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Extra la fiesta de Kaveh
Fandom: Genshin impact
Creado: 1/6/2026
Etiquetas
RomanceRecortes de VidaFluffHistoria DomésticaAmbientación CanonDolor/ConsueloEstudio de Personaje
Entre el eco del desierto y la dulzura del hogar
El aire en la habitación de Sethos estaba cargado de un calor que no tenía nada que ver con el clima de Sumeru. Era esa densidad eléctrica que solo queda después de que dos cuerpos se han entregado al otro sin reservas. Sethos, con su cabello oscuro despeinado sobre las sábanas, respiraba con dificultad, sintiendo el peso reconfortante y ligero de Wanderer sobre él.
Habían decidido probar algo nuevo esa noche. Sethos, siempre aventurero y dispuesto a explorar los límites de su propio placer y el de su pareja, había guiado a Wanderer a una posición que permitiera una profundidad mayor, una conexión donde sus pechos estuvieran pegados y sus respiraciones se mezclaran en un solo aliento.
Wanderer, a pesar de su usual cinismo y esa coraza de indiferencia que solía proyectar al mundo, se encontraba completamente desarmado. Sus manos, pequeñas pero firmes, estaban apoyadas contra los hombros definidos de Sethos. Le encantaba la textura de su piel, la firmeza de sus músculos que denotaban una vida de actividad y viajes.
—Te ves... —susurró Sethos, su voz era una vibración grave que Wanderer sintió en su propio pecho—, te ves precioso cuando intentas no admitir que te gusta tanto como a mí.
Wanderer frunció el ceño, ese pequeño gesto que lo hacía lucir adorable incluso cuando pretendía estar molesto. El delineador rojo bajo sus ojos azules parecía resaltar más con el sonrojo que le cubría las mejillas.
—Cállate, Sethos —respondió Wanderer, aunque sus dedos se enterraron con cariño en el cabello largo del otro—. Simplemente estoy analizando la eficiencia de esta posición.
Sethos soltó una carcajada limpia y vibrante, esa risa carismática que le había ganado amigos en cada rincón de Teyvat, pero que ahora estaba reservada solo para este espacio íntimo. Sin previo aviso, Sethos giró, quedando él encima, atrapando las muñecas de Wanderer sobre su cabeza con una delicadeza que contrastaba con su fuerza.
Comenzó a bajar, besando el cuello de Wanderer, descendiendo hasta sus pezones. Los trató con una devoción casi religiosa, usando su lengua y sus labios para arrancar gemidos ahogados del joven de cabello azul. Wanderer arqueó la espalda, su cuerpo delgado y pálido contrastando hermosamente con la piel bronceada y atlética de Sethos.
—Tus manos... —jadeó Wanderer, perdiendo el hilo de su propia compostura—. Me gusta cuando me tocas así.
Sethos no respondió con palabras. En su lugar, continuó su adoración corporal, bajando por el abdomen plano de Wanderer hasta llegar al epicentro de su deseo. Cuando finalmente se unieron de nuevo, el ritmo fue lento, deliberado, una danza de reconocimiento. Sethos se deleitaba en la forma en que los músculos de Wanderer se tensaban bajo su tacto; para Wanderer, el cuerpo de Sethos era un templo de masculinidad y seguridad.
El clímax los alcanzó como una ola inevitable. Sethos se hundió profundamente, llenando a Wanderer con una calidez que prometía pertenencia, un lazo que iba más allá de lo físico. Se quedaron así un largo rato, unidos, escuchando los latidos de sus corazones sincronizándose poco a poco.
—¿Sigues analizando la eficiencia? —preguntó Sethos con una sonrisa juguetona, mientras besaba la frente de su novio.
Wanderer ocultó su rostro en el hueco del cuello de Sethos, sintiendo el aroma a sándalo y sol que siempre emanaba de él.
—Cállate —repitió, pero esta vez fue un susurro cargado de una honestidad vulnerable que solo Sethos lograba extraer—. Ha sido... suficiente. Por ahora.
Después de un rato de mimos silenciosos y caricias suaves —lo que Sethos llamaba cariñosamente el "servicio postventa"—, ambos se levantaron. Wanderer caminaba con una ligera vacilación, algo que Sethos notó de inmediato, ofreciéndole su brazo con esa galantería natural que lo caracterizaba.
Se ducharon juntos, un ritual de limpieza donde el agua tibia eliminaba el sudor pero no el afecto. Sethos ayudó a lavar el cabello azul oscuro de Wanderer, desenredando los nudos con paciencia, mientras Wanderer, en un momento de inusual inocencia, se dejaba cuidar, cerrando los ojos bajo el chorro de agua.
Minutos más tarde, vestidos con ropa cómoda —Sethos con unos pantalones ligeros que marcaban sus piernas y Wanderer con una túnica oscura algo holgada que lo hacía ver pequeño pero elegante—, se trasladaron a la cocina.
El aroma a comida recién hecha comenzaba a llenar el espacio. Sethos, siempre el anfitrión perfecto y el novio dedicado, se encargaba de los toques finales de la cena, mientras Wanderer se sentaba en la encimera, observándolo con una intensidad silenciosa.
—¿Qué miras tanto? —preguntó Sethos, dándose la vuelta con una espátula en la mano y una sonrisa radiante.
—Nada —mintió Wanderer, desviando la mirada hacia el pastel que descansaba sobre la mesa—. Solo pensaba que cocinas mejor de lo que un aventurero debería.
—Es un cumplido, lo acepto —dijo Sethos acercándose para dejar un beso rápido en los labios de Wanderer—. Ten, vamos a comer el pastel primero. Es mi cumpleaños, las reglas normales no aplican hoy.
Sethos cortó dos rebanadas generosas del pastel que sus amigos de la Academia le habían regalado. Se sentaron uno frente al otro, el ambiente era doméstico, cálido, un contraste absoluto con las tormentas emocionales que ambos habían vivido antes de encontrarse.
—Estaba pensando en la fiesta de Kaveh —dijo Sethos de repente, después de saborear un trozo de pastel—. En cómo terminó todo aquello.
Wanderer arqueó una ceja, llevando una pequeña cantidad de crema a su boca.
—¿Te refieres a cuando decidimos que la música estaba demasiado alta y que las conversaciones de los eruditos eran insoportables?
—Exacto —rio Sethos—. Estábamos en ese balcón, tú te veías tan fuera de lugar con esa expresión de 'quiero destruir este edificio', y yo solo pensé: "Tengo que sacar a este chico de aquí antes de que realmente lo haga".
—Fuiste muy atrevido al tomarme de la mano y arrastrarme hacia la salida trasera —recordó Wanderer, y por un momento, su mirada cínica se suavizó—. Nadie suele atreverse a tocarme sin permiso, y mucho menos a darme órdenes.
—No fue una orden, fue una invitación a la libertad —corrigió Sethos con un guiño—. Y aceptaste. Corrimos por las calles de la Ciudad de Sumeru como si hubiéramos robado un tesoro del Gran Santuario.
—En cierto modo, lo hicimos —admitió Wanderer en voz baja, mirando su plato—. Escapar juntos esa noche fue... el inicio de algo que no esperaba. No buscaba a nadie, Sethos. Estoy acostumbrado a caminar solo.
Sethos alargó la mano sobre la mesa, cubriendo la mano de Wanderer con la suya. La diferencia de tamaño era evidente, pero el encaje era perfecto.
—Lo sé. Por eso me siento tan afortunado. De todos los caminos que podrías haber tomado, elegiste este. Elegiste quedarte conmigo en esta casa, compartir este pastel y... bueno, intentar posiciones nuevas.
Wanderer se atragantó ligeramente con el pastel, su rostro volviéndose rojo instantáneamente.
—¡Sethos! Estábamos teniendo un momento profundo y honesto. ¿Tenías que arruinarlo con eso?
—¡Es la verdad! —protestó Sethos, riendo a carcajadas—. La honestidad es la base de una relación sana, ¿no es eso lo que dicen en los libros de la Academia?
—Eres imposible —refunfuñó Wanderer, aunque no retiró su mano de la de Sethos—. Eres demasiado sociable, demasiado ruidoso y demasiado optimista.
—Y a ti te encanta —sentenció Sethos con total seguridad.
Wanderer suspiró, una pequeña sonrisa finalmente rompiendo su fachada de seriedad.
—Sí. Me encanta. A veces me pregunto cómo alguien tan... básico en su vestimenta puede ser tan complicado de ignorar.
—Oye, mi estilo es "despreocupado con intención" —se defendió Sethos, señalando su camisa que, efectivamente, resaltaba su pecho trabajado—. Además, sé que te gusta. He visto cómo me miras cuando entreno.
Wanderer abrió la boca para replicar, para lanzar algún comentario mordaz sobre la vanidad, pero se detuvo. Miró a Sethos, a la luz cálida de la cocina reflejada en sus ojos oscuros, y sintió esa oleada de gratitud que a veces le asustaba. Sethos no lo veía como un títere, ni como un experimento, ni como una amenaza. Lo veía simplemente como él.
—Tuvimos suerte —dijo Wanderer, esta vez con total seriedad—. Esa noche en la fiesta... si no hubieras tenido el valor de acercarte, probablemente yo seguiría siendo un espectador amargado de la vida de los demás.
Sethos apretó su mano con ternura.
—No fue suerte, Wanderer. Fue destino. O quizás, simplemente, que ambos estábamos cansados de estar solos en medio de la multitud.
Se quedaron en silencio un momento, disfrutando de la cena y del pastel, del sonido de los grillos afuera y de la paz que habían construido juntos. Wanderer observó los brazos de Sethos mientras este se levantaba para recoger los platos; admiró la definición de sus tríceps y la forma en que se movía con una gracia natural. A veces, todavía le sorprendía lo mucho que disfrutaba del aspecto físico de su novio, de esa masculinidad terrenal que lo anclaba al presente.
Cuando terminaron, Sethos se acercó a Wanderer, rodeando su cintura con los brazos desde atrás mientras este miraba por la ventana hacia el horizonte oscuro del desierto.
—¿En qué piensas? —susurró Sethos contra su oído.
—En que mañana habrá que volver a las responsabilidades —respondió Wanderer, dejándose caer hacia atrás contra el pecho firme de Sethos—. Pero por ahora... este lugar está bien.
—Este lugar es tu hogar, Wanderer. Siempre que quieras.
Wanderer se giró entre sus brazos, rodeando el cuello de Sethos y obligándolo a agacharse un poco para quedar a su altura.
—Lo sé —dijo antes de besarlo—. Feliz cumpleaños, Sethos. Gracias por... arrastrarme fuera de esa fiesta.
Sethos sonrió, sintiéndose el hombre más afortunado de Teyvat.
—Lo haría mil veces más, solo para terminar aquí contigo.
La noche continuó tranquila, envuelta en la seguridad de un amor que no necesitaba pretensiones, donde un aventurero de corazón abierto y un joven de pasado tormentoso habían encontrado, finalmente, su propio ritmo, su propia paz y un camino compartido bajo las estrellas de Sumeru.
Habían decidido probar algo nuevo esa noche. Sethos, siempre aventurero y dispuesto a explorar los límites de su propio placer y el de su pareja, había guiado a Wanderer a una posición que permitiera una profundidad mayor, una conexión donde sus pechos estuvieran pegados y sus respiraciones se mezclaran en un solo aliento.
Wanderer, a pesar de su usual cinismo y esa coraza de indiferencia que solía proyectar al mundo, se encontraba completamente desarmado. Sus manos, pequeñas pero firmes, estaban apoyadas contra los hombros definidos de Sethos. Le encantaba la textura de su piel, la firmeza de sus músculos que denotaban una vida de actividad y viajes.
—Te ves... —susurró Sethos, su voz era una vibración grave que Wanderer sintió en su propio pecho—, te ves precioso cuando intentas no admitir que te gusta tanto como a mí.
Wanderer frunció el ceño, ese pequeño gesto que lo hacía lucir adorable incluso cuando pretendía estar molesto. El delineador rojo bajo sus ojos azules parecía resaltar más con el sonrojo que le cubría las mejillas.
—Cállate, Sethos —respondió Wanderer, aunque sus dedos se enterraron con cariño en el cabello largo del otro—. Simplemente estoy analizando la eficiencia de esta posición.
Sethos soltó una carcajada limpia y vibrante, esa risa carismática que le había ganado amigos en cada rincón de Teyvat, pero que ahora estaba reservada solo para este espacio íntimo. Sin previo aviso, Sethos giró, quedando él encima, atrapando las muñecas de Wanderer sobre su cabeza con una delicadeza que contrastaba con su fuerza.
Comenzó a bajar, besando el cuello de Wanderer, descendiendo hasta sus pezones. Los trató con una devoción casi religiosa, usando su lengua y sus labios para arrancar gemidos ahogados del joven de cabello azul. Wanderer arqueó la espalda, su cuerpo delgado y pálido contrastando hermosamente con la piel bronceada y atlética de Sethos.
—Tus manos... —jadeó Wanderer, perdiendo el hilo de su propia compostura—. Me gusta cuando me tocas así.
Sethos no respondió con palabras. En su lugar, continuó su adoración corporal, bajando por el abdomen plano de Wanderer hasta llegar al epicentro de su deseo. Cuando finalmente se unieron de nuevo, el ritmo fue lento, deliberado, una danza de reconocimiento. Sethos se deleitaba en la forma en que los músculos de Wanderer se tensaban bajo su tacto; para Wanderer, el cuerpo de Sethos era un templo de masculinidad y seguridad.
El clímax los alcanzó como una ola inevitable. Sethos se hundió profundamente, llenando a Wanderer con una calidez que prometía pertenencia, un lazo que iba más allá de lo físico. Se quedaron así un largo rato, unidos, escuchando los latidos de sus corazones sincronizándose poco a poco.
—¿Sigues analizando la eficiencia? —preguntó Sethos con una sonrisa juguetona, mientras besaba la frente de su novio.
Wanderer ocultó su rostro en el hueco del cuello de Sethos, sintiendo el aroma a sándalo y sol que siempre emanaba de él.
—Cállate —repitió, pero esta vez fue un susurro cargado de una honestidad vulnerable que solo Sethos lograba extraer—. Ha sido... suficiente. Por ahora.
Después de un rato de mimos silenciosos y caricias suaves —lo que Sethos llamaba cariñosamente el "servicio postventa"—, ambos se levantaron. Wanderer caminaba con una ligera vacilación, algo que Sethos notó de inmediato, ofreciéndole su brazo con esa galantería natural que lo caracterizaba.
Se ducharon juntos, un ritual de limpieza donde el agua tibia eliminaba el sudor pero no el afecto. Sethos ayudó a lavar el cabello azul oscuro de Wanderer, desenredando los nudos con paciencia, mientras Wanderer, en un momento de inusual inocencia, se dejaba cuidar, cerrando los ojos bajo el chorro de agua.
Minutos más tarde, vestidos con ropa cómoda —Sethos con unos pantalones ligeros que marcaban sus piernas y Wanderer con una túnica oscura algo holgada que lo hacía ver pequeño pero elegante—, se trasladaron a la cocina.
El aroma a comida recién hecha comenzaba a llenar el espacio. Sethos, siempre el anfitrión perfecto y el novio dedicado, se encargaba de los toques finales de la cena, mientras Wanderer se sentaba en la encimera, observándolo con una intensidad silenciosa.
—¿Qué miras tanto? —preguntó Sethos, dándose la vuelta con una espátula en la mano y una sonrisa radiante.
—Nada —mintió Wanderer, desviando la mirada hacia el pastel que descansaba sobre la mesa—. Solo pensaba que cocinas mejor de lo que un aventurero debería.
—Es un cumplido, lo acepto —dijo Sethos acercándose para dejar un beso rápido en los labios de Wanderer—. Ten, vamos a comer el pastel primero. Es mi cumpleaños, las reglas normales no aplican hoy.
Sethos cortó dos rebanadas generosas del pastel que sus amigos de la Academia le habían regalado. Se sentaron uno frente al otro, el ambiente era doméstico, cálido, un contraste absoluto con las tormentas emocionales que ambos habían vivido antes de encontrarse.
—Estaba pensando en la fiesta de Kaveh —dijo Sethos de repente, después de saborear un trozo de pastel—. En cómo terminó todo aquello.
Wanderer arqueó una ceja, llevando una pequeña cantidad de crema a su boca.
—¿Te refieres a cuando decidimos que la música estaba demasiado alta y que las conversaciones de los eruditos eran insoportables?
—Exacto —rio Sethos—. Estábamos en ese balcón, tú te veías tan fuera de lugar con esa expresión de 'quiero destruir este edificio', y yo solo pensé: "Tengo que sacar a este chico de aquí antes de que realmente lo haga".
—Fuiste muy atrevido al tomarme de la mano y arrastrarme hacia la salida trasera —recordó Wanderer, y por un momento, su mirada cínica se suavizó—. Nadie suele atreverse a tocarme sin permiso, y mucho menos a darme órdenes.
—No fue una orden, fue una invitación a la libertad —corrigió Sethos con un guiño—. Y aceptaste. Corrimos por las calles de la Ciudad de Sumeru como si hubiéramos robado un tesoro del Gran Santuario.
—En cierto modo, lo hicimos —admitió Wanderer en voz baja, mirando su plato—. Escapar juntos esa noche fue... el inicio de algo que no esperaba. No buscaba a nadie, Sethos. Estoy acostumbrado a caminar solo.
Sethos alargó la mano sobre la mesa, cubriendo la mano de Wanderer con la suya. La diferencia de tamaño era evidente, pero el encaje era perfecto.
—Lo sé. Por eso me siento tan afortunado. De todos los caminos que podrías haber tomado, elegiste este. Elegiste quedarte conmigo en esta casa, compartir este pastel y... bueno, intentar posiciones nuevas.
Wanderer se atragantó ligeramente con el pastel, su rostro volviéndose rojo instantáneamente.
—¡Sethos! Estábamos teniendo un momento profundo y honesto. ¿Tenías que arruinarlo con eso?
—¡Es la verdad! —protestó Sethos, riendo a carcajadas—. La honestidad es la base de una relación sana, ¿no es eso lo que dicen en los libros de la Academia?
—Eres imposible —refunfuñó Wanderer, aunque no retiró su mano de la de Sethos—. Eres demasiado sociable, demasiado ruidoso y demasiado optimista.
—Y a ti te encanta —sentenció Sethos con total seguridad.
Wanderer suspiró, una pequeña sonrisa finalmente rompiendo su fachada de seriedad.
—Sí. Me encanta. A veces me pregunto cómo alguien tan... básico en su vestimenta puede ser tan complicado de ignorar.
—Oye, mi estilo es "despreocupado con intención" —se defendió Sethos, señalando su camisa que, efectivamente, resaltaba su pecho trabajado—. Además, sé que te gusta. He visto cómo me miras cuando entreno.
Wanderer abrió la boca para replicar, para lanzar algún comentario mordaz sobre la vanidad, pero se detuvo. Miró a Sethos, a la luz cálida de la cocina reflejada en sus ojos oscuros, y sintió esa oleada de gratitud que a veces le asustaba. Sethos no lo veía como un títere, ni como un experimento, ni como una amenaza. Lo veía simplemente como él.
—Tuvimos suerte —dijo Wanderer, esta vez con total seriedad—. Esa noche en la fiesta... si no hubieras tenido el valor de acercarte, probablemente yo seguiría siendo un espectador amargado de la vida de los demás.
Sethos apretó su mano con ternura.
—No fue suerte, Wanderer. Fue destino. O quizás, simplemente, que ambos estábamos cansados de estar solos en medio de la multitud.
Se quedaron en silencio un momento, disfrutando de la cena y del pastel, del sonido de los grillos afuera y de la paz que habían construido juntos. Wanderer observó los brazos de Sethos mientras este se levantaba para recoger los platos; admiró la definición de sus tríceps y la forma en que se movía con una gracia natural. A veces, todavía le sorprendía lo mucho que disfrutaba del aspecto físico de su novio, de esa masculinidad terrenal que lo anclaba al presente.
Cuando terminaron, Sethos se acercó a Wanderer, rodeando su cintura con los brazos desde atrás mientras este miraba por la ventana hacia el horizonte oscuro del desierto.
—¿En qué piensas? —susurró Sethos contra su oído.
—En que mañana habrá que volver a las responsabilidades —respondió Wanderer, dejándose caer hacia atrás contra el pecho firme de Sethos—. Pero por ahora... este lugar está bien.
—Este lugar es tu hogar, Wanderer. Siempre que quieras.
Wanderer se giró entre sus brazos, rodeando el cuello de Sethos y obligándolo a agacharse un poco para quedar a su altura.
—Lo sé —dijo antes de besarlo—. Feliz cumpleaños, Sethos. Gracias por... arrastrarme fuera de esa fiesta.
Sethos sonrió, sintiéndose el hombre más afortunado de Teyvat.
—Lo haría mil veces más, solo para terminar aquí contigo.
La noche continuó tranquila, envuelta en la seguridad de un amor que no necesitaba pretensiones, donde un aventurero de corazón abierto y un joven de pasado tormentoso habían encontrado, finalmente, su propio ritmo, su propia paz y un camino compartido bajo las estrellas de Sumeru.
