrada del restaurante, Jeremy seguía mirando hacia atrás, Fritz saltaba tratando de hacer reír a Dave con historias exageradas, y Cassidy caminaba al otro lado del pequeño Afton, vigilando que el mundo no volviera a lastimarlo.
El plan de Gabriel había fracasado estrepitosamente, pero en su lugar, algo mucho más real había nacido en la acera de Freddy Fazbear’s Pizza. Dave Afton ya no estaba huyendo; por primera vez, sentía que caminaba hacia algún lugar seguro.
—¡Lo mataste! —chilló Fritz, llevándose las manos a la cabeza—. ¡Fritz, lo mataste y ahora nos van a meter a la cárcel de por vida!
—¡Cállate, Fritz! —Gabriel, el mayor del grupo, se acercó corriendo, con el rostro pálido bajo su gorra de Freddy—. No está muerto, solo... solo está durmiendo.
—Le diste justo en la frente —susurró Jeremy, ajustándose los lentes con dedos temblorosos—. Y es el hijo del señor Afton. Mi papá dice que el señor Afton es muy estricto. Si se entera de que golpeamos a su hijo, cerrará el restaurante y nos prohibirá entrar para siempre.
Susie comenzó a sollozar en silencio, apretando su peluche contra el pecho. Cassidy, por su parte, se cruzó de brazos, observando el enorme chichón que empezaba a inflamarse en la frente del niño de siete años. Dave lucía aún más pequeño de lo normal, con su camiseta negra de rayas grises y su piel pálida.
—Escuchen —dijo Gabriel, bajando la voz mientras miraba hacia la puerta del local—. Tengo un plan. No podemos dejar que nos delate. Cuando despierte, vamos a fingir que somos sus mejores amigos. Le diremos que estábamos jugando todos juntos y que fue un accidente entre "mejores amigos". Si nos quiere, no nos delatará.
—Eso es horrible, Gabriel —susurró Cassidy con desprecio—. Está herido. Deberíamos llamar a un adulto, no manipularlo.
—¡Si llamamos a un adulto, estamos acabados! —insistió Gabriel—. Es por el bien del grupo. Cassidy, guarda silencio.
Jeremy se colocó en la esquina de la acera, mirando frenéticamente de un lado a otro, sudando a mares.
—¡Viene alguien! ¡No, falsa alarma, era un perro! —gritó Jeremy en un susurro histérico—. ¡Rápido, se está moviendo!
Dave soltó un quejido agudo. Sus párpados temblaron y, lentamente, abrió los ojos. Lo primero que vio fue un círculo de rostros que lo observaban desde arriba, bloqueando la luz del sol. Para un niño que pasaba sus días temiendo a las sombras y a los animatrónicos, despertar rodeado de extraños tras un golpe cegador fue el inicio de una pesadilla.
—Hola, Dave... —comenzó Gabriel con una sonrisa forzada y tensa—. ¡Qué susto nos diste, amigo! Estábamos jugando y...
Dave no escuchó el resto. El dolor en su frente era una pulsación rítmica que le nublaba la vista. Al enfocar los rostros, el pánico se apoderó de él. Se sentía arrinconado, atrapado entre la pared del restaurante y un grupo de niños que lo miraban con una intensidad aterradora.
—N-no... —balbuceó Dave, su labio inferior comenzó a temblar violentamente—. ¡Atrás! ¡Déjenme!
—¡No, espera! ¡Somos tus amigos! —insistió Fritz, lanzándose al suelo a su lado de forma torpe—. Mira, Dave, te regalo mis fichas de arcade. ¡Tengo veinte! Son todas tuyas si no lloras, ¿vale? ¡Y mi coche de carreras rojo! Pero por favor, no grites.
Dave soltó un alarido de puro terror. Las lágrimas estallaron de sus ojos como si se hubiera roto un dique. El dolor, el miedo a lo desconocido y la sensación de ser agredido lo sobrepasaron. Intentó ponerse en pie, pero sus piernas flaquearon y terminó gateando desesperadamente hacia atrás, golpeándose la espalda contra un bote de basura.
—¡Papá! ¡Elizabeth! —gritó Dave entre sollozos desgarradores, cubriéndose la cabeza con los brazos—. ¡No me peguen más! ¡Por favor!
—¡Cállenlo! —susurró Jeremy, hiperventilando—. ¡El guardia nos va a oír! ¡Gabriel, haz algo!
Gabriel se lanzó sobre Dave, intentando taparle la boca con la mano para sofocar los gritos, pero eso solo empeoró las cosas. El pequeño Afton entró en un estado de pánico total, pateando y forcejeando como un animal atrapado.
—¡Suéltalo, Gabriel! —gritó Cassidy, empujando al líder con una fuerza que nadie esperaba—. ¡Míralo! ¡No está fingiendo, está aterrado!
—¡Se va a chivar, Cassidy! —replicó Gabriel, aunque su voz ya no sonaba tan segura—. ¡Nos va a meter en problemas!
—¡A la mierda tus problemas! —estalló Cassidy, rompiendo por completo el plan—. ¡Es un niño de siete años y le habéis abierto la cabeza!
Susie, que había estado observando la escena con el corazón roto, se arrodilló junto a Dave, ignorando las protestas de los chicos. Sacó un pañuelo rosa de su bolsillo, suave y con olor a flores.
—Dave, cielo, mírame —dijo Susie con una voz tan dulce que incluso Fritz dejó de ofrecer sus fichas—. Soy Susie. Nadie va a lastimarte. Lo siento mucho, fue un accidente.
Dave seguía sollozando, con el pecho agitado por espasmos, pero la voz de Susie era distinta. No era la urgencia egoísta de Gabriel ni la desesperación de Fritz. Era... cariño.
—Duele... —logró decir Dave, escondiendo el rostro entre sus manos—. ¡Me duele mucho!
—Lo sé, pequeño, lo sé —Susie comenzó a limpiar con extrema delicadeza el rastro de sangre y lágrimas de las mejillas del niño—. Mira, tengo un trozo de pizza de pepperoni guardado en mi servilleta. Está tibia todavía. ¿Quieres un poco? Te hará sentir mejor, te lo prometo.
Cassidy se sentó en el suelo, justo frente a Dave, creando una barrera física entre él y los demás chicos. Su mirada firme se suavizó al encontrarse con los ojos enrojecidos y asustadizos del pequeño.
—Dave —dijo Cassidy en voz baja, ignorando por completo a Gabriel—. No somos tus amigos, al menos no todavía. Te golpeamos con el balón por accidente y estos tontos tenían miedo de que su padre los castigara. Por eso te estaban agobiando.
—¿N-no me van a p-pegar más? —preguntó Dave, hipando, mirando con desconfianza a Fritz.
—¡Claro que no! —exclamó Fritz, que ahora también tenía los ojos llorosos por la culpa—. Soy un idiota, Dave. Pateé el balón demasiado fuerte. No quería darte a ti. Si quieres, puedes patearme a mí. ¡Te dejo que me des una patada en la espinilla! Pero por favor, no llores así, me haces sentir como un monstruo.
Jeremy se acercó lentamente, todavía vigilando la esquina, pero su postura se relajó.
—Nadie viene, Dave —dijo Jeremy con timidez—. Estamos solos. Si necesitas ir con tu papá, te acompañaremos a la puerta trasera. No te dejaremos solo.
Gabriel, viendo cómo su plan de manipulación se desmoronaba ante la sinceridad de las niñas, suspiró y se quitó la gorra, rascándose la cabeza con arrepentimiento. Se puso de cuclillas a una distancia prudencial.
—Lo siento, Dave —murmuró Gabriel—. Fui un egoísta. Solo no quería que mis padres me prohibieran volver aquí. Pero Cassidy tiene razón. No debí intentar obligarte a ser nuestro amigo.
Dave miró a Susie, que le ofrecía el pañuelo para que se sonara la nariz, y luego a Cassidy, que no le quitaba la vista de encima, como una guardaespaldas silenciosa. Por primera vez en su corta vida, Dave no se sintió como el blanco de una burla o el estorbo de su hermano mayor, Michael.
—¿De verdad... de verdad me dan las fichas? —preguntó Dave con voz pequeña, mirando a Fritz.
Fritz se iluminó como una bombilla de Navidad.
—¡Todas! —vació sus bolsillos, dejando un montón de monedas plateadas sobre el cemento—. Y si quieres, mañana te ayudo a pasarte el nivel del circo en la máquina de dulces. Soy el mejor en eso.
Dave extendió una mano temblorosa y tomó una de las fichas. El chichón seguía allí, y seguramente tendría un dolor de cabeza horrible durante el resto del día, pero el vacío de miedo en su estómago comenzó a llenarse con algo nuevo.
—Gracias —susurró Dave, limpiándose los ojos con la manga de su camiseta negra.
—No nos des las gracias todavía —dijo Cassidy, esbozando una pequeña sonrisa—. Primero vamos a llevarte a la cocina para que Susie te ponga algo de hielo en esa frente. Y si Gabriel intenta decirte otra mentira, me avisas y yo me encargo de él.
Gabriel rodó los ojos, pero no protestó. El grupo se levantó, rodeando a Dave no como una turba amenazante, sino como una pequeña escolta. Susie lo tomó de la mano, y Dave, por una vez, no retrocedió.
Mientras caminaban hacia la entrada del restaurante, Jeremy seguía mirando hacia atrás, Fritz saltaba tratando de hacer reír a Dave con historias exageradas, y Cassidy caminaba al otro lado del pequeño Afton, vigilando que el mundo no volviera a lastimarlo.
El plan de Gabriel había fracasado estrepitosamente, pero en su lugar, algo mucho más real había nacido en la acera de Freddy Fazbear’s Pizza. Dave Afton ya no estaba huyendo; por primera vez, sentía que caminaba hacia algún lugar seguro.
