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danmachi reacciona a fate

Fandom: fate,danmachi

Creado: 2/6/2026

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Estrellas del Trono: El Despertar de la Nada

La ciudad de Orario nunca había conocido un silencio tan absoluto. Ni siquiera en las noches más profundas, cuando los monstruos de la Mazmorra rugen en la distancia, se sentía una quietud tan pesada. En un parpadeo, el bullicio de la Calle Principal, el martilleo de las forjas de la Familia Hephaestus y el aroma a comida de la Señora de la Abundancia se habían desvanecido para ser reemplazados por una confusión gélida.

Todos estaban allí.

En la superficie, frente a la imponente Torre de Babel, miles de aventureros aparecieron de la nada. Bell Cranel, aún con el sudor de un entrenamiento reciente tras la encarnizada guerra de juego contra la Familia Freya, parpadeó confundido mientras su mano buscaba instintivamente la empuñadura de la Daga de Hestia. A su lado, su diosa, Hestia, tropezó y fue sostenida por Welf Crozzo.

—¿Qué... qué ha pasado? —preguntó Bell, mirando a su alrededor.

No solo estaban ellos. La Familia Loki, con Ais Wallenstein a la cabeza, mantenía una formación defensiva inmediata. Ottar, el capitán de la ahora mermada Familia Freya, permanecía como una estatua de piedra, con los ojos fijos en el cielo. Incluso los dioses más huraños y aquellos que rara vez abandonaban sus palacios estaban allí, de pie sobre el pavimento de la ciudad.

En lo más alto de Babel, en sus aposentos privados, el Dios Uranos abrió los ojos con una alarma que no había sentido en eras. Su "Prayer" (Oración) para mantener la paz de la Mazmorra no había sido interrumpida, pero la Mazmorra misma parecía haber sido sellada por una fuerza externa.

—Esto no es obra de ningún dios de este mundo —susurró Uranos, su voz resonando en la cámara vacía.

Entonces, el cielo se transformó.

Enormes pantallas translúcidas, de un azul eléctrico y una claridad imposible, se materializaron en cada rincón de Orario y sobre las nubes mismas. No proyectaban magia conocida; no había círculos mágicos, ni rastro de "Mind". Eran simplemente... realidad impuesta.

Una voz, carente de género, edad o emoción, pero cargada de una autoridad que hizo que incluso los dioses más arrogantes como Hermes o Loki sintieran un escalofrío por la espalda, retumbó en sus mentes.

—Dioses de este plano... son seres curiosos. Se regocijan en su supuesta omnipotencia mientras juegan con las vidas de los mortales por puro aburrimiento.

Loki frunció el ceño, apretando los puños.

—¿Quién se atreve? —gritó la diosa de la travesura hacia el vacío—. ¡Muéstrate! ¡Ningún mortal puede hablarnos así!

—Yo soy la Nada —respondió la voz, y por un instante, la luz del sol pareció ser absorbida por un vacío infinito—. Soy lo que existía antes de que vuestros mitos fueran siquiera un pensamiento. Y estoy aquí porque vuestra arrogancia me resulta... tediosa. Creéis que no existen seres más fuertes que vosotros. Creéis que vuestros "héroes" actuales son el pináculo de la humanidad.

La pantalla mostró una imagen de Bell Cranel derrotando al Minotauro, y luego a la Familia Hestia enfrentándose a Freya.

—Son valientes, sí —continuó la voz de la Nada—. Pero no son más que niños jugando en un jardín comparados con la verdadera élite de la historia humana. Les concederé un privilegio que sus ojos divinos no merecen: contemplen a los Espíritus Heroicos.

Un murmullo estalló entre la multitud. ¿Espíritus Heroicos? En el mundo de Danmachi, los héroes eran aquellos que recibían la bendición de los dioses, la Falna. Sin un dios, un héroe era solo un hombre fuerte destinado al olvido.

—Escuchen bien —la voz se volvió más profunda, casi pedagógica—. Los Espíritus Heroicos son almas legendarias que se convirtieron en fenómenos naturales por sí mismos. No necesitan de vuestra sangre divina para alcanzar la cima. Son seres que salvaron naciones, detuvieron invasiones o cambiaron el curso de la historia con su propia voluntad. Tras su muerte, ascendieron al Trono de los Héroes, fuera del ciclo de la transmigración, convirtiéndose en existencias cercanas a los Espíritus Divinos.

Hermes, que siempre se había jactado de conocer todas las leyendas del mundo, palideció.

—¿Fuera del ciclo de las almas? —murmuró—. Eso es imposible... ni siquiera nosotros tenemos control sobre eso.

—En este mundo no hay héroes de verdad en la actualidad —sentenció la Nada—. Solo hay imitaciones bajo vuestro ala. Por ello, verán la verdad. Verán a aquellos que son invocados como *Servants*, clasificados por sus atributos ocultos y sus clases de combate.

Las pantallas comenzaron a mostrar diagramas complejos y figuras envueltas en sombras que irradiaban un poder que hacía que el Nivel 7 de Ottar pareciera una vela frente a un incendio forestal.

—Primero, entiendan sus orígenes —explicó la voz mientras las palabras aparecían en el aire—. El **Cielo**, héroes con lazos divinos o encarnaciones de mitos. La **Tierra**, leyendas arraigadas a una región, señores de sus propios territorios. Lo **Humano**, aquellos que, mediante sus logros en la era común, fueron deificados por las masas por su contribución a la especie.

Bell observaba con los ojos muy abiertos. "Héroes que fueron deificados por las masas", repitió en su mente. Siempre había querido ser un héroe, pero esto... esto era algo que trascendía los cuentos que su abuelo le contaba.

—Y luego —la voz de la Nada vibró con una nota de respeto—, están las **Estrellas**. La esperanza de la humanidad. Aquellos que superaron lo imposible y se convirtieron en puntos de inflexión para la historia. Ellos no tienen debilidades ante ninguna otra categoría. Son el brillo que guía a la especie humana en su hora más oscura.

—¿Y qué hay de los monstruos? —preguntó Finn Deimne, el capitán de la Familia Loki, con voz firme—. ¿También hay héroes entre ellos?

—Existen las **Bestias** —respondió la voz, y una sensación de puro terror recorrió la espina dorsal de todos los presentes—. Los Males de la Humanidad. Siete pecados que representan la propia naturaleza destructiva del hombre. Seres que rivalizan con las Estrellas y que solo pueden ser combatidos por la élite absoluta.

La pantalla cambió drásticamente, mostrando siete iconos de armas y cascos.

—Para que estos espíritus puedan manifestarse, se utilizan contenedores llamados Clases. Contemplen las Siete Clases Estándar:

—**Saber**: Guerreros de cuerpo a cuerpo, ágiles y potentes. La clase más fuerte en general, dotada de una resistencia mágica que haría que vuestros hechizos de alto rango parecieran juegos de niños.

—**Lancer**: Maestros de las armas de largo alcance, poseedores de una agilidad que supera la vista humana.

—**Archer**: Expertos en proyectiles, capaces de actuar con una independencia total de sus invocadores. Algunos son tan poderosos que no pueden ser controlados.

Loki se rió nerviosamente.

—¿Un arquero independiente? Suena al tipo de problema que me gustaría causar, pero no me gustaría enfrentar.

—**Rider**: Jinetes que cabalgan desde simples corceles hasta bestias divinas y máquinas que desafían la lógica. Su velocidad es su mayor arma.

—**Caster**: Magos que no necesitan recitar largos cantos para alterar la realidad. Ellos crean su propio territorio, transformando el mundo a su antojo.

—**Assassin**: Sombras que caminan entre ustedes. Su especialidad no es el combate abierto, sino el fin de la vida del maestro antes de que la batalla comience. El Ocultamiento de Presencia es su lenguaje.

—**Berserker**: Héroes que abrazaron la locura en vida. Intercambian su cordura por una fuerza bruta que puede devastar ejércitos enteros. Son casi imposibles de controlar una vez que su furia se desata.

Hephaestus, la diosa de la forja, miraba las armas que aparecían en las imágenes. Sus ojos de experta se ensancharon al notar que esas armas no eran simples objetos. Eran "Noble Phantasms", cristalizaciones de leyendas.

—Esas armas... —susurró Hephaestus—, no están hechas de materiales de este mundo. Son la leyenda misma hecha acero.

—Pero hay más —continuó la Nada, ignorando el asombro de la diosa—. Existen clases extra que rompen las reglas. **Ruler**, los jueces de las guerras; **Avenger**, aquellos consumidos por la venganza; **Foreigner**, seres vinculados a dioses de más allá de vuestro universo; y los **Pretender**, maestros del engaño que pueden mentirle al mundo mismo.

La multitud estaba en silencio, procesando la magnitud de la información. Freya, que observaba desde un balcón oculto, sentía que su obsesión por las almas hermosas palidecía ante lo que estaba viendo. ¿Cómo serían las almas de estos "Espíritus Heroicos"? ¿Qué color tendrían aquellos que habían sido grabados en el Trono?

—¿Por qué nos muestras esto? —preguntó finalmente Hestia, alzando su voz pequeña pero valiente—. ¿Qué quieres de nosotros?

—Quiero que vean lo que es un verdadero héroe —respondió la Nada—. Quiero que vean que, sin vuestra intervención, la humanidad es capaz de alcanzar alturas que ustedes, en su complacencia, han olvidado. Y para aquellos que amenazan la existencia misma, existen los **Grand Servants**. Siete recipientes supremos convocados por la propia voluntad del mundo para detener a las Bestias.

Bell Cranel sintió un fuego arder en su pecho. No era envidia, era una chispa de inspiración. Si esos héroes existían, si hombres y mujeres habían logrado tales hazañas por su cuenta, entonces el camino que él recorría aún tenía infinitas posibilidades.

—Ahora —dijo la voz, y las pantallas se iluminaron con una luz dorada cegadora—, comenzaremos la crónica. Verán las vidas, las muertes y las leyendas de aquellos que el tiempo no pudo borrar. Prepárense, Orario. El Trono de los Héroes se abre ante ustedes.

Las imágenes empezaron a cambiar rápidamente. Se vislumbraron campos de batalla cubiertos de espadas, una ciudad dorada en medio del desierto, un puente moderno bajo una luna llena y una colina de flores donde un mago observaba el fin de los tiempos.

—Primero —sentenció la voz—, conocerán al Rey de los Caballeros. Aquel que empuñó la espada de la victoria prometida.

Ais Wallenstein dio un paso adelante, sus ojos dorados fijos en la silueta de una mujer con una armadura azul y plata que empezaba a formarse en la pantalla principal. Sintió una conexión extraña, una resonancia con su propia espada, Desperate.

—Un rey... —murmuró Ais.

—No solo un rey —corrigió la voz de la Nada—. El epítome de la clase Saber.

El aire en Orario se volvió eléctrico. Los aventureros se olvidaron de sus rencores, los dioses de sus juegos. Todos, desde el más humilde civil hasta el más poderoso capitán de familia, quedaron cautivados por la primera imagen clara que apareció: una joven de cabellos dorados, de pie frente a un ejército, sosteniendo una espada invisible envuelta en ráfagas de viento.

—¡Contemplen! —exclamó la Nada—. ¡La leyenda de Arturia Pendragon!

Bell Cranel apretó los puños, su corazón latiendo al ritmo de una épica que estaba a punto de desplegarse. El mundo de Danmachi nunca volvería a ser el mismo después de ver lo que la humanidad, en su forma más pura y heroica, era capaz de lograr. Las pantallas vibraron, y el primer relato comenzó.
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