Fanfy
.studio
Imagen de fondo

A

Fandom: Game of throne

Creado: 31/5/2026

Etiquetas

UA (Universo Alternativo)FantasíaAlmas GemelasDramaAngustiaDivergenciaRecontarEstudio de Personaje
Índice

El rugido del León y el juramento del Lobo

El frío de Invernalia no era como el que Jaime Lannister recordaba. No era solo una temperatura; era una presencia viva que se filtraba por las rendijas de su armadura dorada y mordía la piel con una insistencia casi personal. A lomos de su semental blanco, Jaime observaba el patio del castillo con el desdén propio de un hombre que se sabía el guerrero más letal de Poniente. A su lado, su hermana Cersei mantenía una expresión de soberana indiferencia, aunque Jaime podía notar la tensión en su mandíbula.

Robert Baratheon, gordo y ruidoso, desmontó con un estrépito que pareció sacudir los cimientos de la fortaleza. Los Stark estaban allí, alineados como estatuas de granito talladas por el mismo viento del norte. Ned Stark, sombrío y honorable hasta la náusea; su esposa Tully, con esa mirada de acero; y sus hijos.

Jaime recorrió la fila con la mirada, buscando aburrimiento, buscando una razón para retirarse a beber. Pero entonces, sus ojos se posaron en el hijo mayor, el heredero de Invernalia.

Robb Stark dio un paso al frente para saludar al rey, y en ese instante, el mundo se detuvo.

No fue una sensación gradual. Fue una explosión.

Una luz dorada, cegadora y cálida como el sol de mediodía en Lannisport, brotó del pecho de Jaime Lannister. El resplandor envolvió su cuerpo, ocultándolo por completo de la vista de los presentes. Un grito ahogado recorrió el patio. Los caballos relincharon, encabritándose, y los guardias echaron mano a sus espadas.

—¡Jaime! —gritó Cersei, su voz cargada de un pánico que rara vez mostraba.

Dentro de la luz, Jaime no sentía dolor. Sentía que el peso de los años, de las traiciones, de los asesinatos y de la amargura se desprendía de él como piel muerta. Sus músculos, curtidos por mil batallas, se volvieron más ágiles; su rostro, marcado por el cinismo, recuperó la tersura de la juventud más pura.

Cuando la luz finalmente se desvaneció, el hombre que permanecía allí no era el Matarreyes de treinta y tantos años. Era el joven Jaime, el escudero que había sido nombrado caballero en el campo de batalla por Arthur Dayne. Tenía dieciséis años, el cabello era una cascada de oro líquido y sus ojos verdes brillaban con una intensidad febril. Su armadura, ahora demasiado grande para su constitución más joven, tintineó mientras él miraba sus propias manos.

—¿Qué... qué es esto? —susurró Jaime, su voz ahora más aguda, recuperando el tono de la adolescencia.

Un gemido de asombro colectivo surgió de los norteños. Robb Stark, que se había quedado paralizado, sostenía su muñeca izquierda con fuerza. Jaime sintió un ardor repentino en la suya. Se despojó del guantelete de oro con manos temblorosas.

Allí, grabada en la piel de su muñeca, brillaba una marca: un lobo huargo entrelazado con un león, rodeados por una corona de escarcha y fuego. Era la marca del alma, una leyenda que muchos consideraban extinguida desde los días de los Primeros Hombres.

—Es una bendición —dijo una voz anciana entre la multitud. Un viejo criado se arrodilló—. Los Antiguos Dioses han hablado. Almas gemelas.

Robb Stark levantó su propia muñeca, mostrando la marca idéntica. El joven lobo miraba a Jaime con una mezcla de asombro y una extraña, inmediata devoción.

—Esto es imposible —bufó Robert Baratheon, acercándose a Jaime y dándole una palmada que casi lo derriba—. ¡Por los siete infiernos! ¡Si eres un niño otra vez, Jaime! ¡Y te has unido a un Stark!

—No —dijo Jaime, retrocediendo, su corazón latiendo con una violencia que no recordaba—. No, esto no puede ser.

Cersei se acercó, su rostro pálido como la muerte. Sus ojos recorrieron el cuerpo joven de su hermano, de su amante, y luego la marca en su muñeca. La furia y el asco luchaban en sus facciones.

—Es un truco —siseó ella—. Alguna clase de brujería del norte.

—No es brujería, mi señora —intervino Ned Stark, cuya expresión había pasado del shock a una solemnidad absoluta—. Es un vínculo sagrado. En el Norte, no hay nada más vinculante que una marca del alma. Los dioses han decidido que nuestras casas deben unirse de la manera más profunda posible.

Robb Stark dio un paso hacia Jaime. Sus ojos azules, ahora llenos de una chispa que Jaime no podía identificar, se clavaron en los suyos.

—Ser Jaime... —comenzó Robb, su voz profunda.

—¡Ni se te ocurra! —le espetó Jaime, recuperando parte de su arrogancia a pesar de su nueva estatura—. No me importa lo que digan vuestros dioses o vuestras marcas. Yo soy un Lannister de Roca Casterly. Soy un Caballero de la Guardia Real. No voy a... no voy a casarme con un niño del norte.

—Ya no eres de la Guardia Real, Jaime —dijo Tyrion, apareciendo entre la multitud con una sonrisa burlona pero preocupada—. Tienes dieciséis años. Técnicamente, tu juramento aún no ha ocurrido, o al menos, tu cuerpo y tu alma parecen haber reiniciado el contador. Y mira a tu alrededor. Los norteños no suelen dejar que las bendiciones de sus dioses se ignoren.

Jaime miró a su alrededor. Los soldados Stark, los mozos de cuadra, incluso las damas de compañía, lo observaban no con la desconfianza habitual hacia un Lannister, sino con una reverencia casi religiosa. Para ellos, Jaime ya no era el Matarreyes; era el regalo de los dioses para su futuro señor.

—Debemos preparar los aposentos —declaró Catelyn Stark, su voz firme, aunque sus ojos seguían fijos en la marca de su hijo—. Una unión de almas gemelas debe ser honrada con un matrimonio inmediato ante el árbol corazón.

—¡He dicho que no! —gritó Jaime, sintiendo una claustrofobia que nunca había experimentado en una batalla—. Esto es absurdo. Mañana regresaré a Desembarco del Rey con el Rey Robert. Ignoraremos este... este incidente. La marca desaparecerá, o la cubriré. No me casaré con él.

Robb Stark se acercó más, ignorando el rechazo. Había algo en su postura, una determinación tranquila que recordaba a la montaña.

—La marca no desaparece, Ser Jaime —dijo Robb suavemente—. Yo la siento. Siento tu pulso en el mío. Siento tu miedo, aunque intentes ocultarlo tras tu orgullo. No puedes huir de esto. El Norte no te lo permitirá.

—¿Me estás amenazando, Stark? —Jaime llevó la mano al pomo de su espada, pero se dio cuenta de que su brazo era más corto, su alcance diferente. La frustración lo quemaba.

—No es una amenaza —intervino Ned Stark, colocándose al lado de su hijo—. Es un deber. En el Norte, protegemos lo que es sagrado. Y este vínculo lo es. No permitiré que mi hijo pierda a su alma gemela por el orgullo de un Lannister. Os quedaréis en Invernalia, Jaime. Seréis tratado con todos los honores, pero no os iréis hasta que la unión se consume ante los ojos de los dioses.

—¡Robert! —Jaime miró al rey, buscando un aliado—. ¡Diles algo! ¡Soy tu cuñado!

Robert Baratheon soltó una carcajada estruendosa que resonó en todo el patio.

—¡Por los dioses, Jaime! ¡Mírate! Eres un cachorro otra vez. Y Ned tiene razón. Una marca del alma es algo que ni siquiera un rey puede ignorar. Además... —Robert se acercó y le susurró al oído con aliento a vino—, me encantaría ver la cara de Tywin cuando sepa que su heredero de oro tiene que arrodillarse ante un árbol corazón y casarse con un lobo. Te quedarás aquí, muchacho. Es una orden real.

Jaime sintió que el mundo se cerraba sobre él. Miró a Cersei, pero ella se había dado la vuelta, incapaz de mirar su rostro joven que ya no le pertenecía a ella, sino a la magia del Norte.

Esa noche, Jaime fue escoltado no a una celda, sino a una de las cámaras más lujosas de la Torre de los Invitados. Sin embargo, sabía que había guardias en la puerta. Guardias que no estaban allí para protegerlo, sino para asegurarse de que el "milagro" no escapara.

Estaba sentado frente al fuego, vistiendo ropas de lana que le habían proporcionado —demasiado ásperas, demasiado calientes—, cuando la puerta se abrió. Robb Stark entró solo.

Jaime no se levantó. Se limitó a mirarlo con odio.

—Vete de aquí —dijo Jaime.

—No puedo —respondió Robb, cerrando la puerta tras de sí—. La marca me atrae hacia ti. Es como un tirón en el pecho que no se detiene.

—Es una maldición —escupió Jaime—. Tenía una vida. Tenía poder. Ahora soy un adolescente otra vez, atrapado en este agujero de hielo con un niño que cree en cuentos de viejas.

Robb caminó hacia él con una parsimonia que irritó a Jaime. Se detuvo a apenas un paso y extendió la mano, sin tocarlo, pero dejando que el calor de su palma se sintiera cerca de la mejilla de Jaime.

—No eres el único que ha visto su vida cambiar hoy, Jaime —dijo Robb con calma—. Yo esperaba casarme con la hija de algún lord por deber. Nunca esperé esto. Pero cuando la luz te envolvió... cuando te vi... supe que no había otra opción para mí.

—No me conoces —dijo Jaime, su voz temblando ligeramente—. Si supieras las cosas que he hecho...

—La marca aparece en el alma, no en el pasado —replicó Robb—. Los dioses te devolvieron a tu juventud porque es en este momento donde tu alma es lo que debe ser para estar con la mía. No me importa quién fuiste. Me importa quién eres ahora.

—Soy un prisionero —dijo Jaime, levantando la vista para encontrar los ojos de Robb.

—Eres mi alma gemela —corrigió Robb—. Y no dejaré que te vayas. El Norte es vasto y salvaje, Jaime. Podrías intentar huir, pero mis hombres te encontrarían. Mis lobos te encontrarían. Yo te encontraría.

Jaime se puso de pie de un salto, la diferencia de altura ahora era mínima, casi inexistente. La intensidad del joven Stark era abrumadora.

—¿Vas a obligarme a casarme contigo? ¿Dónde está el famoso honor de los Stark en eso?

—El honor consiste en obedecer a los dioses y proteger a la familia —dijo Robb, y por un momento, Jaime vio en él no a un adolescente, sino al Rey en el Norte que estaba destinado a ser—. Tú ya eres mi familia, Jaime. Solo falta que el resto del mundo lo sepa.

Robb se atrevió entonces a tocarlo. Sus dedos rozaron la marca en la muñeca de Jaime. Una descarga eléctrica recorrió el cuerpo del Lannister, una sensación de pertenencia tan absoluta que le robó el aliento. Sus rodillas flaquearon por un segundo y tuvo que apoyarse en el brazo de Robb.

—Maldita sea —susurró Jaime, cerrando los ojos contra la sensación de calidez que lo invadía.

—Mañana iremos al Bosque de Dioses —dijo Robb, su voz ahora más suave, casi una caricia—. Mi padre enviará un cuervo a Roca Casterly. Tu padre protestará, supongo. Pero no importa. Para cuando llegue cualquier respuesta, ya serás un Stark de Invernalia por matrimonio.

—Mi padre quemará este lugar hasta los cimientos —amenazó Jaime, aunque su voz carecía de convicción.

—Que lo intente —respondió Robb con una sonrisa lobuna—. El invierno se acerca, Jaime. Y en el invierno, el lobo cuida de los suyos. Y tú eres mío.

Robb se inclinó y, antes de que Jaime pudiera reaccionar, depositó un beso casto pero firme en su frente. El contacto quemaba, marcando a Jaime más profundamente de lo que cualquier hierro candente podría haberlo hecho.

Cuando Robb salió de la habitación, Jaime se dejó caer de nuevo en la silla. Miró la marca en su muñeca, el león y el lobo entrelazados en una danza eterna. Odiaba al Norte, odiaba a los Stark y odiaba la magia que lo había convertido en esto.

Pero mientras sentía el eco del pulso de Robb Stark resonando en su propia sangre, Jaime Lannister supo, con una certeza aterradora, que no iba a marcharse. El León había sido cazado, no con espadas ni con cadenas, sino con un hilo dorado que lo ataba al corazón del invierno.

Y, por primera vez en su vida, el Matarreyes no sabía cómo luchar contra su destino.
Índice

¿Quieres crear tu propio fanfic?

Regístrate en Fanfy y crea tus propias historias.

Crear mi fanfic