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kronii x bbc

Fandom: hololive

Creado: 1/6/2026

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El Tic-Tac del Deseo: Un Trato con el Tiempo

Ouro Kronii siempre se había considerado la perfección encarnada. Como la Guardiana del Tiempo, su existencia estaba marcada por la precisión, la simetría y una arrogancia que rozaba lo divino. Sin embargo, detrás de esa fachada de superioridad y sus chistes secos frente a la cámara, existía un vacío que ni el ego más grande del multiverso podía llenar. La angustia existencial era su compañera más fiel, un zumbido constante que le recordaba que, a pesar de su belleza, estaba aburrida de su propia omnipotencia.

Todo cambió la noche que conoció a Marcus.

Él no era un dios, ni un espíritu, ni un ser dimensional. Era un hombre. Un hombre afroamericano de unos cincuenta años, con sienes plateadas que contrastaban con su piel oscura y profunda, y una presencia que parecía absorber la luz de la habitación. Marcus era un magnate del acero, un hombre que no pedía permiso para existir y que emanaba una autoridad natural que Kronii, por primera vez en eones, encontró intimidante.

Lo que empezó como un arreglo de conveniencia —un "sugar daddy" para financiar los caprichos más caros de una vtuber que ya lo tenía todo pero quería más— pronto se transformó en algo que Kronii no pudo prever. Ella pensó que lo dominaría con su belleza y su estatus, pero Marcus no se dejó impresionar por sus títulos divinos.

— Eres hermosa, Kronii —le dijo él en su primera cena privada, su voz un barítono profundo que hizo que el vello de la nuca de la joven se erizara—, pero aquí no eres una guardiana. Eres mi invitada. Y mientras estés bajo mi techo, harás las cosas a mi manera.

Kronii soltó una risa seca, acomodándose un mechón de su cabello azul oscuro.

— ¿A tu manera? Marcus, soy el Tiempo mismo. No creo que entiendas con quién estás hablando.

Marcus dejó su copa de cristal sobre la mesa y la miró fijamente, con una intensidad que hizo que la seguridad de Kronii flaqueara por un segundo.

— Sé exactamente quién eres. Una niña que juega a ser perfecta porque tiene miedo de que nadie la cuide. Deja de actuar. Come.

Esa brusquedad, ese tono dominante y casi arcaico, encendió algo en Kronii que ella siempre había mantenido bajo llave. Por primera vez, alguien no la adoraba; alguien la mandaba. Y, para su propia sorpresa, le encantó.

Las semanas pasaron y la dinámica se intensificó. Kronii comenzó a buscar la aprobación de Marcus con una desesperación que antes le habría parecido patética. Él era un hombre de valores tradicionales, un hombre que creía que el lugar de una mujer era ser el reposo del guerrero, la belleza que adorna la fuerza del hombre. En cualquier otro contexto, Kronii habría destrozado a alguien por sugerir tal cosa, pero con Marcus, se sentía... correcto.

Una noche, en el ático de lujo de Marcus, el aire estaba cargado de electricidad. Kronii llevaba un vestido azul de seda que abrazaba sus curvas y resaltaba sus pechos generosos, un atuendo que sabía que a él le gustaba.

— Ven aquí, pequeña —ordenó Marcus desde el sofá de cuero, sin despegar la vista de unos documentos.

Kronii caminó hacia él, sus tacones resonando en el suelo de mármol. Se detuvo frente a él, esperando.

— ¿Sí, Marcus? —preguntó ella, con una suavidad en la voz que sus fans de Hololive jamás reconocerían.

— Te he dicho que no me gusta que me interrumpas cuando trabajo si no es para servirme algo —dijo él, cerrando la carpeta con fuerza. Se puso de pie, superándola en altura por varios centímetros, obligándola a mirar hacia arriba—. ¿Estás olvidando tu lugar?

— No, yo... lo siento —murmuró ella, bajando la mirada. La Guardiana del Tiempo, la mujer que se jactaba de ser perfecta, estaba pidiendo perdón con las mejillas encendidas.

Marcus la tomó del mentón, obligándola a sostenerle la mirada. Sus dedos eran grandes y callosos, la piel oscura contra la tez pálida de ella creaba un contraste visual que a Kronii la excitaba de sobremanera.

— Eres mía, Kronii. Mi propiedad. Mis reglas. ¿Entendido?

— Sí, Marcus. Soy tuya —susurró ella, sintiendo un calor líquido recorrer su vientre.

Él no perdió más tiempo. La tomó por la nuca y la besó con una posesividad brutal, reclamando su boca como si fuera un territorio conquistado. Kronii gimió contra sus labios, sus manos aferrándose a los hombros anchos de él. Marcus la empujó hacia atrás, sobre la mesa de conferencias de madera noble, apartando los papeles de un manotazo.

— Quítate el vestido —mandó él, su voz era una orden absoluta.

Con dedos temblorosos, Kronii bajó la cremallera lateral. La seda cayó al suelo, dejando a la vista su piel de porcelana y su lencería de encaje negro que apenas contenía sus pechos. Marcus la recorrió con la mirada, una mirada de cazador que ha atrapado a su presa.

— Eres una obra de arte —dijo él, desabrochándose el cinturón—, pero hoy vas a aprender que el arte se moldea a gusto del dueño.

Marcus la giró bruscamente, obligándola a apoyarse en la mesa, de espaldas a él. Kronii sintió el frío de la madera contra sus muslos y el calor del cuerpo de Marcus presionando contra sus nalgas. Él le sujetó las manos por encima de la cabeza con una sola de sus manos grandes, inmovilizándola.

— Marcus... por favor —suplicó ella, aunque no sabía si pedía que parara o que continuara.

— Silencio. Solo disfruta de ser lo que eres: una mujer para su hombre.

Él entró en ella sin previo aviso, un empuje firme y profundo que llenó a Kronii por completo. Ella soltó un grito que terminó en un jadeo ahogado. Era demasiado grande, demasiado intenso, pero era exactamente lo que su cuerpo clamaba. Marcus comenzó a moverse con un ritmo potente y constante, cada embestida haciendo que los pechos de Kronii rebotaran contra la mesa.

— ¡Ah! ¡Marcus! —gritaba ella, su cabeza echada hacia atrás, sus ojos azules nublados por el placer—. ¡Eres tan... tan fuerte!

— Soy tu dueño, Kronii. Di mi nombre y dime a quién perteneces.

— ¡A ti! ¡Soy tuya, Marcus! ¡Haz lo que quieras conmigo! —exclamó ella, entregándose por completo a la sumisión.

El sonido de la carne chocando contra la carne llenaba la habitación, mezclándose con los gemidos de Kronii. Marcus no era suave; era dominante, exigente, marcando su territorio con cada movimiento. La sujetaba con tal fuerza que Kronii sabía que tendría marcas en las muñecas al día siguiente, y la idea la hacía estremecerse de placer. Era una prueba tangible de que él la controlaba.

Marcus la tomó por la cintura y la levantó ligeramente, cambiando el ángulo para penetrarla aún más profundo. Kronii sentía que se desmoronaba, que su propia identidad como "Guardiana" se disolvía bajo el peso de la masculinidad desbordante de Marcus. Ella no quería ser el Tiempo; quería ser la mujer de este hombre, su descanso, su juguete, su todo.

— Me voy a venir, Kronii —gruñó él en su oído, su aliento caliente quemándole la piel—. Y lo voy a hacer dentro de ti. Quiero que lleves mi marca.

— Sí... ¡sí, lléname! —rogó ella, arqueando la espalda, buscando más contacto—. ¡Hazme tuya de verdad!

Marcus dio unas últimas embestidas feroces, enterrándose en ella hasta el fondo antes de tensarse y liberar su semilla dentro de ella. Kronii experimentó un orgasmo tan violento que sus piernas flaquearon, y si no fuera por el agarre de Marcus, se habría desplomado.

Se quedaron así unos momentos, jadeando. Marcus se retiró lentamente y, con una palmada firme en su nalga, le indicó que se levantara.

— Ve a limpiarte. Y luego tráeme un trago —dijo él, volviendo a sentarse y recuperando su compostura como si nada hubiera pasado.

Kronii, con las piernas temblorosas y el corazón todavía latiendo a mil por hora, asintió con una sonrisa sumisa.

— Sí, mi señor.

Esa noche marcó el inicio de una transformación total. Kronii, que antes pasaba horas alabándose frente al espejo, ahora pasaba ese tiempo aprendiendo a cocinar los platos favoritos de Marcus o eligiendo la ropa que él quería que usara. Su stream de vtuber continuaba, pero su actitud había cambiado; era más serena, menos cínica, y a menudo se perdía en sus pensamientos, tocando el anillo que Marcus le había regalado —un diamante enorme que simbolizaba su compromiso—.

La relación avanzó rápido. Marcus no creía en noviazgos largos; él quería una esposa que cuidara de su hogar. Y Kronii, para sorpresa de sus compañeras de Hololive, aceptó sin dudar.

La boda fue un evento privado, lujoso y sobrio. Kronii vestía de blanco, una visión de pureza y belleza que contrastaba con la figura imponente de Marcus en su esmoquin negro. Cuando el sacerdote preguntó si ella aceptaba someterse y amar a su esposo, Kronii respondió con una firmeza que no dejaba lugar a dudas.

— Lo hago.

Meses después de la boda, la vida en la mansión era una rutina de devoción. Kronii había dejado de lado gran parte de sus responsabilidades divinas, delegando el flujo del tiempo a sus sistemas automáticos. Su prioridad era Marcus.

Una mañana, Kronii se despertó sintiéndose diferente. Un ligero mareo la acompañó mientras bajaba a la cocina para preparar el desayuno de su marido. Cuando Marcus entró en la habitación, ella estaba apoyada en la encimera, pálida pero sonriente.

— ¿Qué pasa, Kronii? —preguntó él, acercándose y rodeando su cintura con sus brazos protectores.

— Creo... creo que finalmente lo logramos, Marcus —dijo ella, tomando la mano de él y llevándola a su vientre aún plano—. Estoy embarazada.

Marcus guardó silencio por un momento, una sonrisa de satisfacción absoluta extendiéndose por su rostro. La besó con una ternura que rara vez mostraba, pero que era igual de dominante.

— Un hijo —dijo él—. Un heredero. Has cumplido con tu deber, mi reina.

Kronii se acurrucó contra su pecho, sintiéndose más completa de lo que jamás se había sentido como una entidad eterna. La angustia existencial había desaparecido, reemplazada por el peso dulce de la vida que crecía en su interior y la mano firme del hombre que la gobernaba.

— Gracias, Marcus —susurró—. Gracias por darme un propósito.

El tiempo seguía corriendo afuera, pero dentro de esa casa, el tiempo le pertenecía a Marcus, y Kronii no quería estar en ningún otro lugar que no fuera bajo su mando, llevando su descendencia y viviendo para complacerlo. La Guardiana del Tiempo finalmente había encontrado algo más fuerte que la eternidad: la entrega absoluta.
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