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Nunca veas dentro

Fandom: My hero academia

Creado: 1/6/2026

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Ecos de una voz prestada

La explosión resonó en el campo de entrenamiento, pero Katsuki apenas registró el impacto. Tenía la mirada fija en Hitoshi Shinsou, ese extra de la clase B con ojeras profundas y una máscara que parecía burlarse de la realidad misma. El entrenamiento conjunto había terminado hacía apenas diez minutos, pero el eco de la voz de Kirishima —no del Kirishima real, sino de la imitación perfecta de Shinsou— seguía rebotando en las paredes de su cráneo.

Katsuki apretó los puños, sintiendo el sudor frío secándose en sus palmas. Era una debilidad. Una grieta en su armadura de acero que no debería existir. Él era el número uno, el tipo que no necesitaba a nadie, y mucho menos necesitaba el consuelo patético de una voz grabada en el aire. Pero ahí estaba, con el corazón martilleando contra sus costillas cada vez que recordaba cómo Shinsou había modulado el tono exacto, esa calidez rasposa y optimista que solo Eijirou poseía.

—Pareces estar en otro planeta, Bakugo.

Katsuki se tensó. Shinsou estaba apoyado contra una de las columnas de concreto, ajustándose el cambiador de voz alrededor del cuello. Su mirada era lánguida, casi desinteresada, pero Bakugo sabía que el bastidor de la mente estaba observando cada una de sus reacciones.

—Cierra la boca, ojeroso —gruñó Katsuki, aunque su voz carecía de su mordacidad habitual—. Solo estoy pensando en cómo machacar a los de la clase B la próxima vez.

Shinsou soltó un suspiro corto, casi una risa.

—Mientes fatal cuando estás distraído. Te vi la cara cuando usé la voz de tu amigo. Te quedaste paralizado un segundo entero. En una pelea real, estarías muerto.

—¡Cállate! —Katsuki dio un paso al frente, pequeñas chispas saltando de sus dedos—. No sabes de qué hablas.

—Lo sé perfectamente —replicó Shinsou, sin inmutarse—. Sé que cuando digo "Hey, Bakugo, ¡lo logramos!", con ese tono de perro fiel, tus pupilas se dilatan. Es fascinante. Y patético.

Katsuki sintió que la sangre le hervía, pero no se movió para atacar. Había algo en la oferta implícita de Shinsou que lo mantenía anclado al suelo. Era una trampa, una manipulación descarada, y aun así, una parte de él —la parte que se quedaba despierta hasta las tres de la mañana pensando en el brillo de los dientes de tiburón de Kirishima— gritaba por más.

Había empezado como algo pequeño. Un encuentro fortuito en los pasillos de la U.A. después del toque de queda. Shinsou, siempre insomne, y Bakugo, siempre atormentado por sus propios pensamientos. En la penumbra del pasillo, Shinsou había soltado un "Buenas noches, Katsuki" usando la voz de Eijirou.

Katsuki casi se desmaya. Fue un golpe bajo, una violación de su privacidad emocional, pero no lo golpeó. Se quedó allí, temblando, escuchando el eco de su nombre en esa voz que amaba en secreto. Desde entonces, se había convertido en un hábito tóxico. Shinsou le daba dosis de esa droga auditiva, y Bakugo, a cambio, no lo mandaba al hospital.

—¿Por qué lo haces? —preguntó Bakugo, con la voz rota—. ¿Qué ganas tú con esto?

Shinsou se encogió de hombros, acercándose unos pasos.

—Curiosidad. Ver al gran Bakugo Katsuki desmoronarse por unas cuantas palabras es... educativo. Además, me gusta ver hasta dónde llega tu desesperación.

Katsuki apretó los dientes tanto que le dolió la mandíbula. Odiaba a Shinsou, pero se odiaba más a sí mismo. Estaba enamorado de su mejor amigo, de ese pelirrojo que siempre estaba allí, que lo tocaba sin miedo, que le sonreía como si Katsuki fuera el sol mismo. Y él, el cobarde, no podía decirle nada porque tenía miedo de romper la única cosa pura que tenía en su vida.

—Dilo otra vez —ordenó Bakugo, bajando la cabeza para que su pelo cenizo ocultara sus ojos.

Shinsou ajustó el dial de su máscara. El aire pareció cambiar.

—¿El qué, Katsuki? ¿Quieres que te diga que eres el mejor? ¿O que me encantas cuando te pones así de intenso? —La voz era perfecta. Era Kirishima. Era esa mezcla de entusiasmo y ternura que hacía que las rodillas de Bakugo flaquearan.

—Basta... —susurró Bakugo, aunque no se alejó.

—No parece que quieras que pare —dijo Shinsou, volviendo a su propia voz—. De hecho, creo que ambos sabemos que esto ya no es suficiente para ti. Un "te quiero" al aire no llena el vacío que tienes, ¿verdad?

Katsuki levantó la vista, encontrándose con los ojos fríos de Shinsou. El pelimorado dio un paso más, invadiendo su espacio personal.

—Tengo una propuesta —continuó Shinsou, bajando la voz—. Si tanto lo deseas, si tanto anhelas que él sea quien te toque... yo puedo ser el puente. Puedo darte lo que él no te da, usando su voz. Puedo cerrar los ojos y pretender que soy él, y tú puedes hacer lo mismo.

El silencio que siguió fue denso, cargado de una electricidad que no tenía nada que ver con los quirks. Bakugo sintió asco. Asco de Shinsou por sugerirlo y asco de sí mismo porque, por un segundo, su mente visualizó la escena. Las manos de Shinsou sobre él, pero la voz de Kirishima susurrando en su oído, diciendo todas las cosas que el Kirishima real probablemente nunca diría.

—Estás enfermo —escupió Bakugo.

—Y tú estás desesperado —respondió Shinsou sin pestañear—. Piénsalo. Una noche. Sin preguntas. Solo tú, yo y la voz que tanto necesitas escuchar.

Katsuki se dio la vuelta y se marchó sin decir una palabra, pero el veneno ya estaba inyectado.

***

Los días siguientes fueron un infierno. Cada vez que Kirishima se acercaba a él en la cafetería, rodeándole el cuello con el brazo y riendo de alguna estupidez de Denki, Katsuki sentía que se ahogaba.

—¡Bakugo! ¿Me estás escuchando? —preguntó Kirishima, con esa sonrisa radiante que siempre parecía iluminar el comedor—. Decía que deberíamos entrenar juntos esta tarde. ¡Tus explosiones contra mi endurecimiento! ¡Será muy varonil!

Katsuki lo miró. Observó la cicatriz sobre su ojo, la forma en que sus dientes de tiburón asomaban al hablar, la calidez genuina en sus ojos rojos. Lo quería tanto que le dolía físicamente. Quería agarrarlo de la camiseta y besarlo hasta que ambos se quedaran sin aliento, pero en lugar de eso, solo pudo apartar la mirada.

—Tengo cosas que hacer, pelos de incendio. Déjame en paz.

La chispa en los ojos de Kirishima se apagó un poco, reemplazada por una sombra de preocupación.

—¿Estás bien, hermano? Has estado muy raro últimamente. Si te pasa algo, sabes que puedes contar conmigo, ¿verdad? Para eso están los amigos.

"Amigos". La palabra golpeó a Bakugo como un martillazo en el estómago.

—¡Que me dejes, maldita sea! —gritó, levantándose de la mesa con tanta fuerza que su silla cayó al suelo.

Salió del comedor sintiendo todas las miradas clavadas en su espalda, pero la que más le quemaba era la de Kirishima. Corrió por los pasillos hasta que llegó a los dormitorios, encerrándose en su habitación. Se dejó caer contra la puerta, respirando agitadamente.

Era un imbécil. Un desastre. Estaba arruinando lo único bueno que tenía porque no podía controlar sus propios sentimientos. Y entonces, como una premonición, su teléfono vibró en su bolsillo.

Era un mensaje de Shinsou. Solo una ubicación y una hora. El gimnasio gamma, a medianoche.

Katsuki lanzó el teléfono contra la cama. No iba a ir. No era tan patético. No llegaría a ese nivel de degradación.

A las 11:55 PM, Katsuki estaba frente a la puerta del gimnasio gamma.

El lugar estaba oscuro, solo iluminado por las luces de emergencia que proyectaban sombras alargadas y distorsionadas. Shinsou ya estaba allí, sentado en uno de los bancos de pesas, con la máscara puesta y los cables conectados a un pequeño dispositivo en su cinturón.

—Sabía que vendrías —dijo Shinsou. Su voz normal sonaba metálica en el espacio vacío.

—Cierra la boca y acabemos con esto —dijo Bakugo, acercándose. Sus manos temblaban, así que las metió en los bolsillos de su sudadera.

Shinsou se puso de pie. No había burla en su rostro ahora, solo una especie de anticipación clínica. Caminó hacia Bakugo hasta que quedaron a escasos centímetros. El contraste de alturas era evidente; Shinsou era más alto, obligando a Katsuki a mirar hacia arriba, algo que normalmente lo enfurecería, pero que ahora solo aumentaba su sensación de vulnerabilidad.

—¿Estás seguro de esto, Bakugo? Una vez que empiece, no habrá marcha atrás para tu orgullo.

—He dicho que te calles —gruñó Katsuki, cerrando los ojos con fuerza—. Solo... hazlo.

Shinsou llevó una mano al dial de su máscara. Hubo un pequeño pitido electrónico.

—Hey, Katsuki... mírame.

Bakugo abrió los ojos de golpe. El sonido fue como una descarga eléctrica. Era Kirishima. No era una imitación aproximada, era él. El tono, la inflexión, la forma en que pronunciaba su nombre con esa mezcla de respeto y afecto.

—Kirishima... —susurró Bakugo, su voluntad desmoronándose como un castillo de naipes.

Shinsou, o mejor dicho, la voz de Kirishima, dio un paso más, atrapando a Bakugo entre su cuerpo y la pared fría del gimnasio.

—Llevo mucho tiempo queriendo hacer esto —dijo la voz, y Bakugo sintió una mano subiendo por su cintura, colándose bajo su sudadera—. Me vuelves loco, ¿lo sabías? Siempre tan fuerte, tan explosivo... tan inalcanzable.

Katsuki soltó un jadeo ahogado. Sabía que no era real. Sabía que los ojos que lo miraban eran de color púrpura y estaban llenos de una frialdad calculadora, no rojos y cálidos. Pero cuando cerró los ojos, la ilusión fue absoluta. El olor a sudor y detergente barato de la U.A. era el mismo, y la voz... la voz era su salvación y su condena.

—Dilo —pidió Bakugo, su voz apenas un hilo—. Di que me quieres.

—Te quiero, Katsuki —susurró la voz de Kirishima en su oído, mientras los labios de Shinsou rozaban su cuello—. Eres la persona más increíble que he conocido. No quiero a nadie más.

Bakugo se aferró a los hombros de Shinsou, clavando sus dedos en la tela de su camiseta. Se sentía sucio, se sentía como un traidor, pero al mismo tiempo, una oleada de alivio lo recorrió. Por un momento, el peso del secreto que llevaba meses cargando pareció aligerarse.

Shinsou lo besó. Fue un beso técnico, sin pasión real por su parte, pero Bakugo lo devolvió con una desesperación que rozaba la violencia. En su mente, no era Shinsou. Era Eijirou. Era su mejor amigo finalmente aceptándolo, finalmente amándolo de la manera en que él lo amaba.

—Más —gimió Bakugo contra sus labios—. Eijirou, por favor...

Shinsou se detuvo un segundo, una chispa de algo parecido a la lástima cruzando sus ojos, pero luego continuó. Sus manos bajaron a los pantalones de Bakugo, y la voz de Kirishima siguió llenando el aire con promesas falsas y palabras de aliento varonil.

—Todo está bien, Katsuki. Estoy aquí. No te voy a dejar.

Katsuki se dejó llevar por la mentira. Se dejó caer en el abismo de la simulación, permitiendo que Shinsou usara su cuerpo mientras él usaba la voz del otro para no romperse en mil pedazos. Cada gemido que escapaba de sus labios era una respuesta a esa voz, cada espasmo de placer era una ofrenda a un fantasma.

Cuando terminó, el silencio que cayó sobre el gimnasio fue ensordecedor.

Shinsou se apartó, ajustando su ropa con una calma exasperante. Se quitó la máscara, dejando al descubierto su rostro cansado. Ya no había rastro de Kirishima en él.

—Supongo que eso es lo que necesitabas —dijo Shinsou, su voz natural volviendo a ser fría y distante.

Bakugo estaba apoyado contra la pared, tratando de recuperar el aliento. Se sentía vacío. El placer efímero se había disipado, dejando atrás un sabor amargo a ceniza y engaño. Se subió los pantalones y se limpió la cara con la manga de la sudadera, negándose a mirar a Shinsou a los ojos.

—No vuelvas a hablar de esto con nadie —dijo Bakugo, su voz recuperando algo de su dureza habitual, aunque todavía temblaba ligeramente.

—No soy un chismoso, Bakugo. Mi parte del trato está cumplida. Espero que hayas disfrutado de tu pequeña fantasía.

Shinsou se dio la vuelta y empezó a caminar hacia la salida. Antes de cruzar la puerta, se detuvo y miró por encima del hombro.

—Por cierto... él te mira igual que tú lo miras a él. Deberías dejar de usarme como sustituto y simplemente hablarle. Da bastante pena verte así.

Y con eso, se fue.

Katsuki se quedó solo en la oscuridad. Sus piernas cedieron y se deslizó por la pared hasta sentarse en el suelo frío. Se cubrió la cara con las manos, sintiendo el calor de las lágrimas que finalmente se permitía derramar.

Había tenido lo que quería. Había escuchado las palabras, había sentido el contacto. Pero no era verdad. Y lo peor de todo era que, a pesar de la humillación y el asco, sabía que si Shinsou volvía a ofrecérselo, volvería a aceptar. Porque era un adicto, y Kirishima era su droga, aunque solo pudiera obtenerla en dosis adulteradas y ecos prestados.

—Soy un idiota —susurró a la nada.

A lo lejos, el reloj de la torre de la U.A. marcó la una de la mañana. Mañana tendría que ver a Kirishima de nuevo. Tendría que ver su sonrisa, escuchar su risa real y fingir que no había pasado la noche gimiendo el nombre de su mejor amigo en los brazos de un extraño.

Katsuki se levantó, sacudiéndose el polvo. Caminó hacia la salida, con la barbilla en alto y la mirada fija al frente. Podía estar roto, podía ser un cobarde, pero seguía siendo Bakugo Katsuki. Y si el precio de mantener a Kirishima a su lado era vivir en una mentira construida con voces imitadas, lo pagaría. Una y mil veces.

Porque al final del día, el eco de un "te quiero" era mejor que el silencio absoluto de un amor no correspondido. O al menos, eso era lo que intentaba creer mientras caminaba de regreso a los dormitorios, bajo la luz fría e indiferente de la luna.
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