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Amor prohibido
Fandom: Stranger things
Creado: 31/5/2026
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RomanceUA (Universo Alternativo)PWP (¿Trama? ¿Qué trama?)Historia DomésticaLenguaje ExplícitoAmbientación Canon
Nudos y Promesas de Medianoche
La humedad de Hawkins se filtraba por las ventanas abiertas de la casa, pero dentro de la habitación principal, el aire era denso por una razón completamente distinta. Max se miró en el espejo del tocador, ajustándose el tirante de su camisón de seda negra. A sus veintitantos, Max Mayfield —ahora Hargrove— conservaba esa chispa rebelde en sus ojos azules, pero su cuerpo había florecido con una madurez que Billy no se cansaba de alabar. Él solía decirle que estaba "buenorra", una palabra que en su boca sonaba como una mezcla de adoración y posesividad salvaje.
Escuchó los pasos pesados de Billy acercándose. No eran los pasos erráticos y violentos de su adolescencia, sino los de un hombre que había reclamado su lugar en el mundo y, sobre todo, en la cama de Max. Cuando la puerta se abrió, Max vio a través del reflejo cómo su marido dejaba una bolsa de cuero negro sobre la cómoda.
—Te he traído algo —dijo Billy, su voz era un barítono profundo que siempre lograba que a Max se le erizara la piel—. Algo para celebrar que hoy no tenemos que rendir cuentas a nadie.
Max se giró, apoyando las caderas contra el tocador, cruzando los brazos con una sonrisa desafiante.
—¿Otra sorpresa, Hargrove? La última vez casi quemamos las sábanas.
Billy soltó una carcajada ronca y se acercó a ella, acortando la distancia hasta que Max pudo oler su perfume, una mezcla de tabaco, cuero y ese aroma almizclado que era puramente suyo. Le puso las manos en la cintura, apretando con firmeza.
—Esto es diferente —murmuró él, besando la línea de su mandíbula—. He comprado unas correas nuevas. De nylon reforzado. Y un pequeño juguete que funciona por vibración remota.
Max arqueó una ceja, sintiendo un escalofrío de anticipación recorrer su columna vertebral.
—¿Y qué tienes planeado hacer con todo eso?
Billy la miró fijamente, con esos ojos azules que a veces parecían tormentas eléctricas.
—Quiero verte perder el control, Max. Quiero atarte a esa cama y no soltarte hasta que te hayas corrido tres veces. Ni una más, ni una menos. Pero las tres tienen que ser... épicas.
Max sintió un nudo en el estómago, una mezcla de deseo y esa adrenalina que solo Billy sabía provocarle.
—Tres veces, ¿eh? —Max estiró la mano y jugueteó con el cuello de la camisa de Billy—. Sabes que no soy fácil de doblegar.
—Lo sé —respondió él, dándole un mordisco juguetón en la oreja—. Por eso me gusta tanto el desafío.
Billy se apartó solo lo suficiente para sacar las correas de la bolsa. Eran negras, brillantes y olían a nuevo. Con una eficiencia metódica, comenzó a sujetarlas a los postes de la cama de matrimonio. Max observaba cada uno de sus movimientos, fascinada por la concentración en su rostro. Billy siempre había sido intenso, pero en la intimidad, esa intensidad se transformaba en una devoción casi religiosa hacia el placer de ella.
—Túmbate —ordenó él con suavidad, pero sin dejar lugar a dudas.
Max obedeció. Se acomodó sobre las sábanas de satén, sintiendo el frío del tejido bajo su piel caliente. Billy se colocó sobre ella, besándola con una urgencia que le quitó el aliento. Sus manos trabajaron rápido, asegurando las muñecas de Max a los postes superiores. Las correas estaban acolchadas por dentro, pero la restricción era absoluta.
—¿Estás cómoda? —preguntó Billy, separándose para mirarla. Max estaba allí, con el cabello pelirrojo desparramado como fuego sobre la almohada, los brazos extendidos y el pecho subiendo y bajando con rapidez.
—Estoy lista —susurró ella, desafiante—. Demuéstrame de qué eres capaz.
Billy sonrió de esa forma ladeada que tanto la volvía loca. Sacó el juguete de la bolsa: un pequeño dispositivo de silicona suave, de un color púrpura intenso, con relieves diseñados para la máxima estimulación. Lo encendió y un zumbido bajo llenó la habitación.
—Este es el plan —dijo Billy, pasando el juguete por la mejilla de Max sin tocar aún sus labios—. La primera será suave. La segunda será intensa. Y la tercera... la tercera hará que olvides hasta tu propio nombre.
—Hablas mucho, Billy —provocó ella, aunque sus piernas ya se agitaban con impaciencia.
Billy no respondió con palabras. Bajó el juguete por su cuello, descendiendo por el escote del camisón hasta llegar al centro de su deseo. Cuando el aparato hizo contacto, Max soltó un jadeo sonoro y arqueó la espalda, pero las correas la mantuvieron firmemente en su lugar.
—La primera —anunció Billy.
Comenzó a mover el juguete con una lentitud tortuosa. Max intentaba cerrar las piernas, pero Billy se colocó entre ellas, manteniéndolas abiertas con su propio cuerpo. Sus manos no estaban ociosas; acariciaba sus muslos, subiendo por la parte interna, mientras su boca encontraba los pezones de Max a través de la fina tela del camisón.
—¡Billy! —exclamó ella, su voz rompiéndose—. No seas tan... tan lento.
—Tenemos toda la noche, nena —murmuró él contra su piel—. Saborea cada vibración.
El placer comenzó a acumularse en el vientre de Max como una marea creciente. La restricción de sus brazos hacía que cada sensación se multiplicara. No podía tocarse, no podía apartar a Billy, solo podía recibir. Cuando el primer orgasmo la alcanzó, fue como una ola cálida que la hizo temblar de pies a cabeza. Max gimió, cerrando los ojos con fuerza mientras su cuerpo se relajaba momentáneamente contra el colchón.
—Una —dijo Billy, con una satisfacción evidente en su rostro. No le dio tiempo a recuperarse. Subió la intensidad del juguete con el control remoto—. Vamos a por la segunda.
Esta vez, Billy fue más agresivo. Sus besos eran profundos, hambrientos. Max sentía que el aire se volvía escaso. La vibración era ahora un zumbido frenético que parecía resonar en sus huesos. Ella tiraba de las correas, el metal tintineando contra la madera de la cama, creando un ritmo metálico que acompañaba sus gemidos.
—Mírame, Max —le pidió él.
Ella abrió los ojos, empañados por las lágrimas de placer. Billy la observaba con una mezcla de amor y lujuria tan pura que le dolió el pecho. Él metió dos dedos en su boca, y Max los succionó con desesperación mientras el juguete seguía haciendo su trabajo abajo. La segunda vez fue explosiva. Max gritó el nombre de Billy mientras su cuerpo se tensaba en un arco violento. Los espasmos duraron tanto que pensó que se desmayaría.
—Eso es... eso es —susurró Billy, limpiándole una lágrima con el pulgar mientras ella jadeaba, intentando recuperar el aliento—. Dos. Estás siendo una chica muy buena.
Max negó con la cabeza, el sudor pegando sus mechones pelirrojos a la frente.
—Ya no... no puedo más, Billy. Estoy agotada.
Billy soltó una risa baja y oscura, desabrochándose el cinturón.
—Oh, no hemos terminado. Te prometí tres, y yo siempre cumplo mis promesas. Pero para esta... voy a dejar el juguete a un lado.
Billy se deshizo de su ropa con movimientos fluidos, revelando un cuerpo esculpido por el trabajo duro y la genética envidiable que siempre había poseído. Max lo recorrió con la mirada, sintiendo un nuevo arranque de deseo a pesar del cansancio. Él se posicionó sobre ella, pero antes de entrar, volvió a encender el juguete y lo colocó estratégicamente entre ambos.
—Esta es la que te hará perder la cabeza —prometió él.
Cuando Billy entró en ella, Max sintió que el mundo desaparecía. La combinación de su peso, el ritmo constante de sus embestidas y la vibración añadida fue demasiado. Max empezó a delirar, soltando frases incoherentes, suplicando y mandándolo al infierno al mismo tiempo. Billy la besaba para acallar sus gritos, sus manos ahora libres para sujetar las de ella por encima de la cabeza, reforzando la presión de las correas.
—¡Billy, por favor! —suplicó ella, sintiendo que el clímax final estaba a punto de romperla en mil pedazos.
—Dilo —exigió él, aumentando la velocidad, el sudor goteando de su pecho al de ella—. Di que eres mía.
—¡Soy tuya! ¡Maldita sea, Billy, soy tuya!
El tercer orgasmo fue una supernova. Max sintió que su alma abandonaba su cuerpo por un segundo eterno. Sus uñas, aunque limitadas por las correas, intentaron clavarse en lo que alcanzaran, y sus piernas se envolvieron alrededor de la cintura de Billy con una fuerza sorprendente. Él también llegó a su límite poco después, hundiéndose en ella con un gemido profundo y gutural, escondiendo el rostro en el hueco de su cuello.
El silencio que siguió solo estaba roto por sus respiraciones agitadas. Billy se dejó caer a su lado, aunque todavía unido a ella, y con dedos temblorosos comenzó a desatar las correas de las muñecas de Max.
—Tres —susurró él, su voz cargada de agotamiento y ternura.
Max llevó sus manos, ahora libres, a la cara de Billy. Le acarició la mejilla, sintiendo la barba de un par de días.
—Eres un animal, Hargrove —dijo ella con una sonrisa débil pero satisfecha.
—Y tú eres la única que sabe domarlo —respondió él, dándole un beso suave en los labios—. ¿Estás bien?
Max se acomodó contra su pecho, escuchando el latido acelerado de su corazón que poco a poco volvía a la normalidad.
—Estoy mejor que bien. Pero la próxima vez... la próxima vez yo compro las correas y tú eres el que se queda quieto.
Billy soltó una carcajada que hizo vibrar el pecho de Max.
—Es un trato, pelirroja. Es un trato.
Se quedaron así, entrelazados bajo las sábanas desordenadas, mientras la luna de Hawkins observaba en silencio a dos almas que, a pesar de todo el caos de su pasado, habían encontrado su propio tipo de paz en los brazos —y las correas— del otro.
Escuchó los pasos pesados de Billy acercándose. No eran los pasos erráticos y violentos de su adolescencia, sino los de un hombre que había reclamado su lugar en el mundo y, sobre todo, en la cama de Max. Cuando la puerta se abrió, Max vio a través del reflejo cómo su marido dejaba una bolsa de cuero negro sobre la cómoda.
—Te he traído algo —dijo Billy, su voz era un barítono profundo que siempre lograba que a Max se le erizara la piel—. Algo para celebrar que hoy no tenemos que rendir cuentas a nadie.
Max se giró, apoyando las caderas contra el tocador, cruzando los brazos con una sonrisa desafiante.
—¿Otra sorpresa, Hargrove? La última vez casi quemamos las sábanas.
Billy soltó una carcajada ronca y se acercó a ella, acortando la distancia hasta que Max pudo oler su perfume, una mezcla de tabaco, cuero y ese aroma almizclado que era puramente suyo. Le puso las manos en la cintura, apretando con firmeza.
—Esto es diferente —murmuró él, besando la línea de su mandíbula—. He comprado unas correas nuevas. De nylon reforzado. Y un pequeño juguete que funciona por vibración remota.
Max arqueó una ceja, sintiendo un escalofrío de anticipación recorrer su columna vertebral.
—¿Y qué tienes planeado hacer con todo eso?
Billy la miró fijamente, con esos ojos azules que a veces parecían tormentas eléctricas.
—Quiero verte perder el control, Max. Quiero atarte a esa cama y no soltarte hasta que te hayas corrido tres veces. Ni una más, ni una menos. Pero las tres tienen que ser... épicas.
Max sintió un nudo en el estómago, una mezcla de deseo y esa adrenalina que solo Billy sabía provocarle.
—Tres veces, ¿eh? —Max estiró la mano y jugueteó con el cuello de la camisa de Billy—. Sabes que no soy fácil de doblegar.
—Lo sé —respondió él, dándole un mordisco juguetón en la oreja—. Por eso me gusta tanto el desafío.
Billy se apartó solo lo suficiente para sacar las correas de la bolsa. Eran negras, brillantes y olían a nuevo. Con una eficiencia metódica, comenzó a sujetarlas a los postes de la cama de matrimonio. Max observaba cada uno de sus movimientos, fascinada por la concentración en su rostro. Billy siempre había sido intenso, pero en la intimidad, esa intensidad se transformaba en una devoción casi religiosa hacia el placer de ella.
—Túmbate —ordenó él con suavidad, pero sin dejar lugar a dudas.
Max obedeció. Se acomodó sobre las sábanas de satén, sintiendo el frío del tejido bajo su piel caliente. Billy se colocó sobre ella, besándola con una urgencia que le quitó el aliento. Sus manos trabajaron rápido, asegurando las muñecas de Max a los postes superiores. Las correas estaban acolchadas por dentro, pero la restricción era absoluta.
—¿Estás cómoda? —preguntó Billy, separándose para mirarla. Max estaba allí, con el cabello pelirrojo desparramado como fuego sobre la almohada, los brazos extendidos y el pecho subiendo y bajando con rapidez.
—Estoy lista —susurró ella, desafiante—. Demuéstrame de qué eres capaz.
Billy sonrió de esa forma ladeada que tanto la volvía loca. Sacó el juguete de la bolsa: un pequeño dispositivo de silicona suave, de un color púrpura intenso, con relieves diseñados para la máxima estimulación. Lo encendió y un zumbido bajo llenó la habitación.
—Este es el plan —dijo Billy, pasando el juguete por la mejilla de Max sin tocar aún sus labios—. La primera será suave. La segunda será intensa. Y la tercera... la tercera hará que olvides hasta tu propio nombre.
—Hablas mucho, Billy —provocó ella, aunque sus piernas ya se agitaban con impaciencia.
Billy no respondió con palabras. Bajó el juguete por su cuello, descendiendo por el escote del camisón hasta llegar al centro de su deseo. Cuando el aparato hizo contacto, Max soltó un jadeo sonoro y arqueó la espalda, pero las correas la mantuvieron firmemente en su lugar.
—La primera —anunció Billy.
Comenzó a mover el juguete con una lentitud tortuosa. Max intentaba cerrar las piernas, pero Billy se colocó entre ellas, manteniéndolas abiertas con su propio cuerpo. Sus manos no estaban ociosas; acariciaba sus muslos, subiendo por la parte interna, mientras su boca encontraba los pezones de Max a través de la fina tela del camisón.
—¡Billy! —exclamó ella, su voz rompiéndose—. No seas tan... tan lento.
—Tenemos toda la noche, nena —murmuró él contra su piel—. Saborea cada vibración.
El placer comenzó a acumularse en el vientre de Max como una marea creciente. La restricción de sus brazos hacía que cada sensación se multiplicara. No podía tocarse, no podía apartar a Billy, solo podía recibir. Cuando el primer orgasmo la alcanzó, fue como una ola cálida que la hizo temblar de pies a cabeza. Max gimió, cerrando los ojos con fuerza mientras su cuerpo se relajaba momentáneamente contra el colchón.
—Una —dijo Billy, con una satisfacción evidente en su rostro. No le dio tiempo a recuperarse. Subió la intensidad del juguete con el control remoto—. Vamos a por la segunda.
Esta vez, Billy fue más agresivo. Sus besos eran profundos, hambrientos. Max sentía que el aire se volvía escaso. La vibración era ahora un zumbido frenético que parecía resonar en sus huesos. Ella tiraba de las correas, el metal tintineando contra la madera de la cama, creando un ritmo metálico que acompañaba sus gemidos.
—Mírame, Max —le pidió él.
Ella abrió los ojos, empañados por las lágrimas de placer. Billy la observaba con una mezcla de amor y lujuria tan pura que le dolió el pecho. Él metió dos dedos en su boca, y Max los succionó con desesperación mientras el juguete seguía haciendo su trabajo abajo. La segunda vez fue explosiva. Max gritó el nombre de Billy mientras su cuerpo se tensaba en un arco violento. Los espasmos duraron tanto que pensó que se desmayaría.
—Eso es... eso es —susurró Billy, limpiándole una lágrima con el pulgar mientras ella jadeaba, intentando recuperar el aliento—. Dos. Estás siendo una chica muy buena.
Max negó con la cabeza, el sudor pegando sus mechones pelirrojos a la frente.
—Ya no... no puedo más, Billy. Estoy agotada.
Billy soltó una risa baja y oscura, desabrochándose el cinturón.
—Oh, no hemos terminado. Te prometí tres, y yo siempre cumplo mis promesas. Pero para esta... voy a dejar el juguete a un lado.
Billy se deshizo de su ropa con movimientos fluidos, revelando un cuerpo esculpido por el trabajo duro y la genética envidiable que siempre había poseído. Max lo recorrió con la mirada, sintiendo un nuevo arranque de deseo a pesar del cansancio. Él se posicionó sobre ella, pero antes de entrar, volvió a encender el juguete y lo colocó estratégicamente entre ambos.
—Esta es la que te hará perder la cabeza —prometió él.
Cuando Billy entró en ella, Max sintió que el mundo desaparecía. La combinación de su peso, el ritmo constante de sus embestidas y la vibración añadida fue demasiado. Max empezó a delirar, soltando frases incoherentes, suplicando y mandándolo al infierno al mismo tiempo. Billy la besaba para acallar sus gritos, sus manos ahora libres para sujetar las de ella por encima de la cabeza, reforzando la presión de las correas.
—¡Billy, por favor! —suplicó ella, sintiendo que el clímax final estaba a punto de romperla en mil pedazos.
—Dilo —exigió él, aumentando la velocidad, el sudor goteando de su pecho al de ella—. Di que eres mía.
—¡Soy tuya! ¡Maldita sea, Billy, soy tuya!
El tercer orgasmo fue una supernova. Max sintió que su alma abandonaba su cuerpo por un segundo eterno. Sus uñas, aunque limitadas por las correas, intentaron clavarse en lo que alcanzaran, y sus piernas se envolvieron alrededor de la cintura de Billy con una fuerza sorprendente. Él también llegó a su límite poco después, hundiéndose en ella con un gemido profundo y gutural, escondiendo el rostro en el hueco de su cuello.
El silencio que siguió solo estaba roto por sus respiraciones agitadas. Billy se dejó caer a su lado, aunque todavía unido a ella, y con dedos temblorosos comenzó a desatar las correas de las muñecas de Max.
—Tres —susurró él, su voz cargada de agotamiento y ternura.
Max llevó sus manos, ahora libres, a la cara de Billy. Le acarició la mejilla, sintiendo la barba de un par de días.
—Eres un animal, Hargrove —dijo ella con una sonrisa débil pero satisfecha.
—Y tú eres la única que sabe domarlo —respondió él, dándole un beso suave en los labios—. ¿Estás bien?
Max se acomodó contra su pecho, escuchando el latido acelerado de su corazón que poco a poco volvía a la normalidad.
—Estoy mejor que bien. Pero la próxima vez... la próxima vez yo compro las correas y tú eres el que se queda quieto.
Billy soltó una carcajada que hizo vibrar el pecho de Max.
—Es un trato, pelirroja. Es un trato.
Se quedaron así, entrelazados bajo las sábanas desordenadas, mientras la luna de Hawkins observaba en silencio a dos almas que, a pesar de todo el caos de su pasado, habían encontrado su propio tipo de paz en los brazos —y las correas— del otro.
