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Entre la Esperanza y el Miedo
Fandom: Dc, Green lanter.
Creado: 2/6/2026
Etiquetas
Ciencia FicciónÓpera EspacialRomanceDolor/ConsueloSupervivenciaEstudio de PersonajeLenguaje ExplícitoAmbientación Canon
Entre el Azul y el Oro
El cielo de aquel planeta sin nombre era de un color violeta tóxico, cruzado por nubes de ceniza que asfixiaban la luz de las estrellas. En la superficie, un desierto de cristales afilados se extendía hasta donde alcanzaba la vista, reflejando los últimos destellos de una tormenta eléctrica que acababa de cesar.
Saint Walker abrió los ojos lentamente. El dolor en su costado era una punzada aguda, pero su mente permanecía en calma, anclada en la letanía que definía su existencia. Todo estaría bien. Todo estaba como debía estar.
—Veo que la muerte aún no se ha atrevido a reclamarte, linterna —gruñó una voz profunda, cargada de estática y cansancio.
Walker giró la cabeza con esfuerzo. A pocos metros, sentado contra una roca de obsidiana, Arkillo intentaba cerrar una herida profunda en su muslo. El uniforme amarillo del Sinestro Corps estaba desgarrado, y su piel amarillenta lucía cubierta de polvo y sangre seca. Su anillo parpadeaba con una luz tenue, casi extinta.
—La esperanza no muere tan fácilmente, viejo amigo —respondió Walker, incorporándose con movimientos fluidos a pesar del dolor—. Y me alegra ver que tu fuerza sigue intacta.
Arkillo soltó una carcajada seca que terminó en un gruñido de dolor.
—Mi anillo está al dos por ciento. Este agujero en el espacio nos ha escupido en un rincón de la galaxia donde el miedo no tiene alimento. Sin nadie a quien aterrorizar, soy solo un montón de carne herida.
El linterna azul se acercó con paso tranquilo. Su piel azul clara brillaba con una luminiscencia suave, casi terapéutica. Se arrodilló frente al gigante de Monde y extendió una mano.
—Permíteme.
Arkillo mostró sus colmillos en un acto reflejo, pero no se retiró. Habían luchado juntos antes, en las trincheras de guerras que habrían quebrado a seres menores. Había un respeto forjado en el fuego entre el santo y el carnicero. Walker colocó su mano sobre la herida de Arkillo. Una calidez cerúlea emanó de su palma, y el dolor del guerrero amarillo comenzó a disiparse, sustituido por una sensación de paz que odiaba admitir que necesitaba.
—¿Por qué lo haces? —preguntó Arkillo, bajando la guardia—. Soy un monstruo, Walker. He devorado lenguas y aplastado cráneos. Represento todo lo que tu luz intenta erradicar.
—Representas el miedo, Arkillo, pero el miedo es solo la ausencia de seguridad —dijo Walker con una sonrisa serena—. Eres leal, eres valiente y, en este momento, eres mi compañero. No veo un monstruo. Veo a alguien que ha luchado mucho tiempo solo.
El gigante bufó y desvió la mirada hacia el horizonte purpúreo.
—Si no salimos de aquí pronto, moriremos de hambre o por las criaturas que acechan en estas minas de cristal. No hay civilización en este sector. Solo vacío.
—Todo estará bien —repitió Walker, sentándose a su lado—. Pero por ahora, debemos conservar energía. La noche en este mundo será larga y fría.
A medida que las lunas gemelas del planeta ascendían, la temperatura descendió drásticamente. El viento silbaba entre los cristales, creando un sonido similar a mil lamentos. Arkillo, a pesar de su inmensa masa muscular, comenzó a temblar. Su metabolismo requería un calor que el desierto no ofrecía.
Walker notó el estremecimiento del guerrero. Sin decir palabra, se acercó más a él.
—Acércate, Arkillo. Mi luz puede mantenernos calientes si compartimos el espacio.
—No necesito tu caridad, linterna —gruñó el de amarillo, aunque sus dientes castañeaban.
—No es caridad. Es eficiencia —replicó Walker con suavidad—. Si mueres congelado, no tendré a nadie que me defienda de las bestias que mencionaste. Ayúdame a ayudarte.
Con un suspiro que pareció un terremoto pequeño, Arkillo rodeó al pequeño alienígena azul con uno de sus brazos masivos. La diferencia de tamaño era ridícula; Walker parecía una muñeca de porcelana junto a una montaña de granito. Sin embargo, en cuanto el contacto se selló, una sensación extraña recorrió el cuerpo de Arkillo. No era solo calor físico. Era una vibración, una sintonía.
La cercanía de un Linterna Azul siempre tenía un efecto potenciador sobre otros anillos, pero con el de Sinestro, la relación era compleja. El miedo se alimentaba de la esperanza de que algo malo no sucediera, y la esperanza brillaba más fuerte cuando el miedo era real.
—Tu corazón late muy rápido —comentó Walker, apoyando su cabeza alargada en el pecho del guerrero.
—Es el instinto —respondió Arkillo, su voz ahora más baja, perdiendo su filo agresivo—. Mi gente no suele... tocarse, a menos que sea para desgarrarse.
—Es una lástima. El contacto es una forma de diálogo que las palabras no pueden alcanzar.
Arkillo miró hacia abajo. Los ojos brillantes de Walker lo observaban con una devoción y una falta de juicio que lo desarmaban. En el Cuerpo de Sinestro, todo era jerarquía, dominio y pavor. Nadie lo miraba así. Nadie lo cuidaba.
—Eres un ser extraño, Walker —murmuró Arkillo. Sus garras acariciaron con una delicadeza inesperada el hombro del linterna azul—. Tan pequeño y, sin embargo, siento que podrías sostener el peso de un sol.
—No soy yo quien lo sostiene —dijo Walker, cerrando los ojos ante el contacto—. Es la fe en que mañana habrá una oportunidad más para ser mejores. Incluso tú, Arkillo. Especialmente tú.
El silencio que siguió no fue incómodo. Fue denso, cargado de una tensión que había estado creciendo durante meses de misiones compartidas. La vulnerabilidad de estar atrapados, la proximidad de la muerte y la calidez de la luz azul crearon un catalizador.
Arkillo giró su cuerpo, quedando frente a Walker. Sus manos, lo suficientemente grandes como para aplastar la cabeza del azul, acunaron su rostro con una torpeza conmovedora.
—Dime que esto es parte de tu "gran plan" —susurró el gigante, su aliento cálido golpeando la piel de Walker—. Dime que la esperanza incluye esto.
—La esperanza es el deseo de unión —respondió Walker, su voz apenas un susurro—. No hay oscuridad en el afecto, Arkillo. Solo hay luz.
El primer beso fue un choque de contrastes. Los labios finos y suaves de Walker contra la boca ancha y los colmillos de Arkillo. El guerrero de Monde fue cuidadoso, temeroso de romper algo tan preciado, pero Walker respondió con una firmeza que lo sorprendió. El linterna azul rodeó el cuello del gigante con sus brazos delgados, atrayéndolo hacia abajo, invitándolo a profundizar.
Arkillo soltó un gruñido profundo, una vibración que Walker sintió en sus propios huesos. La armadura de luz de ambos comenzó a desvanecerse, no por falta de energía, sino porque ya no necesitaban barreras. En la penumbra de la cueva de cristal, la piel azul de Walker brillaba como un zafiro bajo la luz de la luna, mientras que el cuerpo masivo de Arkillo proyectaba una sombra protectora sobre él.
Con una reverencia casi religiosa, Arkillo despojó a Walker de los restos de su uniforme. El cuerpo del santo era esbelto, elegante, con líneas que hablaban de una gracia espiritual. Arkillo, por el contrario, era pura potencia brutal, cicatrices y músculos tensos.
—¿Estás seguro de esto? —preguntó Arkillo, su voz temblando por una emoción que no era miedo—. No sé ser suave, Walker.
—Enséñame tu fuerza —respondió Walker, extendiéndose sobre el suelo de arena fina que se acumulaba en la cueva—. Confío en ti. Esa es la base de todo lo que soy.
Cuando Arkillo se posicionó sobre él, el peso era abrumador, pero Walker no se sintió intimidado. Se abrió para el guerrero, sus piernas rodeando la cintura del gigante, ofreciendo un refugio que Arkillo nunca supo que buscaba.
La entrada fue lenta, un proceso de ajuste entre dos especies y dos naturalezas opuestas. Arkillo soltó un rugido ahogado cuando sintió la calidez interna de Walker envolviéndolo. Era como entrar en un santuario. Walker echó la cabeza hacia atrás, sus ojos brillando con una intensidad eléctrica, mientras sus dedos se enterraban en la espalda musculosa de Arkillo.
—Todo... —jadeó Walker, rítmicamente, mientras Arkillo comenzaba a moverse con una urgencia creciente—... todo estará bien.
Arkillo no podía hablar. Estaba perdido en la sensación de la piel de Walker contra la suya, en la forma en que el pequeño ser recibía cada una de sus embestidas con una mezcla de entrega y fortaleza. No era un acto de dominación, aunque Arkillo era quien marcaba el ritmo; era una comunión. El miedo de Arkillo a la soledad se encontraba con la esperanza de Walker de ser amado, y en ese punto medio, ambos encontraron una paz que el universo les había negado.
El ritmo aumentó, los cristales de la cueva vibrando con cada impacto de los cuerpos. Arkillo mordisqueó el hombro de Walker, marcándolo, mientras el linterna azul soltaba pequeños sonidos de asombro y placer que espoleaban al guerrero a dar más. La luz azul de Walker comenzó a pulsar con fuerza, bañando a ambos en un resplandor celestial que eclipsaba la oscuridad del planeta.
En el clímax, Arkillo se aferró a Walker como si fuera lo único sólido en un cosmos caótico. El linterna azul lo abrazó con todas sus fuerzas, su energía estallando en una onda de choque que hizo que sus anillos se recargaran por un instante, alimentados por la pureza de la conexión.
Minutos después, el silencio regresó, interrumpido solo por sus respiraciones agitadas. Arkillo se dejó caer a un lado, pero mantuvo a Walker pegado a su pecho, protegiéndolo del aire frío que empezaba a entrar en la cueva.
—Si alguien se entera de esto... —comenzó Arkillo, tratando de recuperar su fachada de guerrero temible.
—Nadie lo sabrá —interrumpió Walker, acomodándose en el hueco del brazo del gigante—. A menos que desees que el universo sepa que el gran Arkillo tiene un corazón capaz de tanta ternura.
Arkillo soltó un gruñido, pero esta vez fue uno de afecto.
—Eres un manipulador, Walker. Usas tu luz para desarmarme.
—Uso mi luz para verte como realmente eres —corrigió el azul, cerrando los ojos—. Y lo que veo es a un amigo que no volverá a estar solo.
Arkillo guardó silencio, observando cómo el brillo azul de Walker se suavizaba hasta convertirse en un rescoldo reconfortante. Por primera vez en muchos años, el Linterna Amarilla no sintió la necesidad de infundir miedo para sentirse poderoso. Se sintió completo.
—Duerme, pequeño santo —dijo Arkillo, cerrando sus propios ojos rojos—. Yo vigilaré.
En aquel planeta olvidado, la esperanza y el miedo no lucharon. Por una noche, simplemente se acompañaron, esperando el amanecer de un nuevo día que, tal como Walker prometía, seguramente estaría bien.
Saint Walker abrió los ojos lentamente. El dolor en su costado era una punzada aguda, pero su mente permanecía en calma, anclada en la letanía que definía su existencia. Todo estaría bien. Todo estaba como debía estar.
—Veo que la muerte aún no se ha atrevido a reclamarte, linterna —gruñó una voz profunda, cargada de estática y cansancio.
Walker giró la cabeza con esfuerzo. A pocos metros, sentado contra una roca de obsidiana, Arkillo intentaba cerrar una herida profunda en su muslo. El uniforme amarillo del Sinestro Corps estaba desgarrado, y su piel amarillenta lucía cubierta de polvo y sangre seca. Su anillo parpadeaba con una luz tenue, casi extinta.
—La esperanza no muere tan fácilmente, viejo amigo —respondió Walker, incorporándose con movimientos fluidos a pesar del dolor—. Y me alegra ver que tu fuerza sigue intacta.
Arkillo soltó una carcajada seca que terminó en un gruñido de dolor.
—Mi anillo está al dos por ciento. Este agujero en el espacio nos ha escupido en un rincón de la galaxia donde el miedo no tiene alimento. Sin nadie a quien aterrorizar, soy solo un montón de carne herida.
El linterna azul se acercó con paso tranquilo. Su piel azul clara brillaba con una luminiscencia suave, casi terapéutica. Se arrodilló frente al gigante de Monde y extendió una mano.
—Permíteme.
Arkillo mostró sus colmillos en un acto reflejo, pero no se retiró. Habían luchado juntos antes, en las trincheras de guerras que habrían quebrado a seres menores. Había un respeto forjado en el fuego entre el santo y el carnicero. Walker colocó su mano sobre la herida de Arkillo. Una calidez cerúlea emanó de su palma, y el dolor del guerrero amarillo comenzó a disiparse, sustituido por una sensación de paz que odiaba admitir que necesitaba.
—¿Por qué lo haces? —preguntó Arkillo, bajando la guardia—. Soy un monstruo, Walker. He devorado lenguas y aplastado cráneos. Represento todo lo que tu luz intenta erradicar.
—Representas el miedo, Arkillo, pero el miedo es solo la ausencia de seguridad —dijo Walker con una sonrisa serena—. Eres leal, eres valiente y, en este momento, eres mi compañero. No veo un monstruo. Veo a alguien que ha luchado mucho tiempo solo.
El gigante bufó y desvió la mirada hacia el horizonte purpúreo.
—Si no salimos de aquí pronto, moriremos de hambre o por las criaturas que acechan en estas minas de cristal. No hay civilización en este sector. Solo vacío.
—Todo estará bien —repitió Walker, sentándose a su lado—. Pero por ahora, debemos conservar energía. La noche en este mundo será larga y fría.
A medida que las lunas gemelas del planeta ascendían, la temperatura descendió drásticamente. El viento silbaba entre los cristales, creando un sonido similar a mil lamentos. Arkillo, a pesar de su inmensa masa muscular, comenzó a temblar. Su metabolismo requería un calor que el desierto no ofrecía.
Walker notó el estremecimiento del guerrero. Sin decir palabra, se acercó más a él.
—Acércate, Arkillo. Mi luz puede mantenernos calientes si compartimos el espacio.
—No necesito tu caridad, linterna —gruñó el de amarillo, aunque sus dientes castañeaban.
—No es caridad. Es eficiencia —replicó Walker con suavidad—. Si mueres congelado, no tendré a nadie que me defienda de las bestias que mencionaste. Ayúdame a ayudarte.
Con un suspiro que pareció un terremoto pequeño, Arkillo rodeó al pequeño alienígena azul con uno de sus brazos masivos. La diferencia de tamaño era ridícula; Walker parecía una muñeca de porcelana junto a una montaña de granito. Sin embargo, en cuanto el contacto se selló, una sensación extraña recorrió el cuerpo de Arkillo. No era solo calor físico. Era una vibración, una sintonía.
La cercanía de un Linterna Azul siempre tenía un efecto potenciador sobre otros anillos, pero con el de Sinestro, la relación era compleja. El miedo se alimentaba de la esperanza de que algo malo no sucediera, y la esperanza brillaba más fuerte cuando el miedo era real.
—Tu corazón late muy rápido —comentó Walker, apoyando su cabeza alargada en el pecho del guerrero.
—Es el instinto —respondió Arkillo, su voz ahora más baja, perdiendo su filo agresivo—. Mi gente no suele... tocarse, a menos que sea para desgarrarse.
—Es una lástima. El contacto es una forma de diálogo que las palabras no pueden alcanzar.
Arkillo miró hacia abajo. Los ojos brillantes de Walker lo observaban con una devoción y una falta de juicio que lo desarmaban. En el Cuerpo de Sinestro, todo era jerarquía, dominio y pavor. Nadie lo miraba así. Nadie lo cuidaba.
—Eres un ser extraño, Walker —murmuró Arkillo. Sus garras acariciaron con una delicadeza inesperada el hombro del linterna azul—. Tan pequeño y, sin embargo, siento que podrías sostener el peso de un sol.
—No soy yo quien lo sostiene —dijo Walker, cerrando los ojos ante el contacto—. Es la fe en que mañana habrá una oportunidad más para ser mejores. Incluso tú, Arkillo. Especialmente tú.
El silencio que siguió no fue incómodo. Fue denso, cargado de una tensión que había estado creciendo durante meses de misiones compartidas. La vulnerabilidad de estar atrapados, la proximidad de la muerte y la calidez de la luz azul crearon un catalizador.
Arkillo giró su cuerpo, quedando frente a Walker. Sus manos, lo suficientemente grandes como para aplastar la cabeza del azul, acunaron su rostro con una torpeza conmovedora.
—Dime que esto es parte de tu "gran plan" —susurró el gigante, su aliento cálido golpeando la piel de Walker—. Dime que la esperanza incluye esto.
—La esperanza es el deseo de unión —respondió Walker, su voz apenas un susurro—. No hay oscuridad en el afecto, Arkillo. Solo hay luz.
El primer beso fue un choque de contrastes. Los labios finos y suaves de Walker contra la boca ancha y los colmillos de Arkillo. El guerrero de Monde fue cuidadoso, temeroso de romper algo tan preciado, pero Walker respondió con una firmeza que lo sorprendió. El linterna azul rodeó el cuello del gigante con sus brazos delgados, atrayéndolo hacia abajo, invitándolo a profundizar.
Arkillo soltó un gruñido profundo, una vibración que Walker sintió en sus propios huesos. La armadura de luz de ambos comenzó a desvanecerse, no por falta de energía, sino porque ya no necesitaban barreras. En la penumbra de la cueva de cristal, la piel azul de Walker brillaba como un zafiro bajo la luz de la luna, mientras que el cuerpo masivo de Arkillo proyectaba una sombra protectora sobre él.
Con una reverencia casi religiosa, Arkillo despojó a Walker de los restos de su uniforme. El cuerpo del santo era esbelto, elegante, con líneas que hablaban de una gracia espiritual. Arkillo, por el contrario, era pura potencia brutal, cicatrices y músculos tensos.
—¿Estás seguro de esto? —preguntó Arkillo, su voz temblando por una emoción que no era miedo—. No sé ser suave, Walker.
—Enséñame tu fuerza —respondió Walker, extendiéndose sobre el suelo de arena fina que se acumulaba en la cueva—. Confío en ti. Esa es la base de todo lo que soy.
Cuando Arkillo se posicionó sobre él, el peso era abrumador, pero Walker no se sintió intimidado. Se abrió para el guerrero, sus piernas rodeando la cintura del gigante, ofreciendo un refugio que Arkillo nunca supo que buscaba.
La entrada fue lenta, un proceso de ajuste entre dos especies y dos naturalezas opuestas. Arkillo soltó un rugido ahogado cuando sintió la calidez interna de Walker envolviéndolo. Era como entrar en un santuario. Walker echó la cabeza hacia atrás, sus ojos brillando con una intensidad eléctrica, mientras sus dedos se enterraban en la espalda musculosa de Arkillo.
—Todo... —jadeó Walker, rítmicamente, mientras Arkillo comenzaba a moverse con una urgencia creciente—... todo estará bien.
Arkillo no podía hablar. Estaba perdido en la sensación de la piel de Walker contra la suya, en la forma en que el pequeño ser recibía cada una de sus embestidas con una mezcla de entrega y fortaleza. No era un acto de dominación, aunque Arkillo era quien marcaba el ritmo; era una comunión. El miedo de Arkillo a la soledad se encontraba con la esperanza de Walker de ser amado, y en ese punto medio, ambos encontraron una paz que el universo les había negado.
El ritmo aumentó, los cristales de la cueva vibrando con cada impacto de los cuerpos. Arkillo mordisqueó el hombro de Walker, marcándolo, mientras el linterna azul soltaba pequeños sonidos de asombro y placer que espoleaban al guerrero a dar más. La luz azul de Walker comenzó a pulsar con fuerza, bañando a ambos en un resplandor celestial que eclipsaba la oscuridad del planeta.
En el clímax, Arkillo se aferró a Walker como si fuera lo único sólido en un cosmos caótico. El linterna azul lo abrazó con todas sus fuerzas, su energía estallando en una onda de choque que hizo que sus anillos se recargaran por un instante, alimentados por la pureza de la conexión.
Minutos después, el silencio regresó, interrumpido solo por sus respiraciones agitadas. Arkillo se dejó caer a un lado, pero mantuvo a Walker pegado a su pecho, protegiéndolo del aire frío que empezaba a entrar en la cueva.
—Si alguien se entera de esto... —comenzó Arkillo, tratando de recuperar su fachada de guerrero temible.
—Nadie lo sabrá —interrumpió Walker, acomodándose en el hueco del brazo del gigante—. A menos que desees que el universo sepa que el gran Arkillo tiene un corazón capaz de tanta ternura.
Arkillo soltó un gruñido, pero esta vez fue uno de afecto.
—Eres un manipulador, Walker. Usas tu luz para desarmarme.
—Uso mi luz para verte como realmente eres —corrigió el azul, cerrando los ojos—. Y lo que veo es a un amigo que no volverá a estar solo.
Arkillo guardó silencio, observando cómo el brillo azul de Walker se suavizaba hasta convertirse en un rescoldo reconfortante. Por primera vez en muchos años, el Linterna Amarilla no sintió la necesidad de infundir miedo para sentirse poderoso. Se sintió completo.
—Duerme, pequeño santo —dijo Arkillo, cerrando sus propios ojos rojos—. Yo vigilaré.
En aquel planeta olvidado, la esperanza y el miedo no lucharon. Por una noche, simplemente se acompañaron, esperando el amanecer de un nuevo día que, tal como Walker prometía, seguramente estaría bien.
