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kronii blacked
Fandom: hololive
Creado: 1/6/2026
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UA (Universo Alternativo)OscuroPWP (¿Trama? ¿Qué trama?)PsicológicoEstudio de PersonajeLenguaje ExplícitoDramaViajes en el TiempoRomanceFantasíaHistoria DomésticaOOC (Fuera de Personaje)CelosEmbarazo No Planificado/No DeseadoDistopía
El Tic-Tac de un Corazón de Ébano
Ouro Kronii siempre se había considerado la culminación de la perfección. Como Guardiana del Tiempo, su existencia era una sucesión infinita de segundos que ella misma moldeaba a su antojo. Sin embargo, incluso la perfección puede volverse monótona. En su tiempo libre, entre transmisiones como VTuber donde miles de personas la adoraban y sus momentos de profunda angustia existencial, Kronii buscaba algo que la hiciera sentir... pequeña. No era una sensación fácil de encontrar para alguien que se mira al espejo y ve a una diosa, pero cuando conoció a Marcus, el tiempo pareció detenerse por una razón muy distinta a sus poderes.
Marcus no era un hombre común. Era un empresario afroamericano de unos cincuenta años, con una espalda tan ancha como el horizonte y una voz que retumbaba en el pecho de Kronii como un trueno lejano. Era inmensamente rico, pero lo que realmente atrajo a Kronii no fue su cuenta bancaria, sino su actitud. Marcus era un hombre de la vieja escuela, de esos que creen firmemente en que el hombre es el eje del hogar y la mujer su adorno más preciado. Para cualquier otra persona, esto sería un insulto; para Kronii, cuya soberbia solo era igualada por su deseo secreto de ser dominada por alguien "superior", era el paraíso.
La relación comenzó como un acuerdo de beneficio mutuo, un arreglo de "sugar daddy" que Kronii ni siquiera necesitaba por dinero, sino por el estatus y la dinámica. Pero pronto, los regalos caros y las cenas en hoteles de lujo se transformaron en algo más denso.
Esa noche, Kronii llegó al ático de Marcus después de una transmisión agotadora. Se quitó los tacones, dejando que su figura alta y delgada se reflejara en los ventanales que daban a la ciudad. Su cabello azul oscuro estaba ligeramente despeinado.
—Llegas tarde, Kronii —dijo una voz profunda desde el sillón de cuero.
Marcus estaba allí, con un vaso de whisky en la mano. Su piel oscura contrastaba con la camisa de lino blanco que llevaba desabotonada en el cuello. Sus ojos, cargados de una autoridad natural, la recorrieron de arriba abajo.
—El tiempo es mío, Marcus —respondió ella con su tono seco y arrogante, aunque una chispa de sumisión bailaba en sus ojos azules—. Yo decido cuándo llego.
Marcus se levantó lentamente. Era mucho más alto que ella, una mole de músculos maduros y presencia imponente. Se acercó hasta que el pecho de Kronii, prominente y agitado, rozó su torso.
—Aquí no eres el tiempo, preciosa —dijo él, colocando una mano firme en la nuca de la joven—. Aquí eres mía. Y a mi mujer le gusta ser puntual.
Kronii sintió un escalofrío. Esa forma de marcar territorio, ese machismo descarado que la relegaba a un papel secundario, era la única droga que lograba acallar su angustia existencial.
—Demuéstrame que soy tuya entonces —susurró ella, desafiante pero entregada.
Marcus no perdió el tiempo. La tomó de la cintura con una fuerza que le recordó a Kronii su propia fragilidad física frente a él. La condujo hacia la habitación principal, un espacio decorado con maderas oscuras y sedas que olía a sándalo y poder. Sin mediar palabra, Marcus la giró y comenzó a desabrochar el complejo atuendo de la VTuber.
—Este traje es ridículo —gruñó él, aunque sus manos acariciaban con destreza la piel pálida que iba quedando al descubierto—. Pero lo que hay debajo... eso sí es una obra de arte que solo yo puedo poseer.
—Soy perfecta, Marcus —dijo Kronii, su ego asomando incluso en ese momento—. Deberías estar agradecido de que te permita tocarme.
Marcus soltó una carcajada ronca y la empujó suavemente sobre la cama de seda negra.
—Cierra la boca y pórtate como una buena chica. Hoy no quiero oír tus aires de grandeza. Hoy solo quiero oírte gemir mi nombre.
Él se despojó de su ropa con movimientos lentos y deliberados. Su cuerpo era un testimonio de años de disciplina; la piel de ébano brillaba bajo la luz tenue, mostrando unos hombros masivos y un abdomen firme. Cuando se situó sobre ella, Kronii se sintió eclipsada, una sensación que la excitaba más allá de las palabras.
Marcus la besó con una posesividad brutal, reclamando su boca como si fuera un territorio conquistado. Sus manos grandes y ásperas subieron por los muslos de Kronii, apretando la carne firme y suave, hasta llegar a sus pechos. Los apretó con fuerza, escuchando el jadeo agudo de la Guardiana del Tiempo.
—Mírame —ordenó Marcus.
Kronii abrió sus ojos azules, nublados por el deseo.
—¿De quién eres? —preguntó él, mientras su virilidad, imponente y oscura, rozaba la entrada de ella.
—Tuya... soy tuya, Marcus —admitió ella, su voz perdiendo toda la frialdad habitual.
Él entró en ella de un solo impulso, llenándola por completo. Kronii arqueó la espalda, sus uñas clavándose en los hombros de ébano de Marcus. El contraste entre la piel blanca de ella y la oscuridad de él era una imagen que la volvía loca. Marcus comenzó a moverse con un ritmo pesado y dominante, cada embestida era un recordatorio de quién tenía el control.
—Eso es... —gruñó Marcus, sudando, su rostro una máscara de concentración y placer—. Así es como debes estar. Debajo de mí, aceptando lo que te doy.
Kronii no podía responder. Su mente, usualmente llena de pensamientos cínicos y cálculos temporales, estaba en blanco. Solo existía el roce de la piel, el sonido de los cuerpos chocando y la autoridad de Marcus dictando el ritmo de su placer. Él la tomó por las muñecas, inmovilizándola sobre la almohada, y aceleró el paso.
—¡Marcus! —gritó ella, sus pechos saltando con cada movimiento, su cuerpo vibrando ante la inminencia del clímax.
Él no se detuvo hasta que sintió que ella se contraía a su alrededor en oleadas de éxtasis. Solo entonces, con un rugido profundo, él se entregó también, marcándola internamente con su calor.
Minutos después, el silencio volvió a la habitación, roto solo por la respiración agitada de ambos. Marcus se apartó y se sentó en el borde de la cama, encendiendo un cigarro. Kronii se acurrucó a su lado, buscando el calor de su espalda.
—Mañana quiero que dejes de hacer esas tonterías en internet por un rato —dijo Marcus, sin mirarla—. Vamos a ir a ver unas propiedades. Necesito una esposa que esté presente, no solo una imagen en una pantalla.
Kronii, que en cualquier otra circunstancia habría estallado en ira ante tal exigencia, simplemente sonrió para sí misma.
—¿Una esposa? —preguntó ella, acariciando el brazo de él—. ¿Me lo estás pidiendo o me lo estás ordenando?
Marcus se giró, exhalando el humo, y la tomó de la barbilla con firmeza.
—Te estoy diciendo cómo van a ser las cosas a partir de ahora.
—Está bien —susurró ella, cerrando los ojos con una paz que nunca antes había conocido—. Me gusta cuando decides por mí.
A medida que las semanas se convertían en meses, la dinámica no cambió, sino que se profundizó. Lo que empezó como un capricho de Kronii por experimentar la sumisión se convirtió en una realidad doméstica. Marcus era un hombre protector, pero también restrictivo. Controlaba sus horarios, supervisaba sus gastos y, gradualmente, la convenció de que su lugar estaba a su lado, no ante una cámara.
La boda fue un evento privado y opulento. Kronii vestía de blanco, un contraste radiante con el traje negro hecho a medida de Marcus. Al decir "sí, quiero", Kronii sintió que finalmente había encontrado su lugar en la línea del tiempo: no como la guardiana solitaria, sino como la reina de un hombre que sabía cómo gobernarla.
Poco después de la luna de miel en las islas privadas del Caribe, llegó la noticia que sellaría su destino.
Kronii estaba en el baño de la mansión, mirando la prueba de embarazo. Dos líneas. Un nuevo tic-tac comenzaba, no en un reloj, sino dentro de ella. Salió al balcón donde Marcus desayunaba mientras leía los informes de la bolsa.
—Marcus —dijo ella, acercándose con una timidez inusual en la perfecta Kronii.
Él levantó la vista y, al ver la expresión en su rostro, dejó el periódico.
—¿Qué pasa?
—Estoy embarazada —soltó ella.
Marcus se levantó, su presencia llenando el espacio. Se acercó a ella y puso su mano grande y cálida sobre el vientre plano de Kronii. Una sonrisa de satisfacción, de triunfo absoluto, se dibujó en su rostro.
—Un hijo —dijo él, su voz cargada de orgullo—. Mi heredero. Ya era hora de que me dieras algo que realmente importara, Kronii.
Ella se apoyó en él, sintiendo la seguridad de su abrazo. Sabía que su vida como la conocía había terminado. Ya no habría más angustia existencial en la soledad, porque ahora pertenecía a algo más grande que el tiempo mismo. Pertenecía a Marcus, y pronto, a la familia que él lideraría con mano de hierro.
—Vas a ser una madre excelente —continuó él, besando su frente—. Porque yo me encargaré de que no te falte nada, y tú te encargarás de que este niño sepa quién es su padre.
—Lo sé —respondió Kronii, mirando hacia el horizonte con una sonrisa satisfecha—. Después de todo, Marcus, el tiempo siempre termina dándole la razón al más fuerte.
En ese momento, la Guardiana del Tiempo entendió que su mayor logro no era controlar los segundos, sino haberse dejado conquistar por el hombre que ahora la sostenía con la fuerza de un destino inevitable. Su ego seguía ahí, pero ahora se alimentaba de ser la elegida de Marcus, la mujer de ébano y marfil que daría vida a una nueva dinastía. El reloj seguía avanzando, pero por primera vez, Kronii no tenía prisa por llegar al final.
Marcus no era un hombre común. Era un empresario afroamericano de unos cincuenta años, con una espalda tan ancha como el horizonte y una voz que retumbaba en el pecho de Kronii como un trueno lejano. Era inmensamente rico, pero lo que realmente atrajo a Kronii no fue su cuenta bancaria, sino su actitud. Marcus era un hombre de la vieja escuela, de esos que creen firmemente en que el hombre es el eje del hogar y la mujer su adorno más preciado. Para cualquier otra persona, esto sería un insulto; para Kronii, cuya soberbia solo era igualada por su deseo secreto de ser dominada por alguien "superior", era el paraíso.
La relación comenzó como un acuerdo de beneficio mutuo, un arreglo de "sugar daddy" que Kronii ni siquiera necesitaba por dinero, sino por el estatus y la dinámica. Pero pronto, los regalos caros y las cenas en hoteles de lujo se transformaron en algo más denso.
Esa noche, Kronii llegó al ático de Marcus después de una transmisión agotadora. Se quitó los tacones, dejando que su figura alta y delgada se reflejara en los ventanales que daban a la ciudad. Su cabello azul oscuro estaba ligeramente despeinado.
—Llegas tarde, Kronii —dijo una voz profunda desde el sillón de cuero.
Marcus estaba allí, con un vaso de whisky en la mano. Su piel oscura contrastaba con la camisa de lino blanco que llevaba desabotonada en el cuello. Sus ojos, cargados de una autoridad natural, la recorrieron de arriba abajo.
—El tiempo es mío, Marcus —respondió ella con su tono seco y arrogante, aunque una chispa de sumisión bailaba en sus ojos azules—. Yo decido cuándo llego.
Marcus se levantó lentamente. Era mucho más alto que ella, una mole de músculos maduros y presencia imponente. Se acercó hasta que el pecho de Kronii, prominente y agitado, rozó su torso.
—Aquí no eres el tiempo, preciosa —dijo él, colocando una mano firme en la nuca de la joven—. Aquí eres mía. Y a mi mujer le gusta ser puntual.
Kronii sintió un escalofrío. Esa forma de marcar territorio, ese machismo descarado que la relegaba a un papel secundario, era la única droga que lograba acallar su angustia existencial.
—Demuéstrame que soy tuya entonces —susurró ella, desafiante pero entregada.
Marcus no perdió el tiempo. La tomó de la cintura con una fuerza que le recordó a Kronii su propia fragilidad física frente a él. La condujo hacia la habitación principal, un espacio decorado con maderas oscuras y sedas que olía a sándalo y poder. Sin mediar palabra, Marcus la giró y comenzó a desabrochar el complejo atuendo de la VTuber.
—Este traje es ridículo —gruñó él, aunque sus manos acariciaban con destreza la piel pálida que iba quedando al descubierto—. Pero lo que hay debajo... eso sí es una obra de arte que solo yo puedo poseer.
—Soy perfecta, Marcus —dijo Kronii, su ego asomando incluso en ese momento—. Deberías estar agradecido de que te permita tocarme.
Marcus soltó una carcajada ronca y la empujó suavemente sobre la cama de seda negra.
—Cierra la boca y pórtate como una buena chica. Hoy no quiero oír tus aires de grandeza. Hoy solo quiero oírte gemir mi nombre.
Él se despojó de su ropa con movimientos lentos y deliberados. Su cuerpo era un testimonio de años de disciplina; la piel de ébano brillaba bajo la luz tenue, mostrando unos hombros masivos y un abdomen firme. Cuando se situó sobre ella, Kronii se sintió eclipsada, una sensación que la excitaba más allá de las palabras.
Marcus la besó con una posesividad brutal, reclamando su boca como si fuera un territorio conquistado. Sus manos grandes y ásperas subieron por los muslos de Kronii, apretando la carne firme y suave, hasta llegar a sus pechos. Los apretó con fuerza, escuchando el jadeo agudo de la Guardiana del Tiempo.
—Mírame —ordenó Marcus.
Kronii abrió sus ojos azules, nublados por el deseo.
—¿De quién eres? —preguntó él, mientras su virilidad, imponente y oscura, rozaba la entrada de ella.
—Tuya... soy tuya, Marcus —admitió ella, su voz perdiendo toda la frialdad habitual.
Él entró en ella de un solo impulso, llenándola por completo. Kronii arqueó la espalda, sus uñas clavándose en los hombros de ébano de Marcus. El contraste entre la piel blanca de ella y la oscuridad de él era una imagen que la volvía loca. Marcus comenzó a moverse con un ritmo pesado y dominante, cada embestida era un recordatorio de quién tenía el control.
—Eso es... —gruñó Marcus, sudando, su rostro una máscara de concentración y placer—. Así es como debes estar. Debajo de mí, aceptando lo que te doy.
Kronii no podía responder. Su mente, usualmente llena de pensamientos cínicos y cálculos temporales, estaba en blanco. Solo existía el roce de la piel, el sonido de los cuerpos chocando y la autoridad de Marcus dictando el ritmo de su placer. Él la tomó por las muñecas, inmovilizándola sobre la almohada, y aceleró el paso.
—¡Marcus! —gritó ella, sus pechos saltando con cada movimiento, su cuerpo vibrando ante la inminencia del clímax.
Él no se detuvo hasta que sintió que ella se contraía a su alrededor en oleadas de éxtasis. Solo entonces, con un rugido profundo, él se entregó también, marcándola internamente con su calor.
Minutos después, el silencio volvió a la habitación, roto solo por la respiración agitada de ambos. Marcus se apartó y se sentó en el borde de la cama, encendiendo un cigarro. Kronii se acurrucó a su lado, buscando el calor de su espalda.
—Mañana quiero que dejes de hacer esas tonterías en internet por un rato —dijo Marcus, sin mirarla—. Vamos a ir a ver unas propiedades. Necesito una esposa que esté presente, no solo una imagen en una pantalla.
Kronii, que en cualquier otra circunstancia habría estallado en ira ante tal exigencia, simplemente sonrió para sí misma.
—¿Una esposa? —preguntó ella, acariciando el brazo de él—. ¿Me lo estás pidiendo o me lo estás ordenando?
Marcus se giró, exhalando el humo, y la tomó de la barbilla con firmeza.
—Te estoy diciendo cómo van a ser las cosas a partir de ahora.
—Está bien —susurró ella, cerrando los ojos con una paz que nunca antes había conocido—. Me gusta cuando decides por mí.
A medida que las semanas se convertían en meses, la dinámica no cambió, sino que se profundizó. Lo que empezó como un capricho de Kronii por experimentar la sumisión se convirtió en una realidad doméstica. Marcus era un hombre protector, pero también restrictivo. Controlaba sus horarios, supervisaba sus gastos y, gradualmente, la convenció de que su lugar estaba a su lado, no ante una cámara.
La boda fue un evento privado y opulento. Kronii vestía de blanco, un contraste radiante con el traje negro hecho a medida de Marcus. Al decir "sí, quiero", Kronii sintió que finalmente había encontrado su lugar en la línea del tiempo: no como la guardiana solitaria, sino como la reina de un hombre que sabía cómo gobernarla.
Poco después de la luna de miel en las islas privadas del Caribe, llegó la noticia que sellaría su destino.
Kronii estaba en el baño de la mansión, mirando la prueba de embarazo. Dos líneas. Un nuevo tic-tac comenzaba, no en un reloj, sino dentro de ella. Salió al balcón donde Marcus desayunaba mientras leía los informes de la bolsa.
—Marcus —dijo ella, acercándose con una timidez inusual en la perfecta Kronii.
Él levantó la vista y, al ver la expresión en su rostro, dejó el periódico.
—¿Qué pasa?
—Estoy embarazada —soltó ella.
Marcus se levantó, su presencia llenando el espacio. Se acercó a ella y puso su mano grande y cálida sobre el vientre plano de Kronii. Una sonrisa de satisfacción, de triunfo absoluto, se dibujó en su rostro.
—Un hijo —dijo él, su voz cargada de orgullo—. Mi heredero. Ya era hora de que me dieras algo que realmente importara, Kronii.
Ella se apoyó en él, sintiendo la seguridad de su abrazo. Sabía que su vida como la conocía había terminado. Ya no habría más angustia existencial en la soledad, porque ahora pertenecía a algo más grande que el tiempo mismo. Pertenecía a Marcus, y pronto, a la familia que él lideraría con mano de hierro.
—Vas a ser una madre excelente —continuó él, besando su frente—. Porque yo me encargaré de que no te falte nada, y tú te encargarás de que este niño sepa quién es su padre.
—Lo sé —respondió Kronii, mirando hacia el horizonte con una sonrisa satisfecha—. Después de todo, Marcus, el tiempo siempre termina dándole la razón al más fuerte.
En ese momento, la Guardiana del Tiempo entendió que su mayor logro no era controlar los segundos, sino haberse dejado conquistar por el hombre que ahora la sostenía con la fuerza de un destino inevitable. Su ego seguía ahí, pero ahora se alimentaba de ser la elegida de Marcus, la mujer de ébano y marfil que daría vida a una nueva dinastía. El reloj seguía avanzando, pero por primera vez, Kronii no tenía prisa por llegar al final.
