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Fandom: Rápido y furioso
Creado: 1/6/2026
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AcciónCrimenThrillerOscuroPsicológicoEstudio de PersonajeDivergenciaUA (Universo Alternativo)CelosDramaAngustiaRomanceDolor/ConsueloHistoria DomésticaAventuraPelícula de AmigosAmbientación CanonViolencia GráficaArreglo
Cazadores en la Sombra
El asfalto de Roma todavía parecía vibrar bajo los pies de Han, aunque se encontraba a cientos de kilómetros de distancia. La traición de la Agencia, el caos sembrado por Dante Reyes y la sensación de ser una presa fácil eran sentimientos que no experimentaba con tanta intensidad desde sus días en Tokio. El equipo estaba disperso, las comunicaciones estaban intervenidas y el mundo entero parecía haberse vuelto un lugar hostil para cualquiera que llevara el apellido Toretto o hubiera compartido una mesa con ellos.
Han se movía por los callejones de Berlín, intentando pasar desapercibido mientras buscaba un contacto que pudiera proporcionarle una salida segura de Europa. Sin embargo, el sonido de varios motores rugiendo a lo lejos le indicó que no estaba solo. Los mercenarios de Dante estaban en todas partes, como una plaga.
Se refugió tras un muro de hormigón, preparando su arma, cuando el chirrido de unos neumáticos de alto rendimiento cortó el aire. Un vehículo blindado de color oscuro derrapó frente a él, bloqueando el paso de dos motocicletas que lo perseguían. La puerta del conductor se abrió y un hombre salió con una precisión militar, abriendo fuego contra los perseguidores antes de que estos pudieran reaccionar.
Han parpadeó, incrédulo. El rostro que emergió de las sombras no era el de un amigo, pero tampoco el de un enemigo actual. Era Owen Shaw.
—¿Han? —Owen frunció el ceño, su mirada gélida escaneando al hombre que, según todos los informes, debería haber muerto años atrás a manos de su propio hermano—. Se supone que eres un fantasma.
—Ya somos dos —respondió Han, manteniendo la calma y guardando su arma al ver que Owen no tenía intención de dispararle—. El mundo se ha vuelto pequeño, Shaw.
—Y muy ruidoso —dijo Owen, señalando con la cabeza hacia el final de la calle, donde más luces de patrullas y vehículos privados comenzaban a asomar—. No tenemos tiempo para una reunión de antiguos alumnos. Sube al coche si quieres seguir respirando.
Han no lo dudó. En el tablero de ajedrez en el que Dante Reyes los había metido, Owen Shaw era una pieza impredecible, pero letal. El motor rugió y el vehículo se lanzó a través de las estrechas calles de Berlín, esquivando balas y bloqueos con una destreza que recordaba por qué Owen había sido una de las mayores amenazas para el equipo de Dom.
Tras una persecución frenética que terminó con Owen provocando el colapso de un andamio sobre sus perseguidores, el silencio finalmente regresó al interior del coche. Se detuvieron en un muelle industrial abandonado, lejos de las cámaras y los satélites de la Agencia.
Owen golpeó el volante con la palma de la mano, una chispa de furia fría bailando en sus ojos.
—No me gusta que me cacen —sentenció Owen, su voz cargada de un veneno contenido—. Dante Reyes cree que puede ir tras mi familia y tras cualquiera que haya cruzado su camino. Cometió un error estratégico. Voy a cambiar el juego. Voy a cazarlos a ellos.
Owen giró la cabeza para mirar a Han. El asiático estaba abriendo una bolsa de snacks, su rostro impasible a pesar de la adrenalina del momento.
—Deberías venir conmigo —propuso Owen—. Conoces sus métodos, conoces a Toretto. Yo tengo los recursos y la falta de escrúpulos que a tu equipo a veces le sobra. Juntos limpiaremos el tablero.
Han masticó una patata frita, reflexionando. Dom y los demás estaban bajo el radar, huyendo. Si él se unía a Owen, podría eliminar las amenazas antes de que llegaran a sus amigos, actuando como un escudo invisible.
—París es bonito en esta época del año —dijo Han simplemente, aceptando la alianza.
Dos días después, en un almacén en las afueras de Berlín, la carnicería comenzó. Owen no era un hombre de discursos; era un cirujano con un rifle de asalto. Han se quedó apoyado en el capó de un BMW negro, observando a través de los ventanales rotos cómo las luces tácticas de Owen se movían con rapidez letal dentro del edificio.
Los gritos de los mercenarios de Dante se cortaban de forma abrupta. Han metió la mano en su bolsa de aperitivos, sacando un palito de queso mientras una explosión controlada sacudía el suelo. Owen salió del almacén minutos después, limpiando una mancha de sangre de su chaqueta técnica.
—Eran doce —dijo Owen, subiendo al coche—. Quedan muchos más.
—Tengo pistas de un grupo de apoyo logístico en París —comentó Han, revisando una tableta encriptada que Owen le había proporcionado—. Están rastreando las cuentas bancarias de Ramsey. Si los eliminamos, perderán el rastro digital.
—Entonces, a París —asintió Owen.
La semana siguiente fue un torbellino de violencia silenciosa. En París, Owen emboscó a una célula de inteligencia en un ático de lujo. Mientras Owen eliminaba a los guardias con una eficiencia aterradora, Han se encargaba de borrar cualquier dato que pudiera comprometer al equipo de Dom, asegurándose de que la muerte de los mercenarios pareciera un ajuste de cuentas interno.
Mientras tanto, en una base segura en algún lugar recóndito, Tej Parker golpeaba su teclado con frustración.
—Esto no tiene sentido —dijo Tej, llamando la atención de Roman y Letty—. Alguien está haciendo nuestro trabajo sucio.
—¿A qué te refieres? —preguntó Letty, acercándose a los monitores.
—Tres de los grupos de asalto de Dante han sido borrados del mapa en los últimos siete días —explicó Tej, mostrando imágenes de satélite y reportes policiales filtrados—. Berlín, París y ahora Montreal. Alguien está cazando a los cazadores.
—¿Hobbs? —sugirió Roman, cruzando los brazos.
En ese momento, la pantalla se iluminó con una llamada entrante. Era Luke Hobbs. Su rostro aparecía serio, con el sudor perlado en la frente tras lo que parecía ser un enfrentamiento reciente.
—Escuchen bien —tronó la voz de Hobbs—. No sé quién es, pero hay un lobo suelto. Mis informantes dicen que Owen Shaw ha vuelto al radar. Está eliminando sistemáticamente a las personas que nos están buscando.
—¿Owen? —Letty frunció el ceño—. ¿Por qué nos ayudaría?
—No nos está ayudando a nosotros, está protegiendo su propio pellejo y el de su hermano —respondió Hobbs—. Pero hay algo más. Testigos en París vieron a un segundo hombre con él. Un tipo tranquilo, siempre comiendo algo.
El silencio cayó sobre el grupo. Tej miró a Letty, quien sintió un nudo en la garganta.
—No puede ser —susurró Roman—. Han... Han estaba en Roma cuando todo explotó. No hemos sabido nada de él. Creíamos que...
—Creíamos que estaba muerto —completó Tej, bajando la mirada—. Pero si es él, ¿por qué no nos ha contactado?
—Porque si Dante cree que Han está muerto, es el arma más peligrosa que tenemos —dijo Letty, una pequeña sonrisa de esperanza asomando en su rostro—. Owen y Han... es una combinación extraña, pero efectiva.
En Tokio, la situación se repitió. Un grupo de agentes corruptos de la Agencia que intentaba interrogar a los antiguos contactos de Han fue emboscado en un puerto de contenedores. Owen Shaw se movía entre las sombras como un espectro, utilizando granadas de humo y visión térmica para desorientar a sus enemigos.
Han, desde una posición elevada con un rifle de precisión, cubría las espaldas de Owen. No necesitaba disparar a menudo, pero cuando lo hacía, el resultado era definitivo. Tras limpiar la zona, ambos se reunieron en el muelle.
—Canadá es el siguiente objetivo —dijo Owen, recargando su arma—. Tienen una base de operaciones cerca de la frontera. Están preparando un ataque contra el convoy de Toretto.
—Si llegamos a tiempo, podemos cortarles la cabeza antes de que se muevan —respondió Han, guardando su bolsa de snacks vacía en el bolsillo—. Owen, ¿por qué haces esto realmente? No eres de los que juegan al héroe.
Owen se detuvo y miró hacia el horizonte, donde el sol comenzaba a salir sobre la bahía de Tokio.
—Dante Reyes cree que el mundo le pertenece porque tiene dinero y locura —dijo Owen con frialdad—. Pero olvidó una regla básica: nunca acorrales a alguien que no tiene nada que perder. Además, tu equipo le debe mucho a los Shaw. Considera esto un pago de intereses.
En el refugio del equipo, Tej seguía rastreando la estela de destrucción que Owen y su misterioso acompañante dejaban atrás.
—Miren esto —dijo Tej, señalando un nuevo punto en el mapa—. Acaban de desmantelar una red de suministros en Vancouver. Dante está perdiendo ojos y oídos en todo el hemisferio norte.
—Quienquiera que sea, nos está dando un respiro —admitió Roman, sentándose con un suspiro de alivio—. Si Owen Shaw quiere volverse el ángel de la guarda más aterrador del mundo, por mí está bien.
—No es un ángel —corrigió Letty, mirando la foto borrosa de un hombre apoyado en un coche en París—. Es familia. Y está volviendo a casa.
Lejos de allí, en un avión privado rumbo a las tierras heladas de Canadá, Han observaba las nubes. Sabía que pronto tendría que reencontrarse con Dom y los demás, pero por ahora, la sombra le sentaba bien. Owen Shaw, sentado frente a él revisando planos tácticos, levantó la vista.
—¿Listo para el siguiente round? —preguntó el británico.
Han sacó una nueva bolsa de snacks y sonrió por primera vez en semanas.
—Cázalos a todos, Owen.
Han se movía por los callejones de Berlín, intentando pasar desapercibido mientras buscaba un contacto que pudiera proporcionarle una salida segura de Europa. Sin embargo, el sonido de varios motores rugiendo a lo lejos le indicó que no estaba solo. Los mercenarios de Dante estaban en todas partes, como una plaga.
Se refugió tras un muro de hormigón, preparando su arma, cuando el chirrido de unos neumáticos de alto rendimiento cortó el aire. Un vehículo blindado de color oscuro derrapó frente a él, bloqueando el paso de dos motocicletas que lo perseguían. La puerta del conductor se abrió y un hombre salió con una precisión militar, abriendo fuego contra los perseguidores antes de que estos pudieran reaccionar.
Han parpadeó, incrédulo. El rostro que emergió de las sombras no era el de un amigo, pero tampoco el de un enemigo actual. Era Owen Shaw.
—¿Han? —Owen frunció el ceño, su mirada gélida escaneando al hombre que, según todos los informes, debería haber muerto años atrás a manos de su propio hermano—. Se supone que eres un fantasma.
—Ya somos dos —respondió Han, manteniendo la calma y guardando su arma al ver que Owen no tenía intención de dispararle—. El mundo se ha vuelto pequeño, Shaw.
—Y muy ruidoso —dijo Owen, señalando con la cabeza hacia el final de la calle, donde más luces de patrullas y vehículos privados comenzaban a asomar—. No tenemos tiempo para una reunión de antiguos alumnos. Sube al coche si quieres seguir respirando.
Han no lo dudó. En el tablero de ajedrez en el que Dante Reyes los había metido, Owen Shaw era una pieza impredecible, pero letal. El motor rugió y el vehículo se lanzó a través de las estrechas calles de Berlín, esquivando balas y bloqueos con una destreza que recordaba por qué Owen había sido una de las mayores amenazas para el equipo de Dom.
Tras una persecución frenética que terminó con Owen provocando el colapso de un andamio sobre sus perseguidores, el silencio finalmente regresó al interior del coche. Se detuvieron en un muelle industrial abandonado, lejos de las cámaras y los satélites de la Agencia.
Owen golpeó el volante con la palma de la mano, una chispa de furia fría bailando en sus ojos.
—No me gusta que me cacen —sentenció Owen, su voz cargada de un veneno contenido—. Dante Reyes cree que puede ir tras mi familia y tras cualquiera que haya cruzado su camino. Cometió un error estratégico. Voy a cambiar el juego. Voy a cazarlos a ellos.
Owen giró la cabeza para mirar a Han. El asiático estaba abriendo una bolsa de snacks, su rostro impasible a pesar de la adrenalina del momento.
—Deberías venir conmigo —propuso Owen—. Conoces sus métodos, conoces a Toretto. Yo tengo los recursos y la falta de escrúpulos que a tu equipo a veces le sobra. Juntos limpiaremos el tablero.
Han masticó una patata frita, reflexionando. Dom y los demás estaban bajo el radar, huyendo. Si él se unía a Owen, podría eliminar las amenazas antes de que llegaran a sus amigos, actuando como un escudo invisible.
—París es bonito en esta época del año —dijo Han simplemente, aceptando la alianza.
Dos días después, en un almacén en las afueras de Berlín, la carnicería comenzó. Owen no era un hombre de discursos; era un cirujano con un rifle de asalto. Han se quedó apoyado en el capó de un BMW negro, observando a través de los ventanales rotos cómo las luces tácticas de Owen se movían con rapidez letal dentro del edificio.
Los gritos de los mercenarios de Dante se cortaban de forma abrupta. Han metió la mano en su bolsa de aperitivos, sacando un palito de queso mientras una explosión controlada sacudía el suelo. Owen salió del almacén minutos después, limpiando una mancha de sangre de su chaqueta técnica.
—Eran doce —dijo Owen, subiendo al coche—. Quedan muchos más.
—Tengo pistas de un grupo de apoyo logístico en París —comentó Han, revisando una tableta encriptada que Owen le había proporcionado—. Están rastreando las cuentas bancarias de Ramsey. Si los eliminamos, perderán el rastro digital.
—Entonces, a París —asintió Owen.
La semana siguiente fue un torbellino de violencia silenciosa. En París, Owen emboscó a una célula de inteligencia en un ático de lujo. Mientras Owen eliminaba a los guardias con una eficiencia aterradora, Han se encargaba de borrar cualquier dato que pudiera comprometer al equipo de Dom, asegurándose de que la muerte de los mercenarios pareciera un ajuste de cuentas interno.
Mientras tanto, en una base segura en algún lugar recóndito, Tej Parker golpeaba su teclado con frustración.
—Esto no tiene sentido —dijo Tej, llamando la atención de Roman y Letty—. Alguien está haciendo nuestro trabajo sucio.
—¿A qué te refieres? —preguntó Letty, acercándose a los monitores.
—Tres de los grupos de asalto de Dante han sido borrados del mapa en los últimos siete días —explicó Tej, mostrando imágenes de satélite y reportes policiales filtrados—. Berlín, París y ahora Montreal. Alguien está cazando a los cazadores.
—¿Hobbs? —sugirió Roman, cruzando los brazos.
En ese momento, la pantalla se iluminó con una llamada entrante. Era Luke Hobbs. Su rostro aparecía serio, con el sudor perlado en la frente tras lo que parecía ser un enfrentamiento reciente.
—Escuchen bien —tronó la voz de Hobbs—. No sé quién es, pero hay un lobo suelto. Mis informantes dicen que Owen Shaw ha vuelto al radar. Está eliminando sistemáticamente a las personas que nos están buscando.
—¿Owen? —Letty frunció el ceño—. ¿Por qué nos ayudaría?
—No nos está ayudando a nosotros, está protegiendo su propio pellejo y el de su hermano —respondió Hobbs—. Pero hay algo más. Testigos en París vieron a un segundo hombre con él. Un tipo tranquilo, siempre comiendo algo.
El silencio cayó sobre el grupo. Tej miró a Letty, quien sintió un nudo en la garganta.
—No puede ser —susurró Roman—. Han... Han estaba en Roma cuando todo explotó. No hemos sabido nada de él. Creíamos que...
—Creíamos que estaba muerto —completó Tej, bajando la mirada—. Pero si es él, ¿por qué no nos ha contactado?
—Porque si Dante cree que Han está muerto, es el arma más peligrosa que tenemos —dijo Letty, una pequeña sonrisa de esperanza asomando en su rostro—. Owen y Han... es una combinación extraña, pero efectiva.
En Tokio, la situación se repitió. Un grupo de agentes corruptos de la Agencia que intentaba interrogar a los antiguos contactos de Han fue emboscado en un puerto de contenedores. Owen Shaw se movía entre las sombras como un espectro, utilizando granadas de humo y visión térmica para desorientar a sus enemigos.
Han, desde una posición elevada con un rifle de precisión, cubría las espaldas de Owen. No necesitaba disparar a menudo, pero cuando lo hacía, el resultado era definitivo. Tras limpiar la zona, ambos se reunieron en el muelle.
—Canadá es el siguiente objetivo —dijo Owen, recargando su arma—. Tienen una base de operaciones cerca de la frontera. Están preparando un ataque contra el convoy de Toretto.
—Si llegamos a tiempo, podemos cortarles la cabeza antes de que se muevan —respondió Han, guardando su bolsa de snacks vacía en el bolsillo—. Owen, ¿por qué haces esto realmente? No eres de los que juegan al héroe.
Owen se detuvo y miró hacia el horizonte, donde el sol comenzaba a salir sobre la bahía de Tokio.
—Dante Reyes cree que el mundo le pertenece porque tiene dinero y locura —dijo Owen con frialdad—. Pero olvidó una regla básica: nunca acorrales a alguien que no tiene nada que perder. Además, tu equipo le debe mucho a los Shaw. Considera esto un pago de intereses.
En el refugio del equipo, Tej seguía rastreando la estela de destrucción que Owen y su misterioso acompañante dejaban atrás.
—Miren esto —dijo Tej, señalando un nuevo punto en el mapa—. Acaban de desmantelar una red de suministros en Vancouver. Dante está perdiendo ojos y oídos en todo el hemisferio norte.
—Quienquiera que sea, nos está dando un respiro —admitió Roman, sentándose con un suspiro de alivio—. Si Owen Shaw quiere volverse el ángel de la guarda más aterrador del mundo, por mí está bien.
—No es un ángel —corrigió Letty, mirando la foto borrosa de un hombre apoyado en un coche en París—. Es familia. Y está volviendo a casa.
Lejos de allí, en un avión privado rumbo a las tierras heladas de Canadá, Han observaba las nubes. Sabía que pronto tendría que reencontrarse con Dom y los demás, pero por ahora, la sombra le sentaba bien. Owen Shaw, sentado frente a él revisando planos tácticos, levantó la vista.
—¿Listo para el siguiente round? —preguntó el británico.
Han sacó una nueva bolsa de snacks y sonrió por primera vez en semanas.
—Cázalos a todos, Owen.
