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Fandom: Mobile legends bang bang

Creado: 2/6/2026

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Acordes Disonantes y Corazones en Ritmo

El sol de la tarde se filtraba por las ventanas del pasillo de la Academia del Amanecer, pintando largas sombras doradas sobre las taquillas de metal. En el aire flotaba una mezcla caótica de sonidos: el eco de una flauta en el ala este, el estruendo de una batería en el sótano y las risas de los estudiantes que se apresuraban a sus clubes extraescolares. Era la semana del Festival de Bandas, y el ambiente estaba cargado de una electricidad que no tenía nada que ver con la magia y todo que ver con la música.

Yin caminaba por el pasillo principal con la funda de su bajo al hombro, esquivando a un grupo de estudiantes de primer año que intentaban colgar un cartel publicitario. Su energía habitual parecía duplicada; tenía esa chispa en los ojos que solo aparecía cuando estaba a punto de subir a un escenario o cuando encontraba un oponente digno en el gimnasio.

— ¡Cuidado, Lieh! —gritó Yin, riendo mientras esquivaba un carrito lleno de amplificadores—. Si me rompes una cuerda antes del ensayo, juro que te envío a la dimensión del vacío sin retorno.

— Hablas demasiado, Yin —respondió una voz profunda y cargada de sarcasmo desde atrás.

Yin se detuvo en seco y giró sobre sus talones. Apoyado contra una de las columnas de mármol de la entrada, con los brazos cruzados y una expresión de aburrimiento supremo, estaba Dyrroth. No llevaba el uniforme escolar de manera convencional; la corbata estaba deshecha, la camisa fuera de los pantalones y sus auriculares de diadema descansaban alrededor de su cuello como un collar de tecnología oscura.

Dyrroth no pertenecía a ninguna banda oficial. Él era el "lobo solitario" del departamento de producción musical, el genio que podía hacer que una mezcla sonara como el fin del mundo o como el nacimiento de una estrella, pero que rara vez se dignaba a trabajar con otros.

— ¡Dyrroth! —Yin sonrió de par en par, ignorando la frialdad del otro—. Pensé que estarías encerrado en la cabina de sonido quejándote de que el ecualizador de Alucard es una basura.

— Lo es —respondió Dyrroth, separándose de la columna con una elegancia felina—. Pero incluso su falta de talento es preferible a escucharte intentar afinar ese trozo de madera que llamas instrumento.

Yin soltó una carcajada, sin sentirse ofendido en lo más mínimo. Se acercó a Dyrroth, invadiendo su espacio personal con esa confianza brillante que siempre lograba crisparle los nervios al príncipe del Abismo.

— Es un bajo de cuatro cuerdas, Dyrroth. Y Wanwan dice que mi ritmo es lo único que mantiene a la banda unida mientras Ling intenta hacerse el interesante con sus solos de guitarra interminables.

— Ling tiene técnica —concedió Dyrroth, comenzando a caminar hacia el auditorio. Yin lo siguió de cerca, como un cachorro entusiasta—. Tú solo tienes... ruido.

— ¡Oye! Es un ruido con mucho sentimiento —protestó Yin, golpeando suavemente el hombro de Dyrroth con el suyo—. Además, sé que te gusta. Te vi en el último ensayo. Estabas moviendo el pie al ritmo de mi línea de bajo.

Dyrroth se detuvo de golpe, sus ojos oscuros centelleando con una mezcla de molestia y algo que Yin no pudo identificar.

— Fue un espasmo muscular —mintió Dyrroth con voz gélida.

— Claro, y yo soy un maestro de la meditación silenciosa —replicó Yin, guiñándole un ojo.

Entraron en el auditorio, donde el caos era aún mayor. En el escenario, Melissa estaba discutiendo con el técnico de luces sobre el tono de rosa que quería para su solo, mientras que en las gradas, varios grupos de amigos compartían comida y comparaban baquetas.

Dyrroth se dirigió directamente a la mesa de mezclas, su santuario personal. Sus dedos largos y pálidos se movieron sobre los controles con una precisión quirúrgica. Yin, en lugar de ir al escenario con su banda, se sentó en el borde de la mesa de mezclas, observando el perfil concentrado de Dyrroth.

— ¿Por qué nunca tocas con nosotros? —preguntó Yin, bajando el tono de voz. La pregunta era genuina, despojada de su habitual tono bromista.

Dyrroth no levantó la vista de la pantalla.

— No me gusta compartir el control. La música de otros es... desordenada. Prefiero la perfección de los sintetizadores. No cometen errores. No se cansan. No tienen sentimientos que arruinen la frecuencia.

— Pero eso es lo que la hace buena —insistió Yin, balanceando las piernas—. Los errores son los que te hacen sentir que estás vivo. Cuando Lieh intenta tomar el control y yo lucho por mantener el ritmo, sale algo nuevo. Algo que no podrías programar en una computadora ni en mil años.

Dyrroth finalmente lo miró. Sus miradas se cruzaron en medio del estruendo del auditorio. Por un momento, el ruido del fondo pareció desvanecerse.

— Eres un idiota sentimental, Yin —dijo Dyrroth, aunque su voz no tenía el veneno de antes.

— Y tú eres un perfeccionista amargado. Por eso nos llevamos tan bien.

— No nos llevamos bien. Solo te tolero porque eres el único que no huye cuando pongo el volumen al máximo.

Yin soltó una risita y se puso de pie, ajustando la correa de su bajo.

— ¡Esa es la actitud! Por cierto, hoy vamos a probar una canción nueva. Es... un poco diferente. Me gustaría que me dijeras qué piensas. Pero de verdad, no solo insultos técnicos.

Dyrroth soltó un suspiro dramático, volviendo su atención a los monitores.

— Si me haces perder el tiempo, borraré todos tus archivos de audio del servidor de la escuela.

— ¡Hecho! —gritó Yin mientras corría hacia el escenario, saltando sobre los cables con agilidad.

El ensayo comenzó. La banda de Yin, "Los Renegados", era una explosión de energía pura. Melissa en la batería marcaba un ritmo frenético, mientras Ling desgranaba notas rápidas y precisas en la guitarra eléctrica. Pero cuando llegó el turno del solo de bajo de Yin, algo cambió.

No fue el habitual sonido agresivo y ruidoso. Yin cerró los ojos y dejó que sus dedos se deslizaran por las cuerdas con una suavidad inesperada. Era una melodía melancólica, profunda, que parecía vibrar en el pecho de todos los presentes. Era una conversación silenciosa, una invitación a mirar más allá de la superficie alegre y despreocupada del chico de las artes marciales.

Desde la mesa de mezclas, Dyrroth se quedó inmóvil. Sus manos, que siempre estaban ajustando algo, se detuvieron sobre los faders. Sus ojos estaban fijos en Yin, quien bajo las luces del escenario parecía emitir un brillo propio. El sonido del bajo era cálido, envolvente, y por primera vez, Dyrroth sintió que el desorden del que hablaba Yin tenía sentido. No era un error; era una confesión.

Cuando la canción terminó, hubo un silencio momentáneo antes de que Melissa soltara un silbido de aprobación.

— ¡Vaya, Yin! ¿Quién te rompió el corazón para que tocaras así? —bromeó ella, aunque sus ojos mostraban sorpresa.

Yin no respondió. Su mirada buscó inmediatamente el fondo del auditorio. Dyrroth seguía allí, pero ya no miraba la pantalla. Tenía los auriculares puestos, pero estaban caídos sobre sus hombros.

— ¿Y bien? —gritó Yin desde el escenario, con la respiración un poco agitada—. ¿Vas a borrar mis archivos o qué?

Dyrroth guardó silencio por unos segundos, antes de presionar un botón en el intercomunicador que conectaba la mesa con los monitores del escenario.

— El puente de la canción tiene una distorsión innecesaria en los 400 hercios —dijo la voz de Dyrroth, resonando en todo el auditorio—. Pero... la progresión de notas no fue del todo deplorable.

Yin sonrió, una sonrisa genuina y victoriosa. Sabía que, en el idioma de Dyrroth, eso era el equivalente a un aplauso de pie.

Unas horas más tarde, cuando el auditorio ya estaba casi vacío y los equipos estaban guardados, Yin encontró a Dyrroth en la parte trasera del edificio, cerca de las tiendas de campaña que los clubes habían montado para vender comida y mercancía. El aire de la noche era fresco y olía a palomitas de maíz y pintura fresca.

Dyrroth estaba sentado en un banco de piedra, sosteniendo una lata de refresco fría contra su sien. Parecía agotado, la máscara de frialdad un poco más relajada debido al cansancio.

— Sabes —dijo Yin, sentándose a su lado sin pedir permiso—, esa canción la escribí pensando en alguien.

— Qué original —respondió Dyrroth sin abrir los ojos—. Un adolescente con hormonas escribiendo canciones. Deberías ganar un premio a la falta de creatividad.

— Pensaba en alguien que siempre está solo, incluso cuando está rodeado de gente —continuó Yin, ignorando el sarcasmo—. Alguien que cree que la perfección es un escudo para que nadie vea lo que hay debajo.

Dyrroth abrió un ojo y lo miró fijamente. La tensión entre ellos cambió, volviéndose algo más pesado, más íntimo.

— ¿Crees que me conoces, Yin? —preguntó Dyrroth en un susurro peligroso.

— Creo que escucho tu música, Dyrroth. Y tu música dice mucho más de lo que tus palabras intentan ocultar. Eres puro caos intentando sonar como una línea recta.

Dyrroth dejó escapar un suspiro largo y se inclinó hacia adelante, apoyando los codos en las rodillas. Por un momento, pareció que iba a decir algo hiriente, algo que alejaría a Yin para siempre. Pero en su lugar, simplemente miró hacia las luces de la feria escolar que brillaban a lo lejos.

— El caos es agotador —admitió Dyrroth tan bajo que Yin apenas pudo oírlo.

— Por eso necesitas un bajo que te mantenga en el suelo —dijo Yin, extendiendo su mano y cubriendo la de Dyrroth, que descansaba sobre el banco.

Dyrroth se tensó al sentir el contacto. La piel de Yin estaba caliente, llena de callos por las cuerdas del bajo y el entrenamiento, en contraste con la piel fría y suave de Dyrroth. Sin embargo, no retiró la mano. Sus dedos se movieron ligeramente, rozando la palma de Yin en una respuesta casi imperceptible.

— Si intentas convertir esto en una balada cursi, te lanzaré por el balcón del segundo piso —amenazó Dyrroth, aunque no se movió.

— Prometo que será una canción de rock alternativo con muchos sintetizadores —rio Yin, apretando suavemente su mano—. De esas que te gustan.

Se quedaron allí sentados en el silencio de la noche escolar, rodeados por el eco distante de la música y las risas. Dos mundos opuestos, un productor de sombras y un músico de luz, encontrando un ritmo común en medio de la disonancia.

— Mañana —dijo Dyrroth de repente, levantándose y rompiendo el contacto, aunque sus ojos evitaron los de Yin—, trae tu bajo a la cabina. Hay una pista en la que he estado trabajando. Le falta... algo.

Yin se levantó también, con el corazón latiendo al ritmo de un bombo acelerado.

— ¿Me estás pidiendo que colabore contigo, Dyrroth? ¿El gran príncipe del sonido necesita mi "ruido"?

Dyrroth comenzó a caminar hacia los dormitorios, con las manos en los bolsillos y su aire de superioridad recuperado.

— He dicho que le falta algo. Probablemente sea una frecuencia baja que pueda usar para tapar los errores del sintetizador. No te hagas ilusiones, idiota.

Yin lo observó alejarse, sabiendo perfectamente que Dyrroth estaba ocultando una sonrisa.

— ¡A las ocho estaré allí! —gritó Yin—. ¡Y traeré donuts!

— ¡Si traes de fresa, te prohíbo la entrada! —respondió Dyrroth sin mirar atrás.

Yin se quedó solo bajo el cielo estrellado, sintiendo que el festival apenas comenzaba. No importaba quién ganara el concurso de bandas; él ya había conseguido la mejor melodía de la noche. Una melodía que, por fin, no era solo ruido, sino el comienzo de algo mucho más profundo.

Afinó su mente, repasó los acordes en su cabeza y caminó hacia su habitación, tarareando una canción que solo ellos dos podrían entender. El mundo escolar seguía girando, lleno de música y ambición, pero en ese rincón de la academia, el caos y la perfección habían decidido, al menos por una noche, tocar en la misma banda.
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