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Mi cosmos

Fandom: Yuukoku no moriarty

Creado: 31/5/2026

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El Enigma Azul entre Números y Sueños

El Palacio de Buckingham siempre había sido un refugio de terciopelo y oro para Ángel Arsenich. A sus veintiún años, el joven vivía en una burbuja de cristal, protegido por los altos muros y el afecto casi devocional de su tía, la Reina Victoria. Para el mundo exterior, Ángel no existía; era un secreto guardado entre pasillos de mármol y jardines privados donde podía cuidar de los zorros y las aves sin que nadie juzgara su apariencia.

Ángel se miró al espejo por última vez antes de salir. Su cabello azul, adornado con mechones verdes que recordaban a las profundidades de un bosque mágico, caía en cascada hasta su cintura. Sus ojos, una anomalía de la naturaleza con iris que parecían contener galaxias enteras, estaban enmarcados por unos espejuelos de montura fina. Su piel era tan blanca que las pequeñas venas azules en sus muñecas y cuello parecían delicados trazos de una pintura renacentista. A pesar de ser un hombre, su belleza poseía una cualidad etérea y femenina que solía confundir a los pocos sirvientes que lo veían.

—No quiero ir, tía —susurró Ángel, con sus labios rosados y jugosos temblando ligeramente mientras se ajustaba el uniforme de la Universidad de Durham—. La gente me mirará.

La Reina Victoria, sentada en su trono personal, le dedicó una sonrisa llena de afecto.

—Mi querido Ángel, has pasado demasiado tiempo oculto. El mundo necesita ver la joya que he estado guardando, y tú necesitas respirar aire que no huela a incienso real. Además, es solo una clase de matemáticas para empezar.

Ángel sintió un escalofrío. La palabra "matemáticas" tuvo un efecto inmediato en él: sus párpados pesaron y un bostezo involuntario escapó de su boca. Para Ángel, los números eran el lenguaje del aburrimiento absoluto, una canción de cuna aritmética que lo transportaba al reino de los sueños en cuestión de segundos.

—Pero tía... las matemáticas son... —Ángel buscó la palabra mientras acariciaba distraídamente sus uñas rosadas naturales—... un somnífero cruel.

A pesar de sus protestas, una hora después, Ángel se encontraba frente a las imponentes puertas de la universidad. El carruaje real, sin insignias para no llamar la atención, lo había dejado a una distancia prudencial. Caminaba con la cabeza baja, sintiendo cómo los estudiantes se detenían a su paso. Los susurros lo perseguían como una brisa persistente.

—¿Es una chica? —murmuró un estudiante.

—Mira ese cabello... es hermoso —dijo otro.

Ángel apretó sus libros contra el pecho, sintiéndose pequeño. Su timidez extrema era un muro que lo aislaba de la multitud. Al llegar al aula asignada, se deslizó hacia el asiento más alejado, en la última fila, esperando pasar desapercibido. Su estómago rugió ligeramente; había olvidado comer su cuarta merienda del día debido a los nervios de la mudanza al campus. Sacó discretamente un pequeño bollo de crema de su bolsillo y le dio un mordisco rápido, sintiéndose un poco más valiente con el azúcar en su sistema.

De repente, el aula quedó en silencio. El sonido rítmico de unos pasos sobre la madera anunció la llegada del profesor.

William James Moriarty entró con la elegancia de un depredador sofisticado. Su cabello rubio y sus ojos carmesí, llenos de una inteligencia que parecía ver a través de las almas, recorrieron la sala. William se detuvo un momento al notar la presencia del nuevo estudiante en el fondo. Aquel joven de cabello azul y ojos de cosmos no encajaba en el paisaje habitual de Durham. Había algo en su postura, una mezcla de nobleza y fragilidad, que despertó la curiosidad del matemático.

—Buenos días a todos —dijo William, su voz suave pero firme llenando el espacio—. Soy el profesor William James Moriarty. Hoy comenzaremos con el análisis de las ecuaciones diferenciales y su aplicación en la mecánica celeste.

Ángel, que había estado observando al profesor con una mezcla de miedo y fascinación, sintió que el mundo empezaba a desvanecerse en cuanto William mencionó la palabra "ecuaciones". La voz del profesor, aunque melodiosa, se convirtió en un zumbido monótono para sus oídos.

—Si tomamos la variable X como el punto de origen... —continuaba William, mientras escribía con tiza en la pizarra.

Ángel apoyó la barbilla en su mano. Sus ojos azules se fijaron en el movimiento de la tiza, pero su mente ya estaba volando hacia los jardines del palacio, imaginando que alimentaba a un pequeño conejo. Sus párpados se cerraron lentamente. El sonido de la tiza era como el tic-tac de un reloj que lo invitaba a dormir.

—Señor... —William hizo una pausa, consultando su lista de alumnos—... ¿Señor Arsenich?

El silencio que siguió fue sepulcral. Ángel no respondió. Su cabeza se había inclinado hacia un lado y una respiración rítmica y tranquila indicaba que el joven estaba profundamente dormido en medio de la clase.

William arqueó una ceja. En todos sus años de enseñanza, nadie se había atrevido a quedarse dormido en su primera lección, y mucho menos de una forma tan pacífica y descarada. Se acercó lentamente al fondo del aula, mientras los demás estudiantes contenían el aliento, esperando una reprimenda severa.

Al llegar al escritorio de Ángel, William se detuvo. De cerca, la belleza del joven era aún más impactante. Las largas pestañas proyectaban sombras sobre sus pómulos blancos, y un pequeño rastro de azúcar del bollo de crema brillaba en la comisura de sus labios rosados. William notó que el joven sostenía un pequeño cuaderno donde, en lugar de fórmulas, había dibujos detallados de gatitos y pájaros.

—Señor Arsenich —repitió William, esta vez golpeando suavemente la mesa con sus dedos.

Ángel se sobresaltó, abriendo los ojos de par en par. Sus espejuelos se deslizaron por el puente de su nariz. Al ver el rostro de William tan cerca, su rostro se tiñó de un rojo intenso, contrastando vívidamente con su piel pálida.

—¡Ah! ¡Lo siento! —exclamó Ángel, su voz era suave y melódica, aunque cargada de pánico—. Yo... las matemáticas... ellas me obligan.

William no pudo evitar que una pequeña sonrisa, casi imperceptible, curvara sus labios.

—¿Las matemáticas lo obligan a qué, exactamente? —preguntó el profesor con curiosidad.

—A dormir —susurró Ángel, bajando la mirada hacia sus uñas rosadas—. Es como si cada número fuera una oveja saltando una valla. Para cuando llega al diez, ya estoy en el quinto sueño. Es una maldición familiar, creo.

—Es una explicación fascinante, aunque poco académica —respondió William, cruzándose de brazos—. Sin embargo, mi clase es obligatoria para su programa. ¿Cómo piensa aprobar si decide visitar el mundo de los sueños cada vez que abro la boca?

Ángel se encogió de hombros, luciendo como un animalito asustado.

—Tal vez si los números fueran animales... —aventuró el joven tímidamente—. Si el número dos fuera un cisne y el ocho un conejo, quizás me interesaría más. Pero los números son solo... líneas frías.

William observó al joven por un momento. Había algo genuino en su desinterés, una pureza que rara vez se encontraba en los círculos intelectuales de Londres. Aquel joven no era un estudiante común; era un protegido de la corona, el sobrino de la Reina, y William lo sabía perfectamente gracias a su red de información. Pero más allá de su estatus, había un enigma en esos ojos de cosmos que William deseaba descifrar.

—Hagamos un trato, señor Arsenich —dijo William, volviendo hacia el frente de la clase—. Si logra mantenerse despierto durante el resto de la lección, le permitiré traer un bocadillo adicional mañana. He notado que tiene una debilidad por los dulces.

Ángel abrió mucho los ojos, iluminándose ante la mención de la comida.

—¿Cualquier bocadillo? ¿Incluso tarta de fresa? —preguntó con esperanza.

—Incluso tarta de fresa —confirmó William con una chispa de diversión en sus ojos rojos.

—Haré mi mejor esfuerzo, profesor Moriarty —prometió Ángel, enderezándose en su asiento y ajustándose los espejuelos.

La clase continuó. William, de manera sutil, comenzó a cambiar su forma de explicar. Empezó a usar metáforas visuales, comparando las trayectorias de los planetas con el vuelo de las aves y las proporciones áureas con las espirales de las conchas marinas. Ángel, aunque todavía sentía el peso del sueño acechándolo, se encontró prestando atención. No eran los números lo que le interesaba, sino la pasión con la que aquel hombre rubio hablaba de ellos.

Al terminar la clase, los estudiantes se retiraron rápidamente, pero Ángel se quedó rezagado, guardando sus cosas con movimientos lentos y torpes.

—Señor Arsenich —lo llamó William mientras borraba la pizarra.

Ángel se acercó al escritorio del profesor, caminando como si temiera romper el suelo.

—¿Sí, profesor?

—Ha cumplido su parte del trato. Mañana espero ver esa tarta de fresa, pero también espero que intente resolver el primer problema de la página diez.

Ángel hizo un pequeño puchero, lo que lo hacía lucir increíblemente adorable.

—¿Es absolutamente necesario? Los sapos me dan miedo, pero los problemas de matemáticas me dan terror.

William soltó una risa suave, un sonido que rara vez compartía con sus alumnos.

—Le aseguro que un problema de álgebra no muerde, a diferencia de algunos sapos. Vaya a descansar. El mundo exterior es grande, Ángel. No deje que el miedo lo mantenga en las sombras.

Ángel asintió, sintiendo una calidez extraña en su pecho. Nadie fuera del palacio lo había llamado por su nombre de pila con tanta naturalidad.

—Gracias, profesor Moriarty. Usted es... menos aburrido de lo que pensaba que sería un matemático.

Con esa declaración, Ángel salió del aula, su cabello azul ondeando tras él como una capa de seda. William se quedó solo en el salón, mirando hacia la puerta por la que el joven había desaparecido.

—Ángel Arsenich... —susurró William para sí mismo—. Un ángel en el nido de los problemas. Esto será interesante.

Mientras tanto, Ángel caminaba por los pasillos de la universidad, buscando la salida. De repente, se detuvo en seco al ver un pequeño gorrión que parecía tener un ala lastimada cerca de una ventana. Olvidando por completo su timidez y el hecho de que estaba en un lugar público, se arrodilló en el suelo.

—Oh, pequeño... —dijo con ternura, extendiendo sus manos de uñas rosadas—. No llores. Yo te cuidaré.

Varios estudiantes se detuvieron a mirar la escena. Un joven de una belleza casi irreal, con cabello de colores prohibidos, susurrándole a un pájaro como si fuera un príncipe de cuento de hadas. Ángel no los vio; en ese momento, solo existían él y el pequeño animal.

—Te llevaré a mi habitación. Tengo algunas migas de pan y mucha mermelada... aunque no creo que te guste la mermelada —murmuró Ángel, metiendo con cuidado al gorrión en su bufanda.

Louis James Moriarty, que pasaba por el pasillo en ese momento, observó la escena desde la distancia. Había ido a buscar a su hermano, pero lo que encontró fue a un joven que parecía haber caído directamente del cielo, o quizás de una pintura de un jardín prohibido. Louis frunció el ceño, reconociendo inmediatamente que aquel chico era el que su hermano William había mencionado en sus notas sobre la nobleza.

Ángel se levantó, protegiendo al pájaro contra su pecho, y finalmente notó que Louis lo observaba. El pánico regresó instantáneamente. Ángel bajó la cabeza, su cabello ocultando su rostro, y salió corriendo hacia la salida lo más rápido que sus piernas le permitieron.

—Espero que el profesor no se entere de que me llevé un pájaro —pensó Ángel, jadeando mientras llegaba al carruaje que lo esperaba—. Pero es mucho más importante que las matemáticas.

Esa noche, en su nueva habitación cerca de la universidad —una estancia lujosa preparada por orden de la Reina—, Ángel se sentó frente a su escritorio. Tenía el libro de matemáticas abierto, pero sus ojos estaban fijos en el gorrión que descansaba en una caja con algodón.

—Mañana tengo que comer tarta de fresa frente al profesor —le dijo al pájaro—. Y tengo que resolver un problema. ¿Crees que si dibujo un pájaro sobre el número X, el profesor se enoje?

El gorrión pió débilmente. Ángel sonrió, sus ojos de iris de cosmos brillando bajo la luz de las velas. Por primera vez en su vida, el mundo exterior no parecía tan aterrador. Había comida deliciosa, animales que rescatar y un profesor con ojos de fuego que, extrañamente, hacía que los números no parecieran tan pesados.

Ángel tomó su pluma y, en lugar de resolver la ecuación, comenzó a dibujar el perfil de William James Moriarty rodeado de pequeñas flores y gorriones.

—Sí —susurró Ángel antes de que el sueño lo venciera de nuevo sobre el libro—, creo que mañana será un buen día.

Al día siguiente, William James Moriarty encontró sobre su escritorio no solo una tarta de fresa perfectamente decorada, sino también un cuaderno con un dibujo de él mismo y una nota que decía: "El cisne X se encontró con el conejo Y, y decidieron que la respuesta era 42 porque es un número que parece un sillón para dormir".

William rió abiertamente en la soledad de su oficina. El sobrino de la Reina iba a ser, sin duda, el mayor desafío y la distracción más encantadora de su vida en Durham. El juego había comenzado, pero esta vez, las reglas no las dictaba la lógica, sino la belleza etérea de un joven que odiaba los números pero amaba la vida.
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