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Maid
Fandom: Army and stay
Creado: 1/6/2026
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RomanceUA (Universo Alternativo)DramaDolor/ConsueloOscuroCrimenCelosNoir
Encajes blancos y sombras de terciopelo
El asfalto de Seúl brillaba bajo una lluvia fina y persistente que parecía mimetizarse con el humor de Jeon Jungkook. El joven empresario y líder indiscutible de una de las organizaciones más influyentes del país cerró la puerta de su coche blindado con un golpe seco. Su mandíbula estaba tensa, y sus ojos oscuros reflejaban el cansancio de una semana llena de traiciones internas y cierres de contratos multimillonarios.
Necesitaba un respiro. No el tipo de respiro que incluía alcohol caro y mujeres desesperadas por su atención, sino simplemente un lugar donde el ruido del mundo se apagara. Caminó por un callejón iluminado por luces de neón, buscando un establecimiento discreto que recordaba haber visto antes. Sin fijarse demasiado en el letrero rosa pastel que colgaba sobre la puerta, empujó la entrada de madera.
El tintineo de una campana anunció su llegada.
Jungkook se detuvo en seco. El aire olía a vainilla, fresas y azúcar quemada. No era un bar. No era un club privado. Era un *Maid Café*. El contraste entre su traje de tres piezas hecho a medida, su aura peligrosa y el entorno lleno de encajes y colores pastel era casi cómico. Estaba a punto de darse la vuelta y marcharse, soltando un bufido de irritación, cuando lo vio.
En una mesa cercana, un chico pequeño, de piel tan blanca que parecía porcelana, intentaba acomodarse la falda de un uniforme de sirvienta que le quedaba ligeramente corto. Tenía el cabello oscuro y despeinado, unos ojos grandes y brillantes que desbordaban una inocencia casi dolorosa, y unas mejillas que se tiñeron de un rosa intenso en cuanto sus miradas se cruzaron.
—B-Bienvenido, amo... —susurró el chico, haciendo una reverencia tan profunda que casi pierde el equilibrio.
Jungkook arqueó una ceja. Se quedó allí, de pie, observando cómo el pequeño ser temblaba ligeramente. Había algo en su vulnerabilidad que detuvo el impulso de Jungkook de irse. Una curiosidad oscura y posesiva despertó en su pecho.
—Una mesa. Al fondo. Donde nadie moleste —ordenó Jungkook con voz profunda y cortante.
El chico asintió frenéticamente y lo guio hacia un rincón apartado, oculto tras unas cortinas de terciopelo. Jungkook se sentó, sintiendo que el asiento de terciopelo era demasiado suave para alguien como él. El chico, cuya placa en el pecho decía "Yoongi", permaneció de pie a su lado, jugueteando con los bordes de su delantal blanco.
—¿Qué desea... ordenar el amo? —preguntó Yoongi, con la voz quebrada. Sus dedos se entrelazaban con nerviosismo.
Jungkook no miró la carta. Miró las piernas de Yoongi. Eran delgadas, pálidas y estaban adornadas con unas medias blancas que llegaban hasta la mitad del muslo, sujetas por ligueros con lazos. El empresario notó que otros clientes en el local no solo pedían café; vio a un hombre mayor en la mesa de al lado pasar su mano descaradamente por el muslo de otro chico disfrazado, mientras dejaba un fajo de billetes sobre la mesa.
—¿Cómo funciona esto, Yoongi? —preguntó Jungkook, recostándose en su asiento y cruzando las piernas. Su tono era frío, pero su mirada quemaba.
Yoongi tragó saliva, sus ojos se llenaron de una capa de humedad.
—Yo... yo sirvo el té y... y el amo puede... —bajó la mirada, avergonzado—, el amo puede tocar si deja una propina. Son las reglas del dueño. Si no lo hago... —se detuvo, el miedo cruzando su rostro como una sombra.
Yoongi no conocía la malicia. Había terminado en ese lugar por una deuda que no era suya, obligado a trabajar en un entorno que no comprendía del todo. Para él, "tocar" era algo que los adultos hacían para mostrar poder, algo que le asustaba pero que aceptaba con una humildad infantil porque no conocía otra salida. No sabía lo que era el sexo, ni el deseo carnal; solo sabía que debía ser "bueno" para que no le castigaran.
Jungkook sintió un pinchazo de algo parecido a la lujuria mezclada con una extraña necesidad de dominar. Si todos esos tipos mediocres podían poner sus manos sobre esa criatura tan pura, él, Jeon Jungkook, lo haría mejor.
—Acércate —mandó Jungkook.
Yoongi obedeció, dando un paso vacilante hacia él. Jungkook extendió una mano y, con una lentitud tortuosa, la deslizó por la rodilla del chico. La piel era tan suave como la seda. Yoongi soltó un pequeño jadeo y cerró los ojos, sus pestañas rozando sus pómulos.
—¿Te duele? —preguntó Jungkook, su voz ahora un poco más baja, casi un susurro peligroso.
—No... —susurró Yoongi—, pero se siente... extraño. El corazón me hace mucho ruido, señor.
Jungkook soltó una risa seca, sin rastro de humor. La inocencia del chico era real. No era una actuación. Era un pequeño animalito acorralado que intentaba ser amable con su depredador.
—Se dice "amo", Yoongi. No olvides las reglas —Jungkook apretó ligeramente el muslo del chico, subiendo la mano por debajo de la falda de encaje.
Yoongi soltó un gemido bajito, un sonido que no tenía nada de erótico y todo de confusión. Se aferró al hombro de Jungkook para no caerse, sus dedos pequeños apretando la tela costosa del saco del mafioso.
—Lo siento... amo —dijo Yoongi, con una lagrimita escapando de su ojo—. ¿Está bien así? ¿Soy un buen chico?
Jungkook sintió un vuelco en el estómago. La humildad y la falta de malicia de Yoongi eran desarmantes. Sacó su billetera y, sin mirar, dejó un fajo de billetes de alta denominación sobre la mesa. Era más de lo que el café ganaba en una semana.
—Eres un chico excelente —dijo Jungkook, tirando del cuerpo de Yoongi hacia él hasta que el chico quedó atrapado entre sus piernas—. Pero no me gusta compartir mis cosas. Y tú, desde que puse un pie aquí, me perteneces.
Yoongi parpadeó, confundido por las palabras.
—¿Pertenecer? ¿Como un peluche? —preguntó con una pequeña sonrisa tímida, buscando aprobación.
Jungkook sintió un impulso casi violento de proteger esa ignorancia y, al mismo tiempo, de corromperla a su antojo. Sus manos bajaron hacia las caderas de Yoongi, apretándolas con firmeza. El chico soltó una risita nerviosa, encogiéndose de hombros.
—Sí, exactamente como un peluche. Pero uno que solo yo puedo tocar.
—A los otros clientes no les gustará —dijo Yoongi, mirando de reojo hacia la sala—. El dueño dice que debo ser de todos para que el negocio funcione.
Jungkook se tensó. La idea de que otros hombres pusieran sus manos sucias sobre esa piel de porcelana le revolvió la sangre. Se acercó al oído de Yoongi, rozando el lóbulo con sus labios, disfrutando de cómo el chico se estremecía violentamente.
—Si alguien más te toca, quemaré este lugar con ellos dentro —susurró Jungkook con una frialdad que habría hecho temblar a cualquier socio de la mafia, pero que Yoongi solo interpretó como una promesa de cuidado—. ¿Entiendes?
Yoongi asintió, aunque no comprendía la gravedad de la amenaza. Solo sabía que ese hombre de negro, aunque daba miedo y era muy serio, lo sostenía con una fuerza que le hacía sentirse extrañamente seguro.
—¿Me dará dulces si soy bueno? —preguntó Yoongi con voz infantil, apoyando su cabecita en el hombro de Jungkook.
Jungkook cerró los ojos por un momento, aspirando el aroma a vainilla del cabello del chico. Era una locura. Él era un hombre que manejaba armas y millones, y estaba allí, en un café de sirvientas, abrazando a un chico que no sabía nada del mundo real.
—Te daré todo lo que quieras. Dulces, ropa, juguetes... —Jungkook deslizó su mano hacia la espalda baja de Yoongi, acariciando la piel que quedaba expuesta por el diseño del uniforme—. Pero a cambio, no dejarás que nadie más te mire. Serás mi secreto.
—Me gusta ese trato, amo —dijo Yoongi, frotando su mejilla contra la tela del traje—. Usted huele a lluvia y a algo caro. Es mejor que el olor a café viejo.
Jungkook se permitió una pequeña sonrisa, una que sus enemigos nunca verían. Se puso de pie, manteniendo a Yoongi sujeto por la cintura, sin importarle las miradas de los demás empleados o del dueño que se acercaba con cara de pocos amigos al ver que su "atracción principal" estaba siendo acaparada.
—¿Hay algún problema, señor? —preguntó el dueño, un hombre gordo y de aspecto grasiento, mirando el dinero sobre la mesa con codicia.
Jungkook ni siquiera lo miró a la cara. Sacó una tarjeta negra de su bolsillo y la lanzó sobre el fajo de billetes.
—Compro el contrato de este chico. Ahora mismo. Y si vuelves a ponerle un uniforme que le quede corto, me aseguraré de que no vuelvas a caminar —dijo Jungkook con una voz que cortaba el aire como una cuchilla.
El dueño palideció al reconocer el nombre en la tarjeta. Retrocedió dos pasos, haciendo una reverencia torpe.
—P-Por supuesto, señor Jeon. Es todo suyo. Yoongi, ve con él.
Yoongi miró a Jungkook con los ojos muy abiertos.
—¿Me voy con usted? ¿A su casa?
—A mi casa —confirmó Jungkook, quitándose su saco negro y envolviendo con él el pequeño cuerpo de Yoongi, cubriendo el uniforme de encaje—. Allí nadie te obligará a hacer nada que no quieras. Pero tendrás que aprender muchas cosas, Yoongi.
—¿Cosas de adultos? —preguntó Yoongi mientras caminaban hacia la salida, agarrado firmemente de la mano de Jungkook.
Jungkook se detuvo en la puerta, observando la nieve que empezaba a caer, cubriendo la suciedad de la ciudad. Miró al chico a su lado, tan puro, tan ajeno a la oscuridad que lo rodeaba.
—Sí, Yoongi. Cosas de adultos. Pero yo seré el único que te las enseñe.
Yoongi sonrió, una sonrisa radiante y sincera que iluminó el rostro cansado del mafioso.
—Está bien, amo. Yoongi será un buen alumno.
Jungkook lo guio hacia el coche, sabiendo que su vida acababa de dar un giro irreversible. No sabía si era un protector o un monstruo por llevarse a alguien tan vulnerable, pero mientras veía a Yoongi maravillarse con los asientos de cuero del vehículo, supo que no permitiría que el mundo volviera a manchar esa inocencia. Yoongi era suyo, y en el mundo de Jeon Jungkook, lo que era suyo se guardaba bajo llave, lejos de cualquier mirada, en una jaula de oro y terciopelo.
Necesitaba un respiro. No el tipo de respiro que incluía alcohol caro y mujeres desesperadas por su atención, sino simplemente un lugar donde el ruido del mundo se apagara. Caminó por un callejón iluminado por luces de neón, buscando un establecimiento discreto que recordaba haber visto antes. Sin fijarse demasiado en el letrero rosa pastel que colgaba sobre la puerta, empujó la entrada de madera.
El tintineo de una campana anunció su llegada.
Jungkook se detuvo en seco. El aire olía a vainilla, fresas y azúcar quemada. No era un bar. No era un club privado. Era un *Maid Café*. El contraste entre su traje de tres piezas hecho a medida, su aura peligrosa y el entorno lleno de encajes y colores pastel era casi cómico. Estaba a punto de darse la vuelta y marcharse, soltando un bufido de irritación, cuando lo vio.
En una mesa cercana, un chico pequeño, de piel tan blanca que parecía porcelana, intentaba acomodarse la falda de un uniforme de sirvienta que le quedaba ligeramente corto. Tenía el cabello oscuro y despeinado, unos ojos grandes y brillantes que desbordaban una inocencia casi dolorosa, y unas mejillas que se tiñeron de un rosa intenso en cuanto sus miradas se cruzaron.
—B-Bienvenido, amo... —susurró el chico, haciendo una reverencia tan profunda que casi pierde el equilibrio.
Jungkook arqueó una ceja. Se quedó allí, de pie, observando cómo el pequeño ser temblaba ligeramente. Había algo en su vulnerabilidad que detuvo el impulso de Jungkook de irse. Una curiosidad oscura y posesiva despertó en su pecho.
—Una mesa. Al fondo. Donde nadie moleste —ordenó Jungkook con voz profunda y cortante.
El chico asintió frenéticamente y lo guio hacia un rincón apartado, oculto tras unas cortinas de terciopelo. Jungkook se sentó, sintiendo que el asiento de terciopelo era demasiado suave para alguien como él. El chico, cuya placa en el pecho decía "Yoongi", permaneció de pie a su lado, jugueteando con los bordes de su delantal blanco.
—¿Qué desea... ordenar el amo? —preguntó Yoongi, con la voz quebrada. Sus dedos se entrelazaban con nerviosismo.
Jungkook no miró la carta. Miró las piernas de Yoongi. Eran delgadas, pálidas y estaban adornadas con unas medias blancas que llegaban hasta la mitad del muslo, sujetas por ligueros con lazos. El empresario notó que otros clientes en el local no solo pedían café; vio a un hombre mayor en la mesa de al lado pasar su mano descaradamente por el muslo de otro chico disfrazado, mientras dejaba un fajo de billetes sobre la mesa.
—¿Cómo funciona esto, Yoongi? —preguntó Jungkook, recostándose en su asiento y cruzando las piernas. Su tono era frío, pero su mirada quemaba.
Yoongi tragó saliva, sus ojos se llenaron de una capa de humedad.
—Yo... yo sirvo el té y... y el amo puede... —bajó la mirada, avergonzado—, el amo puede tocar si deja una propina. Son las reglas del dueño. Si no lo hago... —se detuvo, el miedo cruzando su rostro como una sombra.
Yoongi no conocía la malicia. Había terminado en ese lugar por una deuda que no era suya, obligado a trabajar en un entorno que no comprendía del todo. Para él, "tocar" era algo que los adultos hacían para mostrar poder, algo que le asustaba pero que aceptaba con una humildad infantil porque no conocía otra salida. No sabía lo que era el sexo, ni el deseo carnal; solo sabía que debía ser "bueno" para que no le castigaran.
Jungkook sintió un pinchazo de algo parecido a la lujuria mezclada con una extraña necesidad de dominar. Si todos esos tipos mediocres podían poner sus manos sobre esa criatura tan pura, él, Jeon Jungkook, lo haría mejor.
—Acércate —mandó Jungkook.
Yoongi obedeció, dando un paso vacilante hacia él. Jungkook extendió una mano y, con una lentitud tortuosa, la deslizó por la rodilla del chico. La piel era tan suave como la seda. Yoongi soltó un pequeño jadeo y cerró los ojos, sus pestañas rozando sus pómulos.
—¿Te duele? —preguntó Jungkook, su voz ahora un poco más baja, casi un susurro peligroso.
—No... —susurró Yoongi—, pero se siente... extraño. El corazón me hace mucho ruido, señor.
Jungkook soltó una risa seca, sin rastro de humor. La inocencia del chico era real. No era una actuación. Era un pequeño animalito acorralado que intentaba ser amable con su depredador.
—Se dice "amo", Yoongi. No olvides las reglas —Jungkook apretó ligeramente el muslo del chico, subiendo la mano por debajo de la falda de encaje.
Yoongi soltó un gemido bajito, un sonido que no tenía nada de erótico y todo de confusión. Se aferró al hombro de Jungkook para no caerse, sus dedos pequeños apretando la tela costosa del saco del mafioso.
—Lo siento... amo —dijo Yoongi, con una lagrimita escapando de su ojo—. ¿Está bien así? ¿Soy un buen chico?
Jungkook sintió un vuelco en el estómago. La humildad y la falta de malicia de Yoongi eran desarmantes. Sacó su billetera y, sin mirar, dejó un fajo de billetes de alta denominación sobre la mesa. Era más de lo que el café ganaba en una semana.
—Eres un chico excelente —dijo Jungkook, tirando del cuerpo de Yoongi hacia él hasta que el chico quedó atrapado entre sus piernas—. Pero no me gusta compartir mis cosas. Y tú, desde que puse un pie aquí, me perteneces.
Yoongi parpadeó, confundido por las palabras.
—¿Pertenecer? ¿Como un peluche? —preguntó con una pequeña sonrisa tímida, buscando aprobación.
Jungkook sintió un impulso casi violento de proteger esa ignorancia y, al mismo tiempo, de corromperla a su antojo. Sus manos bajaron hacia las caderas de Yoongi, apretándolas con firmeza. El chico soltó una risita nerviosa, encogiéndose de hombros.
—Sí, exactamente como un peluche. Pero uno que solo yo puedo tocar.
—A los otros clientes no les gustará —dijo Yoongi, mirando de reojo hacia la sala—. El dueño dice que debo ser de todos para que el negocio funcione.
Jungkook se tensó. La idea de que otros hombres pusieran sus manos sucias sobre esa piel de porcelana le revolvió la sangre. Se acercó al oído de Yoongi, rozando el lóbulo con sus labios, disfrutando de cómo el chico se estremecía violentamente.
—Si alguien más te toca, quemaré este lugar con ellos dentro —susurró Jungkook con una frialdad que habría hecho temblar a cualquier socio de la mafia, pero que Yoongi solo interpretó como una promesa de cuidado—. ¿Entiendes?
Yoongi asintió, aunque no comprendía la gravedad de la amenaza. Solo sabía que ese hombre de negro, aunque daba miedo y era muy serio, lo sostenía con una fuerza que le hacía sentirse extrañamente seguro.
—¿Me dará dulces si soy bueno? —preguntó Yoongi con voz infantil, apoyando su cabecita en el hombro de Jungkook.
Jungkook cerró los ojos por un momento, aspirando el aroma a vainilla del cabello del chico. Era una locura. Él era un hombre que manejaba armas y millones, y estaba allí, en un café de sirvientas, abrazando a un chico que no sabía nada del mundo real.
—Te daré todo lo que quieras. Dulces, ropa, juguetes... —Jungkook deslizó su mano hacia la espalda baja de Yoongi, acariciando la piel que quedaba expuesta por el diseño del uniforme—. Pero a cambio, no dejarás que nadie más te mire. Serás mi secreto.
—Me gusta ese trato, amo —dijo Yoongi, frotando su mejilla contra la tela del traje—. Usted huele a lluvia y a algo caro. Es mejor que el olor a café viejo.
Jungkook se permitió una pequeña sonrisa, una que sus enemigos nunca verían. Se puso de pie, manteniendo a Yoongi sujeto por la cintura, sin importarle las miradas de los demás empleados o del dueño que se acercaba con cara de pocos amigos al ver que su "atracción principal" estaba siendo acaparada.
—¿Hay algún problema, señor? —preguntó el dueño, un hombre gordo y de aspecto grasiento, mirando el dinero sobre la mesa con codicia.
Jungkook ni siquiera lo miró a la cara. Sacó una tarjeta negra de su bolsillo y la lanzó sobre el fajo de billetes.
—Compro el contrato de este chico. Ahora mismo. Y si vuelves a ponerle un uniforme que le quede corto, me aseguraré de que no vuelvas a caminar —dijo Jungkook con una voz que cortaba el aire como una cuchilla.
El dueño palideció al reconocer el nombre en la tarjeta. Retrocedió dos pasos, haciendo una reverencia torpe.
—P-Por supuesto, señor Jeon. Es todo suyo. Yoongi, ve con él.
Yoongi miró a Jungkook con los ojos muy abiertos.
—¿Me voy con usted? ¿A su casa?
—A mi casa —confirmó Jungkook, quitándose su saco negro y envolviendo con él el pequeño cuerpo de Yoongi, cubriendo el uniforme de encaje—. Allí nadie te obligará a hacer nada que no quieras. Pero tendrás que aprender muchas cosas, Yoongi.
—¿Cosas de adultos? —preguntó Yoongi mientras caminaban hacia la salida, agarrado firmemente de la mano de Jungkook.
Jungkook se detuvo en la puerta, observando la nieve que empezaba a caer, cubriendo la suciedad de la ciudad. Miró al chico a su lado, tan puro, tan ajeno a la oscuridad que lo rodeaba.
—Sí, Yoongi. Cosas de adultos. Pero yo seré el único que te las enseñe.
Yoongi sonrió, una sonrisa radiante y sincera que iluminó el rostro cansado del mafioso.
—Está bien, amo. Yoongi será un buen alumno.
Jungkook lo guio hacia el coche, sabiendo que su vida acababa de dar un giro irreversible. No sabía si era un protector o un monstruo por llevarse a alguien tan vulnerable, pero mientras veía a Yoongi maravillarse con los asientos de cuero del vehículo, supo que no permitiría que el mundo volviera a manchar esa inocencia. Yoongi era suyo, y en el mundo de Jeon Jungkook, lo que era suyo se guardaba bajo llave, lejos de cualquier mirada, en una jaula de oro y terciopelo.
