Fanfy
.studio
Imagen de fondo

El Hermosito Omega peliazul

Fandom: Genshin Impact

Creado: 2/6/2026

Etiquetas

RomanceOmegaversoRecortes de VidaDramaEstudio de PersonajeAmbientación CanonFantasía
Índice

Arena y Añil: El Encuentro tras los Libros

El sol de Sumeru caía con una intensidad implacable sobre las calles de la Ciudad, pero bajo el dosel de los árboles gigantes, la vida bullía con una energía contagiosa. Sethos caminaba con la despreocupación de quien conoce cada rincón del mundo y no teme a ninguno. A su lado, Cyno mantenía un paso firme, con el rostro serio que solía adoptar cuando no estaba contando chistes de dudoso gusto, mientras que Alhaitham, un año mayor y siempre con un libro entre las manos, caminaba un poco más adelantado, ignorando deliberadamente el ruido del mercado.

Sethos, con su piel bronceada por el sol del desierto y sus ojos verdes con destellos amarillos, destacaba incluso entre sus amigos alfas. Su complexión era un poco más robusta, fruto de años de recorrer las dunas y manejar el arco con precisión. Llevaba su cabello castaño recogido en una coleta alta, dejando que las trenzas claras bailaran sobre su espalda con cada movimiento.

—Te digo que la logística de la próxima caravana necesita una revisión —comentaba Sethos con ese tono carismático que hacía que incluso los problemas más tediosos sonaran interesantes—. La gente del desierto no espera caridad, espera respeto y rutas seguras.

—Es lógico —respondió Alhaitham sin levantar la vista de su tomo—. Pero el respeto no llena los estómagos si las rutas están bloqueadas por bandidos o zonas de marchitamiento.

Sethos se rió, un sonido cálido y vibrante.

—Por eso me encargo yo de las tareas menores que nadie quiere hacer. Alguien tiene que ensuciarse las manos mientras tú diseñas teorías.

Fue en ese momento, justo frente a la entrada de la Gran Biblioteca de la Academia, cuando el mundo de Sethos pareció detenerse por un segundo.

Un joven de baja estatura y figura esbelta cruzaba el umbral. Vestía un haori blanco con detalles en azul turquesa que ondeaba ligeramente con la brisa. Su cabello, de un azul marino profundo cortado al estilo lobo, enmarcaba un rostro de una belleza fría y aristocrática. Sus ojos, azules y penetrantes, estaban delineados con un rojo sutil que le daba un aire de misterio melancólico.

Era Wanderer.

Sethos se quedó inmóvil, sus ojos verdes fijos en la figura del omega que caminaba con una rectitud casi defensiva, como si estuviera cargando con un peso invisible. Había algo en su expresión, una mezcla de altivez y soledad, que despertó en Sethos una curiosidad inmediata y profunda.

—¿Sethos? —Cyno se detuvo y lo miró con curiosidad—. ¿Viste algo sospechoso?

Sethos parpadeó, recuperando la compostura, aunque su sonrisa ahora tenía un matiz diferente, más decidido.

—No, nada sospechoso —respondió, siguiendo con la mirada al chico hasta que desapareció tras las puertas de la biblioteca—. Solo acabo de darme cuenta de que he estado ignorando el paisaje más interesante de la ciudad.

—Es un estudiante de la Academia —añadió Alhaitham, que parecía notar todo sin mirar—. Un omega solitario. No suele mezclarse con nadie.

—Bueno —murmuró Sethos para sí mismo, ajustándose el pendiente verde que brillaba bajo el sol—, eso está a punto de cambiar. La próxima vez que lo vea, no dejaré que pase de largo.

Dentro de la biblioteca, el ambiente era radicalmente distinto. El olor a papel antiguo y tinta llenaba el aire, creando un refugio de silencio que Wanderer apreciaba por encima de todo. Se sentó en su mesa habitual, en el rincón más alejado, donde las sombras eran más largas y los ojos ajenos menos frecuentes.

Sin embargo, no estuvo solo por mucho tiempo.

—¡Wanderer! Te dije que estarías aquí. ¿Cómo puedes estudiar tanto con este clima tan agradable?

Kaveh, un omega un año mayor que él y futuro arquitecto de renombre, se sentó frente a él con una sonrisa radiante. Kaveh era de las pocas personas que Wanderer toleraba, principalmente porque el rubio era demasiado persistente y amable para ser rechazado con éxito.

—El clima no ayuda a memorizar tratados de historia antigua, Kaveh —respondió Wanderer sin levantar la vista, aunque su tono no era tan mordaz como solía ser con los demás—. Además, mi madre espera resultados perfectos. No tengo tiempo para "climas agradables".

Kaveh suspiró, dejando sus planos a un lado.

—Tu madre es... estricta, lo sé. Pero no puedes vivir con miedo a los alfas o al mundo exterior para siempre. Ella te ha llenado la cabeza con historias terribles, pero no todos son así. Mira a Alhaitham, por ejemplo... bueno, quizás él no sea el mejor ejemplo de calidez, pero es un alfa respetuoso.

Wanderer cerró el libro con un golpe seco, sus ojos azules brillando con una chispa de cinismo.

—Los alfas son impulsivos, dominantes y solo buscan controlarnos. Ella lo dice por mi bien. "Un omega solo es libre cuando no depende de nadie", esas fueron sus palabras. No necesito conocer a nadie más.

—Eso es soledad, no libertad —replicó Kaveh con suavidad—. Algún día conocerás a alguien que te haga ver que el mundo no es tan gris como te lo pintaron en casa.

Wanderer soltó una risa amarga y se puso de pie.

—Lo dudo mucho. Me voy a los jardines inferiores. Aquí hay demasiado ruido.

Caminó por los pasillos de la Academia, sumido en sus pensamientos. Las palabras de su madre resonaban en su mente como un mantra de protección que a veces se sentía como una celda. Ella le había advertido sobre la naturaleza rapaz de los alfas, sobre cómo su aroma y su presencia podían nublar el juicio de un omega. Por eso, Wanderer siempre mantenía su distancia, usando su lengua mordaz como un escudo.

Al salir al patio exterior, el destino, o quizás la persistencia de alguien, decidió intervenir.

Sethos estaba allí, apoyado contra una columna de piedra, ayudando a un anciano erudito a recoger unos pergaminos que se le habían caído. Su actitud era relajada, conversando con el hombre con una naturalidad que Wanderer encontraba irritante y fascinante a la vez.

Cuando el anciano se marchó, Sethos se giró y sus ojos verdes se encontraron directamente con los azules de Wanderer. Esta vez, Sethos no lo dejó pasar.

—Es un día demasiado hermoso para llevar esa expresión tan nublada, ¿no crees? —dijo Sethos, acercándose con pasos tranquilos, manteniendo una distancia respetuosa para no activar las alarmas del omega.

Wanderer se tensó, entrecerrando los ojos.

—No recuerdo haber pedido tu opinión sobre mi expresión, alfa.

Sethos no se inmutó ante el tono cortante. Al contrario, soltó una pequeña carcajada que hizo que sus ojos brillaran con esos destellos amarillos tan peculiares.

—Vaya, directo al grano. Me gusta. Soy Sethos. Y no estoy aquí para molestarte, solo me llamó la atención que alguien tan joven prefiera la sombra de los libros a la luz del sol.

—Los libros no hacen preguntas estúpidas —respondió Wanderer, cruzándose de brazos—. Y mi nombre no es de tu incumbencia.

—Justo. Los libros son excelentes compañeros —concedió Sethos, dando un paso lateral para apoyarse en un árbol cercano, mostrando una postura abierta y nada amenazante—. Pero a veces, hablar con alguien de carne y hueso puede darte respuestas que no están en las páginas. Por ejemplo, si buscas el tratado sobre la arquitectura del desierto que Kaveh siempre menciona, sé que lo movieron a la sección de archivos restringidos esta mañana.

Wanderer se quedó callado un momento, sorprendido de que este alfa conociera a Kaveh y, además, supiera lo que estaba buscando.

—¿Cómo sabes eso? —preguntó, su curiosidad ganándole por un momento a su desconfianza.

—Ayudo a los bibliotecarios a organizar las entregas pesadas —explicó Sethos con sencillez—. Me gusta ser útil. Además, paso mucho tiempo observando. Te vi hace un rato entrar a la biblioteca y parecías alguien que sabe exactamente lo que busca, pero que quizás no encuentra lo que necesita.

Wanderer sintió un ligero calor en sus mejillas, algo que atribuyó rápidamente al sol y no a la mirada intensa pero amable del chico frente a él.

—Eres un entrometido —sentenció Wanderer, aunque su voz ya no tenía el mismo veneno.

—Soy sociable, hay una diferencia —corrigió Sethos con un guiño—. Escucha, sé que los de mi clase no siempre tienen la mejor reputación, especialmente si has escuchado ciertas... historias. Pero no todos buscamos imponer nada. Algunos solo queremos disfrutar de una buena conversación y, tal vez, ayudar a que el día de alguien sea un poco menos pesado.

Wanderer recordó las advertencias de su madre: "Son astutos, usarán palabras dulces para bajarte la guardia". Pero al mirar a Sethos, no veía la oscuridad que ella describía. Veía a un joven que se tomaba en serio sus deberes, que ayudaba a los ancianos y que lo miraba no como a una presa, sino como a un enigma que deseaba comprender.

—Mi nombre es... Wanderer —dijo finalmente, casi en un susurro.

Sethos sonrió, y esta vez fue una sonrisa de triunfo genuino, pero sin arrogancia.

—Un nombre interesante para alguien que parece tener raíces tan profundas aquí. ¿Te importa si camino contigo hacia la salida? Prometo no decir más de tres "preguntas estúpidas" por minuto.

Wanderer soltó un suspiro, pero no se alejó.

—Dos preguntas. Y si alguna me irrita, me iré.

—Acepto el desafío —dijo Sethos, poniéndose a su lado, pero dejando el espacio suficiente para que Wanderer se sintiera seguro.

Mientras caminaban por los jardines, Sethos comenzó a hablarle sobre el desierto, sobre cómo las dunas cambian de forma con el viento y cómo los secretos del pasado siguen vivos bajo la arena. No era una charla vacía; había un respeto profundo en sus palabras, una devoción por sus raíces que Wanderer encontró inesperadamente conmovedora.

—Mi madre dice que el desierto es un lugar de muerte y traición —comentó Wanderer, bajando la guardia por primera vez.

—El desierto puede ser cruel si no lo respetas —admitió Sethos, deteniéndose frente a una fuente—. Pero también es un lugar de una belleza honesta. No hay sombras donde esconderse. Lo que ves es lo que hay. A veces, las ciudades y sus reglas son mucho más peligrosas que una tormenta de arena.

Wanderer lo miró de reojo. Sethos se veía más musculoso que el estudiante promedio, su presencia era fuerte, pero su aroma era como el de la tierra después de la lluvia: refrescante y sólido. No era el aroma invasivo que su madre le había descrito.

—Kaveh dice cosas similares —murmuró Wanderer—. Dice que el miedo es una construcción.

—Kaveh es un hombre sabio, aunque a veces se pierda en sus propios dramas —rio Sethos—. Lo importante es lo que tú sientas, Wanderer. Nadie puede decirte a qué temer si tú decides conocer la verdad por ti mismo.

Llegaron a la puerta principal de la Academia. Wanderer sabía que debía regresar a sus estudios, a la seguridad de sus libros y a la soledad que su madre tanto fomentaba. Sin embargo, por primera vez en mucho tiempo, esa soledad se sentía un poco fría.

—Tengo que irme —dijo Wanderer, recuperando parte de su máscara de indiferencia—. Tengo mucho que leer.

—Lo entiendo —respondió Sethos, asintiendo con respeto—. Pero estaré por aquí mañana. Hay una entrega de suministros médicos que llega desde el puerto y estaré ayudando. Si por casualidad necesitas encontrar otro libro "imposible", ya sabes dónde encontrarme.

Wanderer lo miró fijamente a esos ojos verdes que parecían brillar con una luz propia.

—No prometo nada, Sethos.

—Las mejores cosas de la vida no se prometen, se descubren —replicó el alfa con carisma inagotable.

Wanderer se dio la vuelta y comenzó a caminar hacia el interior de la ciudad, pero esta vez su paso no era tan rígido. En su mente, las palabras de su madre empezaban a chocar con la imagen de un joven de trenzas claras y sonrisa cálida que no quería controlarlo, sino simplemente caminar a su lado.

Sethos lo vio alejarse, sintiendo una satisfacción que no había experimentado antes. Sabía que Wanderer era como una flor del desierto: difícil de encontrar y protegida por espinas, pero con una belleza que valía cualquier esfuerzo.

—Vaya, vaya —la voz de Kaveh apareció desde atrás, llena de picardía—. ¿Ese era nuestro solitario Wanderer conversando voluntariamente con un alfa?

Sethos se giró hacia el arquitecto, rascándose la nuca con una sonrisa algo tímida.

—Es... especial, Kaveh. Tiene mucho fuego dentro, aunque intente apagarlo con hielo.

—Ten cuidado, Sethos —advirtió Kaveh, aunque sus ojos brillaban de alegría—. Su madre es una fuerza de la naturaleza y él ha sido herido antes por las expectativas de los demás. No le rompas la confianza.

Sethos se puso serio, sus ojos verdes destellando con una determinación inquebrantable.

—No soy como los alfas que él teme, Kaveh. Me tomo mis responsabilidades muy en serio, y si él me permite ser parte de su vida, proteger su sonrisa será la tarea más importante que haya aceptado jamás.

Kaveh sonrió y le dio una palmada en el hombro.

—Entonces creo que Sumeru está a punto de presenciar algo muy interesante.

Aquella noche, en la quietud de su habitación, Wanderer no pudo concentrarse en sus libros. Por primera vez, el silencio de la soledad no le proporcionó paz, sino una extraña expectación. Se tocó el pecho, sintiendo el latido constante de su corazón, y recordó el brillo en los ojos de Sethos.

Quizás, pensó, el desierto no era solo un lugar de muerte. Quizás, como decía aquel alfa, era un lugar donde la luz no tenía sombras donde esconderse. Y por primera vez en su vida, Wanderer sintió que tal vez, solo tal vez, quería dejar de esconderse él también.
Índice

¿Quieres crear tu propio fanfic?

Regístrate en Fanfy y crea tus propias historias.

Crear mi fanfic