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Ayanokouji en RWBY
Fandom: RWBY
Creado: 1/6/2026
Etiquetas
CrossoverIsekai / Fantasía PortalPsicológicoEstudio de PersonajeAcciónDramaUA (Universo Alternativo)Fantasía
El Color del Polvo y el Vacío del Alma
El cielo de Vale era de un azul impecable, casi artificial. Sentado en uno de los bancos de la Academia Beacon, Ayanokouji Kiyotaka observaba el ir y venir de los estudiantes con una fijeza que muchos confundirían con interés, pero que no era más que un análisis sistemático.
Había llegado a este mundo, Remnant, de una manera que desafiaba la lógica que conocía en la Habitación Blanca. Aquí, el alma no era un concepto metafísico, sino una fuerza tangible llamada Aura. Aquí, las emociones no eran solo debilidades que debían ser erradicadas, sino el combustible que atraía a los Grimm, monstruos nacidos de la oscuridad.
Kiyotaka extendió su mano y observó la palma de la misma. Estaba limpia, pero él sabía cuánta sangre teórica manchaba su historial. En su mundo original, él era la obra maestra de la eficiencia. Un ser que no necesitaba sentir para ganar. Pero aquí, rodeado de jóvenes que reían, lloraban y luchaban por ideales que él encontraba fascinantes por su falta de pragmatismo, una pregunta había comenzado a germinar en su mente.
¿Qué se siente al ser humano?
—Te ves más perdido en tus pensamientos de lo habitual, Ayanokouji-kun.
La voz era alegre, con un ritmo saltarín que denotaba una energía inagotable. Kiyotaka no necesitó girar la cabeza para saber que se trataba de Ruby Rose. La líder del equipo RWBY se dejó caer en el banco a su lado, abrazando su enorme estuche de arma, Crescent Rose.
—Solo estaba observando el ecosistema de la academia —respondió él con su tono monótono característico—. Es curioso cómo la gente se agrupa según sus afinidades emocionales en lugar de su utilidad táctica.
Ruby soltó una risita, aunque sus ojos plateados mostraron un destello de confusión, como siempre que hablaba con él.
—Eres tan raro. ¡Hacer amigos es lo mejor de estar aquí! No se trata de "táctica", se trata de... ya sabes, la conexión. El sentimiento de que alguien te cuida las espaldas.
—Sentimientos —repitió Kiyotaka, procesando la palabra—. Ruby, ¿podrías describirme qué sientes cuando luchas?
La chica se quedó pensativa, balanceando sus piernas.
—Bueno... es como un fuego. Al principio tengo miedo, claro. Pero luego veo a mis amigas, recuerdo por qué estoy aquí y el miedo se convierte en determinación. Es como si mi corazón latiera tan fuerte que pudiera romper el cristal. Es... emocionante.
—Emocionante —dijo él—. Entiendo el concepto lingüístico. Pero no puedo replicar la sensación. Mi pulso se mantiene a sesenta latidos por minuto incluso cuando un Nevermore intenta decapitarme.
Ruby dejó de balancear las piernas y lo miró con una pizca de tristeza.
—¿Alguna vez has sentido algo, Kiyotaka? ¿Felicidad? ¿Ira? ¿Incluso tristeza?
—He sentido la satisfacción de un plan ejecutado con éxito —respondió él, mirando hacia el horizonte—. Pero es una satisfacción lógica, no visceral. Es como resolver una ecuación matemática difícil. No hay fuego en ello. Solo el silencio de la solución.
La conversación fue interrumpida por el sonido de una explosión controlada proveniente de los campos de entrenamiento. Kiyotaka se puso de pie, su figura delgada y atlética proyectando una sombra larga sobre el pavimento.
—Debo ir a las clases de combate del profesor Glynda Goodwitch —dijo él—. Gracias por la información, Ruby.
—¡Oye! —gritó ella mientras él se alejaba—. ¡Algún día te haré sonreír! ¡Es una promesa de cazadora!
Kiyotaka no respondió. No porque fuera grosero, sino porque no veía sentido en prometer algo que consideraba estadísticamente improbable.
El anfiteatro de combate estaba lleno. La atmósfera estaba cargada de la excitación de los estudiantes. En el centro de la arena, el profesor Glynda ajustaba sus gafas, observando su tableta.
—Ayanokouji Kiyotaka —llamó ella con su voz severa—. Contra Yang Xiao Long.
Un murmullo recorrió las gradas. Yang era conocida por su estilo de combate basado puramente en la emoción y la fuerza bruta. Su Semblanza se alimentaba del daño y la furia. Era el polo opuesto de Kiyotaka.
Yang saltó a la arena, chocando sus guanteletes, Ember Celica, provocando pequeñas explosiones de fuego.
—Espero que estés listo, chico tranquilo —dijo ella con una sonrisa depredadora—. No voy a contenerme solo porque parezcas un modelo de catálogo aburrido.
Kiyotaka caminó hacia el centro. No llevaba un arma visible, solo un par de guantes reforzados que había solicitado al departamento de equipo. Su Aura se activó, una fina capa de energía invisible que envolvía su cuerpo.
—Adelante —dijo él simplemente.
Yang no esperó. Se impulsó con una explosión de sus guanteletes, cerrando la distancia en un parpadeo. Su puño derecho, cargado de inercia y fuego, se dirigió directamente al rostro de Kiyotaka.
Él no retrocedió. Movió su cabeza apenas unos centímetros, dejando que el puño pasara rozando su mejilla. El calor de la explosión le chamuscó unos hilos de cabello, pero sus ojos marrones permanecieron impasibles.
Antes de que Yang pudiera recuperar el equilibrio, Kiyotaka golpeó. No fue un golpe de fuerza, sino de precisión. Sus dedos impactaron en el nervio del plexo braquial de Yang, entumeciendo su brazo instantáneamente.
—¿Qué...? —gruñó ella, retrocediendo y sacudiendo el brazo.
—Tu estilo es dependiente de tu estado emocional —analizó Kiyotaka en voz alta, mientras caminaba lentamente hacia ella—. Cuando te enfadas, tus movimientos se vuelven predecibles. Te vuelves más fuerte, sí, pero sacrificas la técnica por la potencia.
—¡Cállate! —gritó Yang, sus ojos cambiando de lila a un rojo ardiente. Su cabello comenzó a brillar como si estuviera envuelto en llamas.
Lanzó una ráfaga de golpes, cada uno más destructivo que el anterior. La arena temblaba bajo el impacto de sus pies. Kiyotaka se movía como una sombra, un fantasma que se deslizaba entre las llamas. Cada movimiento suyo era el resultado de un cálculo de probabilidades. Sabía dónde iba a golpear ella antes de que ella misma lo decidiera.
—Ella siente ira —pensó Kiyotaka mientras bloqueaba un golpe ascendente, sintiendo el impacto vibrar en sus huesos—. La ira la hace sentir viva. La hace sentir poderosa. ¿Dónde está mi ira?
Buscó en su interior. Buscó el resentimiento hacia su padre, el hombre que lo había convertido en una herramienta. Buscó el odio hacia los instructores que lo habían torturado psicológicamente durante años.
No encontró nada. Solo una habitación blanca, impecable y vacía.
Yang, frustrada por no poder conectar un golpe sólido, rugió y cargó con todo su peso. Kiyotaka vio la apertura. Era una invitación clara. Podría terminar el combate ahora mismo con un golpe en la tráquea o en la base del cráneo.
Pero se detuvo.
En lugar de contraatacar, permitió que el golpe de Yang conectara directamente en su estómago.
El impacto fue brutal. El Aura de Kiyotaka parpadeó violentamente mientras era lanzado hacia atrás, rodando por el suelo de la arena hasta chocar con el muro de contención. El dolor fue agudo, una punzada que recorrió su columna vertebral y le quitó el aliento.
—¡Kiyotaka! —gritó Ruby desde las gradas.
Él se quedó en el suelo un momento, mirando el techo del anfiteatro. El dolor físico estaba allí. Era una señal eléctrica enviada al cerebro. Pero la emoción asociada... el miedo a la muerte, la humillación de la derrota... no aparecían.
—¿Por qué no te moviste? —preguntó Yang, acercándose, su fuego apagándose mientras la confusión reemplazaba a la furia—. Podrías haberlo esquivado. Lo sé.
Kiyotaka se incorporó lentamente, limpiándose un hilo de sangre de la comisura de los labios. Miró la sangre en sus dedos. Era roja, igual que la de todos los demás.
—Quería ver si el dolor físico podía desencadenar una respuesta emocional —respondió él, su voz tan plana como siempre—. He leído que el trauma corporal a menudo rompe las barreras psicológicas.
Yang lo miró como si fuera un monstruo, o algo mucho más triste.
—Estás loco. Nadie se deja golpear por mi solo para "sentir algo".
—Parece que mi experimento ha fallado —concluyó él, poniéndose de pie por completo—. Mi Aura ha absorbido la mayor parte del daño, y mi mente ha categorizado el resto como una simple avería mecánica temporal.
Glynda Goodwitch intervino, dando por terminado el encuentro.
—Ayanokouji, vaya a la enfermería. Xiao Long, controle su temperamento.
Kiyotaka caminó hacia la salida, pero antes de cruzar el umbral, se detuvo y miró a sus compañeros. Todos lo observaban con una mezcla de asombro y miedo. Eran tan vibrantes, tan llenos de colores. Y él era una mancha gris en un lienzo de acuarelas.
Más tarde esa noche, Kiyotaka se encontraba en el techo de uno de los dormitorios. El aire nocturno era frío, y la luna destrozada de Remnant brillaba con una luz fragmentada sobre el mundo.
—¿Te duele mucho?
No necesitaba mirar atrás para saber que era Blake Belladonna. La joven del lazo negro siempre se movía con una cautela similar a la suya. Se sentó a unos metros de él, observando la luna.
—El dolor es manejable —respondió él.
—No me refería al golpe de Yang —dijo Blake en voz baja—. Me refería a... esa soledad. He conocido a mucha gente, Kiyotaka. Gente que ha sufrido, gente que ha odiado. Pero nunca he conocido a alguien que estuviera tan vacío. Es como si fueras un libro con las páginas en blanco.
Kiyotaka la miró. Blake era alguien que entendía las sombras. Ella había estado en la White Fang, conocía la oscuridad de la lucha social y el peso de la culpa.
—Un libro en blanco no puede ser leído —dijo él—. Pero también significa que no tiene una historia predeterminada.
—¿Es eso lo que quieres? ¿Escribir algo? —preguntó ella.
—Quiero entender el valor de lo que todos poseen de forma natural —dijo Kiyotaka, volviendo su vista a la luna—. Si las emociones son la base de la fuerza en este mundo, entonces para alcanzar mi máximo potencial, debo obtenerlas. Aunque sea de forma artificial. Aunque tenga que diseccionar cada interacción social hasta encontrar la chispa.
Blake guardó silencio por un largo rato.
—No creo que puedas encontrarlas analizando, Kiyotaka. Las emociones no son una ciencia. Son un accidente. Te ocurren cuando dejas de intentar controlarlo todo.
—El control es lo único que garantiza la supervivencia.
—Tal vez en tu mundo —replicó ella, levantándose—. Pero aquí, a veces lo único que te salva es perder el control por algo que amas. Piénsalo.
Blake se retiró, dejándolo solo con el viento.
Kiyotaka cerró los ojos. Intentó recordar el calor del golpe de Yang, la voz preocupada de Ruby, la mirada analítica de Blake. Trató de forzar una reacción, de buscar un latido irregular en su corazón.
Nada.
Sin embargo, algo había cambiado. No era una emoción, no todavía. Era una curiosidad intelectual tan profunda que rozaba la obsesión. Si este mundo de cazadores y monstruos estaba regido por el corazón, él aprendería a usar el suyo, incluso si tenía que construirlo pieza por pieza, como un arma de Polvo.
—Si las emociones son un accidente... —susurró para sí mismo—, entonces tendré que crear las condiciones perfectas para que ese accidente ocurra.
Se puso en pie, su rostro inexpresivo reflejando la luz de la luna rota. No sentía miedo, ni alegría, ni esperanza. Pero tenía un objetivo. Y en el mundo de Ayanokouji Kiyotaka, un objetivo era lo más cercano que existía a una razón para vivir.
Bajó del techo con movimientos fluidos, regresando a su habitación. Mañana sería otro día de observación, otro día de simulacros, otro día intentando descifrar el código de la humanidad. Beacon era una academia para héroes, y él era el estudiante más sobresaliente y, a la vez, el más defectuoso.
Pero mientras caminaba por los pasillos silenciosos, una pequeña idea cruzó su mente. Si lograba sentir algo, aunque fuera por un segundo... ¿sería el fin de su eficiencia o el comienzo de su verdadera evolución?
La respuesta, como todo en su vida, era una incógnita que estaba ansioso por resolver.
Había llegado a este mundo, Remnant, de una manera que desafiaba la lógica que conocía en la Habitación Blanca. Aquí, el alma no era un concepto metafísico, sino una fuerza tangible llamada Aura. Aquí, las emociones no eran solo debilidades que debían ser erradicadas, sino el combustible que atraía a los Grimm, monstruos nacidos de la oscuridad.
Kiyotaka extendió su mano y observó la palma de la misma. Estaba limpia, pero él sabía cuánta sangre teórica manchaba su historial. En su mundo original, él era la obra maestra de la eficiencia. Un ser que no necesitaba sentir para ganar. Pero aquí, rodeado de jóvenes que reían, lloraban y luchaban por ideales que él encontraba fascinantes por su falta de pragmatismo, una pregunta había comenzado a germinar en su mente.
¿Qué se siente al ser humano?
—Te ves más perdido en tus pensamientos de lo habitual, Ayanokouji-kun.
La voz era alegre, con un ritmo saltarín que denotaba una energía inagotable. Kiyotaka no necesitó girar la cabeza para saber que se trataba de Ruby Rose. La líder del equipo RWBY se dejó caer en el banco a su lado, abrazando su enorme estuche de arma, Crescent Rose.
—Solo estaba observando el ecosistema de la academia —respondió él con su tono monótono característico—. Es curioso cómo la gente se agrupa según sus afinidades emocionales en lugar de su utilidad táctica.
Ruby soltó una risita, aunque sus ojos plateados mostraron un destello de confusión, como siempre que hablaba con él.
—Eres tan raro. ¡Hacer amigos es lo mejor de estar aquí! No se trata de "táctica", se trata de... ya sabes, la conexión. El sentimiento de que alguien te cuida las espaldas.
—Sentimientos —repitió Kiyotaka, procesando la palabra—. Ruby, ¿podrías describirme qué sientes cuando luchas?
La chica se quedó pensativa, balanceando sus piernas.
—Bueno... es como un fuego. Al principio tengo miedo, claro. Pero luego veo a mis amigas, recuerdo por qué estoy aquí y el miedo se convierte en determinación. Es como si mi corazón latiera tan fuerte que pudiera romper el cristal. Es... emocionante.
—Emocionante —dijo él—. Entiendo el concepto lingüístico. Pero no puedo replicar la sensación. Mi pulso se mantiene a sesenta latidos por minuto incluso cuando un Nevermore intenta decapitarme.
Ruby dejó de balancear las piernas y lo miró con una pizca de tristeza.
—¿Alguna vez has sentido algo, Kiyotaka? ¿Felicidad? ¿Ira? ¿Incluso tristeza?
—He sentido la satisfacción de un plan ejecutado con éxito —respondió él, mirando hacia el horizonte—. Pero es una satisfacción lógica, no visceral. Es como resolver una ecuación matemática difícil. No hay fuego en ello. Solo el silencio de la solución.
La conversación fue interrumpida por el sonido de una explosión controlada proveniente de los campos de entrenamiento. Kiyotaka se puso de pie, su figura delgada y atlética proyectando una sombra larga sobre el pavimento.
—Debo ir a las clases de combate del profesor Glynda Goodwitch —dijo él—. Gracias por la información, Ruby.
—¡Oye! —gritó ella mientras él se alejaba—. ¡Algún día te haré sonreír! ¡Es una promesa de cazadora!
Kiyotaka no respondió. No porque fuera grosero, sino porque no veía sentido en prometer algo que consideraba estadísticamente improbable.
El anfiteatro de combate estaba lleno. La atmósfera estaba cargada de la excitación de los estudiantes. En el centro de la arena, el profesor Glynda ajustaba sus gafas, observando su tableta.
—Ayanokouji Kiyotaka —llamó ella con su voz severa—. Contra Yang Xiao Long.
Un murmullo recorrió las gradas. Yang era conocida por su estilo de combate basado puramente en la emoción y la fuerza bruta. Su Semblanza se alimentaba del daño y la furia. Era el polo opuesto de Kiyotaka.
Yang saltó a la arena, chocando sus guanteletes, Ember Celica, provocando pequeñas explosiones de fuego.
—Espero que estés listo, chico tranquilo —dijo ella con una sonrisa depredadora—. No voy a contenerme solo porque parezcas un modelo de catálogo aburrido.
Kiyotaka caminó hacia el centro. No llevaba un arma visible, solo un par de guantes reforzados que había solicitado al departamento de equipo. Su Aura se activó, una fina capa de energía invisible que envolvía su cuerpo.
—Adelante —dijo él simplemente.
Yang no esperó. Se impulsó con una explosión de sus guanteletes, cerrando la distancia en un parpadeo. Su puño derecho, cargado de inercia y fuego, se dirigió directamente al rostro de Kiyotaka.
Él no retrocedió. Movió su cabeza apenas unos centímetros, dejando que el puño pasara rozando su mejilla. El calor de la explosión le chamuscó unos hilos de cabello, pero sus ojos marrones permanecieron impasibles.
Antes de que Yang pudiera recuperar el equilibrio, Kiyotaka golpeó. No fue un golpe de fuerza, sino de precisión. Sus dedos impactaron en el nervio del plexo braquial de Yang, entumeciendo su brazo instantáneamente.
—¿Qué...? —gruñó ella, retrocediendo y sacudiendo el brazo.
—Tu estilo es dependiente de tu estado emocional —analizó Kiyotaka en voz alta, mientras caminaba lentamente hacia ella—. Cuando te enfadas, tus movimientos se vuelven predecibles. Te vuelves más fuerte, sí, pero sacrificas la técnica por la potencia.
—¡Cállate! —gritó Yang, sus ojos cambiando de lila a un rojo ardiente. Su cabello comenzó a brillar como si estuviera envuelto en llamas.
Lanzó una ráfaga de golpes, cada uno más destructivo que el anterior. La arena temblaba bajo el impacto de sus pies. Kiyotaka se movía como una sombra, un fantasma que se deslizaba entre las llamas. Cada movimiento suyo era el resultado de un cálculo de probabilidades. Sabía dónde iba a golpear ella antes de que ella misma lo decidiera.
—Ella siente ira —pensó Kiyotaka mientras bloqueaba un golpe ascendente, sintiendo el impacto vibrar en sus huesos—. La ira la hace sentir viva. La hace sentir poderosa. ¿Dónde está mi ira?
Buscó en su interior. Buscó el resentimiento hacia su padre, el hombre que lo había convertido en una herramienta. Buscó el odio hacia los instructores que lo habían torturado psicológicamente durante años.
No encontró nada. Solo una habitación blanca, impecable y vacía.
Yang, frustrada por no poder conectar un golpe sólido, rugió y cargó con todo su peso. Kiyotaka vio la apertura. Era una invitación clara. Podría terminar el combate ahora mismo con un golpe en la tráquea o en la base del cráneo.
Pero se detuvo.
En lugar de contraatacar, permitió que el golpe de Yang conectara directamente en su estómago.
El impacto fue brutal. El Aura de Kiyotaka parpadeó violentamente mientras era lanzado hacia atrás, rodando por el suelo de la arena hasta chocar con el muro de contención. El dolor fue agudo, una punzada que recorrió su columna vertebral y le quitó el aliento.
—¡Kiyotaka! —gritó Ruby desde las gradas.
Él se quedó en el suelo un momento, mirando el techo del anfiteatro. El dolor físico estaba allí. Era una señal eléctrica enviada al cerebro. Pero la emoción asociada... el miedo a la muerte, la humillación de la derrota... no aparecían.
—¿Por qué no te moviste? —preguntó Yang, acercándose, su fuego apagándose mientras la confusión reemplazaba a la furia—. Podrías haberlo esquivado. Lo sé.
Kiyotaka se incorporó lentamente, limpiándose un hilo de sangre de la comisura de los labios. Miró la sangre en sus dedos. Era roja, igual que la de todos los demás.
—Quería ver si el dolor físico podía desencadenar una respuesta emocional —respondió él, su voz tan plana como siempre—. He leído que el trauma corporal a menudo rompe las barreras psicológicas.
Yang lo miró como si fuera un monstruo, o algo mucho más triste.
—Estás loco. Nadie se deja golpear por mi solo para "sentir algo".
—Parece que mi experimento ha fallado —concluyó él, poniéndose de pie por completo—. Mi Aura ha absorbido la mayor parte del daño, y mi mente ha categorizado el resto como una simple avería mecánica temporal.
Glynda Goodwitch intervino, dando por terminado el encuentro.
—Ayanokouji, vaya a la enfermería. Xiao Long, controle su temperamento.
Kiyotaka caminó hacia la salida, pero antes de cruzar el umbral, se detuvo y miró a sus compañeros. Todos lo observaban con una mezcla de asombro y miedo. Eran tan vibrantes, tan llenos de colores. Y él era una mancha gris en un lienzo de acuarelas.
Más tarde esa noche, Kiyotaka se encontraba en el techo de uno de los dormitorios. El aire nocturno era frío, y la luna destrozada de Remnant brillaba con una luz fragmentada sobre el mundo.
—¿Te duele mucho?
No necesitaba mirar atrás para saber que era Blake Belladonna. La joven del lazo negro siempre se movía con una cautela similar a la suya. Se sentó a unos metros de él, observando la luna.
—El dolor es manejable —respondió él.
—No me refería al golpe de Yang —dijo Blake en voz baja—. Me refería a... esa soledad. He conocido a mucha gente, Kiyotaka. Gente que ha sufrido, gente que ha odiado. Pero nunca he conocido a alguien que estuviera tan vacío. Es como si fueras un libro con las páginas en blanco.
Kiyotaka la miró. Blake era alguien que entendía las sombras. Ella había estado en la White Fang, conocía la oscuridad de la lucha social y el peso de la culpa.
—Un libro en blanco no puede ser leído —dijo él—. Pero también significa que no tiene una historia predeterminada.
—¿Es eso lo que quieres? ¿Escribir algo? —preguntó ella.
—Quiero entender el valor de lo que todos poseen de forma natural —dijo Kiyotaka, volviendo su vista a la luna—. Si las emociones son la base de la fuerza en este mundo, entonces para alcanzar mi máximo potencial, debo obtenerlas. Aunque sea de forma artificial. Aunque tenga que diseccionar cada interacción social hasta encontrar la chispa.
Blake guardó silencio por un largo rato.
—No creo que puedas encontrarlas analizando, Kiyotaka. Las emociones no son una ciencia. Son un accidente. Te ocurren cuando dejas de intentar controlarlo todo.
—El control es lo único que garantiza la supervivencia.
—Tal vez en tu mundo —replicó ella, levantándose—. Pero aquí, a veces lo único que te salva es perder el control por algo que amas. Piénsalo.
Blake se retiró, dejándolo solo con el viento.
Kiyotaka cerró los ojos. Intentó recordar el calor del golpe de Yang, la voz preocupada de Ruby, la mirada analítica de Blake. Trató de forzar una reacción, de buscar un latido irregular en su corazón.
Nada.
Sin embargo, algo había cambiado. No era una emoción, no todavía. Era una curiosidad intelectual tan profunda que rozaba la obsesión. Si este mundo de cazadores y monstruos estaba regido por el corazón, él aprendería a usar el suyo, incluso si tenía que construirlo pieza por pieza, como un arma de Polvo.
—Si las emociones son un accidente... —susurró para sí mismo—, entonces tendré que crear las condiciones perfectas para que ese accidente ocurra.
Se puso en pie, su rostro inexpresivo reflejando la luz de la luna rota. No sentía miedo, ni alegría, ni esperanza. Pero tenía un objetivo. Y en el mundo de Ayanokouji Kiyotaka, un objetivo era lo más cercano que existía a una razón para vivir.
Bajó del techo con movimientos fluidos, regresando a su habitación. Mañana sería otro día de observación, otro día de simulacros, otro día intentando descifrar el código de la humanidad. Beacon era una academia para héroes, y él era el estudiante más sobresaliente y, a la vez, el más defectuoso.
Pero mientras caminaba por los pasillos silenciosos, una pequeña idea cruzó su mente. Si lograba sentir algo, aunque fuera por un segundo... ¿sería el fin de su eficiencia o el comienzo de su verdadera evolución?
La respuesta, como todo en su vida, era una incógnita que estaba ansioso por resolver.
