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Problemas de pareja
Fandom: Green lanter, Dc cómics
Creado: 3/6/2026
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RomanceCiencia FicciónÓpera EspacialDolor/ConsueloHistoria DomésticaHumorAmbientación CanonEstudio de Personaje
El Azul de la Esperanza y el Amarillo del Deseo
El sector 666 nunca había sido un lugar de paz, pero para Saint Walker, la paz no era un estado geográfico, sino una condición del espíritu. Sin embargo, incluso el santo patrón de la esperanza encontraba difícil mantener su habitual serenidad cuando sentía una mano del tamaño de un plato de cena apretando posesivamente su cadera en medio de una sesión de entrenamiento.
Arkillo, el imponente guerrero de Vuldar, rugía órdenes a un grupo de reclutas del Sinestro Corps que apenas lograban mantener sus constructos de miedo estables. Su voz era como el choque de placas tectónicas, una fuerza de la naturaleza que infundía terror en los corazones de los novatos. Pero, mientras gritaba insultos sobre la debilidad de sus voluntades, sus dedos enguantados en amarillo trazaban círculos lentos y sugerentes sobre la túnica azul de Walker.
—¡Si no pueden sostener esa cadena de energía, les arrancaré la lengua y se la daré de comer a un tiburón estelar! —bramó Arkillo, para luego inclinarse hacia la cabeza alargada de Walker y susurrar con una voz que era un ronroneo vibrante—: Walker... hay una cueva a tres clics de aquí. Los reclutas pueden golpearse entre ellos un rato. Ven conmigo.
Saint Walker suspiró, cerrando sus ojos brillantes por un momento. La luz azul de su anillo parpadeó con una suavidad rítmica, un contraste absoluto con la energía errática y agresiva que emanaba de su pareja.
—Arkillo, mi querido amigo —comenzó Walker con su habitual paciencia—, estás en medio de una instrucción vital para la seguridad del sector. La disciplina es el cimiento de la maestría. No podemos simplemente... desaparecer.
—Puedo hacer lo que quiera, soy su sargento —gruñó el alienígena de piel escamosa, acercando su rostro masivo al de Walker. El aliento de Arkillo olía a carne y a una extraña especia de su mundo natal—. Además, tu luz está haciendo que mi anillo brille demasiado. Necesito... descargar esa energía. Contigo. Ahora.
Walker sintió el calor subir por su cuello. A pesar de su naturaleza espiritual y su enfoque en lo trascendental, la fisicalidad bruta de Arkillo siempre lograba desarmarlo. Era una dicotomía extraña: el monje de la esperanza y el carnicero del miedo. Y sin embargo, desde que sus caminos se unieron, la conexión había pasado de ser una alianza estratégica a una necesidad física y emocional que Walker a veces encontraba abrumadora.
—Todo estará bien —murmuró Walker, citando su propio mantra casi por instinto—, pero no estará bien si abandonas a estos jóvenes a su suerte.
Arkillo soltó un bufido de frustración, soltando finalmente la cadera de Walker para cruzar sus enormes brazos sobre su pecho musculoso.
—Eres un santo, Walker. Un santo aburrido.
—Soy un portador de la esperanza, Arkillo. Y espero que podamos terminar esta jornada con dignidad —respondió el azul con una sonrisa serena, aunque por dentro su pulso aún corría rápido.
El resto de la tarde fue una prueba de resistencia para Walker. Arkillo no era sutil. Cada vez que pasaba junto a él, buscaba un roce, una mirada cargada de intención carnal o un comentario susurrado que haría que incluso un Linterna Roja se sonrojara de furia. El guerrero amarillo parecía tener un hambre insaciable que no se aplacaba con batallas o comida, sino solo con la presencia —y el cuerpo— del pequeño alienígena de Astonia.
Cuando finalmente los reclutas fueron despachados a sus barracones, Arkillo no perdió ni un segundo. Antes de que Walker pudiera sugerir una meditación vespertina para equilibrar las energías del día, se encontró levantado en vilo por los poderosos brazos del Sinestro Corps.
—¡Arkillo! —exclamó Walker, aunque no luchó contra el agarre—. Por favor, la decencia es una virtud que deberíamos cultivar.
—Ya tuve suficiente virtud por hoy —gruñó Arkillo, llevándolo hacia sus aposentos privados dentro de la base—. He estado pensando en lo que compramos en aquel mercado en el Sector Turístico de la Tierra.
Walker sintió que su piel blanca palidecía aún más, si eso era posible. Sus grandes ojos se abrieron con una mezcla de anticipación y puro pavor.
—Te refieres a... ¿al paquete que insististe en adquirir porque el vendedor dijo que era "tradición festiva"?
—El de las orejas largas y blancas —confirmó Arkillo con una sonrisa colmilluda que pretendía ser seductora, pero que seguía siendo aterradora para cualquiera que no fuera Walker—. Y esa tela transparente que apenas cubre nada.
—Arkillo, soy un líder espiritual —protestó Walker, aunque su voz carecía de la firmeza necesaria—. No puedo... no es apropiado que un Linterna Azul se vista como un pequeño mamífero terrestre para propósitos de... de recreación íntima.
—A la mierda lo apropiado —dijo Arkillo, pateando la puerta de su habitación para cerrarla tras ellos—. Te ves bien de azul, Walker. Pero te verías mejor con esas orejas y nada más. Tu esperanza es lo que me mantiene en pie, pero tu cuerpo es lo que me vuelve loco.
Arkillo depositó a Walker sobre la cama de piedra cubierta con pieles de bestias de Monde. El contraste entre la delicadeza de Walker y el entorno brutal de Arkillo siempre era evidente. El Linterna Azul se sentó, alisando su uniforme con manos temblorosas.
—A veces me pregunto si solo buscas el placer de la carne —dijo Walker, mirando a Arkillo a los ojos, buscando la chispa de honor que sabía que residía allí.
El gran alienígena se arrodilló ante él, una imagen que pocos en el universo creerían posible. Arkillo, el ejecutor, el monstruo, arrodillado ante un ser que pesaba la mitad que él.
—Sabes que no es así —dijo Arkillo, su voz bajando a un tono grave y honesto—. El miedo es frío, Walker. Mi anillo se alimenta de la agonía y el terror de otros. Pero cuando estoy contigo... cuando te toco, el frío se va. No solo quiero sexo. Quiero sentir que no soy un monstruo por un momento. Aunque ese momento implique que te pongas un disfraz ridículo porque me divierte verte avergonzado.
Walker suavizó su expresión. Era imposible resistirse a esa honestidad brutal. Arkillo no sabía pedir amor con poemas o flores; pedía sexo constante, pedía juegos extraños y pedía la atención de Walker de la única manera que conocía: reclamándola.
—Está bien —susurró Walker, estirando una mano para acariciar la mandíbula rugosa de su pareja—. Usaré... el atuendo de conejito. Pero solo si prometes que mañana meditaremos juntos al amanecer. Sin distracciones.
Arkillo soltó una carcajada que hizo vibrar las paredes.
—Hecho. Pero ahora, saca esa caja.
Minutos después, Saint Walker salió del pequeño cubículo de aseo, sintiéndose completamente expuesto. El disfraz de "conejito" era una interpretación humana de la sensualidad que resultaba absurda en la anatomía de un astoniano. Las orejas blancas de peluche se tambaleaban sobre su cabeza alargada, y el traje de seda apenas ocultaba su complexión delgada y elegante. El pudor era algo que Walker creía haber superado a través de la iluminación, pero Arkillo siempre encontraba la forma de recordarle que seguía siendo un ser biológico con reacciones muy humanas.
Arkillo estaba sentado en el borde de la cama, sus ojos rojos brillando con una intensidad depredadora.
—Por todos los soles de Qward... —susurró el amarillo—. Eres lo más extraño y hermoso que he visto en mi vida.
—Me siento... ridículo —admitió Walker, cubriéndose un poco con sus largas manos—. La esperanza no debería verse así.
—La esperanza se ve exactamente como yo necesito que se vea —dijo Arkillo, levantándose y caminando hacia él con pasos pesados—. Ven aquí, pequeño conejo azul.
El encuentro fue, como siempre, una colisión de mundos. Arkillo era fuego y fuerza, una tormenta que amenazaba con devorar la calma de Walker. Pero Walker no era una víctima; era el ancla. Sus manos se aferraban a los hombros masivos de Arkillo, guiando su energía, transformando la agresión en pasión. Cada vez que Arkillo intentaba ser demasiado rudo, un pulso de luz azul emanaba de Walker, calmando los instintos más oscuros del guerrero y recordándole que no estaban en un campo de batalla.
—Más... —gruñó Arkillo contra el cuello de Walker—. No te detengas.
—Siempre estoy contigo, Arkillo —respondió Walker entre jadeos, sus orejas de peluche cayendo sobre su rostro—. En la luz y en la sombra.
A pesar de que Walker se quejaba de las constantes peticiones de Arkillo, de sus escapadas rápidas en los hangares o de sus insistencias en usar lencería humana, había una verdad que rara vez admitía en voz alta: lo disfrutaba. Disfrutaba ser deseado con una intensidad que rozaba la locura. Disfrutaba ver cómo el gran Arkillo se volvía maleable bajo su tacto.
Horas más tarde, el silencio reinaba en la habitación. Los restos del disfraz de conejito yacían en el suelo, una mancha blanca sobre el metal oscuro. Arkillo dormía con una expresión de paz que solo Walker lograba ver, su enorme brazo rodeando la cintura del azul como si temiera que fuera a desvanecerse en la luz del alba.
Saint Walker permanecía despierto, mirando hacia el techo. Estaba exhausto. Su cuerpo dolía y sabía que mañana tendría que lidiar con un Arkillo que probablemente volvería a ser el sargento tirano frente a los demás, pidiéndole otra "escapada" antes del mediodía.
—Realmente es un ser incansable —susurró Walker para sí mismo, acomodándose contra el pecho cálido del Linterna Amarilla.
Cerró los ojos, dejando que la energía de sus anillos se entrelazara en el sueño. Aunque Arkillo fuera un dolor de cabeza constante con sus demandas carnales y sus fetiches extraños, Walker sabía que mientras hubiera esperanza, habría deseo. Y mientras Arkillo lo mirara con ese hambre voraz, Walker estaría allí para recordarle que incluso en la oscuridad del miedo, siempre había un lugar para el calor de un abrazo... o para un par de orejas de conejo.
—Todo estará bien —murmuró finalmente, quedándose dormido con una pequeña y secreta sonrisa en los labios.
Arkillo, el imponente guerrero de Vuldar, rugía órdenes a un grupo de reclutas del Sinestro Corps que apenas lograban mantener sus constructos de miedo estables. Su voz era como el choque de placas tectónicas, una fuerza de la naturaleza que infundía terror en los corazones de los novatos. Pero, mientras gritaba insultos sobre la debilidad de sus voluntades, sus dedos enguantados en amarillo trazaban círculos lentos y sugerentes sobre la túnica azul de Walker.
—¡Si no pueden sostener esa cadena de energía, les arrancaré la lengua y se la daré de comer a un tiburón estelar! —bramó Arkillo, para luego inclinarse hacia la cabeza alargada de Walker y susurrar con una voz que era un ronroneo vibrante—: Walker... hay una cueva a tres clics de aquí. Los reclutas pueden golpearse entre ellos un rato. Ven conmigo.
Saint Walker suspiró, cerrando sus ojos brillantes por un momento. La luz azul de su anillo parpadeó con una suavidad rítmica, un contraste absoluto con la energía errática y agresiva que emanaba de su pareja.
—Arkillo, mi querido amigo —comenzó Walker con su habitual paciencia—, estás en medio de una instrucción vital para la seguridad del sector. La disciplina es el cimiento de la maestría. No podemos simplemente... desaparecer.
—Puedo hacer lo que quiera, soy su sargento —gruñó el alienígena de piel escamosa, acercando su rostro masivo al de Walker. El aliento de Arkillo olía a carne y a una extraña especia de su mundo natal—. Además, tu luz está haciendo que mi anillo brille demasiado. Necesito... descargar esa energía. Contigo. Ahora.
Walker sintió el calor subir por su cuello. A pesar de su naturaleza espiritual y su enfoque en lo trascendental, la fisicalidad bruta de Arkillo siempre lograba desarmarlo. Era una dicotomía extraña: el monje de la esperanza y el carnicero del miedo. Y sin embargo, desde que sus caminos se unieron, la conexión había pasado de ser una alianza estratégica a una necesidad física y emocional que Walker a veces encontraba abrumadora.
—Todo estará bien —murmuró Walker, citando su propio mantra casi por instinto—, pero no estará bien si abandonas a estos jóvenes a su suerte.
Arkillo soltó un bufido de frustración, soltando finalmente la cadera de Walker para cruzar sus enormes brazos sobre su pecho musculoso.
—Eres un santo, Walker. Un santo aburrido.
—Soy un portador de la esperanza, Arkillo. Y espero que podamos terminar esta jornada con dignidad —respondió el azul con una sonrisa serena, aunque por dentro su pulso aún corría rápido.
El resto de la tarde fue una prueba de resistencia para Walker. Arkillo no era sutil. Cada vez que pasaba junto a él, buscaba un roce, una mirada cargada de intención carnal o un comentario susurrado que haría que incluso un Linterna Roja se sonrojara de furia. El guerrero amarillo parecía tener un hambre insaciable que no se aplacaba con batallas o comida, sino solo con la presencia —y el cuerpo— del pequeño alienígena de Astonia.
Cuando finalmente los reclutas fueron despachados a sus barracones, Arkillo no perdió ni un segundo. Antes de que Walker pudiera sugerir una meditación vespertina para equilibrar las energías del día, se encontró levantado en vilo por los poderosos brazos del Sinestro Corps.
—¡Arkillo! —exclamó Walker, aunque no luchó contra el agarre—. Por favor, la decencia es una virtud que deberíamos cultivar.
—Ya tuve suficiente virtud por hoy —gruñó Arkillo, llevándolo hacia sus aposentos privados dentro de la base—. He estado pensando en lo que compramos en aquel mercado en el Sector Turístico de la Tierra.
Walker sintió que su piel blanca palidecía aún más, si eso era posible. Sus grandes ojos se abrieron con una mezcla de anticipación y puro pavor.
—Te refieres a... ¿al paquete que insististe en adquirir porque el vendedor dijo que era "tradición festiva"?
—El de las orejas largas y blancas —confirmó Arkillo con una sonrisa colmilluda que pretendía ser seductora, pero que seguía siendo aterradora para cualquiera que no fuera Walker—. Y esa tela transparente que apenas cubre nada.
—Arkillo, soy un líder espiritual —protestó Walker, aunque su voz carecía de la firmeza necesaria—. No puedo... no es apropiado que un Linterna Azul se vista como un pequeño mamífero terrestre para propósitos de... de recreación íntima.
—A la mierda lo apropiado —dijo Arkillo, pateando la puerta de su habitación para cerrarla tras ellos—. Te ves bien de azul, Walker. Pero te verías mejor con esas orejas y nada más. Tu esperanza es lo que me mantiene en pie, pero tu cuerpo es lo que me vuelve loco.
Arkillo depositó a Walker sobre la cama de piedra cubierta con pieles de bestias de Monde. El contraste entre la delicadeza de Walker y el entorno brutal de Arkillo siempre era evidente. El Linterna Azul se sentó, alisando su uniforme con manos temblorosas.
—A veces me pregunto si solo buscas el placer de la carne —dijo Walker, mirando a Arkillo a los ojos, buscando la chispa de honor que sabía que residía allí.
El gran alienígena se arrodilló ante él, una imagen que pocos en el universo creerían posible. Arkillo, el ejecutor, el monstruo, arrodillado ante un ser que pesaba la mitad que él.
—Sabes que no es así —dijo Arkillo, su voz bajando a un tono grave y honesto—. El miedo es frío, Walker. Mi anillo se alimenta de la agonía y el terror de otros. Pero cuando estoy contigo... cuando te toco, el frío se va. No solo quiero sexo. Quiero sentir que no soy un monstruo por un momento. Aunque ese momento implique que te pongas un disfraz ridículo porque me divierte verte avergonzado.
Walker suavizó su expresión. Era imposible resistirse a esa honestidad brutal. Arkillo no sabía pedir amor con poemas o flores; pedía sexo constante, pedía juegos extraños y pedía la atención de Walker de la única manera que conocía: reclamándola.
—Está bien —susurró Walker, estirando una mano para acariciar la mandíbula rugosa de su pareja—. Usaré... el atuendo de conejito. Pero solo si prometes que mañana meditaremos juntos al amanecer. Sin distracciones.
Arkillo soltó una carcajada que hizo vibrar las paredes.
—Hecho. Pero ahora, saca esa caja.
Minutos después, Saint Walker salió del pequeño cubículo de aseo, sintiéndose completamente expuesto. El disfraz de "conejito" era una interpretación humana de la sensualidad que resultaba absurda en la anatomía de un astoniano. Las orejas blancas de peluche se tambaleaban sobre su cabeza alargada, y el traje de seda apenas ocultaba su complexión delgada y elegante. El pudor era algo que Walker creía haber superado a través de la iluminación, pero Arkillo siempre encontraba la forma de recordarle que seguía siendo un ser biológico con reacciones muy humanas.
Arkillo estaba sentado en el borde de la cama, sus ojos rojos brillando con una intensidad depredadora.
—Por todos los soles de Qward... —susurró el amarillo—. Eres lo más extraño y hermoso que he visto en mi vida.
—Me siento... ridículo —admitió Walker, cubriéndose un poco con sus largas manos—. La esperanza no debería verse así.
—La esperanza se ve exactamente como yo necesito que se vea —dijo Arkillo, levantándose y caminando hacia él con pasos pesados—. Ven aquí, pequeño conejo azul.
El encuentro fue, como siempre, una colisión de mundos. Arkillo era fuego y fuerza, una tormenta que amenazaba con devorar la calma de Walker. Pero Walker no era una víctima; era el ancla. Sus manos se aferraban a los hombros masivos de Arkillo, guiando su energía, transformando la agresión en pasión. Cada vez que Arkillo intentaba ser demasiado rudo, un pulso de luz azul emanaba de Walker, calmando los instintos más oscuros del guerrero y recordándole que no estaban en un campo de batalla.
—Más... —gruñó Arkillo contra el cuello de Walker—. No te detengas.
—Siempre estoy contigo, Arkillo —respondió Walker entre jadeos, sus orejas de peluche cayendo sobre su rostro—. En la luz y en la sombra.
A pesar de que Walker se quejaba de las constantes peticiones de Arkillo, de sus escapadas rápidas en los hangares o de sus insistencias en usar lencería humana, había una verdad que rara vez admitía en voz alta: lo disfrutaba. Disfrutaba ser deseado con una intensidad que rozaba la locura. Disfrutaba ver cómo el gran Arkillo se volvía maleable bajo su tacto.
Horas más tarde, el silencio reinaba en la habitación. Los restos del disfraz de conejito yacían en el suelo, una mancha blanca sobre el metal oscuro. Arkillo dormía con una expresión de paz que solo Walker lograba ver, su enorme brazo rodeando la cintura del azul como si temiera que fuera a desvanecerse en la luz del alba.
Saint Walker permanecía despierto, mirando hacia el techo. Estaba exhausto. Su cuerpo dolía y sabía que mañana tendría que lidiar con un Arkillo que probablemente volvería a ser el sargento tirano frente a los demás, pidiéndole otra "escapada" antes del mediodía.
—Realmente es un ser incansable —susurró Walker para sí mismo, acomodándose contra el pecho cálido del Linterna Amarilla.
Cerró los ojos, dejando que la energía de sus anillos se entrelazara en el sueño. Aunque Arkillo fuera un dolor de cabeza constante con sus demandas carnales y sus fetiches extraños, Walker sabía que mientras hubiera esperanza, habría deseo. Y mientras Arkillo lo mirara con ese hambre voraz, Walker estaría allí para recordarle que incluso en la oscuridad del miedo, siempre había un lugar para el calor de un abrazo... o para un par de orejas de conejo.
—Todo estará bien —murmuró finalmente, quedándose dormido con una pequeña y secreta sonrisa en los labios.
