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Marune
Fandom: Jujutsu Kaisen
Creado: 2/6/2026
Etiquetas
OmegaversoAngustiaDramaDolor/ConsueloSupervivenciaAbuso de AlcoholDiscriminaciónEstudio de PersonajeAventuraCrimenAcción
Pétalos de prímula y olor a hierro
El silencio en el departamento de los Fushiguro no era sinónimo de paz; era un vacío denso, cargado de la estática que precede a una tormenta eléctrica. Megumi, a sus trece años, había aprendido a caminar sobre las puntas de los pies, a respirar con la frecuencia exacta para no ser notado y a leer las sombras que se proyectaban bajo la puerta principal.
Esa mañana, el sol apenas se filtraba por la ventana mugrienta de la cocina. Megumi estaba arrodillado frente al viejo refrigerador, limpiando con un trapo húmedo una mancha de cerveza que se había secado durante la noche. Sus dedos pequeños y pálidos temblaban ligeramente. Tenía un hematoma fresco en el costado, un recuerdo de la noche anterior cuando Toji, en medio de un estupor alcohólico, decidió que el arroz estaba demasiado frío.
—No llores —se susurró a sí mismo, apretando los labios—. Los Omegas débiles no sobreviven aquí.
Esa era la mantra que su padre le había grabado a fuego, no con palabras de aliento, sino con el desprecio de sus ojos verdes, tan parecidos a los de Megumi pero desprovistos de cualquier rastro de humanidad. Para Toji, Megumi no era un hijo. Era un error biológico, el recordatorio viviente de que la mujer que amó —la única que lograba calmar a la bestia— había muerto para traer al mundo a un cachorro que ni siquiera era un Alfa.
Megumi apenas recordaba a Tsumiki. A veces, cuando cerraba los ojos, creía sentir el aroma a vainilla de su hermana mayor y el calor de sus manos trenzándole el cabello. Pero Tsumiki se había ido hacía tres años. Toji la había "negociado" una noche de deudas de juego y desesperación. Megumi recordaba el llanto silencioso de la niña mientras era arrastrada hacia un coche negro. Él había intentado correr tras ella, pero un golpe seco de su padre lo dejó en el suelo, viendo cómo las luces traseras del vehículo se perdían en la oscuridad de la calle.
Desde entonces, Megumi era la criada, el saco de boxeo y el fantasma de la casa.
—¡Oye, engendro! —El grito ronco de Toji retumbó desde la habitación principal.
Megumi se tensó. Se puso de pie rápidamente y caminó hacia el umbral de la puerta. Su padre estaba sentado en el borde de la cama, con el torso desnudo mostrando las cicatrices de mil batallas y una botella vacía en la mano. Su aroma a Alfa, usualmente potente y terroso, estaba podrido por el olor a alcohol barato.
—Toma esto —dijo Toji, lanzándole un puñado de billetes arrugados y húmedos—. Ve a la tienda. Trae tabaco y más cerveza. Y si te sobra algo, compra algo para que no te mueras de hambre, no quiero que los vecinos sospechen porque te ves como un esqueleto.
—Sí, padre —respondió Megumi con la voz monótona, recogiendo el dinero del suelo.
—Y no te tardes. Si vuelvo a despertar y no hay bebida, te aseguro que desearás haber muerto con tu madre.
Megumi no respondió. No había sentido en hacerlo. Salió del departamento sintiendo que el aire fresco del exterior era un regalo que no merecía. Se ajustó la mochila escolar y comenzó a caminar hacia la tienda de conveniencia que estaba a tres calles de distancia.
A medida que se acercaba, su corazón, que normalmente latía en un ritmo de constante alerta, comenzó a suavizarse. Había un motivo por el cual no odiaba ir a esa tienda específica, a pesar de que había otras más cercanas. Ese motivo tenía nombre y un cabello rosado despeinado que siempre parecía brillar bajo los fluorescentes.
Yuji Itadori.
Yuji era un Alfa, pero no como Toji. Era cálido, ruidoso y olía a sol y a madera de sándalo. Iban en el mismo salón de la secundaria, aunque Megumi siempre se sentaba en la última fila, tratando de ser invisible, mientras Yuji estaba rodeado de gente, riendo y compartiendo su energía inagotable.
Cuando Megumi cruzó la puerta automática, el sonido del timbre anunció su llegada.
—¡Bienvenido! —gritó una voz alegre desde detrás del mostrador.
Yuji estaba allí, ayudando a su abuelo con el inventario. Al ver a Megumi, su rostro se iluminó con una sonrisa que, por un segundo, hizo que el Omega olvidara el dolor en su costado.
—¡Oh, Fushiguro! Qué bueno verte. Pensé que hoy no vendrías, ya casi es hora de entrar a clases.
Megumi bajó la mirada, sintiendo el calor subir por su cuello.
—Hola, Itadori-kun. Solo necesito unas cosas.
Caminó por los pasillos con movimientos mecánicos. Tomó las latas de cerveza y el tabaco, sintiendo una punzada de vergüenza al poner esos artículos sobre el mostrador. Un Omega transportando los vicios de un Alfa decadente era una imagen patética, y él lo sabía.
Yuji comenzó a pasar los productos por el escáner, pero su sonrisa flaqueó un poco cuando vio las manos de Megumi. El chico pelinegro intentó ocultarlas, pero fue tarde.
—Fushiguro... ¿estás bien? —preguntó Yuji en voz baja, inclinándose sobre el mostrador—. Te ves... un poco pálido. Y tienes una marca en el cuello.
Megumi se subió el cuello de la chaqueta rápidamente.
—No es nada. Me caí entrenando solo.
—Sabes que no eres muy buen mentiroso, ¿verdad? —Yuji suspiró, pero no presionó. Sabía que Megumi era como un gato herido que soltaría un zarpazo si se sentía acorralado—. Espera un momento.
Yuji se agachó y rebuscó debajo del mostrador. Cuando volvió a incorporarse, extendió la mano hacia Megumi. En su palma había un pequeño dulce envuelto en papel brillante, con sabor a durazno.
—Toma. Es nuevo, llegaron ayer. Mi abuelo dice que son los mejores para subir el ánimo.
—Itadori-kun, no puedo aceptarlo, no tengo suficiente dinero para pagarlo después de lo que pidió mi padre...
—No seas tonto —lo interrumpió Yuji con una risita, cerrando los dedos de Megumi sobre el dulce—. Es un regalo. De un amigo a otro. Además, los Omegas necesitan azúcar para estar fuertes, ¿no?
Megumi sintió un nudo en la garganta. La palabra "amigo" resonaba en su cabeza como una melodía extraña. Él no tenía amigos. Tenía un dueño en casa y compañeros que lo ignoraban en la escuela. Pero Yuji siempre estaba ahí, rompiendo sus muros con dulces de durazno y miradas amables.
—Gracias —susurró Megumi, guardando el dulce en su bolsillo como si fuera un tesoro nacional.
—¡Nos vemos en el salón! ¡No llegues tarde o el profesor Kusakabe te hará correr vueltas! —gritó Yuji mientras Megumi salía de la tienda.
El camino a la escuela fue más ligero. Megumi se permitió soñar despierto por unos minutos. Se imaginó un mundo donde Tsumiki estaba con él, donde vivían en una casa pequeña con un jardín, lejos de los gritos y el olor a rancio de Toji. En ese sueño, Yuji pasaba a visitarlos y siempre traía dulces.
Sin embargo, la realidad lo golpeó de frente al entrar al aula. El grupo de Alfas dominantes del salón ya estaba haciendo ruido. Megumi se deslizó hacia su asiento, pero antes de llegar, una pierna se interpuso en su camino.
Tropezó, cayendo de rodillas al suelo. Las risas no tardaron en estallar.
—Miren, el Omega de Fushiguro está besando el suelo. ¿Tan pronto te arrodillas? —se burló uno de los chicos.
Megumi no levantó la vista. Estaba acostumbrado. Si no reaccionaba, se aburrirían. Pero entonces, sintió una mano firme en su hombro.
—Oigan, déjenlo en paz. ¿No tienen nada mejor que hacer? —La voz de Yuji era diferente ahora. No era la voz alegre de la tienda; era la voz de un Alfa protegiendo lo que consideraba suyo. Su aroma a sándalo se volvió más intenso, más picante, marcando territorio de una manera sutil pero clara.
Los otros chicos gruñeron, pero retrocedieron. Yuji era fuerte, mucho más fuerte de lo que su personalidad amable sugería.
—¿Estás bien, Megumi? —Yuji lo ayudó a levantarse. Era la primera vez que usaba su nombre de pila sin el honorífico.
—Sí... gracias, Itadori.
—Puedes sentarte conmigo hoy si quieres —ofreció Yuji, rascándose la nuca con timidez—. Me vendría bien alguien que me ayude con la tarea de matemáticas. Soy un desastre.
Megumi lo miró a los ojos. Vio la sinceridad en ellos, una calidez que no pedía nada a cambio. Por un momento, olvidó que era un Omega "defectuoso" a los ojos de su padre. Olvidó que Tsumiki había sido vendida. Solo existía ese momento, el olor a sol de Yuji y el dulce de durazno en su bolsillo.
—Está bien —respondió Megumi con una pequeña, casi imperceptible sonrisa.
Las clases pasaron como un suspiro. Por primera vez en años, Megumi no contó los minutos para que terminara el día. Estar cerca de Yuji era como estar cerca de una estufa en pleno invierno. Pero, como todo lo bueno en su vida, el tiempo se agotó. La campana final sonó, recordándole que el monstruo lo esperaba en casa.
—¿Quieres que te acompañe un tramo? —preguntó Yuji mientras guardaba sus cosas.
—No —respondió Megumi demasiado rápido—. No, mi padre... él es estricto con el horario. Pero gracias.
—Entiendo. ¡Entonces nos vemos mañana! ¡No olvides comerte el dulce!
Megumi caminó hacia su casa con el corazón pesado. A medida que se acercaba al edificio gris y descascarado, el aroma de Yuji se desvanecía, reemplazado por la ansiedad que siempre le oprimía el pecho.
Subió las escaleras y abrió la puerta con cautela. El departamento estaba a oscuras, excepto por la luz de la televisión. Toji estaba tirado en el sofá, con las botellas que Megumi había dejado antes de irse a la escuela ya vacías en el suelo.
—Llegas tarde —gruñó Toji sin mirarlo.
—Hubo una asamblea en la escuela —mintió Megumi, dirigiéndose a la cocina para empezar a preparar la cena.
—Como sea. Mañana vendrá un hombre. Un viejo conocido —dijo Toji, y por primera vez en el día, miró a su hijo. Había algo oscuro en su mirada, una chispa de malicia que hizo que a Megumi se le helara la sangre—. Dice que está buscando un Omega joven para su servicio doméstico. Si paga lo suficiente, te irás con él.
Megumi soltó el cuchillo que sostenía. El metal golpeó la madera con un sonido seco.
—¿Me vas a vender? ¿Como a Tsumiki? —Su voz tembló.
Toji se levantó, caminando hacia él con la pesadez de un depredador. Lo tomó del cabello, obligándolo a mirar hacia arriba.
—Tsumiki fue útil para pagar mis deudas de juego. Tú... tú solo has sido un gasto de comida y espacio. Ya tienes edad suficiente para ser útil de otra manera. Si ese hombre te quiere, te vas. No eres más que una herramienta, Megumi. Recuérdalo bien.
Lo soltó con un empujón que lo mandó contra la encimera. Toji salió del departamento, probablemente a buscar más alcohol o a seguir apostando.
Megumi se quedó solo en la cocina. El dolor en su cuero cabelludo no era nada comparado con el vacío que sentía en el pecho. Iba a terminar como su hermana. Iba a desaparecer en la oscuridad, vendido a un extraño para ser usado y desechado.
Se llevó la mano al bolsillo y sacó el dulce de durazno que Yuji le había dado. Lo apretó contra su pecho, sollozando en silencio. El aroma a sándalo de Yuji todavía impregnaba un poco la tela de su uniforme, pero sabía que no era suficiente para salvarlo.
—Yuji... —susurró, el nombre de su Alfa favorito escapando de sus labios como una oración desesperada.
Miró por la ventana hacia las luces de la ciudad. Sabía que no podía quedarse allí. Si se quedaba, mañana sería el fin de su libertad, tal como lo fue para Tsumiki. Pero, ¿a dónde iría un Omega de trece años sin un centavo y sin familia?
Abrió el dulce y se lo llevó a la boca. El sabor dulce y artificial inundó sus sentidos, dándole un pequeño momento de claridad entre el pánico. No podía dejar que Toji ganara de nuevo. No podía dejar que lo borraran como si no fuera nadie.
Megumi fue a su pequeña habitación y sacó una mochila vieja. Metió un par de mudas de ropa, sus libros de texto y una fotografía arrugada de Tsumiki que había logrado esconder durante años. Al final, guardó el envoltorio del dulce de durazno.
No sabía si volvería a ver a Yuji. No sabía si sobreviviría a la noche. Pero mientras caminaba hacia la ventana para salir por la escalera de incendios, Megumi Fushiguro tomó una decisión.
Si iba a ser un Omega, sería uno que luchara. Por Tsumiki, por el recuerdo de su madre y por ese chico de cabello rosado que le había enseñado que el mundo podía oler a algo más que a hierro y alcohol.
Saltó al vacío de la noche, dejando atrás la sombra de su padre, mientras las lágrimas se secaban en su rostro bajo la luz fría de la luna. La búsqueda de su hermana y su propia supervivencia acababan de comenzar.
Esa mañana, el sol apenas se filtraba por la ventana mugrienta de la cocina. Megumi estaba arrodillado frente al viejo refrigerador, limpiando con un trapo húmedo una mancha de cerveza que se había secado durante la noche. Sus dedos pequeños y pálidos temblaban ligeramente. Tenía un hematoma fresco en el costado, un recuerdo de la noche anterior cuando Toji, en medio de un estupor alcohólico, decidió que el arroz estaba demasiado frío.
—No llores —se susurró a sí mismo, apretando los labios—. Los Omegas débiles no sobreviven aquí.
Esa era la mantra que su padre le había grabado a fuego, no con palabras de aliento, sino con el desprecio de sus ojos verdes, tan parecidos a los de Megumi pero desprovistos de cualquier rastro de humanidad. Para Toji, Megumi no era un hijo. Era un error biológico, el recordatorio viviente de que la mujer que amó —la única que lograba calmar a la bestia— había muerto para traer al mundo a un cachorro que ni siquiera era un Alfa.
Megumi apenas recordaba a Tsumiki. A veces, cuando cerraba los ojos, creía sentir el aroma a vainilla de su hermana mayor y el calor de sus manos trenzándole el cabello. Pero Tsumiki se había ido hacía tres años. Toji la había "negociado" una noche de deudas de juego y desesperación. Megumi recordaba el llanto silencioso de la niña mientras era arrastrada hacia un coche negro. Él había intentado correr tras ella, pero un golpe seco de su padre lo dejó en el suelo, viendo cómo las luces traseras del vehículo se perdían en la oscuridad de la calle.
Desde entonces, Megumi era la criada, el saco de boxeo y el fantasma de la casa.
—¡Oye, engendro! —El grito ronco de Toji retumbó desde la habitación principal.
Megumi se tensó. Se puso de pie rápidamente y caminó hacia el umbral de la puerta. Su padre estaba sentado en el borde de la cama, con el torso desnudo mostrando las cicatrices de mil batallas y una botella vacía en la mano. Su aroma a Alfa, usualmente potente y terroso, estaba podrido por el olor a alcohol barato.
—Toma esto —dijo Toji, lanzándole un puñado de billetes arrugados y húmedos—. Ve a la tienda. Trae tabaco y más cerveza. Y si te sobra algo, compra algo para que no te mueras de hambre, no quiero que los vecinos sospechen porque te ves como un esqueleto.
—Sí, padre —respondió Megumi con la voz monótona, recogiendo el dinero del suelo.
—Y no te tardes. Si vuelvo a despertar y no hay bebida, te aseguro que desearás haber muerto con tu madre.
Megumi no respondió. No había sentido en hacerlo. Salió del departamento sintiendo que el aire fresco del exterior era un regalo que no merecía. Se ajustó la mochila escolar y comenzó a caminar hacia la tienda de conveniencia que estaba a tres calles de distancia.
A medida que se acercaba, su corazón, que normalmente latía en un ritmo de constante alerta, comenzó a suavizarse. Había un motivo por el cual no odiaba ir a esa tienda específica, a pesar de que había otras más cercanas. Ese motivo tenía nombre y un cabello rosado despeinado que siempre parecía brillar bajo los fluorescentes.
Yuji Itadori.
Yuji era un Alfa, pero no como Toji. Era cálido, ruidoso y olía a sol y a madera de sándalo. Iban en el mismo salón de la secundaria, aunque Megumi siempre se sentaba en la última fila, tratando de ser invisible, mientras Yuji estaba rodeado de gente, riendo y compartiendo su energía inagotable.
Cuando Megumi cruzó la puerta automática, el sonido del timbre anunció su llegada.
—¡Bienvenido! —gritó una voz alegre desde detrás del mostrador.
Yuji estaba allí, ayudando a su abuelo con el inventario. Al ver a Megumi, su rostro se iluminó con una sonrisa que, por un segundo, hizo que el Omega olvidara el dolor en su costado.
—¡Oh, Fushiguro! Qué bueno verte. Pensé que hoy no vendrías, ya casi es hora de entrar a clases.
Megumi bajó la mirada, sintiendo el calor subir por su cuello.
—Hola, Itadori-kun. Solo necesito unas cosas.
Caminó por los pasillos con movimientos mecánicos. Tomó las latas de cerveza y el tabaco, sintiendo una punzada de vergüenza al poner esos artículos sobre el mostrador. Un Omega transportando los vicios de un Alfa decadente era una imagen patética, y él lo sabía.
Yuji comenzó a pasar los productos por el escáner, pero su sonrisa flaqueó un poco cuando vio las manos de Megumi. El chico pelinegro intentó ocultarlas, pero fue tarde.
—Fushiguro... ¿estás bien? —preguntó Yuji en voz baja, inclinándose sobre el mostrador—. Te ves... un poco pálido. Y tienes una marca en el cuello.
Megumi se subió el cuello de la chaqueta rápidamente.
—No es nada. Me caí entrenando solo.
—Sabes que no eres muy buen mentiroso, ¿verdad? —Yuji suspiró, pero no presionó. Sabía que Megumi era como un gato herido que soltaría un zarpazo si se sentía acorralado—. Espera un momento.
Yuji se agachó y rebuscó debajo del mostrador. Cuando volvió a incorporarse, extendió la mano hacia Megumi. En su palma había un pequeño dulce envuelto en papel brillante, con sabor a durazno.
—Toma. Es nuevo, llegaron ayer. Mi abuelo dice que son los mejores para subir el ánimo.
—Itadori-kun, no puedo aceptarlo, no tengo suficiente dinero para pagarlo después de lo que pidió mi padre...
—No seas tonto —lo interrumpió Yuji con una risita, cerrando los dedos de Megumi sobre el dulce—. Es un regalo. De un amigo a otro. Además, los Omegas necesitan azúcar para estar fuertes, ¿no?
Megumi sintió un nudo en la garganta. La palabra "amigo" resonaba en su cabeza como una melodía extraña. Él no tenía amigos. Tenía un dueño en casa y compañeros que lo ignoraban en la escuela. Pero Yuji siempre estaba ahí, rompiendo sus muros con dulces de durazno y miradas amables.
—Gracias —susurró Megumi, guardando el dulce en su bolsillo como si fuera un tesoro nacional.
—¡Nos vemos en el salón! ¡No llegues tarde o el profesor Kusakabe te hará correr vueltas! —gritó Yuji mientras Megumi salía de la tienda.
El camino a la escuela fue más ligero. Megumi se permitió soñar despierto por unos minutos. Se imaginó un mundo donde Tsumiki estaba con él, donde vivían en una casa pequeña con un jardín, lejos de los gritos y el olor a rancio de Toji. En ese sueño, Yuji pasaba a visitarlos y siempre traía dulces.
Sin embargo, la realidad lo golpeó de frente al entrar al aula. El grupo de Alfas dominantes del salón ya estaba haciendo ruido. Megumi se deslizó hacia su asiento, pero antes de llegar, una pierna se interpuso en su camino.
Tropezó, cayendo de rodillas al suelo. Las risas no tardaron en estallar.
—Miren, el Omega de Fushiguro está besando el suelo. ¿Tan pronto te arrodillas? —se burló uno de los chicos.
Megumi no levantó la vista. Estaba acostumbrado. Si no reaccionaba, se aburrirían. Pero entonces, sintió una mano firme en su hombro.
—Oigan, déjenlo en paz. ¿No tienen nada mejor que hacer? —La voz de Yuji era diferente ahora. No era la voz alegre de la tienda; era la voz de un Alfa protegiendo lo que consideraba suyo. Su aroma a sándalo se volvió más intenso, más picante, marcando territorio de una manera sutil pero clara.
Los otros chicos gruñeron, pero retrocedieron. Yuji era fuerte, mucho más fuerte de lo que su personalidad amable sugería.
—¿Estás bien, Megumi? —Yuji lo ayudó a levantarse. Era la primera vez que usaba su nombre de pila sin el honorífico.
—Sí... gracias, Itadori.
—Puedes sentarte conmigo hoy si quieres —ofreció Yuji, rascándose la nuca con timidez—. Me vendría bien alguien que me ayude con la tarea de matemáticas. Soy un desastre.
Megumi lo miró a los ojos. Vio la sinceridad en ellos, una calidez que no pedía nada a cambio. Por un momento, olvidó que era un Omega "defectuoso" a los ojos de su padre. Olvidó que Tsumiki había sido vendida. Solo existía ese momento, el olor a sol de Yuji y el dulce de durazno en su bolsillo.
—Está bien —respondió Megumi con una pequeña, casi imperceptible sonrisa.
Las clases pasaron como un suspiro. Por primera vez en años, Megumi no contó los minutos para que terminara el día. Estar cerca de Yuji era como estar cerca de una estufa en pleno invierno. Pero, como todo lo bueno en su vida, el tiempo se agotó. La campana final sonó, recordándole que el monstruo lo esperaba en casa.
—¿Quieres que te acompañe un tramo? —preguntó Yuji mientras guardaba sus cosas.
—No —respondió Megumi demasiado rápido—. No, mi padre... él es estricto con el horario. Pero gracias.
—Entiendo. ¡Entonces nos vemos mañana! ¡No olvides comerte el dulce!
Megumi caminó hacia su casa con el corazón pesado. A medida que se acercaba al edificio gris y descascarado, el aroma de Yuji se desvanecía, reemplazado por la ansiedad que siempre le oprimía el pecho.
Subió las escaleras y abrió la puerta con cautela. El departamento estaba a oscuras, excepto por la luz de la televisión. Toji estaba tirado en el sofá, con las botellas que Megumi había dejado antes de irse a la escuela ya vacías en el suelo.
—Llegas tarde —gruñó Toji sin mirarlo.
—Hubo una asamblea en la escuela —mintió Megumi, dirigiéndose a la cocina para empezar a preparar la cena.
—Como sea. Mañana vendrá un hombre. Un viejo conocido —dijo Toji, y por primera vez en el día, miró a su hijo. Había algo oscuro en su mirada, una chispa de malicia que hizo que a Megumi se le helara la sangre—. Dice que está buscando un Omega joven para su servicio doméstico. Si paga lo suficiente, te irás con él.
Megumi soltó el cuchillo que sostenía. El metal golpeó la madera con un sonido seco.
—¿Me vas a vender? ¿Como a Tsumiki? —Su voz tembló.
Toji se levantó, caminando hacia él con la pesadez de un depredador. Lo tomó del cabello, obligándolo a mirar hacia arriba.
—Tsumiki fue útil para pagar mis deudas de juego. Tú... tú solo has sido un gasto de comida y espacio. Ya tienes edad suficiente para ser útil de otra manera. Si ese hombre te quiere, te vas. No eres más que una herramienta, Megumi. Recuérdalo bien.
Lo soltó con un empujón que lo mandó contra la encimera. Toji salió del departamento, probablemente a buscar más alcohol o a seguir apostando.
Megumi se quedó solo en la cocina. El dolor en su cuero cabelludo no era nada comparado con el vacío que sentía en el pecho. Iba a terminar como su hermana. Iba a desaparecer en la oscuridad, vendido a un extraño para ser usado y desechado.
Se llevó la mano al bolsillo y sacó el dulce de durazno que Yuji le había dado. Lo apretó contra su pecho, sollozando en silencio. El aroma a sándalo de Yuji todavía impregnaba un poco la tela de su uniforme, pero sabía que no era suficiente para salvarlo.
—Yuji... —susurró, el nombre de su Alfa favorito escapando de sus labios como una oración desesperada.
Miró por la ventana hacia las luces de la ciudad. Sabía que no podía quedarse allí. Si se quedaba, mañana sería el fin de su libertad, tal como lo fue para Tsumiki. Pero, ¿a dónde iría un Omega de trece años sin un centavo y sin familia?
Abrió el dulce y se lo llevó a la boca. El sabor dulce y artificial inundó sus sentidos, dándole un pequeño momento de claridad entre el pánico. No podía dejar que Toji ganara de nuevo. No podía dejar que lo borraran como si no fuera nadie.
Megumi fue a su pequeña habitación y sacó una mochila vieja. Metió un par de mudas de ropa, sus libros de texto y una fotografía arrugada de Tsumiki que había logrado esconder durante años. Al final, guardó el envoltorio del dulce de durazno.
No sabía si volvería a ver a Yuji. No sabía si sobreviviría a la noche. Pero mientras caminaba hacia la ventana para salir por la escalera de incendios, Megumi Fushiguro tomó una decisión.
Si iba a ser un Omega, sería uno que luchara. Por Tsumiki, por el recuerdo de su madre y por ese chico de cabello rosado que le había enseñado que el mundo podía oler a algo más que a hierro y alcohol.
Saltó al vacío de la noche, dejando atrás la sombra de su padre, mientras las lágrimas se secaban en su rostro bajo la luz fría de la luna. La búsqueda de su hermana y su propia supervivencia acababan de comenzar.
