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OSCURA OBSESIÓN

Fandom: Baffy looney tunes

Creado: 1/6/2026

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OscuroDramaPsicológicoCelosEstudio de PersonajeAngustiaOOC (Fuera de Personaje)
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Propiedad Privada y Plumas Erizadas

La fiesta en la mansión de Bugs Bunny estaba en su apogeo, pero para el anfitrión, el mundo se había reducido a un solo punto de enfoque: el rincón de las bebidas donde Lucas charlaba animadamente con Porky. Bugs sostenía una copa de zanahoria con una elegancia gélida, sus ojos entornados y oscuros seguían cada movimiento de las manos del pato, cada risa estridente y, sobre todo, la forma en que Lucas se inclinaba demasiado hacia el cerdo, buscando esa validación constante que tanto necesitaba.

Bugs sintió un sabor amargo en la boca que no tenía nada que ver con su bebida. No era solo la atención; era la forma en que Lucas permitía que Porky le pusiera una mano en el hombro. El conejo apretó la copa hasta que el cristal crujió levemente. Su instinto más primitivo, ese que ocultaba tras una máscara de calma y sarcasmo, estaba exigiendo sangre.

Se acercó con pasos lentos, casi depredadores. La música parecía atenuarse a su paso.

—¡Oh, Bugs! —exclamó Lucas, con sus ojos brillando por el alcohol y la euforia—. ¡Porky me estaba contando que tiene un papel para mí en su próximo corto! ¡Es el protagonista, Bugs! ¡Al fin alguien reconoce mi genio!

Bugs no miró a Lucas. Su mirada se clavó en Porky, quien retrocedió un paso, sudando frío ante la intensidad de esos ojos azules que ahora parecían dos témpanos de hielo.

—Me parece que Lucas ya tiene demasiados compromisos conmigo, Porky —dijo Bugs con una voz suave, pero cargada de una amenaza implícita—. ¿No es así, Lucas?

—Bueno, yo... quiero decir, siempre hay espacio para el éxito —balbuceó el pato, sintiendo de repente que el aire se volvía pesado.

Bugs dio un paso más, invadiendo el espacio personal de Lucas. Colocó una mano en la nuca del pato, sus dedos hundiéndose con firmeza en las plumas negras. El gesto parecía afectuoso para un observador lejano, pero Lucas sintió la presión dominante, el recordatorio de quién era el dueño del lugar.

—La fiesta terminó para ti, Lucas —sentenció Bugs, mirando de reojo a los invitados, que empezaron a dispersarse incómodos—. Porky, vete. Ahora.

—P-p-pero Bugs... —intentó decir el cerdo, pero la mirada del conejo lo cortó en seco. Porky huyó sin mirar atrás.

Lucas, sintiendo el cambio de atmósfera y la creciente rabia contenida de Bugs, trató de zafarse con un resto de su habitual dramatismo.

—¡Oye! ¡Me estabas avergonzando frente a la industria! ¡Eres un conejo egocéntrico y...!

No pudo terminar. Bugs lo tomó del brazo con una fuerza que no admitía réplica y lo arrastró hacia las escaleras de la mansión. Lucas tropezaba, quejándose a viva voz, pero por dentro, un escalofrío de anticipación y miedo delicioso recorría su espalda. Sabía lo que venía. Sabía que había cruzado la línea y, aunque su mente gritaba por la injusticia, su cuerpo se rendía ante la autoridad de Bugs.

Entraron en el dormitorio principal y Bugs cerró la puerta con un golpe seco, echando el cerrojo. La habitación estaba en penumbras, solo iluminada por la luna que entraba por el gran ventanal.

—¿Quién te crees que eres? —gritó Lucas, retrocediendo hasta chocar con la cama—. ¡No puedes tratarme como a un accesorio! ¡Soy una estrella! ¡Soy libre!

Bugs se desabrochó los guantes blancos con una lentitud tortuosa, arrojándolos al suelo. Se acercó a Lucas, acorralándolo contra el colchón. La diferencia de altura y la presencia imponente del conejo hicieron que Lucas tragara saliva.

—¿Libre? —Bugs soltó una risa seca, carente de humor—. No eres libre, Lucas. Eres mío. Te he dado todo, te he permitido jugar a ser el centro de atención, pero no vuelvas a buscar en otros lo que yo te doy con creces.

—¡Él solo me ofrecía un trabajo! —protestó Lucas, aunque su voz temblaba.

—Él te estaba tocando —rugió Bugs, agarrando a Lucas por las solapas de su chaqueta—. Y tú te dejabas. Te gusta que te miren, te gusta sentirte deseado por cualquiera que pase por la calle porque eres una criatura patética y necesitada.

Bugs lo empujó contra la cama y se posicionó sobre él, atrapando sus manos por encima de su cabeza. El peso del conejo era abrumador. Lucas jadeó, sus ojos muy abiertos, fijos en el rostro de Bugs, que se veía peligroso, casi salvaje.

—Dilo —ordenó Bugs, su aliento rozando el pico de Lucas—. Di a quién perteneces.

—Bugs... por favor —suplicó Lucas, retorciéndose bajo él, pero no para escapar, sino para sentir más contacto.

—Dilo, maldita sea.

—Soy tuyo —susurró Lucas, rindiéndose por completo—. Soy tuyo, Bugs. Haz lo que quieras, pero no me mires así... no me dejes.

Bugs suavizó su expresión apenas un milímetro, pero la intensidad no disminuyó. Se inclinó y capturó los labios de Lucas en un beso que no tenía nada de tierno. Era un reclamo. Era una invasión. Lucas gimió contra su boca, entregándose al ritmo frenético y posesivo. Las manos de Bugs bajaron por el cuerpo del pato, marcando su territorio, apretando con una fuerza que dejaría huellas.

—Te necesito desesperado por mí, Lucas —gruñó Bugs entre besos, bajando hacia el cuello del pato—. Solo por mí. No quiero que vuelvas a sonreírle a nadie más de esa manera. Si lo haces, te encerraré donde nadie pueda verte.

—Sí... sí, hazlo —jadeó Lucas, arqueando la espalda, sus plumas erizadas por el deseo y la sumisión—. Márcame, Bugs. Que todos sepan que no puedo irme. Que soy tu juguete, tu pato... lo que quieras.

Bugs mordió la piel sensible del cuello de Lucas, justo donde el plumaje negro se encontraba con la piel clara. Lucas soltó un grito ahogado, una mezcla de dolor y placer puro. El conejo se deleitó con el sonido; era la música que quería escuchar.

—Mírate —susurró Bugs, separándose lo suficiente para ver el rostro de Lucas, rojo y sudoroso, con los ojos nublados por la devoción—. Estás temblando. Eres tan débil cuando te tengo así.

—Porque me haces sentir que existo —respondió Lucas, con una honestidad brutal que solo salía a la luz en estos momentos de intimidad violenta—. Sin ti, solo soy un tonto ruidoso. Contigo... soy algo.

Bugs sintió una punzada en el pecho, algo que se parecía peligrosamente al amor, pero que él prefería procesar como una necesidad absoluta de posesión. No podía permitir que Lucas se fuera. No podía permitir que nadie más viera la vulnerabilidad que el pato solo mostraba entre estas paredes.

—Eres mi todo, Lucas —dijo Bugs, su voz volviéndose ronca—. Pero eres un desastre que solo yo puedo controlar.

Bugs volvió a atacar sus labios, esta vez con una urgencia más ardiente. Sus manos se movían con destreza, despojando a Lucas de cualquier rastro de ropa o dignidad que le quedara. El lenguaje se volvió sucio, susurros al oído que hacían que Lucas se estremeciera de pies a cabeza, promesas de lo que Bugs le haría para asegurarse de que no olvidara su lugar.

—Eres mi pequeña propiedad privada —le susurró Bugs al oído mientras sus dedos trazaban líneas de fuego por su pecho—. Y voy a recordártelo toda la noche.

—Por favor... —rogó Lucas, envolviendo sus piernas alrededor de la cintura del conejo, buscando el contacto total—. No pares. Hazme tuyo otra vez. Haz que me duela, haz que me queme.

La noche avanzó entre las sombras de la habitación, marcada por el sonido de las sábanas revueltas, los jadeos pesados y la confirmación constante de un vínculo tóxico pero inquebrantable. Bugs era el depredador, el dueño, el que dictaba las reglas; Lucas era la presa voluntaria, el que encontraba su valor en las cadenas que Bugs le ponía.

Horas más tarde, con la luz de la madrugada empezando a filtrarse por las cortinas, Bugs se encontraba sentado en el borde de la cama, observando a Lucas, que dormía profundamente, acurrucado contra su costado. El cuerpo del pato estaba cubierto de marcas, recordatorios visibles de la tormenta de posesión que acababa de pasar.

Bugs pasó una mano suavemente por la cabeza de Lucas, apartando unos mechones de plumas. Su rostro, antes frío y peligroso, ahora mostraba una ternura desesperada. Se inclinó y besó la frente de Lucas con una delicadeza que nadie más en el mundo creería posible.

—Nadie más te tendrá, Lucas —susurró para sí mismo, con una determinación que rayaba en la locura—. Aunque tenga que destruir este mundo para mantenerte a mi lado.

Lucas se movió entre sueños, buscando el calor de Bugs, y murmuró su nombre casi como una oración. Bugs sonrió, una sonrisa pequeña y cargada de un sentimiento oscuro y profundo. Lo atrajo más hacia sí, envolviéndolo en sus brazos, sellando una vez más el pacto silencioso que los unía. Eran el uno del otro, en una danza eterna de control y entrega, donde el conejo siempre ganaba y el pato siempre encontraba su hogar en la derrota.
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