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Amor prohibido
Fandom: Stranger things
Creado: 31/5/2026
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RomanceDramaAngustiaOscuroGótico SureñoMención de IncestoLenguaje ExplícitoEstudio de PersonajeDivergenciaUA (Universo Alternativo)Dolor/ConsueloHistoria DomésticaArregloProsa PúrpuraPsicológicoAbuso de Alcohol
Cenizas y Promesas de Sangre
El silencio en la casa de los Hargrove nunca había sido tan pesado. No era el silencio tenso de cuando Neil estaba en casa, ese que te obligaba a caminar de puntillas para no despertar a la bestia, sino un vacío absoluto, denso como el plomo. Hacía cinco días que el sheriff Hopper había llamado a la puerta para darles la noticia. Un accidente de coche. Sin supervivientes. Susan y Neil se habían ido, dejando atrás un rastro de resentimiento, botellas vacías y dos adolescentes rotos que llevaban tres años refugiándose el uno en el otro de la manera más prohibida posible.
Billy estaba de pie junto a la ventana del salón, observando cómo la lluvia de Hawkins golpeaba el cristal. Llevaba la camisa negra desabrochada hasta la mitad del pecho y un cigarrillo consumiéndose entre los dedos. Max lo observaba desde el sofá, con las piernas encogidas contra el pecho. A sus dieciocho años, Max se había convertido en una mujer que atraía todas las miradas; su melena pelirroja caía en cascada sobre sus hombros y sus ojos azules, antes llenos de fuego, ahora parecían dos pozos de cansancio y resignación.
—¿En qué piensas? —preguntó ella con la voz rota.
Billy no se giró de inmediato. Exhaló el humo con lentitud, viendo cómo se disipaba en el aire estancado de la habitación.
—En que por fin se han callado —respondió él con una frialdad que ocultaba un torbellino de emociones—. Ya no hay gritos, Max. Ya no hay golpes en la pared. Solo estamos nosotros.
Max se levantó y caminó hacia él. Sus pies descalzos no hacían ruido sobre la alfombra desgastada. Se detuvo a su espalda y apoyó la frente entre sus omóplatos, sintiendo el calor que emanaba de su cuerpo. Billy era su protector, su torturador y su amante. Durante tres años, desde que la tensión estalló en aquel caluroso verano en el que ambos comprendieron que el odio era solo la superficie de algo mucho más oscuro, se habían entregado a una pasión clandestina que los mantenía cuerdos en medio del infierno familiar.
—Tenemos que decidir qué hacer —susurró Max—. La casa, el dinero del seguro... la gente va a empezar a preguntar.
Billy se dio la vuelta con una brusquedad que hizo que Max retrocediera un paso. Sus ojos azules, tan parecidos y a la vez tan distintos a los de ella, ardían con una intensidad nueva. Tiró la colilla al suelo y la aplastó con la bota sin apartar la mirada de la joven.
—Que pregunten lo que quieran —dijo él, agarrándola por la cintura y pegándola a su cuerpo—. Ya no tenemos que escondernos de ellos. Nunca más.
Max sintió el nudo en la garganta. La relación entre ellos siempre había sido un secreto a voces en los rincones más oscuros de su hogar, una rebelión contra la autoridad de sus padres. Pero ahora, con los padres bajo tierra, el peso de la realidad caía sobre sus hombros.
—Billy, somos hermanos ante la ley —recordó ella, aunque su mano ya acariciaba la nuca de él, enredándose en sus rizos rubios.
—No compartimos ni una gota de sangre, Max. Lo sabes. Yo no soy un Hargrove de verdad para ti, y tú no eres una Mayfield para mí. Eres mía. Lo has sido desde que tenías quince años y me desafiaste en aquel salón.
Billy metió la mano en el bolsillo de su vaquero ajustado y sacó algo que hizo que el corazón de Max se detuviera. Era un anillo, una banda de plata sencilla pero sólida, que brillaba bajo la tenue luz de la lámpara del techo.
—No voy a dejar que nos separen —continuó él, su voz volviéndose más profunda, casi un gruñido—. No voy a dejar que los servicios sociales o algún pariente lejano venga a decirte dónde tienes que vivir. Cásate conmigo. Mañana mismo nos vamos de este pueblo de mierda. Nos vamos a California, o a donde quieras, pero como marido y mujer.
Max se quedó sin aliento. El mundo parecía haberse detenido. La propuesta era una locura, un acto de desesperación y amor posesivo que solo alguien como Billy Hargrove podría idear. Pero al mirarlo, al ver la vulnerabilidad oculta tras su máscara de tipo duro, supo que no había otra opción para ella.
—¿Estás hablando en serio? —preguntó ella, con las manos temblándole sobre el pecho de él.
—Nunca he hablado más en serio en mi puta vida —respondió él, deslizando el anillo en el dedo anular de Max—. Eres lo único bueno que ha salido de este desastre. Eres mi familia, Max. La única que quiero.
Max miró el anillo y luego a él. Una sonrisa triste y excitada a la vez apareció en sus labios.
—Sí —susurró—. Sí, Billy. Vámonos de aquí.
Billy no esperó un segundo más. La levantó en vilo, haciendo que ella soltara un pequeño grito de sorpresa que se transformó en un gemido cuando sus labios se encontraron. El beso sabía a tabaco, a desesperación y a una libertad que nunca habían conocido. La llevó hacia el dormitorio principal, el que antes pertenecía a Neil y Susan, como si fuera un acto de conquista final sobre el pasado.
La arrojó sobre la cama matrimonial y se deshizo de su camisa con movimientos frenéticos. Max lo observaba, admirando cada músculo de su torso, las cicatrices que contaba como medallas de guerra de una infancia compartida en el dolor. Ella se quitó la camiseta, revelando su piel pálida y sus curvas que volvían loco a Billy cada noche.
—Eres tan hermosa que duele —dijo él, situándose entre sus piernas.
—Cállate y hazme olvidar —suplicó ella, tirando de él hacia abajo.
El encuentro fue explosivo, una mezcla de la tensión acumulada durante los cinco días de luto fingido y la promesa de un futuro juntos. Billy la poseía con una urgencia que rayaba en la violencia, pero sus manos eran extrañamente delicadas cuando acariciaban su rostro. Max arqueaba la espalda, clavando las uñas en los hombros de él, dejando marcas que tardarían días en borrarse.
—Dilo —gruñó Billy al oído de ella, mientras sus cuerpos se movían en un ritmo frenético—. Di que eres mía.
—Soy tuya, Billy... siempre he sido tuya —jadeó ella, cerrando los ojos con fuerza mientras el placer empezaba a nublarle el juicio.
El sonido de la lluvia seguía golpeando el tejado, pero dentro de aquella habitación, el mundo exterior no existía. No había demogorgons, no había laboratorios secretos, no había padres abusivos. Solo estaban ellos dos, fundiéndose en un abrazo que era tanto una salvación como una condena.
Cuando finalmente el agotamiento los venció, se quedaron entrelazados entre las sábanas revueltas. El sudor enfriándose en sus cuerpos era el único recordatorio de la intensidad de lo ocurrido. Billy apoyó la cabeza en el pecho de Max, escuchando los latidos de su corazón que poco a poco recuperaban la normalidad.
—¿Crees que nos buscarán? —preguntó Max, acariciando el cabello de Billy.
—Que lo intenten —respondió él con una confianza renovada—. Para cuando se den cuenta de que nos hemos ido, estaremos cruzando la frontera del estado. Tendremos una casa cerca del mar, Max. Sin inviernos, sin Hawkins.
Max cerró los ojos, imaginando el olor al salitre y el sonido de las olas. Por primera vez en años, sintió que el futuro no era una mancha negra, sino un lienzo en blanco.
—Prométeme que no volveremos a ser esos chicos asustados —dijo ella en un susurro.
Billy levantó la cabeza y la miró a los ojos, con una seriedad que le heló la sangre de forma agradable.
—Te lo prometo por mi vida. A partir de ahora, somos nosotros contra el mundo.
Se besaron una última vez, un beso lento que sellaba el pacto de sangre y deseo que habían forjado en las cenizas de su antigua vida. Mañana el sol saldría sobre una casa vacía, y Hawkins perdería a sus dos hijos más rebeldes, perdidos en la inmensidad de una carretera que solo ellos sabían a dónde conducía. El anillo en el dedo de Max pesaba, pero era el peso más dulce que jamás había cargado. Eran libres, eran amantes y, muy pronto, serían todo lo que el mundo les había prohibido ser.
Billy estaba de pie junto a la ventana del salón, observando cómo la lluvia de Hawkins golpeaba el cristal. Llevaba la camisa negra desabrochada hasta la mitad del pecho y un cigarrillo consumiéndose entre los dedos. Max lo observaba desde el sofá, con las piernas encogidas contra el pecho. A sus dieciocho años, Max se había convertido en una mujer que atraía todas las miradas; su melena pelirroja caía en cascada sobre sus hombros y sus ojos azules, antes llenos de fuego, ahora parecían dos pozos de cansancio y resignación.
—¿En qué piensas? —preguntó ella con la voz rota.
Billy no se giró de inmediato. Exhaló el humo con lentitud, viendo cómo se disipaba en el aire estancado de la habitación.
—En que por fin se han callado —respondió él con una frialdad que ocultaba un torbellino de emociones—. Ya no hay gritos, Max. Ya no hay golpes en la pared. Solo estamos nosotros.
Max se levantó y caminó hacia él. Sus pies descalzos no hacían ruido sobre la alfombra desgastada. Se detuvo a su espalda y apoyó la frente entre sus omóplatos, sintiendo el calor que emanaba de su cuerpo. Billy era su protector, su torturador y su amante. Durante tres años, desde que la tensión estalló en aquel caluroso verano en el que ambos comprendieron que el odio era solo la superficie de algo mucho más oscuro, se habían entregado a una pasión clandestina que los mantenía cuerdos en medio del infierno familiar.
—Tenemos que decidir qué hacer —susurró Max—. La casa, el dinero del seguro... la gente va a empezar a preguntar.
Billy se dio la vuelta con una brusquedad que hizo que Max retrocediera un paso. Sus ojos azules, tan parecidos y a la vez tan distintos a los de ella, ardían con una intensidad nueva. Tiró la colilla al suelo y la aplastó con la bota sin apartar la mirada de la joven.
—Que pregunten lo que quieran —dijo él, agarrándola por la cintura y pegándola a su cuerpo—. Ya no tenemos que escondernos de ellos. Nunca más.
Max sintió el nudo en la garganta. La relación entre ellos siempre había sido un secreto a voces en los rincones más oscuros de su hogar, una rebelión contra la autoridad de sus padres. Pero ahora, con los padres bajo tierra, el peso de la realidad caía sobre sus hombros.
—Billy, somos hermanos ante la ley —recordó ella, aunque su mano ya acariciaba la nuca de él, enredándose en sus rizos rubios.
—No compartimos ni una gota de sangre, Max. Lo sabes. Yo no soy un Hargrove de verdad para ti, y tú no eres una Mayfield para mí. Eres mía. Lo has sido desde que tenías quince años y me desafiaste en aquel salón.
Billy metió la mano en el bolsillo de su vaquero ajustado y sacó algo que hizo que el corazón de Max se detuviera. Era un anillo, una banda de plata sencilla pero sólida, que brillaba bajo la tenue luz de la lámpara del techo.
—No voy a dejar que nos separen —continuó él, su voz volviéndose más profunda, casi un gruñido—. No voy a dejar que los servicios sociales o algún pariente lejano venga a decirte dónde tienes que vivir. Cásate conmigo. Mañana mismo nos vamos de este pueblo de mierda. Nos vamos a California, o a donde quieras, pero como marido y mujer.
Max se quedó sin aliento. El mundo parecía haberse detenido. La propuesta era una locura, un acto de desesperación y amor posesivo que solo alguien como Billy Hargrove podría idear. Pero al mirarlo, al ver la vulnerabilidad oculta tras su máscara de tipo duro, supo que no había otra opción para ella.
—¿Estás hablando en serio? —preguntó ella, con las manos temblándole sobre el pecho de él.
—Nunca he hablado más en serio en mi puta vida —respondió él, deslizando el anillo en el dedo anular de Max—. Eres lo único bueno que ha salido de este desastre. Eres mi familia, Max. La única que quiero.
Max miró el anillo y luego a él. Una sonrisa triste y excitada a la vez apareció en sus labios.
—Sí —susurró—. Sí, Billy. Vámonos de aquí.
Billy no esperó un segundo más. La levantó en vilo, haciendo que ella soltara un pequeño grito de sorpresa que se transformó en un gemido cuando sus labios se encontraron. El beso sabía a tabaco, a desesperación y a una libertad que nunca habían conocido. La llevó hacia el dormitorio principal, el que antes pertenecía a Neil y Susan, como si fuera un acto de conquista final sobre el pasado.
La arrojó sobre la cama matrimonial y se deshizo de su camisa con movimientos frenéticos. Max lo observaba, admirando cada músculo de su torso, las cicatrices que contaba como medallas de guerra de una infancia compartida en el dolor. Ella se quitó la camiseta, revelando su piel pálida y sus curvas que volvían loco a Billy cada noche.
—Eres tan hermosa que duele —dijo él, situándose entre sus piernas.
—Cállate y hazme olvidar —suplicó ella, tirando de él hacia abajo.
El encuentro fue explosivo, una mezcla de la tensión acumulada durante los cinco días de luto fingido y la promesa de un futuro juntos. Billy la poseía con una urgencia que rayaba en la violencia, pero sus manos eran extrañamente delicadas cuando acariciaban su rostro. Max arqueaba la espalda, clavando las uñas en los hombros de él, dejando marcas que tardarían días en borrarse.
—Dilo —gruñó Billy al oído de ella, mientras sus cuerpos se movían en un ritmo frenético—. Di que eres mía.
—Soy tuya, Billy... siempre he sido tuya —jadeó ella, cerrando los ojos con fuerza mientras el placer empezaba a nublarle el juicio.
El sonido de la lluvia seguía golpeando el tejado, pero dentro de aquella habitación, el mundo exterior no existía. No había demogorgons, no había laboratorios secretos, no había padres abusivos. Solo estaban ellos dos, fundiéndose en un abrazo que era tanto una salvación como una condena.
Cuando finalmente el agotamiento los venció, se quedaron entrelazados entre las sábanas revueltas. El sudor enfriándose en sus cuerpos era el único recordatorio de la intensidad de lo ocurrido. Billy apoyó la cabeza en el pecho de Max, escuchando los latidos de su corazón que poco a poco recuperaban la normalidad.
—¿Crees que nos buscarán? —preguntó Max, acariciando el cabello de Billy.
—Que lo intenten —respondió él con una confianza renovada—. Para cuando se den cuenta de que nos hemos ido, estaremos cruzando la frontera del estado. Tendremos una casa cerca del mar, Max. Sin inviernos, sin Hawkins.
Max cerró los ojos, imaginando el olor al salitre y el sonido de las olas. Por primera vez en años, sintió que el futuro no era una mancha negra, sino un lienzo en blanco.
—Prométeme que no volveremos a ser esos chicos asustados —dijo ella en un susurro.
Billy levantó la cabeza y la miró a los ojos, con una seriedad que le heló la sangre de forma agradable.
—Te lo prometo por mi vida. A partir de ahora, somos nosotros contra el mundo.
Se besaron una última vez, un beso lento que sellaba el pacto de sangre y deseo que habían forjado en las cenizas de su antigua vida. Mañana el sol saldría sobre una casa vacía, y Hawkins perdería a sus dos hijos más rebeldes, perdidos en la inmensidad de una carretera que solo ellos sabían a dónde conducía. El anillo en el dedo de Max pesaba, pero era el peso más dulce que jamás había cargado. Eran libres, eran amantes y, muy pronto, serían todo lo que el mundo les había prohibido ser.
