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Pasión en la oficina

Fandom: Ceo

Creado: 1/6/2026

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Bajo el peso de la arrogancia

El aire en el piso cuarenta de la Torre Blackwood se sentía tan denso que Leonardo temía asfixiarse antes de llegar al escritorio principal. Sus dedos, entumecidos por el frío del aire acondicionado y los nervios, apretaban una carpeta de cuero que contenía el informe de auditoría. Sabía que los números no cuadraban. También sabía que el hombre que lo esperaba tras las puertas de cristal doble no era conocido por su paciencia, sino por su temperamento volcánico y una belleza que resultaba casi insultante.

Emmanuel Blackwood no era solo el CEO; era el dueño de media ciudad y el protagonista de todas las fantasías prohibidas de Leonardo desde que entró como becario hacía seis meses.

Sin llamar, Leonardo empujó la puerta. El despacho era un santuario de minimalismo y lujo. Al fondo, frente al ventanal que dominaba el horizonte de la ciudad, Emmanuel estaba de pie, de espaldas, con las manos hundidas en los bolsillos de su pantalón de traje gris marengo. La tela se tensaba sobre sus hombros anchos, revelando una constitución física que ningún gimnasio de barrio podría esculpir.

—Llegas tarde, Leonardo —la voz de Emmanuel era un barítono profundo que vibró en la boca del estómago del becario.

—Lo siento, señor Blackwood. Hubo un problema con la impresión de los gráficos y...

—No me interesan tus excusas de muerto de hambre —interrumpió Emmanuel, girándose con una lentitud depredadora.

Sus ojos, de un azul gélido, recorrieron a Leonardo de arriba abajo, deteniéndose en sus zapatos desgastados y en la camisa que, aunque limpia, claramente no era de marca. Leonardo tragó saliva, sintiéndose pequeño, miserable y, para su propia desgracia, terriblemente excitado por la mirada de desprecio de su jefe.

—Acércate —ordenó Emmanuel, señalando el espacio frente a su escritorio de caoba.

Leonardo obedeció, sus pasos resonando en la alfombra persa. Dejó la carpeta sobre la mesa con manos temblorosas. Emmanuel no miró los papeles; mantuvo su mirada fija en el rostro sonrojado del joven.

—Me han dicho que el error en la proyección de ventas del trimestre pasado salió de tu terminal —dijo Emmanuel, rodeando el escritorio con elegancia felina—. Un error de dos millones de dólares, Leonardo. ¿Sabes lo que eso significa?

—Yo... yo revisé los datos tres veces, señor. Hubo una interferencia en el servidor y...

—¡Cállate! —gritó Emmanuel, golpeando la mesa con la palma de la mano. El estruendo hizo que Leonardo saltara en su sitio—. Estoy harto de tu incompetencia y de esa mirada de cachorro apaleado que pones cada vez que te llamo la atención.

Emmanuel estaba ahora a escasos centímetros de él. El aroma a sándalo, tabaco caro y éxito que desprendía el CEO era embriagador. Era un hombre que lo tenía todo, enfrentado a un chico que no tenía nada más que una beca mal pagada y un alquiler atrasado.

—¿Sabes cuánto me cuesta mantener a un inútil como tú en mi nómina? —preguntó Emmanuel en un susurro peligroso, acortando la distancia hasta que sus pechos casi se tocaban.

—Puedo arreglarlo... por favor, no me despida —suplicó Leonardo, odiando la forma en que su voz se quebraba.

Emmanuel soltó una carcajada seca, carente de humor. Extendió una mano y agarró a Leonardo por la mandíbula, obligándolo a inclinar la cabeza hacia atrás. La piel del CEO estaba caliente, y sus dedos largos presionaban con una fuerza dominante.

—¿Arreglarlo? ¿Con qué? No tienes dinero, no tienes contactos. Solo tienes esa cara bonita y ese cuerpo que parece que se va a romper si lo toco con demasiada fuerza.

Leonardo sintió que las piernas le fallaban. El insulto ardía, pero la cercanía de Emmanuel, la forma en que sus ojos bajaban hacia sus labios, enviaba descargas eléctricas por toda su columna vertebral.

—Usted es un arrogante —susurró Leonardo, la chispa de la desesperación dándole un gramo de valor.

—Y tú eres un joto muerto de hambre que no puede dejar de mirarme la bragueta cada vez que entro en una habitación —replicó Emmanuel con una sonrisa cruel—. ¿Crees que no me doy cuenta? Veo cómo te muerdes el labio. Veo cómo te tiemblan las manos cuando te pido un café. Te mueres por esto, ¿verdad?

Sin previo aviso, Emmanuel tiró de él, estrellando el cuerpo de Leonardo contra el borde del escritorio. El impacto le sacó un jadeo al becario. Antes de que pudiera reaccionar, las manos del CEO estaban en su cintura, apretando con una posesividad violenta.

—Señor Blackwood... alguien podría entrar —logró decir Leonardo, aunque sus manos, traidoras, se aferraron a las solapas del traje de Emmanuel.

—He bloqueado la puerta desde mi escritorio —dijo Emmanuel, su voz ahora era un gruñido ronco—. Nadie entra a menos que yo lo diga. Y ahora mismo, lo único que quiero es que me demuestres qué tan dispuesto estás a conservar este empleo.

Emmanuel bajó la cabeza y capturó los labios de Leonardo en un beso que no tenía nada de tierno. Era un asalto. Sabía a café amargo y a poder absoluto. Leonardo gimió contra su boca, abriéndose instintivamente a la invasión de la lengua de su jefe. Era un contraste salvaje: el traje de seda de miles de dólares contra la ropa barata de algodón; el depredador contra la presa que había estado esperando ser devorada.

El CEO rompió el beso solo para descender al cuello de Leonardo, dejando marcas rojas que serían imposibles de ocultar al día siguiente.

—Dilo —exigió Emmanuel, su aliento caliente contra la oreja del chico.

—¿Qué...? —jadeó Leonardo, con la cabeza echada hacia atrás, los ojos cerrados.

—Di que eres mío. Di que este cuerpo pobre y desnutrido me pertenece solo a mí mientras estés en este edificio.

—Soy suyo —sollozó Leonardo, sintiendo cómo la mano de Emmanuel bajaba para desabrocharle el cinturón con una urgencia que rozaba lo salvaje—. Por favor, Emmanuel...

—Señor Blackwood para ti, becario —corrigió él, aunque su mirada ardía con un hambre que desmentía su frialdad habitual.

Emmanuel lo levantó con una fuerza sorprendente y lo sentó sobre el escritorio de caoba, apartando la carpeta de auditoría y desparramando los papeles por el suelo. A Leonardo no le importó el informe de los dos millones de dólares; en ese momento, el único valor que existía era el peso del cuerpo de Emmanuel presionando entre sus piernas.

—Vas a aprender que los errores en esta empresa se pagan de una sola forma —susurró Emmanuel, deshaciendo el nudo de su propia corbata de seda italiana con una lentitud tortuosa.

Leonardo observó, hipnotizado, cómo el hombre más poderoso que jamás había conocido se preparaba para tomar lo que quería. El miedo se había transformado por completo en una devoción oscura.

—¿Y si vuelvo a equivocarme? —preguntó Leonardo, con una sonrisa tímida y provocadora que nació del puro delirio.

Emmanuel se detuvo, sus ojos brillando con una intensidad peligrosa mientras envolvía sus dedos alrededor del cuello de Leonardo, no para asfixiarlo, sino para marcar su territorio.

—Entonces, pequeño joto, me encargaré de que no puedas caminar hasta el ascensor durante una semana.

El CEO se inclinó de nuevo, y esta vez, Leonardo no esperó. Envolvió sus piernas alrededor de la cintura de Emmanuel, arrastrándolo hacia el abismo de una pasión que nació del odio, la desigualdad y una necesidad mutua que ninguno de los dos se atrevería a admitir cuando saliera el sol. En el piso cuarenta, el mundo exterior dejó de existir; solo quedaba el sonido de la respiración agitada y el roce de la seda contra la piel barata, en un juego donde el poder era la única moneda de cambio.
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