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un hombre es invocado por Louise Françoise Le Blanc de La Vallière(the familiar of zero) preo como Artoria Pendragon (lancera)

Fandom: fate,the familiar of zero

Creado: 1/6/2026

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El Ancla del Mundo en la Academia de Magia de Tristain

El humo se disipaba lentamente, arrastrado por una brisa que no pertenecía a los jardines de la Academia de Magia de Tristain. En el centro del patio, donde los estudiantes de segundo año observaban con una mezcla de burla y asombro, la figura que acababa de emerger no se parecía en nada a lo que Louise Françoise Le Blanc de La Vallière esperaba. No era un dragón, ni un grifo, ni siquiera un humilde ratón de campo.

Era una mujer. Pero no una mujer cualquiera.

Se alzaba imponente, superando en estatura a casi todos los presentes. Vestía una armadura plateada que brillaba con una pureza celestial, adornada con detalles en azul real que recordaban a los cielos de un reino olvidado. Sobre sus hombros descansaba una capa pesada, y un casco diseñado con la forma de un león rugiente ocultaba parcialmente su rostro, dejando ver solo unos ojos esmeraldas que destellaban con una autoridad indiscutible. En su mano derecha, sostenía una lanza de diseño imposible, una espiral de luz y metal que parecía vibrar con el peso mismo del mundo.

A su lado, un imponente semental blanco, Dun Stallion, relinchaba con fuerza, haciendo que los estudiantes retrocedieran por el puro instinto de supervivencia.

Sin embargo, dentro de esa armadura, la mente del convocado estaba en un estado de calma absoluta. No era la calma de la confusión, sino la de una nueva naturaleza. Él —o mejor dicho, ella ahora— recordaba su vida anterior. Recordaba ser un hombre, un joven de unos veinte años que conocía las historias de héroes y leyendas. Pero al cruzar el umbral del portal de Louise, algo fundamental había cambiado. Sus recuerdos estaban allí, pero su identidad se había fusionado con el mito. No se sentía como un impostor en el cuerpo de Artoria Pendragon; se sentía como si Artoria finalmente hubiera despertado en un nuevo mundo, con la sabiduría de dos vidas.

—¿Eres tú quien me ha llamado a este campo de batalla? —La voz de Artoria resonó con una profundidad aterciopelada y firme, una voz que exigía obediencia sin necesidad de alzar el tono.

Louise, que estaba preparada para las burlas de sus compañeros por un posible fracaso, se quedó boquiabierta. Sus ojos rosados recorrieron la imponente figura de la Lancera.

—Yo... yo soy Louise Françoise Le Blanc de La Vallière —logró tartamudear la pequeña noble, tratando de recuperar su compostura—. He realizado el ritual de invocación de familiares. Tú... ¿eres mi familiar?

Artoria observó a la joven. Su Carisma de rango B actuaba de forma pasiva, envolviendo el ambiente en un aura de nobleza que silenciaba los murmullos de los demás estudiantes. Incluso el profesor Colbert observaba con una fascinación académica mezclada con un temor reverencial. Artoria bajó ligeramente su lanza, el Rhongomyniad, cuyo poder estaba contenido por las Trece Restricciones, aunque seguía emanando una presión divina.

—Un ritual de vinculación —murmuró Artoria para sí misma. Las etiquetas de "Rey" que ahora formaban parte de su psique le permitían analizar la situación con frialdad—. Entiendo. El destino es un hilo curioso. Soy Lancer, la poseedora de la Lanza Sagrada. Si tu voluntad ha sido lo suficientemente fuerte como para traerme desde el Trono, entonces aceptaré este pacto, por ahora.

—¡Espera, Louise! —gritó Kirche, la estudiante alemana de pelo carmesí, saliendo de su asombro—. ¡Eso no puede ser un familiar! ¡Es una persona! ¡Y ese caballo... es magnífico!

Artoria giró la cabeza hacia Kirche. El movimiento fue lento, majestuoso.

—No soy una simple persona —declaró Artoria, y por un momento, la Protección de los Confines del Mundo hizo que el aire a su alrededor brillara con partículas de luz dorada—. Soy la lanza que asegura la estabilidad de la superficie del mundo. Soy el Rey de los Caballeros que empuña el brillo que ilumina los confines.

Louise, sintiendo la presión de las miradas de sus compañeros, recordó que debía completar el ritual. Se acercó a Artoria con pasos vacilantes. La diferencia de altura era cómica; la cabeza de Louise apenas llegaba a la cintura de la guerrera.

—Debo... debo sellar el contrato —dijo Louise, extendiendo su varita—. Por favor, inclínate.

Artoria guardó silencio un momento. Como hombre, habría recordado que este era el momento en que Saito, el protagonista original, era besado y humillado. Pero ella no era Saito. Ella era el Rey de Gran Bretaña en su forma más madura y divina. Sin embargo, también comprendía la importancia de los pactos y la magia de este mundo.

—Como desees, mi pequeña invocadora —dijo Artoria.

En lugar de que Louise tuviera que esforzarse, Artoria se arrodilló sobre una pierna. El sonido de su armadura golpeando el suelo fue como el tañido de una campana de catedral. Se quitó el casco de león, revelando un rostro de una belleza madura y serena, con el cabello rubio recogido en un moño impecable, aunque notablemente más largo de lo que recordaba en las versiones más jóvenes del personaje. Sus ojos verdes se clavaron en los de Louise.

Louise, sonrojada hasta las orejas, se inclinó y depositó un suave beso en la frente de la guerrera.

De repente, una luz cegadora envolvió la mano de Artoria. El dolor fue agudo, pero para alguien que portaba la Lanza Sagrada, no era más que una picadura de insecto. Las runas de "Gandalfr" comenzaron a grabarse en el dorso de su mano, pero entonces ocurrió algo imprevisto. La energía mágica de Artoria, su Estallido de Maná de rango A, reaccionó violentamente ante la intrusión de una magia externa.

El aire vibró. Una ráfaga de viento —el Aire Invisible que envolvía su lanza— estalló hacia afuera, obligando a los estudiantes a cubrirse los ojos. Cuando la luz se apagó, las runas estaban allí, pero brillaban con un color azul plateado en lugar del rojo habitual.

—¿Qué... qué ha sido eso? —preguntó Colbert, acercándose con cautela—. Nunca había visto una reacción así en un contrato de familiar.

Artoria se puso en pie, observando las marcas en su mano con curiosidad. Podía sentir el vínculo, pero su propia naturaleza como existencia cercana a un Espíritu Divino había alterado el flujo del contrato. Ella no era una sirvienta de Louise; eran compañeras vinculadas por un hilo de luz.

—Parece que tu magia es... peculiar —dijo Artoria, volviendo a colocarse el casco—. Pero el contrato está sellado. Mi lanza y mi caballo están a tu servicio, Louise de La Vallière.

—¡Ja! ¡La Vallière ha invocado a una mujer hermosa en lugar de un monstruo! —se burló Guiche, tratando de recuperar su arrogancia habitual mientras jugueteaba con su rosa—. Aunque dudo que esa armadura sea más que decoración. En este mundo, la magia es lo que decide el poder, no los juguetes de metal.

Artoria dirigió su mirada hacia el joven noble. No había ira en sus ojos, solo una profunda indiferencia, la misma que un león siente por un mosquito.

—¿Juguetes de metal? —repitió Artoria con una calma gélida—. Joven caballero, las palabras tienen peso, y la ignorancia es una carga ligera que suele llevar a la tumba.

—¿Cómo te atreves? —exclamó Guiche, ofendido—. ¡Soy Guiche de Gramont! ¡Te reto a un duelo por insultar mi nobleza!

Louise entró en pánico.

—¡Guiche, detente! ¡Ella es mi familiar, no puedes...!

—Acepto —interrumpió Artoria, su voz cortando el aire como una cuchilla—. Un rey no rehúye un desafío, por trivial que sea. Además, parece que este lugar necesita una lección sobre la verdadera naturaleza del poder.

El grupo se trasladó al campo de entrenamiento. Los estudiantes se amontonaban en las gradas naturales, ansiosos por ver a la "Familiar de la Zero" ser humillada por el mejor mago de tierra de segundo año.

Guiche se colocó a una distancia respetable y convocó a sus caballeros de bronce con un elegante movimiento de su varita.

—¡Adelante, mis valientes soldados! ¡Dadle una lección de etiqueta a esta extranjera!

Los muñecos de metal cargaron contra Artoria. Ella permaneció inmóvil, sujetando a Dun Stallion por las riendas con una mano y su lanza con la otra. No se molestó en montar.

—Aire Invisible —susurró.

Un torrente de viento comprimido estalló desde la punta de su lanza. No fue un ataque directo, sino una liberación de presión. El impacto fue tan devastador que los caballeros de bronce de Guiche volaron por los aires, desintegrándose en pedazos antes de tocar el suelo. La onda expansiva derribó a Guiche, quien rodó por el césped de forma muy poco elegante.

El silencio que siguió fue absoluto.

Artoria caminó hacia el joven noble, quien la miraba con puro terror. Cada paso de sus botas de metal resonaba con una autoridad ancestral.

—La magia que posees es una herramienta —dijo ella, deteniéndose frente a él y apuntando con la punta de Rhongomyniad a su garganta—, pero la voluntad que la guía es débil. Has nacido en tiempos de paz y has olvidado que un arma no es un adorno.

—Yo... yo me rindo —gimió Guiche, temblando.

Artoria retiró la lanza y miró hacia el cielo de Tristain. Las dos lunas comenzaban a ser visibles. Suspiró, y por un momento, la sombra del hombre que solía ser cruzó sus pensamientos. "Actuar como un rey", se había dicho a sí misma. Resultaba extrañamente natural. Quizás porque el alma que ahora habitaba este cuerpo siempre había admirado la rectitud de la leyenda de Camelot, o quizás porque el cuerpo de la Lancera era tan poderoso que la confianza simplemente emanaba de sus poros.

—Louise —llamó Artoria.

La pequeña pelirrosa se acercó, todavía procesando que su "Zero" acababa de derrotar a uno de los mejores estudiantes en segundos.

—¿Sí... Lancer? —preguntó, usando el nombre que la guerrera había mencionado.

—Llévame a donde pueda descansar —pidió Artoria, y por primera vez, hubo una pizca de suavidad en sus ojos—. Y prepara comida. El uso de mi energía mágica requiere un sustento considerable.

—¡Ah, claro! —Louise asintió frenéticamente—. ¡Sígueme! Mi habitación es... bueno, es pequeña, pero...

—No importa el tamaño de la tienda, sino la calidad de la compañía —respondió Artoria, haciendo un gesto a Dun Stallion para que las siguiera.

Mientras caminaban hacia la torre de los dormitorios, Artoria observaba la arquitectura de la academia. Era un mundo diferente, un mundo de magia elemental y aristocracia decadente. Pero ella no era una simple espectadora. Sentía el peso de Rhongomyniad en su espalda, el ancla que mantenía la realidad en su lugar.

"Si este mundo está en peligro", pensó para sí misma, "entonces mi presencia aquí no es un error. Soy la torre que vigila el fin del mundo. Y mientras respire, este reino conocerá el juicio del Rey León".

Louise miraba de reojo a su nueva familiar. Se sentía pequeña, sí, pero también sentía algo que nunca había experimentado: seguridad. Por primera vez en su vida, alguien no se reía de ella. Alguien con el poder de un dios caminaba a su lado, llamándola su invocadora.

—Oye... Lancer —susurró Louise mientras subían las escaleras.

—Dime.

—Gracias... por no hacerme quedar mal.

Artoria se detuvo un momento y miró a la niña. Una pequeña sonrisa, casi imperceptible, apareció en sus labios maduros.

—No tienes que agradecer nada, Louise. Un rey protege a los suyos. Y tú, por ahora, estás bajo mi protección.

Esa noche, en la pequeña habitación de la Vallière, mientras Artoria descansaba sentada en una silla con su lanza apoyada en la pared y Louise dormía en su cama, la Lancera cerró los ojos. El hombre que fue una vez se desvanecía en la inmensidad de la leyenda de Artoria, pero su determinación permanecía. No importaba quién hubiera sido antes. Ahora, ella era el Rey, y Tristain estaba a punto de descubrir lo que significaba tener a un Espíritu Divino caminando entre mortales.
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