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Engaño

Fandom: My hero academia

Creado: 1/6/2026

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Reflejos de una Traición de Cristal

El sol comenzaba a ocultarse tras los edificios de la Academia U.A., tiñendo el cielo de un naranja violáceo que parecía arder con la misma intensidad que el temperamento de Bakugo Katsuki. El joven de cabello cenizo caminaba por los pasillos exteriores, con las manos hundidas en los bolsillos de su pantalón y el ceño fruncido en su habitual gesto de desprecio hacia el mundo. Sin embargo, su mente no estaba enfocada en sus entrenamientos ni en superar a Deku. Su atención, muy a su pesar, estaba fija en cierto pelirrojo de sonrisa dentada que lograba desarmar sus defensas con una facilidad irritante.

Bakugo odiaba sentirse vulnerable. Odiaba que su corazón diera un vuelco cada vez que Kirishima Eijirou le ponía una mano en el hombro o le dedicaba una de esas miradas cargadas de una admiración genuina. Para alguien tan orgulloso como él, admitir que estaba perdidamente enamorado de su único amigo cercano era una debilidad que no podía permitirse mostrar.

Lo que Bakugo no sabía era que, desde las sombras de un balcón cercano, unos ojos azules y maliciosos lo observaban con un deleite retorcido. Monoma Neito, el estudiante más problemático y arrogante de la Clase 1-B, soltó una risita ahogada. Había pasado semanas observando las tensiones silenciosas, los roces de manos que Bakugo retiraba con brusquedad pero con las orejas rojas, y las miradas prolongadas. Monoma tenía un don para detectar las debilidades ajenas, y había encontrado la grieta perfecta en la armadura del "Rey de las Explosiones".

—Vaya, vaya... —susurró Monoma para sí mismo, ajustando un pequeño dispositivo que ocultaba bajo su cuello—. El gran Bakugo tiene un punto débil tan patético. Esto será divertido.

Monoma no solo era inteligente, sino obsesivo. Había diseñado un plan meticuloso. Primero, había "tomado prestado" el dispositivo de cambio de voz de Shinsou Hitoshi, aprovechando un descuido del chico de las ojeras. Segundo, había buscado a un estudiante de estudios generales cuyo don permitía una transformación física casi perfecta durante unas horas, con solo tocar a la persona objetivo. Había logrado tocar a Kirishima en la cafetería ese mismo mediodía, bajo el pretexto de un choque accidental.

Ahora, Monoma sentía cómo su cuerpo cambiaba. Su estatura aumentó ligeramente, sus hombros se ensancharon y su cabello rubio se volvió rojo y puntiagudo. Sus dientes se afilaron hasta formar esa hilera de tiburón tan característica. Se miró en un espejo de bolsillo y sonrió. Era idéntico. Con el modulador de voz ajustado a la frecuencia de Kirishima, el engaño era absoluto.

Bakugo estaba sentado en un banco de los jardines traseros, un lugar poco transitado a esa hora. Estaba tratando de calmar sus pensamientos cuando escuchó unos pasos familiares.

—¡Bakugo! —La voz sonó exactamente igual a la del pelirrojo.

Katsuki se tensó, pero no se dio la vuelta de inmediato para no mostrar su entusiasmo.

—¿Qué quieres ahora, pelos de pincho? —gruñó, aunque el tono carecía de su veneno habitual.

Monoma, bajo la apariencia de Kirishima, se sentó a su lado, invadiendo su espacio personal con esa confianza que solo el verdadero Eijirou poseía.

—Solo quería pasar un tiempo contigo. Has estado muy callado hoy en el entrenamiento —dijo el impostor, inclinándose hacia él—. ¿Te pasa algo?

Bakugo chasqueó la lengua y miró hacia otro lado, sintiendo el calor subir por su cuello.

—No me pasa nada, maldito idiota. Solo estoy cansado.

—Sabes que puedes decirme lo que sea —insistió Monoma, poniendo una mano sobre el muslo de Bakugo.

El rubio cenizo se sobresaltó. Kirishima solía ser físico, pero esto se sentía diferente, más directo. Sin embargo, el deseo acumulado durante meses cegó su juicio. La cercanía, el olor que Monoma había replicado con un perfume similar al que usaba el pelirrojo, y la penumbra del atardecer hicieron el resto.

—Cállate —susurró Bakugo, su voz perdiendo fuerza—. No digas estupideces.

Monoma sonrió internamente. Se acercó al oído de Bakugo y susurró con voz ronca:

—Vamos a mi habitación. No hay nadie en el piso de los dormitorios de la Clase A ahora, todos están en la cena comunal.

Bakugo lo miró a los ojos. En la oscuridad, no notó el brillo gélido y calculador que reemplazaba la calidez habitual de Kirishima. Solo vio la oportunidad que tanto había anhelado.

—Más te vale que no sea una pérdida de tiempo —respondió Bakugo, levantándose y caminando hacia los dormitorios con el corazón martilleando en su pecho.

Entraron en la habitación que Monoma había preparado previamente (una habitación vacía que había decorado ligeramente para que pareciera la de un estudiante). Bakugo estaba demasiado sumido en su propia ansiedad y deseo como para notar que los posters no eran exactamente los mismos. En cuanto la puerta se cerró y el seguro hizo clic, la atmósfera cambió.

Bakugo no esperó. Se dio la vuelta y agarró al "Kirishima" por el cuello de la camisa, estampándolo contra la puerta.

—Si esto es una broma, te mataré —amenazó, aunque sus ojos buscaban desesperadamente los labios del otro.

—No es una broma —respondió Monoma, rodeando la cintura de Bakugo con sus brazos.

El primer beso fue hambriento. Bakugo vertió en él toda la frustración, el orgullo herido y la pasión contenida. Monoma, por su parte, jugaba su papel a la perfección, devolviendo el beso con una intensidad que Bakugo interpretó como reciprocidad.

Se movieron hacia la cama, despojándose de las prendas con urgencia. Bakugo estaba cegado por la adrenalina. Cada vez que sus manos recorrían la piel "endurecida" (Monoma imitaba la textura usando una pequeña cantidad de su propio ingenio y el don copiado), sentía que finalmente tenía lo que quería.

—Eijirou... —jadeó Bakugo, un nombre que rara vez pronunciaba en voz alta.

El impostor no respondió con palabras, solo con actos. La relación sexual fue intensa, marcada por la fuerza física de Bakugo y la sumisión fingida pero efectiva de Monoma. Katsuki se sentía en la cima del mundo; el rubio cenizo, siempre tan dominante, se permitía perder el control en los brazos de quien creía su igual, su mejor amigo.

Lo que Bakugo no vio fue la pequeña luz roja que parpadeaba desde una estantería, oculta tras unos libros. Una cámara de alta resolución grababa cada gemido, cada confesión susurrada y cada movimiento de sus cuerpos entrelazados.

Cuando el acto terminó y ambos recuperaron el aliento en la penumbra, el silencio se volvió denso. Bakugo se sentía extrañamente ligero, casi vulnerable, recostado contra el pecho del que creía era Kirishima.

—No le digas nada de esto a los demás, ¿entiendes? —dijo Bakugo, tratando de recuperar su tono autoritario mientras se incorporaba para buscar su ropa.

De repente, una risa aguda y estridente rompió el silencio. No era la risa de Kirishima. Era una risa cargada de veneno y superioridad.

Bakugo se congeló. Se giró lentamente y vio cómo la figura frente a él comenzaba a distorsionarse. El cabello rojo se encogió y palideció hasta volverse rubio platino. Los hombros se volvieron menos anchos y los rasgos faciales cambiaron drásticamente.

Frente a él, sentado en la cama y cubierto apenas por las sábanas, estaba Monoma Neito, con una expresión de triunfo absoluto.

—¿Qué... qué demonios? —Bakugo sintió que el mundo se desmoronaba bajo sus pies. Sus manos empezaron a soltar pequeñas chispas involuntarias—. ¡¿Monoma?!

—¡Oh, Bakugo! ¡Deberías haber visto tu cara! —exclamó Monoma, limpiándose una lágrima de risa—. "¿Eijirou, Eijirou?" ¡Realmente eres un patético sentimental detrás de todas esas explosiones!

Bakugo saltó de la cama, ignorando su desnudez, y se lanzó hacia el cuello de Monoma, pero este fue más rápido y mostró un pequeño control remoto.

—Ni un paso más, fiera —dijo Monoma con voz afilada—. O esto se subirá a la red interna de la U.A. y a todos los foros de noticias de héroes en menos de diez segundos.

Bakugo se detuvo en seco, temblando de rabia pura. Sus ojos recorrieron la habitación hasta encontrar la cámara oculta.

—Tú... hijo de perra... —la voz de Bakugo vibraba con una furia asesina—. Te voy a desintegrar. Me importa una mierda el video. ¡Te voy a matar!

—¿Ah, sí? ¿Y qué pasará con la reputación del "próximo héroe número uno"? —preguntó Monoma, levantándose con calma y empezando a vestirse—. ¿Qué dirá el verdadero Kirishima cuando vea cómo te entregaste a un impostor pensando que era él? ¿Cómo crees que te mirará después de saber que estás enamorado de él de esa forma tan... desesperada?

Bakugo sintió un nudo en la garganta. La mención de la reacción de Kirishima le dolió más que la traición en sí. La humillación era total.

—¿Qué quieres? —escupió Bakugo, con las manos apretadas en puños tan fuertes que sus nudillos estaban blancos.

Monoma terminó de abrocharse la camisa y se acercó a Bakugo, quedando a pocos centímetros de su rostro. La diferencia de altura era mínima, pero en ese momento, Monoma se sentía un gigante.

—La Clase A siempre se cree superior. Siempre en el centro de atención. Tú, especialmente, eres el epítome de esa arrogancia —dijo Monoma, su voz bajando a un susurro malvado—. No quiero dinero, Bakugo. Quiero control.

Bakugo lo miró con odio infinito.

—A partir de ahora, harás lo que yo diga —continuó Monoma, acariciando con un dedo la mejilla de Bakugo, quien se apartó con asco—. Cuando necesite información sobre los entrenamientos de su clase, me la darás. Cuando quiera que sabotees alguna de las prácticas de Midoriya para que la Clase B quede por encima, lo harás. Y si alguna vez me miras con ese aire de superioridad en los pasillos... bueno, digamos que el mundo entero conocerá tu faceta más íntima.

—Jamás seré tu perro, extra de mierda —siseó Bakugo.

Monoma sacó su teléfono y reprodujo un segundo del video. El audio era claro: la voz de Bakugo, quebrada y suave, llamando a Kirishima en un momento de entrega total.

Bakugo cerró los ojos, derrotado por primera vez en su vida. No era una derrota en combate, era algo mucho peor. Era la destrucción de su orgullo y la puesta en peligro del único vínculo que realmente le importaba.

—Tienes hasta mañana para decidir si quieres ser un "héroe" con un secreto sucio o un paria social —dijo Monoma, caminando hacia la puerta—. Aunque creo que ambos sabemos qué elegirás.

Monoma salió de la habitación, dejando a Bakugo solo en la oscuridad. El rubio cenizo se desplomó en el suelo, rodeado por el silencio de una habitación que ahora se sentía como una celda. El olor de Monoma —que ya no era el de Kirishima— impregnaba el aire, recordándole su error.

Se cubrió la cara con las manos, y por primera vez en años, no hubo explosiones, solo el sonido sordo de un orgullo que se rompía en mil pedazos. Estaba atrapado en las redes de un psicópata, y lo peor de todo era que el rostro que vería mañana en clase, el de su querido Kirishima, sería un recordatorio constante de la noche en que perdió todo lo que creía ser.
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