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Fandom: Green lanter Dc cómics

Creado: 3/6/2026

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Lágrimas bajo la Máscara

La atmósfera en el Interceptor era pesada, cargada con el olor a ozono y el eco metálico de una batalla que apenas había terminado. En el centro de la cabina de mando, Hal Jordan se limpiaba el sudor de la frente mientras observaba los monitores. El planeta que acababan de salvar, un mundo de valles cristalinos, todavía vibraba por la onda de choque de la bomba que Atrocitus había intentado detonar.

—Ese malnacido se escapó de nuevo —gruñó Kilowog, golpeando el panel de control con un puño masivo—. Nos lanzó un señuelo y salió huyendo como un cobarde mientras desactivábamos esa cosa.

—No fue exactamente un señuelo, Kilowog —corrigió Aya, cuya forma holográfica parpadeaba con un azul suave mientras procesaba los datos de los sensores—. Fue una distracción táctica. Un miembro del Cuerpo de los Linternas Rojos fue dejado atrás para asegurar su retirada.

Razer, que permanecía apoyado contra la pared con los brazos cruzados, mantenía una expresión sombría. Sus ojos rojos brillaban con una mezcla de desprecio y algo que se parecía peligrosamente a la lástima.

—Atrocitus no deja atrás a sus guerreros a menos que los considere desechables —dijo Razer con voz gélida—. Y lo que tenemos en la celda de contención es poco más que una niña.

Hal suspiró y miró hacia el pasillo que conducía a las celdas de detención.

—Bueno, esa "niña" casi nos arranca la cabeza con ese vómito de plasma. Tenemos que averiguar qué sabe. Si Atrocitus planea atacar otro sector, necesitamos esa información ahora.

En la celda de contención, la figura pequeña estaba acurrucada en un rincón. Llevaba un poncho rojo deshilachado con el emblema de la ira grabado en el pecho, y una máscara metálica que ocultaba por completo sus rasgos, dejando solo dos rendijas por las que emanaba un fulgor carmesí. Gruñía como un animal acorralado cada vez que alguien se acercaba al campo de fuerza.

Kilowog entró primero, haciendo que el suelo vibrara bajo sus botas pesadas. Hal lo seguía de cerca, tratando de mantener un aire de autoridad.

—Muy bien, pequeña linterna —dijo Kilowog con su voz más profunda y amenazante—. Se acabó el juego. Tu jefe te dejó aquí para que te pudrieras. Dinos a dónde se dirige Atrocitus y quizás podamos convencer a los Guardianes de que sean benevolentes contigo.

La niña, Lucy, se puso de pie de un salto. Su respiración era errática, un sonido sibilante que salía a través de los filtros de su máscara.

—¡Mentirosos! —gritó ella, su voz distorsionada por el metal y la rabia—. ¡Él volverá! ¡Todos ustedes arderán! ¡El universo merece sentir lo que yo sentí!

Un chorro de plasma rojo golpeó el campo de fuerza, haciendo que la energía azul de la celda chispeara. Hal retrocedió un paso, levantando su anillo por instinto.

—Escucha, Lucy, ¿verdad? —intentó Hal con un tono más suave—. Sabemos lo que los Linternas Rojos hacen. Sabemos que la ira se siente como la única salida cuando lo has perdido todo. Pero Atrocitus no te salvó, él te usó.

—¡Cállate, Linterna Verde! —rugió la niña, golpeando el cristal de energía—. ¡Mi planeta no existe! ¡Mis padres son ceniza! ¡La ira es lo único que me queda!

Kilowog frunció el ceño y cruzó sus enormes brazos sobre el pecho.

—No vamos a llegar a ningún lado así, Hal. Está demasiado consumida por el anillo. A este paso, su corazón se detendrá si no logramos calmarla, y no dirá ni una palabra sobre los planes de la flota roja.

—La fuerza no es el camino para abrir un corazón que ha sido sellado por el dolor —dijo una voz suave y melódica desde la entrada.

Saint Walker entró en la sala. Su presencia parecía alterar la iluminación misma del lugar; allí donde él pisaba, la luz azul de la esperanza parecía suavizar las sombras. Su rostro pálido y sereno mostraba una compasión infinita, y sus ojos claros se fijaron en la pequeña figura que temblaba de furia tras el campo de fuerza.

—Walker, ten cuidado —advirtió Hal—. Está armada y es extremadamente inestable.

—Ella no está armada, Jordan —respondió Saint Walker con una sonrisa triste—. Ella está herida.

El Linterna Azul se acercó al panel de control de la celda. Con un movimiento pausado, desactivó el campo de fuerza.

—¡¿Qué haces, cabeza de huevo?! —exclamó Kilowog, preparándose para interceptar un ataque.

Pero Saint Walker no se detuvo. Entró en la celda pequeña y se arrodilló, quedando a la altura de la niña. Lucy retrocedió hasta chocar con la pared del fondo, sus manos brillando con una luz roja letal.

—Aléjate... —siseó ella, aunque su voz temblaba—. Te mataré... lo juro.

—Puedes intentarlo, pequeña —dijo Walker, extendiendo una mano abierta, sin ningún rastro de hostilidad—. Pero mi anillo no se alimenta de tu miedo ni de mi odio. Se alimenta de la creencia de que mañana será un día mejor. Y yo creo, con todo mi ser, que tú no quieres hacerme daño.

—¡No sabes nada! —gritó Lucy, lanzando un golpe débil que Walker esquivó simplemente inclinando la cabeza—. ¡Lo perdí todo! ¡El cielo se volvió rojo y luego no hubo nada!

—Lo sé —susurró Walker. Su voz tenía una cualidad maternal, un arrullo que parecía vibrar en los huesos—. Sé lo que es ver tu mundo desvanecerse. Sé lo que es sentir que el vacío en tu pecho es tan grande que solo el fuego puede llenarlo. Pero ese fuego te está consumiendo a ti también, Lucy.

El anillo azul de Walker comenzó a brillar con una intensidad reconfortante. El aura roja que rodeaba a la niña empezó a parpadear, perdiendo su agresividad. El efecto de la Esperanza sobre la Ira era inmediato y casi doloroso de observar.

—No tienes que estar sola nunca más —continuó Walker, acortando la distancia centímetro a centímetro—. No somos tus enemigos. Somos el brazo que te sostiene para que no caigas al abismo.

Lucy levantó sus manos, pero esta vez no para atacar. Sus dedos enguantados tocaron la máscara metálica que cubría su rostro. Sus hombros empezaron a sacudirse violentamente.

—Me duele... —susurró ella, y esta vez la voz no era la de un guerrero, sino la de una niña de trece años asustada—. El anillo... quema por dentro.

—Déjalo salir —dijo Walker con dulzura—. No la ira, sino el dolor que escondes debajo.

Con un movimiento lento, Lucy se quitó la máscara. Su rostro era pálido, con marcas de lágrimas secas sobre su piel alienígena. Sus ojos, antes rojos de furia, ahora eran de un marrón profundo y estaban llenos de una tristeza insoportable.

—Todo está bien —dijo Walker, envolviéndola en un abrazo protector.

Lucy se quedó rígida por un momento, como si no recordara qué era el contacto físico sin violencia. Pero entonces, el dique se rompió. Se aferró al uniforme azul de Saint Walker, enterrando su rostro en su hombro, y rompió a llorar con una angustia que llenó toda la habitación.

—¡Lo siento! —sollozaba ella entre hipidos—. ¡No quería hacerlo! ¡Atrocitus dijo que ellos eran los culpables! ¡Pero solo quiero ir a casa... quiero a mi mamá!

Saint Walker la mecía suavemente, ignorando el hecho de que el anillo rojo de la niña todavía emitía chispas peligrosas. La luz azul los rodeaba a ambos como una manta cálida, estabilizando el ritmo cardíaco de la pequeña y dándole, por primera vez en mucho tiempo, un momento de paz.

—Todo estará bien —susurró Walker, acariciando el cabello de la niña—. Todo estará bien.

En el pasillo, Hal y Kilowog observaban la escena en silencio. Kilowog bajó la mirada, visiblemente conmovido, y se aclaró la garganta ruidosamente para ocultar su emoción.

—Vaya... —murmuró Hal—. Supongo que por eso él es el Linterna Azul y nosotros solo los que golpeamos cosas.

Razer, que había estado observando desde las sombras, dio media vuelta y comenzó a caminar hacia el otro extremo de la nave.

—La esperanza es una carga pesada —dijo Razer en voz baja, casi para sí mismo—. Pero es lo único que puede apagar un incendio como ese.

Dentro de la celda, los gritos de Lucy se habían convertido en sollozos silenciosos. Saint Walker levantó la vista hacia sus compañeros y asintió levemente. No necesitaba decir nada. La información sobre Atrocitus vendría después; por ahora, lo único que importaba era que una niña perdida había encontrado un refugio en medio de la oscuridad del espacio.

—Aya —dijo Hal a través de su comunicador—, prepara la enfermería y busca algo de comida. Algo que le guste a una niña de trece años.

—Entendido, Linterna Jordan —respondió la IA—. He detectado que los niveles de endorfina en el sujeto están estabilizándose. La intervención de Saint Walker ha sido... eficiente desde un punto de vista emocional.

—No fue eficiencia, Aya —dijo Hal, mirando a Walker y a Lucy—. Fue humanidad. O lo más parecido que existe en la galaxia.

Saint Walker ayudó a Lucy a ponerse de pie. Ella todavía se aferraba a su mano, como si temiera que, al soltarlo, el universo volviera a prenderse fuego.

—Ven, pequeña —dijo Walker con una sonrisa—. Vamos a buscar un lugar más cómodo para descansar. Tienes mucho que contarnos, pero primero, necesitas saber que aquí estás a salvo.

Lucy miró a Hal y a Kilowog. Ya no los veía como monstruos o enemigos, sino como los guardianes que Walker decía que eran. Se limpió la cara con el poncho rojo y asintió débilmente.

—Él... él va a ir al sector 2814 —susurró Lucy, su voz aún frágil—. Dice que ahí es donde la voluntad es más fuerte, y quiere romperla.

Hal y Kilowog intercambiaron una mirada de preocupación. El sector 2814 era la Tierra.

—Gracias, Lucy —dijo Hal con firmeza, pero con una calidez nueva en su voz—. Nos has ayudado mucho.

Mientras Walker guiaba a la niña hacia la enfermería, Kilowog se puso al lado de Hal.

—Bueno, brillante —dijo el enorme alienígena rosado—. Parece que tenemos un viaje largo por delante. Espero que estés listo para proteger tu hogar.

—Siempre lo estoy, Kilowog —respondió Hal, mirando hacia las estrellas a través del cristal de la nave—. Pero esta vez, tenemos algo que Atrocitus no tiene.

—¿Y qué es eso? —preguntó Kilowog.

Hal sonrió, viendo la estela de luz azul que dejaba Saint Walker al caminar por el pasillo.

—Esperanza. Y a un grupo de testarudos que no saben cuándo rendirse.

El Interceptor saltó al hiperespacio, dejando atrás el planeta de cristal y dirigiéndose hacia la próxima batalla. Pero en el corazón de la nave, por primera vez, el color rojo no significaba guerra, sino la promesa de una redención que apenas comenzaba.
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