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Amor en la oficina

Fandom: Ceo

Creado: 1/6/2026

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El Castigo del Becario

El último piso de la Torre Arnault vibraba con un silencio sepulcral, solo interrumpido por el zumbido del aire acondicionado. Emmanuel, el CEO cuya fortuna solo era superada por su arrogancia y su físico imponente, estaba sentado tras su escritorio de obsidiana. Su camisa de seda negra estaba ligeramente desabrochada, revelando el inicio de un pecho bronceado y firme. Sus ojos, fríos como el hielo, estaban clavados en la puerta.

—¡Leonardo! —rugió, y su voz resonó por todo el pasillo—. ¡Ven aquí ahora mismo!

Al otro lado de la puerta, Leonardo temblaba. Era un chico menudo, de huesos delicados y piel pálida, que vestía una camisa de cuadros que le quedaba tres tallas más grande y unos pantalones de tela corriente. No tenía el porte de los demás ejecutivos; era un becario pobre, tímido, alguien que siempre bajaba la mirada y decía "uwu" por mensaje de texto porque no sabía cómo lidiar con la presión social.

Entró a la oficina con pasos cortos, apretando una carpeta contra su pecho.

—S-señor Emmanuel... —balbuceó Leonardo, su voz era apenas un susurro—. ¿Me llamaba?

Emmanuel se puso en pie. Su altura era intimidante, una mole de músculos perfectamente esculpidos bajo un traje de tres mil dólares. Se acercó a Leonardo con la parsimonia de un depredador que sabe que su presa no tiene a dónde ir.

—¿Qué es esta basura, Leonardo? —preguntó Emmanuel, arrebatándole la carpeta y arrojándola al suelo sin mirarla—. Te pedí el reporte de ingresos trimestrales, no un garabato hecho por un niño de primaria. Eres un inútil, un naco que no sabe ni dónde está parado.

Leonardo sintió que las lágrimas acudían a sus ojos. Su fragilidad era evidente, se veía tan pequeño y "petite" frente al gigante que lo humillaba.

—Lo siento... yo... no tuve mucho tiempo... —murmuró, agachando la cabeza, dejando que su flequillo ocultara su rostro sonrojado.

Emmanuel lo tomó de la barbilla con brusquedad, obligándolo a mirarlo. La diferencia de estatus y de fuerza era embriagadora.

—En esta empresa, la mediocridad se paga caro —dijo Emmanuel con una sonrisa cruel—. Y como no tienes dinero para pagar una multa, vas a tener que usar tu cuerpo para compensar el tiempo que me has hecho perder.

Sin previo aviso, Emmanuel lo empujó contra el escritorio. Leonardo soltó un pequeño jadeo, sus manos débiles intentando inútilmente apartar las manos del millonario. Pero Emmanuel era implacable. Lo giró con facilidad, presionando su pecho contra la superficie fría de la madera mientras sus manos grandes y expertas comenzaban a despojarlo de su ropa barata.

—P-por favor, señor... alguien puede entrar —suplicó Leonardo, aunque su cuerpo traicionero comenzaba a reaccionar al toque dominante del CEO.

—Nadie entra aquí si yo no lo permito —sentenció Emmanuel, su respiración caliente golpeando la nuca del becario—. Vas a aprender cuál es tu lugar, perrita.

La tensión en la oficina subió de temperatura. Emmanuel no tenía delicadeza; sus besos eran mordiscos y sus caricias eran reclamos de propiedad. Leonardo estaba sumido en un mar de sensaciones contradictorias, sintiéndose pequeño y vulnerable, pero extrañamente encendido por la fuerza bruta de su jefe.

Sin embargo, alguien tenía una llave que no debería tener en ese momento.

La puerta se abrió de golpe. Carlitos, el secretario personal de Emmanuel, entró con paso firme. Carlitos era la antítesis de Leonardo: era alto, atlético, vestía trajes a medida y su cabello estaba perfectamente peinado hacia atrás. Era hot, eficiente y, sobre todo, extremadamente posesivo con su jefe.

Se detuvo en seco al ver la escena: su jefe millonario tenía al becario naco contra la mesa, en una posición que no dejaba nada a la imaginación.

—¿Qué significa esto, Emmanuel? —preguntó Carlitos, su voz cargada de un veneno cargado de celos.

Emmanuel ni siquiera se molestó en cubrirse. Miró a su secretario por encima del hombro con una chispa de diversión en los ojos.

—El becario cometió un error, Carlitos. Estoy dándole una lección de disciplina.

Carlitos se acercó, sus ojos recorriendo el cuerpo tembloroso de Leonardo con desprecio. Odiaba a ese chico. Odiaba su timidez fingida, su pobreza y la forma en que Emmanuel parecía disfrutar rompiendo su espíritu. Pero, sobre todo, odiaba que Leonardo estuviera recibiendo la atención que él deseaba.

—Es una basura —escupió Carlitos, acercándose tanto que Leonardo podía oler su perfume caro—. No entiendo qué le ves a este muerto de hambre. Mira cómo tiembla, es patético.

—Es divertido —respondió Emmanuel, soltando una risotada oscura—. ¿Por qué no te unes, Carlitos? Sé que has estado mirando por la cerradura más de una vez. Deja de fingir que te indigna y ven a ayudarme a castigar a este inútil.

Carlitos dudó solo un segundo. Sus celos se transformaron rápidamente en una lujuria competitiva. Se quitó la chaqueta del traje, arrojándola sobre una silla de cuero, y comenzó a desabrocharse la corbata con movimientos lentos y calculados.

—Si hay que poner a este gato en su sitio —dijo Carlitos, posicionándose detrás de Emmanuel, pero manteniendo su mirada fija en el aterrorizado Leonardo—, supongo que tendré que ensuciarme las manos.

Leonardo se sintió atrapado entre dos titanes. Emmanuel, el CEO abusivo y dominante delante de él, y Carlitos, el secretario celoso y ardiente detrás. Era demasiado para su naturaleza delicada.

—N-no... los dos no... —gimió Leonardo, aunque sus piernas flaqueaban.

—Cállate —ordenó Emmanuel, tomándolo del cabello para obligarlo a arquear la espalda—. Vas a aceptar todo lo que te demos.

Carlitos se inclinó sobre el hombro de Emmanuel, susurrándole al oído a Leonardo mientras sus manos empezaban a recorrer la piel del becario.

—Vas a aprender que en esta oficina, nosotros somos los dueños —susurró Carlitos con voz ronca—. Y tú solo eres un juguete que compartimos.

El ambiente en la oficina se volvió denso, cargado de una electricidad erótica que borraba cualquier rastro de profesionalismo. Emmanuel y Carlitos, a pesar de su rivalidad silenciosa por el poder y la atención, se movían ahora con una sincronía aterradora. Leonardo, el pequeño becario que solo quería terminar su carrera, se encontraba en el centro de un torbellino de manos expertas, cuerpos calientes y una autoridad que no aceptaba un "no" por respuesta.

—Míralo, Emmanuel —dijo Carlitos, su mano apretando la cintura de Leonardo con fuerza—. Está disfrutando que lo usemos así. Tan tímido que parecía y es solo una perrita necesitada.

—Tienes razón —coincidió Emmanuel, su voz vibrando contra la espalda de Leonardo—. No es más que un naco que necesita que le enseñen quién manda.

Leonardo solo podía sollozar y jadear, perdido en la dualidad de ser humillado y deseado por los dos hombres más poderosos de su mundo. La oficina del CEO ya no era un lugar de trabajo; se había convertido en su jaula de oro, donde su fragilidad era el combustible para el fuego de sus superiores.

—Por favor... —susurró Leonardo una última vez, aunque ya no sabía si pedía que pararan o que continuaran hasta romperlo por completo.

—No hay "por favor" que valga aquí —sentenció Emmanuel, mientras Carlitos asentía con una sonrisa depredadora—. Aquí solo hay obediencia.

Y en el silencio del último piso, la voluntad del becario terminó de quebrarse bajo el peso de sus dos amos.
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