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Lybtw

Fandom: Jujutsu Kaisen

Creado: 1/6/2026

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El peso de la verdad bajo la seda

La lluvia golpeaba rítmicamente contra el cristal del apartamento en Shibuya, un sonido que solía calmar los nervios de Megumi, pero que esa noche solo parecía acentuar el latido desbocado de su corazón. El aire estaba cargado de una calidez eléctrica, el tipo de tensión que solo surge cuando dos personas han orbitado la una alrededor de la otra durante meses, esperando el momento exacto para colisionar.

Megumi Fushiguro, a sus veintidós años, sentía que había vivido tres vidas distintas. La primera, una infancia asfixiante en una familia de linaje rancio y valores de piedra, donde su identidad era un pecado y su existencia una moneda de cambio. La segunda, un invierno eterno viviendo en refugios, aferrándose a sus libros de texto como si fueran salvavidas mientras la beca universitaria se convertía en su único boleto de salida. Y la tercera, la más dulce y aterradora, su vida con Yuji Itadori.

Yuji, cuatro años mayor, era el sol en persona. Se habían conocido en la biblioteca de la universidad cuando Megumi aún tenía ojeras permanentes por el hambre y el frío. Yuji, ya graduado y con un trabajo estable, no solo le ofreció un techo; le ofreció un hogar.

—¿Estás bien, Megumi? —La voz de Yuji, profunda y suave, rompió el trance. Estaban sentados en el sofá, tan cerca que Megumi podía sentir el calor que emanaba del cuerpo del otro.

—Sí —respondió Megumi, aunque sus dedos jugueteaban nerviosos con el dobladillo de su camiseta—. Solo... estaba pensando.

—No pienses tanto —pidió Yuji con una sonrisa pequeña, esa que siempre lograba que el estómago de Megumi diera un vuelco—. Sabes que no tienes que hacer nada que no quieras. Siempre te lo he dicho.

Megumi lo miró. Yuji siempre había sido un caballero. Había aceptado la historia del primo acosador —una verdad a medias que justificaba el pánico de Megumi al contacto físico y su extrema privacidad— sin hacer preguntas dolorosas. Había respetado su "virginidad" y sus inseguridades como si fueran tesoros sagrados. Pero Megumi estaba cansado de las barreras. Amaba a Yuji. Lo amaba tanto que el secreto de su transición, ese que había guardado bajo capas de ropa holgada y una faja que a veces le impedía respirar, empezaba a quemarle la piel.

—Quiero —susurró Megumi, apenas un aliento—. Quiero dar este paso contigo, Yuji.

Yuji se inclinó, buscando sus ojos. Había una devoción en su mirada que casi hacía que Megumi quisiera llorar.

—¿Estás seguro? —preguntó Yuji, su mano subiendo con lentitud para acariciar la mejilla de Megumi—. No hay prisa. Tenemos toda la vida.

—Estoy seguro —insistió Megumi, cerrando los ojos ante el contacto—. Por favor.

El beso que siguió fue lento, una promesa silenciosa. Yuji lo guio hacia la habitación con una delicadeza que hacía que Megumi se sintiera de cristal. En la penumbra del cuarto, solo iluminada por las luces de la ciudad que se filtraban por las cortinas, el mundo exterior dejó de existir. Ya no importaba el trabajo de cajero, ni la beca, ni el recuerdo amargo de sus padres echándolo a la calle antes de cuestionar al primo que lo había atormentado. Solo importaba Yuji.

Yuji comenzó a despojarlo de su ropa con una reverencia casi religiosa. Primero fue la sudadera, dejando al descubierto los hombros delgados pero firmes de Megumi. Luego, con manos temblorosas por la anticipación, Yuji bajó el cierre del pantalón de Megumi.

Fue en ese momento cuando el tiempo pareció congelarse.

Megumi no se había quitado la ropa interior que usaba en sus días más difíciles, aquellos en los que la disforia lo golpeaba con tanta fuerza que necesitaba aferrarse a algo que lo hiciera sentir... diferente, o quizás era simplemente el miedo a ser descubierto lo que lo había llevado a usar esa prenda esa noche, como un escudo o una confesión silenciosa. Bajo el pantalón, Megumi llevaba una prenda de encaje fino, algo que contrastaba violentamente con la imagen masculina que proyectaba al mundo.

Yuji se quedó paralizado. Sus manos, que hace un segundo acariciaban los muslos de Megumi, se detuvieron en seco. Sus ojos se abrieron de par en par, fijos en la seda y el encaje que no encajaban en la narrativa que él conocía.

El silencio se volvió ensordecedor. Megumi sintió que la sangre se le congelaba en las venas. El pánico, ese viejo enemigo, se apoderó de su pecho, dificultándole la respiración.

—Yuji... —La voz de Megumi fue un hilo roto. Trató de cubrirse, de retroceder, de desaparecer entre las sábanas—. Yo... puedo explicarlo.

Yuji no se movió. Seguía mirando, su mente procesando algo para lo que no tenía manual de instrucciones. No era solo la ropa; era la comprensión repentina de que había capas en el hombre que amaba que ni siquiera había empezado a explorar.

—Megumi —dijo Yuji finalmente, su voz sonando extraña, ronca—. ¿Qué es esto?

Megumi sintió las lágrimas agolparse en sus ojos. Toda la seguridad que había construido en los últimos meses se desmoronó. Se sentía de nuevo como el chico de dieciocho años bajo la lluvia, sin lugar a donde ir.

—No soy... no soy quien crees que soy —sollozó Megumi, cubriéndose el rostro con las manos—. Mi familia... ellos me echaron por esto. Por ser así. Por querer ser yo mismo pero no poder escapar de lo que nací siendo.

Yuji parpadeó, saliendo de su estupor. Se dio cuenta de que Megumi estaba temblando violentamente, al borde de un ataque de ansiedad. El shock inicial de ver la prenda femenina fue reemplazado instantáneamente por una oleada de protección y culpa.

—Oye, oye... mírame —dijo Yuji, acercándose y tomando las muñecas de Megumi con suavidad, obligándolo a bajar las manos—. Mírame, Megumi.

Megumi lo hizo, con la vista nublada por las lágrimas, esperando ver asco, decepción o, peor aún, burla. Pero lo que encontró fue la misma calidez dorada de siempre, mezclada con una profunda confusión y una pizca de dolor por verlo sufrir.

—No entiendo del todo —admitió Yuji con sinceridad, su pulgar acariciando el dorso de la mano de Megumi—. Pero sé que estás asustado. Y sé que esto tiene que ver con por qué nunca querías que te viera sin ropa.

Megumi asintió, tragando saliva.

—Soy trans, Yuji —soltó, las palabras saliendo como un proyectil—. Nací mujer. Mi familia... ellos son conservadores. Cuando empecé mi transición, cuando dije quién era en realidad, prefirieron quedarse con mi primo, ese que me acosaba, antes que tener a un "monstruo" como yo en casa. He pasado por esto solo. Todo este tiempo... tenía miedo de que si lo sabías, me mirarías como ellos.

Yuji se quedó callado por un largo momento. Megumi sintió que el corazón se le iba a salir por la garganta. Entonces, Yuji hizo algo que Megumi no esperaba: se echó a reír suavemente, una risa cargada de alivio y algo de ironía.

—¿De qué te ríes? —preguntó Megumi, herido.

—Me río de lo tonto que soy —dijo Yuji, negando con la cabeza—. Megumi, he estado meses pensando que me odiabas, o que yo era demasiado rudo, o que tenías un trauma tan profundo que nunca podrías confiar en mí. Y resulta que solo tenías miedo de que no te quisiera por quién eres.

—Es un "solo" bastante grande, Yuji —replicó Megumi con amargura.

—No para mí —Yuji se acercó más, acortando cualquier distancia física y emocional—. Escúchame bien. Me enamoré de Megumi Fushiguro. Me enamoré del chico que estudia hasta las tres de la mañana, del que se pelea con la máquina de café, del que tiene el corazón más noble que he conocido. Lo que tengas entre las piernas o la ropa que decidas ponerte... eso no cambia quién eres.

Megumi lo miró, incrédulo.

—¿No te importa? ¿No te da... asco?

Yuji frunció el ceño, una expresión de genuina molestia cruzando su rostro.

—Nunca vuelvas a decir esa palabra relacionada contigo. Nunca. Megumi, eres hermoso. Y si esa ropa te hace sentir seguro, o si es parte de tu proceso, me da igual. Lo único que me duele es que hayas pasado por tanto dolor solo.

Yuji extendió la mano y, con una delicadeza extrema, acarició el encaje de la prenda que había causado el estallido.

—Es bonita —comentó Yuji con total naturalidad, rompiendo la tensión—. Te queda bien. Pero me gustas más tú.

Megumi soltó un suspiro que pareció liberar años de presión acumulada en sus pulmones. Se inclinó hacia adelante, escondiendo el rostro en el cuello de Yuji, dejando que las lágrimas fluyeran libremente, pero esta vez eran lágrimas de alivio.

—Gracias —susurró Megumi—. Gracias, Yuji.

—No tienes que darme las gracias por amarte —respondió Yuji, rodeándolo con sus brazos fuertes, proporcionándole el refugio que Megumi siempre había buscado—. Ahora, si quieres parar, paramos. Si quieres seguir, seguimos. Tú mandas, Megumi. Siempre has mandado tú.

Megumi se separó un poco, mirando a Yuji a los ojos. Por primera vez en su vida, se sintió completamente visto. No como un secreto, no como un error, sino como un hombre digno de ser amado en todas sus facetas.

—Quiero seguir —dijo Megumi, esta vez con una voz firme—. Pero... ¿podemos ir despacio? Todavía es nuevo para mí... mostrarme así.

—Iremos tan despacio como quieras —prometió Yuji, besando su frente—. Tenemos toda la noche. Tenemos todo el tiempo del mundo.

Esa noche, bajo la lluvia de Shibuya, Megumi Fushiguro no solo entregó su cuerpo, sino que finalmente entregó su verdad. Y en los brazos de Yuji Itadori, descubrió que su "gran pequeño secreto" no era una carga, sino simplemente una parte más de la historia que los dos estaban empezando a escribir juntos.

El encaje y la seda quedaron esparcidos en el suelo, junto con los miedos y las sombras del pasado. En la cama, solo quedaban dos personas aprendiendo a quererse sin máscaras, en la honestidad más pura y vulnerable que existe.

—Te quiero, Megumi —susurró Yuji contra su piel.

—Te quiero, Yuji —respondió él, y por primera vez, las palabras no pesaban; volaban.
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